martes, 9 de diciembre de 2014

sábado, 6 de diciembre de 2014

SONETO CON SARNA

¡Cómo me pica el alma!  ¿qué será
esto que en mis entrañas se apolilla?
Carcoma o sarna, lo que dentro chilla,
igual que pica o grita, callará.

La luz artificial alarga el día.
El verano perdura con el fuego
y el invierno se apodera de mi ego
porque aún he de pagar a quien debía.

No es que me la traiga floja el deber,
la ética y todo lo demás, señores,
es que tengo que arrancarme la culpa, 

mas, con lo que tiene esto que doler,
si con ello se me van los picores,
no podrá quedarme mayor disculpa.

viernes, 21 de noviembre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO VI


¡Por ahora todo va bien!

      Si, señor, allí estaba yo, con mi pantalón corto de nailon, asomando un huevo por el camal, en la parada del autobús, de la línea 6, Zapadores-Torrefiel, de Valencia. Estaba en la calle Marqués de Montortal, del barrio de Torrefiel. Hacia una semana, escasamente, que me encontraba a 600 kilómetros de este lugar, en mi pueblo, dándole patadas a una lata por la calle, cuando escuché a través del sonido del televisor de un bar cercano, que el hombre acababa de pisar la Luna. Sí, un hito histórico, pero Neil Amstrong estaba solo en el satélite, como yo en el planeta. Si todo salía bien, él volvería pronto a casa, con los suyos, a pesar de la enorme distancia. No así yo, que pese al insignificante trayecto que separaba mi pueblo de Valencia, comparado con la tirada de kilómetros que hay de la Tierra a la Luna, para un niño de 14 años, era insuperable.
Cogí el autobús y bajé en la parada que tenía prescrita por mis superiores, en la plaza del Caudillo (hoy del Ayuntamiento) y atravesé la calle de las Barcas, hasta Don Juan de Austria, que era donde estaba mi base logística. Yo era el aprendiz y repartidor de un almacén de postales y estampas. Mi labor consistía en distribuir los pedidos, manufacturados ex profeso para turistas, de cuantos tópicos se conocían de España y Valencia, a pata, en autobús o en tranvía a casi todas las papelerías y quioscos de la ciudad. Un trabajo fácil para cualquier nativo, pero no para mí: un cateto.
Mi lugar de trabajo estaba ubicado justo enfrente de lo que hoy es el Corte Inglés. El edificio, pese a ser antiguo, no tiene ningún estilo de construcción definido ni mucho que destacar (hablo en presente sobre el mismo porque todavía existe) excepto el entresuelo, que era un cuerpo claramente diferenciado del resto del inmueble con un amplio ventanal, rematado con un arco de medio punto, y pasamanos de latón, que mantenía iluminada, durante todo el día, con luz natural, la sala principal que era mi lugar de trabajo y donde se manipulaban la mundanas postales. Al fondo, en otra estancia, casi en penumbra, se hacia lo mismo, pero con las religiosas estampas.
        Otra cosa a destacar de la finca era su portero: un hombre pequeño, mayor sin ser anciano, al que le gustaba el moyate casi tanto como pintar al óleo. Yo nunca lo vi beber ni borracho, pero sí pintar, cuando salía o entraba del edificio. Erguido frente al caballete, con la pipa entre los dientes, fumaba pausadamente mientras aplicaba la pintura al lienzo con precisión y soltura. Vivía solo, no sé si porque era viudo o soltero, en un recoveco del zaguán donde estaba la portería. En contadas ocasiones entré en su guarida. Era este hombre un poquito huraño y desconfiado. Sus motivos tendría, pero yo creo que era un artista de los muchos represaliados por el régimen, a los que después de salir de la cárcel o padecer exilio, se les negaba el pan y la sal para su propia humillación y escarnio y regocijo para otros como mi beato patrón y su necrófilo negocio: el de las estampas de santos y vírgenes. La cuestión es, que un día pude ver el cuadro que estaba pintando en ese momento. Recuerdo que era un paisaje lleno de vida, luz y color que contradecía el aura mefistofélica que se le adjudicaba desde el entresuelo, donde se comerciaba, además de con tentadores paraísos, con el recuerdo de la muerte y el sufrimiento.
       Desde el ventanal de marras, se veía una amplia panorámica del profundo hoyo donde se estaba construyendo el futuro Corte Inglés. Aquello era todo un acontecimiento. Lo que a mí me llamaba más la atención, eran unas impresionantes máquinas que horadaban la tierra arcillosa cual boca de dinosaurio. Un chorro continuo de agua reblandecía la tierra, y las potentes mandíbulas de aquel monstruo, mordían la tierra como si fuera chocolate, dejando un hueco cada vez más hondo para introducir el encofrado que dio sustento al imponente y robusto edificio. Es curioso, ni a posta me hubiera salido mejor metáfora.
      Todas las mañanas me aguardaba la misma rutina: comprarles el mismo almuerzo, día tras día, y después, emprender la ruta cargado con los paquetes de postales y estampas. Todo estaba medido al milímetro: los autobuses que tenía que coger; las paradas donde bajar y el dinero justo que emplearía. Por la tarde era lo mismo, pero con la merienda. Mi jornada de trabajo se acortaba en media hora para que pudiera asistir, con puntualidad, al instituto Luís Vives donde estaba matriculado en el 3er curso de bachillerato (nocturno, se entiende) Esas eran mis expectativas que, bien mirado, podían haber supuesto una buena inversión para fortalecer los cimientos de un futuro sumiso cristiano. Sobre todo desde el punto de vista de quienes eran dueños de mis derechos: mi madre y mis patrones que me regalaban esa media hora pensando en su renta posterior.
      Sí, no tenía solo un patrón, estaban también su hijo, su hija, solterona por obligación, y por poco tiempo, pues tenía casi aprobada la entrada en un convento de monjas, y su nuera, la cual había sido empleada del establecimiento. Se ve que a la hora de emparejarse también lo tenían estudiado al milímetro. Pero, parecía ser, que las parejas femeninas disponibles dentro del entorno nacional católico donde se movían, eran del estilo de su hermana, poco agraciadas y destemprantes, lo que hizo que el hijo escogiera a su subordinada que, aunque pobre, estaba buena. Y al fin y al cabo, este desclasamiento se podía explicar muy fácilmente a través del mito de Cenicienta. Más crudo lo tenían a la hora de buscarle un apaño para la desdichada hija, porque, por esta regla de tres, a la hija le tocaría en suerte un gañan, que se sentaría a su mesa por Navidad. Así, que su padre, el Gran Jefe, no solo veía bien, sino que, alentaba, la tardía vocación de servir a Dios y a los demás que había invadido el ánimo de su hija, por obra del Espíritu Santo, de perseguir con devoción, el ingreso en un convento. Una a malas, la dote de la niña, serviría, por lo menos, para engrasar las puertas del cielo. Un rédito difícil de creer hoy en día, por exceso de fantasía y superstición ¿no creen?.
        Pasaron unos meses y, entre tanta piedad y recogimiento, un día, sin saber cómo, surgió en mí, de repente, el lado oscuro de mi humana naturaleza o, como diría un psiquiatra de hoy en día: todos los elementos que acabaron configurando mi futura personalidad, pasaron, de estar latentes, a manifestarse en un Trastorno Límite de la Personalidad, que dicho en castizo, significa, que  me hice un golfo. Que conste que yo no inventé nada; que ya estaba todo inventado, aún sin saberlo yo.
Como Dios todo lo veía, por aquel entonces, y, por si esto fuera poco, había tanto chivato agazapado en las estanterías de la sección de estampas, procuraba no permanecer mucho tiempo en el almacén, para no delatarme, porque ya fumaba, bebía, jugaba al billar, al futbolín y a las máquinas de petaco, ya fuera en horas de trabajo o de estudio. Ah, y me hacia pajas, en mi tiempo libre, evocando las postales de señoritas en biquini, que por miles las repartía. Todo, en un intento desesperado por rellenar el hueco que me producía la nostalgia que me invadía con un constante adagio sostenuto. Los míos, sin contar a mi familia, eran mis amigos y mi entorno, del cual fui arrancado como un brote de patata de sus raíces y, esto, como cabría de esperar, no traería nada bueno. Me subí al Miguelete y me precipité al vacío y, mientras caía, iba diciendo entre mí: ¡por ahora todo va bien!. Permítanme la metáfora.
  


lunes, 10 de noviembre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO V


Un caso memorable 

Corría el año 1966 y yo estaba en el 5º grado de formación académica en la escuela pública nacional, “La Victoria”, de un pueblo en las estribaciones de Sierra Morena: Linares (Jaen) para ser más exactos. Bien, yo tendría unos 11 años y, si hubiese sido más aplicado, hubiera superado el examen de ingreso para el instituto, correspondiente a ese año, como así lo hicieron el resto de compañeros de la escuela de pago, a la cual asistí, por caridad de un benefactor que, a su vez, era el patrono de mi padre. La verdad sea dicha, yo creo más bien que, como era un colegio de monjas, para niñas, a los varones nos tiraban a esa edad porque, al llevar pantalón corto, se nos salía un huevo por el camal. La cuestión fue que, de la noche a la mañana, pasé de querer ser, de mayor cura, a querer ser torero. Lo de cura es cierto, como os lo cuento, ya que estaba inducido por el ambiente piadoso del colegio, a la vez que convento. Si, quería hacerme cura para que mi familia viviese en la gloria, lo confieso. Lo de torero, mira tu por donde que, por más cornadas que a mí y a mi familia nos estaba dando el hambre, no era éste suficiente estímulo como para superar la jindama que me atenazaba, nada más oler, las cagadas de los morlacos (se ve que ya apuntaba yo rasgos intelectualoides, más bien).                                      Vistos los antecedentes que me arrojaron a la cruda realidad (puesto que mi familia, y por ende yo, éramos pobres con avaricia) o sea, sobre todo, a mi afición de quedarme en blanco durante las clases, por la falta de nutrientes, lo cual podía confundirse con algún tipo de retraso mental, no tuve otra opción, que la de despeñarme por el abismo de la ignorancia, junto al resto de amigos y vecinos que ya me sacaban bastante ventaja en la carrera hacia el salto, en la escuela nacional. Se podría decir, que en esta escuela, nos aproximábamos de lejos a lo que a principios del siglo XX se llamaba Institución Libre de Enseñanza, si, porque empezábamos la instrucción cuando querían (o podían) nuestros padres y acabábamos cuando querían ellos en estrecha colaboración con nosotros.
Por mi parte, yo creo que, si bien, no aprendimos nada de lo que teníamos que aprender, si que nos fijábamos mucho, con ahínco y deleite, en el rito que practicaba D. Juan (que así se llamaba el maestro) al encenderse los Bisontes. Lo hacia de esta manera. Sentado y apoyando los codos sobre la mesa, lo primero que hacia, al encenderse su Bisonte, con medida parsimonia, era sacar el cigarrillo del paquete y gesticulaba con éste entre los dedos (tiznados de nicotina) mientras hablaba. Luego lo sujetaba con los labios y seguía hablando. El cigarrillo se movía arriba y abajo delante de nuestros embelesados ojos. Incluso chasqueaba la cerilla varias veces, sincopando el ritmo sobre el rascador, a modo de percusión, hasta que surgía el fogonazo del mixto y, entonces, el penetrante aroma del humo del tabaco rubio, nos amansaba. ¡No dirán que no nos fijábamos bien, ni na!. Mi padre era un excelente guarnicionero que luego se hizo tornero y todo lo aprendió fijándose, sin nada de instrucción libresca.
       Sigo con Don Juan. Lo suyo era contarnos anécdotas, unas veces épicas, referentes a la ya lejana guerra civil, en la que él decía que había participado y, de la que destacaba el relato de cómo se pasó de un bando al otro (no hace falta que diga a qué bando se pasó) y otras, deportivas. La cuestión era que, se ve que como no podía instruirnos porque no teníamos medios, (pues acudíamos al colegio con las manos en los bolsillos) ni ganas de aprender, encontró el método de, por lo menos, entretenernos con sus amenas pláticas, cosa que, esta es la fecha en la que todavía le agradezco una de ellas en particular. A grosso modo y quitándole toda carga emotiva con la que la aderezó, decía así:
Que en un partido de fútbol, crucial  (omito el nombre del equipo en cuestión por no herir la sensibilidad de nadie) un delantero, viendo que se encontraba en fuera de juego (que por entonces, a esta falta, se la conocía como orsay y así la pronunció) dio varios pasos atrás para recibir el balón en posición correcta y, de esta manera, no arruinar la jugada que acabó en gol y por eso fue memorable. Para mí lo fue también, pero en sentido metafísico o metafórico, lo de dar un paso atrás, ya que, a lo largo de mi vida, siempre la he recordado como ejemplo de honestidad con los demás y con uno mismo.
Don Juan, durante todo el curso, nos infló de grandes relatos y de Bisontes cortos. Con cada calada, formaba nebulosas de polvo de estrellas, en el espacio tiempo de la clase, para dar paso a nuevos cuerpecillos celestes: nosotros ¡angélicos!. Los domingos, algunos de sus más sobresalientes alumnos y yo, nos fumábamos un Camel con filtro (por evitar las toses, que eran poco varoniles) mientras cagábamos en fraternal comunión con la naturaleza y, así, repasábamos las lecciones de entre semana.  
3 años después, en julio de 1969, el hombre pisó la luna por primera vez y los Maeso´s, que ya éramos una familia de tantos componentes como un equipo de fútbol, con reservas y todo, pisamos Valencia, provincia de Valencia y nos quedamos. Aquí es donde, en más de una ocasión, he puesto en práctica las enseñanzas de Don Juan y su héroe balompédico, porque, lo de dar un paso atrás en la vida, cuando se está fuera de juego, no digo yo que sea homérico, pero sí memorable (y lo de los Bisontes, más).    



martes, 4 de noviembre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO IV

Robar comprando 



No es lo mismo comprar robando que robar comprando. En el juego de palabras se esconden también el móvil y el modus operandi. Si en el primer caso, “comprar robando”, el azar, es el factor que ha reunido en un punto cierto número de coincidencias, como en la lotería, en el segundo, “robar comprando”, se tiene la intención de salir beneficiado de la operación a toda costa: para ello, el mazo de cartas tiene que estar necesariamente marcado de antemano, siguiendo el símil ludópata. Aquí no interviene ni la suerte ni la habilidad mental, sino la astucia, o pasarse de listo. Pongamos otro ejemplo como en la vez anterior. Un suponer, (no olviden, que esto es una metáfora y yo el narrador, el poeta) que voy al Rastro y da igual que sea a primera hora como a media mañana, y con o sin intención de buscarme la vida, porque, el estimulo que busco en realidad, es el de satisfacer mi narcisismo. No se me ocurre otra palabra o concepto para definir este estado mental, si ustedes tienen otra mejor, aplíquenla. Lo que yo quiero dar a entender es, que es algo así como tener el pleno convencimiento de que todo gira a tu alrededor y no al contrario. Entonces, con esta certeza, va uno al Rastro y no ve a personas interactuando en un medio, sino que ve a bacterias moviéndose en una placa de petri, esperándome a mí, el virus Pichadulce. ¡Lo que faltaba! ¡Ya está aquí el ansias, el gusano!. Todo el mundo me conoce pero yo no conozco a nadie. Mejor dicho, saben de mí lo imprescindible: “que mucho bla, bla, bla, pero que, a la hora de comprar, aprieto más que unos zapatos nuevos”. ¡Y a mi qué! Solo tengo que evitar a los que están más maduros, prefiero los verdes, a los virgos: soy Pichadulce y vengo a joder, y cuando lo consigo, me voy del Rastro con una estúpida sonrisa de autocomplacencia.

Y de postre:

Comprar robando
Robar comprando
Bailan los gerundios
de la mano de las emociones
en el presente
de un futuro imperfecto


















     

miércoles, 29 de octubre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO III







Comprar robando


El Rastro es un lugar cosmopolita y barato; pero, ojo con lo de barato, que a veces uno, cuando compra, más que comprar, parece que está uno robando. Lo digo por el estado mental que, por lo menos a mí, me ha producido siempre y me sigue produciendo, aunque cada vez con menos intensidad emocional y más frialdad mental ¿Serán los espolones?, por eso quizá pueda contarlo, una compra de estas características. Les voy a poner un ejemplo. Pongamos que compro un objeto, equis, a uno de tantos vendedores que en el Rastro nos buscamos la vida, y yo, que soy más listo que el hambre (que conste que lo de hambre lo digo sin faltar a nadie, porque comprendo que es lo mismo que nombrar la soga en casa del ahorcado) me doy cuenta enseguida de que, ese artículo es de un gran valor material, porque, si sumo la diferencia entre lo que me ha costado y el beneficio que espero obtener, a mi orgullo, me da un coeficiente de… más equis grado de paranoia, así, como lo oyen. Pero ¿Por qué, si todo se ha desarrollado bajo las reglas consuetudinarias que todos aceptamos? Me interesa el precio, compro. No obstante, a partir de aquí empieza el martirio. Mi ego se ha inflado tanto que hasta siento miedo por si estalla. He triunfado, me digo a mi mismo jactándome, se ve, que para estimular mi arrogante y estúpida vanidad. Cuando camino, cabeceo de un lado para el otro, a delante y atrás, cualquiera diría que escondo algo, que no soy de fiar, ¡y más la policía, que se fija mucho en esos indicios!. Siento que me observan, que me pisan los talones los susodichos. Me vuelvo mas suspicaz y empiezo a ver enemigos por todas partes que me quieren robar o estafar y, lo más triste de todo esto es, que sospecho hasta de los más allegados y, por descontado, hasta de mi propia sombra. Tal nerviosismo se ha apoderado de mí, que altera mis hábitos de sueño, alimento e higiene sexual. Hasta cuando durará todo esto, no hace falta que me lo pregunte porque yo ya lo sé, pero lo que aún me sigo preguntando es si vale la pena este sin vivir que a la postre me hace sentir culpable. Y concluyo: el Rastro es tan solo un lugar cosmopolita y barato, y no una comuna, un falansterio; así de prosaico.



















     

viernes, 17 de octubre de 2014

¡QUÉ TRISTE ES TODO!


         ¡Qué triste es todo! Pues no voy y me cago encima cuando intentaba mear. A simple vista no tendría mayor trascendencia, según se mire; pero para mí (míralo como quieras) sí que me produjo cierta pesadumbre, tristeza más bien, porque enseguida me vino a la mente la escena de la película Cowboy de Medianoche, cuando Rizzo (Ratso) se mea encima en el asiento del autobús que lo lleva a Florida. Fue una escena conmovedora lo de su última meada en la que, primero, le dio por llorar y luego por reír. En mi caso, yo no sabía qué hacer, porque no iba camino de ninguna Arcadia, sino que estaba dentro de uno de los váteres ambulantes del Rastro y si me descuido un poco, de irme, me hubiera ido de vareta del todo. Resulta, que me estaba meando vivo, a punto de reventar, y enfilé camino de los servicios. Cuanto más me iba acercando al váter, más incontinente estaba mi vejiga. Por suerte, no tuve que hacer cola, porque no era domingo sino un día festivo. Me desabroché la bragueta (digo esto porque eran unos Levis Straus, cuyo home antecésor, era de mi talla) raudo y apremiado por el dolor de la vejiga y, al apretar, resultó que, el primer esfínter que se soltó fue el del bullate. Me quedé paralizado de medio cuerpo para bajo y, del otro medio, donde se ubica la cabeza, boquiabierto. El dolor de la vejiga era insoportable pero, si soltaba el esfínter de la uretra, su colega, el del “ya me entienden”, por simpatía, también lo haría. Algo me decía que así sucedería; pero yo no estaba preparado para la ocasión, que, en otro momento, hubiera resultado cuasi orgásmica ¿o no es verdad?. Estaba de pie y como pude hice una maniobra de disuasión. Mientras sujetaba un esfínter, soltaba el otro intentando poner orden y disciplina y dejar claro que el que mandaba era yo; pero la verdad sea dicha, la sensación que tenía era la de que mandaba poco. En medio de los aprietos, di por perdida la batalla y me entregué a mi destino: ¡qué remedio! La cosa ya estaba hecha. 

Posdata: me embarga la sospecha de que, esta secuencia de acontecimientos, pudiera estar en el origen de tanto sufrimiento como hay en el mundo: empezando por el que fuera detrás de mí.    

jueves, 9 de octubre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO


El otro día, mirando la película El Pianista, de Roman Polanski, estuve a punto de alcanzar lo que en el budismo zen se conoce como satori o iluminatio. Me refiero a la secuencia de casi el final de la película, cuando el oficial nazi le pide al protagonista que interprete algo. Lo que toca al piano es la obra, Balada para piano Nº 1, en sol menor, opus 23, de su paisano Chopin. De haberse producido esto en otro contexto, como por ejemplo, el haberlo hecho en un teatro abarrotado de un público especialista y predispuesto a escuchar al virtuoso Szpilman, a la mayoría (lo digo mayormente por mi menda) nos hubiera pasado desapercibida, por no decir tediosa, en tanto que profanos en la materia. Pero el gran mérito del director fue el de involucrarnos en el asombro de ver y escuchar a un ser andrajoso, herido, muerto de hambre y comido de piojos; con la mirada aterrada de un animal, cuyo injusto fin sospecha inminente y, la convulsión de los sentidos que experimenta el oficial nazi, que, hasta ese momento, se sentiría, digo yo, que impune y arrogante, y que, como a él, en este caso a mí, mutatis mutandis, conmovernos al ser capaz de producir un sincero impulso de agradecimiento.  
  ¿Por qué digo todo esto o a santo de qué? Porque sospecho que hay un niño dentro de mí, al que con encono reprimo y maltrato si decide asomarse sin el debido permiso: a partir de ahora prometo sacarlo a pasear más a menudo.

martes, 30 de septiembre de 2014

EL NIÑO QUE APURA EL CHUPA CHUPS


Con más espolones que un gallo
diviso lo que son umbrales
que con Filomena batallo
buscándole a la misma un fallo
y no tener que usar pañales.

Aunque veo, oigo, huelo, percibo,
más pronto que tarde, no habrán
goces del himeneo, y vivo,
dentro de mi cuerpo cautivo,
tornaré al Edén con Adán

como un niño de teta y  cacas,
solo que, mis incontinentes,
otrora gracias o alharacas,
sin poderlo evitar aplacas,
con pellizcos condescendientes

Ay, lo qué será de mí! ¿o de ti?
pues este declive me alarma
que, sin quererlo me peí,
cuando el otro día tosí,
tejiendo el hilo de mi karma

sábado, 12 de julio de 2014

LOS DESAFINADOS III: LA BEGO

LOS DESAFINADOS III: LA BEGO


    El otoño se había instalado después de un bochornoso verano y hacía fresco a orillas del mar bajo el sol poniente. La luz del faro giraba precisa como un reloj Omega al final de la escollera. Había marejada al otro lado del muro y solo podía oír los latigazos de las olas rompiendo contra los bloques de hormigón (que eran tan grandes como casas, o casi) desde la posición en la que me encontraba: sentado al volante de mi furgoneta Seat Panda vintage del 82. En el otro asiento estaba La Bego, mi novia, de la que, en resumidas cuentas, solo puedo decir que era tan golfa como yo, si no ¿Cómo explicar que estuviéramos juntos?. Recalábamos a menudo en este lugar porque ninguno de los dos disponía de medios donde poder retozar.
    Las posibilidades que nos brindaba la furgonetica para el desahogo, se reducían a: o bien nos pajeabamos en los asientos de delante o, pasábamos a mayores, en la parte de atrás, con el consiguiente riesgo, no ya de que pudiera quedarse embarazada, sino de descalabrarnos con algún trasto de los innumerables que ni yo mismo sospechara de su existencia. Ya saben que soy trapero y que vendo trastos en el Rastro para buscarme la vida.
    Sonó el móvil en medio del instante voluptuoso.   
    -Si… ¿Cuántos?… ¿no será una trola de las tuyas?… Era El Gordo que había vaciado un piso y me metía prisa para que fuera a ver el material. Nena, nos tenemos que ir, le dije a La Bego. Soltamos amarras, los dos al unísono, y nos fuimos… con rumbo a la covacha del Gordo.
    Le faltó tiempo a La Bego para darle al play del reproductor de Cds una vez que nos pusimos en marcha. Era fan de Los Camela y tenia todas las casetes de este terrorífico grupo. Para quitarme de encima a Los Camela, en su día, me deshice del radiocasete de la furgoneta y lo cambié por un reproductor de Cds; pero ella no tardó en grabárselos en soporte digital, y yo seguía sin soportarlos. Qué le vamos a hacer, siempre me quedaría Emilio El Moro.
    Siguiendo la ruta en dirección a la covacha del Gordo, desde el Puerto, decidí parar para husmear en un contenedor de recogida de enseres que, periódicamente, ubicaba el Ayuntamiento en el Mercado de Colón. Bajé de la furgoneta y dejé el motor encendido porque iba flojo de batería y, cada dos por tres, La Bego y algún que otro viandante, empujaban el vehiculo hasta conseguir arrancarlo y, como de antemano, había recibido un ultimátum de La Bego, en el que me dijo taxativamente: ¡si se para la furgoneta, te va a empujar tu padre con los cuernos! Procuré no tentar a la suerte. Así de fina era La Bego. No  se puede decir que fuera cursi, no. En todo caso, no era su paupérrimo lenguaje, al cual estaba acostumbrado, lo que me chirriaba, sino el tono agudo y el volumen estridente de su voz.
    No había nada en el contenedor. Quiero decir, que no había nada para el Rastro. En esto que me disponía a marcharme, cuando vi a una anciana que renqueaba, a resultas de que iba cargada como un burro con una gran bolsa, y no venía, precisamente, de Mercadona, sino que acababa de salir de un patio cercano. Estuve observando, desde mi posición, justo dentro del contenedor, la maniobra de la vieja. Al ver que sus intenciones eran claras, me refiero a que iba directa al contenedor, me ofrecí para ayudarle y, de paso, sonsacarle información que pudiera serme útil desde el punto de vista comercial.
    -Señora, ¿Va a tirar la bolsa?-
    -Si-
    -No se preocupe, déjela aquí mismo- y le señalé la acera -que yo ahora me ocupo de volcarla dentro-. La señora aceptó y me rogó que no desparramara el contenido.
    -No se preocupe, señora, que yo en lo mío soy como un cirujano. La siguiente pregunta que se hace en estos casos cuando alguien está procediendo a una limpieza es, la de que si tienen algo más que tirar. Me dijo que no. Llamé a La Bego para que me ayudara en el triaje.
    -¡Begooo! ¡Begooo!-. Pero La Bego no se enteraba porque se sentía protagonista doblando a Los Camelas con el volumen del reproductor de Cds un poco alto. Ya me entienden, lo del lolailo lailo y todo eso.
    ¡Begooo! ¡Begooo! Insistí. Entonces salió de la furgoneta y me dijo: ¿¡Qué mierda quieres!?.    
    La bolsa era grande y estaba llena de trastos. En una primera impresión, resultaba prometedora. En la segunda impresión, cuando acabamos de escudriñarla, supuso una decepción. Para esto me llamas, me dijo La Bego, si aquí no hay nada más que mierda. A lo mejor se te han despeinado los pelos del coño, le dije yo, dejándome llevar por cierta indolencia gramatical.
    Abandonamos el lugar, sin perdida de más tiempo, porque al Gordo no se le puede hacer esperar mucho, es demasiado impaciente cuando tiene algún negocio entre manos. Los minutos se le hacen horas y las horas días, y creo que ya llevábamos, por lo menos, un día y medio de retraso.
    De repente, a La Bego se le ocurrió, al pasar por delante de un Mercadona, comprar comida para perros, auténticos, pues tiene una perrilla caprichosa a la que mima con desvelo. Tuve que acompañarla porque La Bego estaba tiesa y a mi solo me quedaban tres o cuatro euros, disponibles, en la tarjeta del banco. Estábamos en una zona pija de Valencia, fuera de nuestro entorno lumpen, concretamente en la calle Lauria, junto a los cines ABC Park. Los dos íbamos informales pero limpios. Yo, por ejemplo, llevaba puesta una cazadora tejana, Levi`s Straus, King Size, que me había encontrado recientemente, que si bien, tuve que darle dos vueltas a las mangas para que las manos quedaran al descubierto y las hombreras me llegaban a los codos, en invierno, cuando me reforzara con cuatro o cinco jerséis, luciría que ni pintada. La Bego iba menos discreta, gastaba más prosopopeya de mercadillo. Llevaba el pelo desteñido y recogido con una goma a la altura de la coronilla; un lunar tatuado a la izquierda, por encima del labio superior, y otro tatuaje en el hombro derecho representando un corazón con una inscripción que decía: Pigüi, el Autentico. Aunque sea una indiscreción por mi parte, les diré, que los tatuajes se los hizo en el talego cuando de joven se enamoró locamente y robaba carteras para El Autentico, mientras se alternaban, ambos, el menú de La Modelo.
    Entramos en el supermercado y, no vean ustedes, la de productos inmortales y perecederos que había por doquier. La sección de frutas y verduras, por ejemplo, era una autentica catedral con explosivos colores y olores y, como tal, solo podíamos contemplar la divina presencia del dinero. Acoquinados por la majestuosidad apócrifa del continente y del contenido, y tan despistados como mareados de tantas vueltas como dábamos sin encontrar la sección zoológica correspondiente, al pasar por la de fiambres, y ver la mortadela de aceitunas, de la cual me nutro y embeleso, pensé en comprar dos Hacendados paquetes, uno para mi y otro para la perra de La Bego, y así matar dos almas de un tiro, o como se diga. Entonces fue cuando reparé en que estábamos siendo objeto de un férreo marcaje por parte del guardia jurado. La Bego se había dado cuenta, mucho antes que yo, de que, independientemente de cual fuera nuestra dirección, allí estaba él a un metro de nuestros culos. No hace falta que de más detalles del guardia jurado, excepto que era eso, un guardia jurado. Seguimos buscando nuestro cometido y el guardia jurado seguía siguiéndonos, y entonces, como el que no quiere la cosa, La Bego se tiró un sonoro pedo trompetero, lo cual, a mi me pilló de sorpresa y, al guardia jurado, de lleno. Acto seguido, La Bego giró la cabeza hacia atrás y le dijo al espía: ¡Cómete mis peos, goleor!.
    Un sonoro ril, si señor, el que soltó La Bego y con la profundidad de campo necesaria como para que fuese escuchado, con suficiente nitidez, varios metros, tanto por delante como por detrás de ella. La onda expansiva, solo provocó, en las inmediaciones, caras estupefactas. Fue más el ruido que las nueces, dicho en plan metafórico. Menos mal, si no, yo hubiera supuesto un irreparable daño colateral.    
    Nos invitaron, por las malas, a que abandonáramos el recinto y, una vez en la puerta, aunque un tanto forzado, he de reconocer, me rilé yo también, apostillándoles: ¡Y los míos!.
    La verdad sea dicha, de pedos tan sonoros  nunca hizo ostentación La Bego. Más bien, era yo el que el que alardeaba en lo tocante a la expulsión de gases en su presencia. Ella era más taimada ¿Cómo diría yo…? Más de follones sordos.  

    Casi llegando a la covacha del Gordo, que, como ya he dicho en otras ocasiones, estaba en el corazón del Barrio Chino, y sin solución de continuidad, nos tropezamos con El Pigüi, otrora marido de La Bego, y ésta se soliviantó al verle. Se ve que tenían sus más y sus menos desde que La Bego lo abandonó por otro peor. Me dijo: diquela, ves a ese calvorota que está  en cuclillas apoyado en la pared (esta es una postura muy característica de los que han pasado muchas horas en el patio de la cárcel)  Le dije que si. Pues es mi marido, el autentico: todavía no estoy divorciada. Haces bien. No te divorcies y así tienes la paguilla asegurada, le dije.
    -¿Sabes lo que viene a hacer por aquí?- Me preguntó La Bego con una pícara sonrisa.
    -Apostaría a que si-
    -Pues no te lo vas a creer. No son tías lo que busca, sino que son los travestis los que lo buscan a él. Algunos se embargan por pasar la noche con él.
    Y entonces recordé, lo que La Bego me dijo, al respecto de los atributos masculinos del Autentico. 
    A propósito de esto, y ya de paso, les voy a hacer un lote con la biografía no autorizada de La Bego. Les  voy a contar otra indiscreción, pero más escabrosa si cabe; sin embargo, esto no justifica, en nada, el mal karma que pesa sobre ella a consecuencia de sus propias acciones posteriores. Espero, por mi bien, que nunca se entere de que me he ido del pico.
    Desde el primer día en el que me reveló su secreto, no tuve por menos, que sentir compasión de ella. Cuando me dijo lo suyo, no tenia lagrimas en los ojos, ni se sentía culpable ni guardaba rencor a nadie, en definitiva, no buscaba ninguna comprensión porque ni ella misma comprendía el por qué nunca tuvo suerte con los hombres y, por extensión, en la vida.
    Empiezo por relatarles lo mal bicho que, según decía ella, había sido durante su niñez, en el contexto de una familia cateta y numerosa, en un barrio invisible de finales de los años sesenta. Esto es imprescindible que lo añada yo, no como nota de color, sino como caldo de cultivo. Lo de mal bicho, para ella, consistía en ser agresiva y violenta con cualquier semejante, a la sazón, niñas educandas, o sea, que en el colegio no podía convivir, como aquel que dice, ni con su sombra. Su modus operandi era el guantazo, el arañazo y el estirón de pelos, todo ello ejecutado con saña. Demasiada violencia para una niña de tan solo nueve o diez años. Sus padres, catetos contumaces, como ya he dicho antes, vieron que tenían un problema con la niña, a la cual, solo le faltaba pegar coces, y se inhibieron de toda responsabilidad, profiriéndole gritos, insultos y toda clase de vejaciones, como solo los zafios saben hacerlo. No quiero decir, a todo esto, que su preocupación nos les causara acongojo e impotencia. Y ¿Qué se les ocurrió que podían hacer? Se preguntaran ustedes, pues encerrarla en casa y aislarla al cuidado del pequeño de la familia, así quedaba justificado lo que por entonces no tenía nombre ni concepto. Bueno, nombre y concepto, en realidad, aunque fuera otro, si que tenía, además de impunidad. 
    La Bego creía que sus padres no la dejaban salir de casa para evitar que fuera sembrando el terror entre los demás infantes. Pero lo cierto era, que a la niña ya le había bajado la regla y esto si que les aterrorizaba a ellos. “¡Que no te toque nadie!” fue la frase que su madre le recitó en un lacónico e intimidatorio rito de iniciación, señalándole las partes de su cuerpo que comenzaban a desarrollarse.
    En resumidas cuentas, y perdonen por los rodeos que pueda estar dando, La Bego estaba siendo objeto de abusos sexuales, desde hacía mucho tiempo, dentro de su entorno más cercano, y lo sabían todos menos ella. Ya saben, con el cuento de las golosinas y los chavos, la manoseaban y ella acariciaba y chupaba golosinas incapaces de producir otra satisfacción, que no fuera la risa y el escarnio entre otras mujeres adultas. Disculpen los términos groseros con los que describo los hechos, esto se debe a mis limitados recursos literarios y a mi estado de ánimo; que siempre que lo recuerdo me ciego. Me hubiera gustado que fuera ella misma la que les contara su propia versión de lo acontecido, pero al dejar de asistir a la escuela, solo sabe cuatro palabras y mal dichas, propias del ambiente merchero en el que se crió.
    Como ya he dicho antes, La Bego nunca tuvo ni la menor idea de la relación causa efecto, o karma, como ustedes prefieran, del juego al que a ella también le gustaba jugar. Un dulce juego del que no sabía sus reglas, pero cuyas consecuencias marcaron su destino. ¿Qué de malo podía tener ese juego en el que ella siempre salía beneficiada? Este es el día en el que aún se lo pregunta.
    Con catorce años y sin apenas salir de casa, conoció al Pigüi, El Autentico, no se cómo porque ella no me lo contó, e iniciaron relaciones, un tanto desequilibradas, puesto que el tal Pigüi tenía treinta y tantos años y un buen historial delictivo como ratero de poca monta. Tampoco sé el por qué tuvo que casarse con El Autentico con el consentimiento de sus padres, pero me lo imagino: era la manera que tenían sus progenitores de quitarse el marrón de encima. Observarán que, hasta aquí, todavía no he empleado la palabra amor ni sus derivados, sencillamente, porque experimentar este afecto, supone un mínimo de disposición para sublimar los bajos instintos, algo así, como lo que hace la flor de loto que hinca sus raíces en el fango del fondo del estanque; y esto es una cosa que en su entorno brillaba por su ausencia.
    Se casó con El Auténtico y se fueron a vivir juntos. En un primer periodo, las cosas no es que fueran bien, sino que no iban tan mal como después se terciaron. Vivian bajo un techo fijo y rateaban juntos cualquier descuido a su alcance. Créanme, no es un oficio fácil el de descuidero, ya que no solo hay que esquivar la mano de la justicia tanto, como el puño de las victimas; en más de una ocasión fueron presos de sus iras.
    La Bego, en lo tocante a los goces del Himeneo, respondía con sus actos como lo que era, una niña. Si bien, la manosearon cuanto quisieron, nunca fue penetrada hasta que lo hizo El Pigüi con su autentico troncho de veintitantos centímetros. Instrumento de tortura, a la vez que de placer para los travestis, según me contó ella. Y no solo me dijo eso, sino que por las mañanas, cuando se incorporaba de la cama y caminaba un corto trecho, un liquido viscoso le atravesaba las bragas. El semen de la noche anterior, por efecto de la gravedad, se desparramaba por sus muslos. Perpleja, estuvo un tiempo exclamando: ¡Esto qué es!. Aunque creció, y ahora ya tiene sus años, no por ello madura; sigue siendo la niña que vendió su alma a cambio de unas chuchearías envenenadas.
    La niña progresaba en astucia de la mano de su marido y mentor, El Autentico. Escapaban, tanto de la justicia como de las iras de sus victimas, en los aparcamientos de las grandes superficies. En sus mentes, lejos, por una de aquellas, de aparecer algún síntoma de arrepentimiento, por haber menoscabado el presupuesto de una familia de tipo medio (no tenían el por qué, tampoco, porque si hicieran esto, no harían lo otro)  sus hazañas fortalecían sus egos y escurrían el bulto ante cualquier responsabilidad. Hasta que, El Pigüi cayó preso por mor de una de tantas, a las que con tanto  ardor ambos se entregaban. 
    Preso en la Modelo, El Pigüi, a La Bego no le quedó otra que buscarse la vida tomando decisiones por ella misma; y continuó sin dar en el clavo. Fue durante una visita a la cárcel, con el fin de comunicar con El Autentico, donde tomó su siguiente mala decisión. Estando en la sala de espera, repleta de familiares de presos, y habiendo acabado de escribir (como pudo) en un resquicio de la pared, con su lapiz de labios, “Pigüi El Autentico”, se le acerco una dama de tez morena, pelo negro, ojos negros (muy morena ella) rasgos indoeuropeos y sonrisa embaucadora. Después de relatarse, la una a la otra, sus respectivos currículos, la dama en cuestión, fue al grano. Haciendo uso de su mayor experiencia y movida por el sádico placer de pervertir a un semejante (de catorce o quince años) le propuso a La Bego la mejor alternativa para su desolada situación: la prostitución. No sé qué papel jugó en adelante la dama, a parte del de inductora,  ni cuanto tiempo estuvo La Bego ejerciendo la prostitución, porque lo que les quiero contar es como acabó. Una vez que esta dama hizo los contactos pertinentes para colocar a La Bego en un Club de Alterne o Puti Club, pongamos que desapareció del mapa. Para La Bego no resultó, digamos, muy complicada la adaptación a la faena ya que estaba acostumbrada al manoseo, y El Pigüi se había encargado de hacerle el rodaje con su pistón hidráulico de escavadora: ese que removía las entrañas de los travestis.
    La Bego se encontraba muy a gusto alternando con varones que, unos podían ser sus padres y, otros, sus abuelos. Era la misma situación que había experimentado unos años atrás, pero distinto escenario. Aquí la recompensa no eran simples golosinas, sino goloso dinero. 
    La Bego acudía al trabajo (si es que a esto se le puede llamar trabajo) “ceñida y coqueteando” como dice el tango del cual extraigo estos vocablos (que no sé si son adjetivos, verbos o sustantivos). El maquillaje acentuaba en ella la ambigüedad entre niña y mujer y, sobre todo, provocaba en los varones, el deseo ancestral de poseer a una Virgen. La Bego, por el contrario, lejos de sentirse intimidada en un mundo de adultos, donde éstos jugaban con su inocencia, el hecho de ser el foco de atención de la mayoría de hombres, le producía una hemorragia de satisfacción, hasta que, la violencia le pinchó el globo de la vanidad. Digo esto, porque como dice el refrán: “nadie da duros a cuatro pesetas” y menos en el culo del mundo.
    El Puti Club, no recuerdo por donde me dijo que estaba ubicado, pero no crean ustedes que era un antro lujoso mantenido por la asidua asistencia de políticos, jueces y demás fuerzas vivas, buscando placeres prohibidos, no. Por entonces, a mediados de los años setenta, le dabas una patada a una piedra y te salían cuarenta Puti Clubs, rancios y decadentes, con olor a insecticida y gel barato, a lo largo de toda la geografía de la ciudad. Y en uno de éstos si inició La Bego en el alterne. El negocio sicalíptico funcionaba y al Pigüi no le faltaba el tabaco en la cárcel. La Bego creía haber encontrado la piedra filosofal (aunque ella lo llamaba, como todas sus correligionarias, ordeñar al prójimo) hasta que un primo, “moreno de verde luna”, (así llamaba García Lorca a los elementos de cierta etnia, muy morenos ellos y muy endogámicos) no contento con tanto menoscabo de su peculio a cambio de parte del ser de La Bego, que la quiso toda para él. “Tú tienes que ser mía” le estuvo repitiendo, una y otra vez, durante sus visitas al Puti Club. Palabras, que cada vez La Bego percibía como más agobiantes y amenazadoras. La Bego esquivaba cuanto podía los insistentes requerimientos del Moreno; pero ya saben ustedes lo que pasa con las mentalidades sicópatas… pues eso: que no admiten un no por respuesta. Si a caso, por una de aquellas, la hubiera colmado de regalos, dinero y atenciones, pues, no te digo yo, que la cosa quizá hubiera discurrido por otros derroteros, en los que al final, el que hubiese palmado sería él, puesto que en estos territorios no existe el término medio: o eres victima o verdugo.
    El Moreno de Verde Luna acudía al Puti Club, cada vez con más ganas de vengarse viendo que La Bego le esquivaba cuanto podía. La frustración lo llenaba de ira y el miedo que percibía, a través de ella, lo envalentonaba. Y llegó el día en que, el Moreno de Verde Luna, perpetró uno de tantos actos de cobardía de su repertorio sicopático. Aprovechando la ausencia de clientes en el Puti Club, se dirigió a La Bego, que estaba apoyada en la barra, para no desfallecer de aburrimiento, y le puso un revolver en la cabeza. Disculpen que no sea más preciso en este detalle, la verdad es que, no sé si fue en la parte frontal, parietal u occipital; pero la cuestión fue, que La Bego se cagó encima y, por extensión, el resto de compañeras. A ver si no, cualquiera, en su lugar, no se lo hubiera hecho mejor, en todo caso, de haber algún matiz, sería en el tono y viscosidad de la gandinga. Como digo, le puso la pistola, o el revolver, en la cabeza y le profirió: “¡tú te vienes conmigo”. Nótese el tono, no ya imperativo, sino posesivo de la frase, que en ningún momento contempla la posibilidad de una negativa por parte de la interesada. Para La Bego, el tiempo que duró el altercado, se le hizo interminable. Pasó del susto de la primera impresión y el miedo de no tener escapatoria, al pánico, cuando vio los rostros de sus compañeras desencajados. Este indicio le puso de manifiesto que su vida estaba en autentico peligro, y pasó a la última fase del miedo: el terror. 
    Ni que decir tiene que, todas las mujeres allí presentes, (sin contar el incidente escatológico) estaban aterrorizadas también; pero La Bego más que ninguna. La cosa acabó, dentro de lo que cabe, bien, o sea, que no hubo que lamentar desgracias personales. No sé si fue mediante el dialogo conciliador, el instinto de conversación que tienen las mujeres, o a botellazos, como entre todas pudieron hacer desistir al Moreno de Verde Luna. Fueron, en total, unos cuantos minutos, pero muy intensos y dolorosos que pusieron a La Bego en paradero desconocido y todavía, ni ella misma, sabe donde está. 
    La ley del silencio protegió al Moreno de Verde Luna de este atentado y quien sabe de cuantos más. Pero si en adelante, no cambió de proceder, cosa que dudo, probablemente viva escondido en una rendija como las cucarachas.
    La Bego en adelante se volvió un tanto casquivana. Conmigo, durante el tiempo que mantuvimos relaciones, hizo un gran esfuerzo por mantenerse fiel; aunque no tengo ninguna prueba que lo certifique. En resumidas cuentas: a ella le sigue gustando follar, pero que no le peguen.
    Para finalizar, deciros, que La Bego ya no está conmigo, o yo no estoy con ella, que monta tanto. Y El Gordo, como llegamos tarde en esta ocasión, solo tenía mierda como cagando en su covacha. Eso sí, me dijo, que para la próxima semana, tenía previsto vaciar tres pisos y que me avisaría. 

 





  












   

      
 

   

     

          
   

miércoles, 28 de mayo de 2014

FUMO ERGO SUN

Saco el cigarro encendido
solapando la maniobra,
ya que dinero no sobra.
Por más que soy precavido
y que de matarme cuido

con este vicio malsano
que lacera los pulmones
y hasta seca los cojones,
dicho por mi cirujano,
que, cuando habla, no habla en vano.

Él está en mis pesadillas
y en mi eterno solivianto.
Si toso mucho me aguanto,
quiere abrirme las costillas
y matarme entrecomillas

para así morir matando.
Dejando aparte al galeno,
y el asunto del veneno,
como yo en mi cuerpo mando,
y fumo y follo pagando,

quien esté a la expectativa,
cuando del bolsillo saco
mi paquete de tabaco
e, inicie la tentativa,
le digo en definitiva,

con mis palabras someras:
tabaco di, pero ya no doy
porque ni quiero ser ni soy,
  a ver si esta vez te enteras,
un estanco sin fronteras.

Con mi dinero del ala
no fuma nadie de gorra
que si ese dinero se ahorra
y a cambio nada regala:
¡Que se fume la cigala!





viernes, 23 de mayo de 2014

SONETO EN MI BEMOL MENOR

Por la mañana, cuando me despierto
y reinicio bajo la protección
de un café y un cigarrillo, reparo
en el archivo donde están las copias

capturadas de mis queridos muertos.
Estáticos, no dicen nada. Soy yo
el que, conmovido, les interpelo:
¿Os debo algo? No quiero ser ingrato.

Vuestro legado hizo que yo os piense,
alargando, por un instante, vuestra
metafísica existencia. Agradezco 

la insistencia con la que deseáis
verme en el horizonte de sucesos;
pero, es que yo... nunca he sido puntual.

martes, 20 de mayo de 2014

SONETO DESAFINADO


Para Blas, el auténtico, aunque esté por duplicado
 

Le cuelgan los pellejos del pescuezo
y, desde la barbilla hasta la frente,
una gran arruga, multiplicada,
le invade el rostro donde desemboca

su escueto, breve y consumido cuerpo.
Cualquiera diría que es un prudente
anciano o la momia de Tutancamon.
Pero no, así es Blas, príncipe y lacayo.

Hombre-Rastro que se fuma los puros
de otros que ya nunca podrán hacerlo,
y se perfuma con vino suicida,

sin tregua ni medida. Él solo sabe
que nadie tiene el por qué saber nada:
intuye a donde irá directamente



miércoles, 14 de mayo de 2014

A LOS VÁTERES DEL RASTRO

Sócrates lo dejó hablado:
yo, ni de esto ni de aquello sé nada,
ahora bien, cuando veo una cagada,
digo que aquí se han cagado.

Qué es un váter, me pregunta?.
Es solo un lugar de encuentro
donde el bullate se apunta
para así cagarse dentro

¿Y no será que el profano,
del ambulante retrete,
no pone el freno de mano
cuando dispara el ojete?

Han dejado una gandinga
tal que boina de Vizcaya
¿será de señoritinga?
¡se han limpiado con la saya!

Hablando claro y sencillo,
si la mierda es generosa,
hay que usar el calzoncillo
cuando no hay más celulosa

Con perfume de lavanda
en atmósfera aceitosa,
Dalí no la hubiera pintado más blanda
ni tan plana, ni tan rubia y pegajosa

Hijo puta,  es que no atinas,
con lo grande que es el cráter?
¡Ni que hubieran concertinas
en la noble tapa el váter!

Al que por las pencas se va,
de vareta o cagalera,
no cagara o cagará,
si después se la comiera






jueves, 17 de abril de 2014

viernes, 14 de marzo de 2014

LOS DESAFINADOS II: El Maestro Ricardo




    Lo de acogerme a la Quinta Enmienda lo dije por si colaba; pero no coló. Como era la primera vez que estaba en esta situación, dije lo que había escuchado en multitud de películas americanas, cuando el acusado se quiere escabullir del peso de la justicia. Y casi cae sobre mí el peso… no de la justicia, sino de la mano del señor inspector. Me escapé. Por  cuestiones de reajustes en el presupuesto del Ministerio del Interior, el personal quedó reducido en un cincuenta por ciento y, tanto el papelón de poli bueno como el de poli malo, lo interpretaba él mismo y, a la postre, no resultaba muy creíble, que digamos. A esas alturas del interrogatorio, ya casi éramos como colegas, bueno, es un decir. 
    No digo yo que, el señor inspector, no tuviera conocimientos teóricos sobre el crimen organizado y asesinos múltiples; pero, lo que en medicina se llama tener ojo clínico, no tenia: ni falta que le hacia. Si hubiese contado con la suficiente experiencia, habría deducido que, los retortijones de tripas que de repente le invadieron, tenían su origen en el café de máquina de la comisaría que, más que expreso, era a reacción; pero, por defecto profesional, prefirió abrir una línea de investigación al respecto.
    Ahora que el señor inspector no se encuentra presente, ya que salió corriendo porque se iba de vareta, aprovecho la ocasión para contarles que, Pepito Cuatroquesos, se encuentra limpio y reluciente en una sala del Museo de Prehistoria, donde fue a parar tras una donación de mi cliente y amigo el Paleontólogo. ¿Quién se lo iba a decir al pobre Pepito?. Creo que (no me hagan mucho caso) le han cambiado el nombre; ahora lo llaman Johnson: por el brillo que desprende.
    Es curioso esto de la muerte. No para uno de ver cómo se mueren los demás y no reparamos en que estamos todos en la cola, con el número de orden en la mano, como en la pescadería de Mercadona: ¡siguiente!. Ya sé lo que están ustedes pensando: que como en Mercadona, también hay gente que se cuela ¿verdad?.
    Y no basta, como hace mi amigo el Paleontólogo, subliminalmente, queriendo prolongar su existencia, por más que la investigación sea un noble fin, con coleccionar relojes. No señor. Pepito Cuatroquesos, al respecto, no solo tenia su número correspondiente para entrevistarse con la Parca, además contaba con un albarán de entrega. Estaba todo detallado: palos, gritos y desprecio por un valor de… toda una vida. ¿Quién pagaría la factura resultante?. Como no había ningún responsable subsidiario, a pesar de su insolvencia, la pagó él con su flaqueza. Si, es triste pero es así. Menos mal que el alcohol le subía la temperatura del alma. Ese calorcito le proporcionaba ternura para repartir entre los únicos seres incondicionales con los que se tropezó y, por ende, compartió su perra vida: sus  chusqueles.
    Esto se lo cuento a ustedes porque sé que al señor inspector no le importa lo más mínimo. A mí sí que me importa, ya que siempre vi a Pepito como una persona de la que poder extraer alguna enseñanza. ¿O, a caso no estamos aquí para aprender? ¿es que nacemos enseñados, o qué?. Parece que lo diga de cachondeo porque ¿Qué enseñanza se puede extraer de una existencia arrinconada?. A mí, Pepito me enseñó a reflexionar, sí, a escoger entre la alienación y la neurosis: me quedé en medio. Verán, el termino medio es la mejor elección. ¿Para qué quiero yo estresarme? ¿cómo canalizo la ansiedad resultante? ¿con drogas, sexo, juego…? Y ¿qué hago con la ansiedad que conlleva la compulsión y el inmediato sentimiento de culpa? Es un sin vivir. Con lo a gusto que está uno teniendo vicios que se pueda pagar. Pero he de reconocer que, a causa de mis excesos pretéritos y holgazanería presente, tengo muchas cosas de las que arrepentirme en esta vida. Cosas, por llamarlas de algún modo, que no dejan de acompañarme y aconsejan cuando afloran en mi mente, infligiéndome dolor, vergüenza y pesadumbre. Es como un castigo que me ayuda a distinguir entre el mal y lo que puede ser aún peor. Dentro de lo malo, por lo menos, sé que siento y cómo lo siento. Estas son mis pertenencias. No sirven para nada, excepto, para despedirme “ligero de equipaje”. 

    Se me ocurrió, por casualidad, dejándome llevar por el aburrimiento de estar solo en aquella estancia y por mi sano apetito de fisgoneo (al cual le debo mi prestigio y supervivencia, ya que soy capaz de visualizar el contenido de una bolsa de basura sin abrirla) averiguar si la puerta de la sala de interrogatorios estaba abierta o cerrada, usando, en este caso, el método científico de prueba y error. O sea, que si giraba el pomo de la cerradura y la puerta se abría, es que estaba abierta y, si no, es que estaba cerrada. Para mi asombro, resultó ser lo primero. Enseguida me entraron ganas de comerme un bocadillo de calamares y tomarme un café. Me atusé las greñas y abrí la puerta con decisión. Y allí estaba él. El señor inspector que volvía de sus menesteres.
    -¡Hola! ¿Cómo ha cambiado, no?- exclamé, fingiendo asombro, cuando en realidad fue un susto lo que me llevé.
    -Pase, pase, está usted en su casa- le dije e incluso le ofrecí una silla para que se sentara.
    -Si de mí dependiera, te habría pegado una patada en el culo y te hubiera puesto en la orbita del Cotolengo-. Me dijo esto y después se sentó en la silla opuesta a la que le ofrecí: para llevarme la contraria. Dejó caer sobre la mesa, con desdén, el manojo de papelorios que llevaba entre manos y me dijo, con estas palabras (que de mi boca no salieron):
    -Después de jiñar, me puse a indagar sobre la trayectoria vital y mortal de Pepito Cuatroquesos y, con ese nombre y ese alias, no me sale nada en la computadora-.
    -No me extraña, Pepito era invisible; pero no taimado. Le dije esto y, en un abrir y cerrar de ojos, me vi ante el juez instructor, el cual me vio a su vez, un día, por la tele, en un reportaje sobre el Rastro de Valencia, y me felicitó por mi desparpajo. La única pregunta que me hizo fue, que si en el Rastro aparecían con frecuencia, para la venta, plumas estilográficas, vintage y antiguas, ya que él era un consumado y compulsivo coleccionista. Yo le dije que si: que a capazos. Le mentí al respecto de la cantidad y me supo mal, porque lo vi francamente entusiasmado. 
    Me puso en libertad provisional, con fianza, puesto que todas las pruebas apuntaban hacia un posible veredicto de culpabilidad, a lo que yo le respondí, en confianza también,  que podía confiar en la información privilegiada que acababa de suministrarle. “Quid procuo, su señoría” le dije, y le hice hincapié en que visitara el Rastro a primera hora de la mañana, momento en el que los vendedores tenemos las neuronas reiniciándose y el disco duro formateado. En esto también le mentí; pero como él está acostumbrado a que le mientan y yo me debo a los principios éticos del oufit… se me disiparon los escrúpulos. 
    Después del infierno que me supusieron las cuarenta y ocho horas en comisaría, me fui directo a casa, para descansar, y pasé del bocadillo de calamares y el café, más que nada, porque no me podía permitir esa ostentación.
    Me tiré de bruces sobre la cama e, ipso facto, noté como mi cuerpo se derretía de gusto. Sonó el timbre de la puerta y me cagué en sus muertos. Abrí echo un obelisco y, en primer termino, vi un saco de patatas, verduras y dos caras estupefactas de sendos jóvenes emprendedores que me ofrecían dichos productos, de la tierra al cliente, sin intermediarios. Viendo que eran colegas, ya que yo vendo artículos, directamente, del contenedor al consumidor, sin intermediarios también, y sé las fatigas que esto conlleva, aplaqué mi enfado y les dije que si me podían arreglar, por un euro (que era todo por cuanto en ese momento me hubiesen podido ahorcar) un lote para hacerme una tortilla de patatas, estilo Biscuter. Me dieron una patata, una cebolla, un diente de ajo y recuerdos para el detective Carballo.
    Dudé entre dormir o comer, por este orden, o hacerlo a la inversa. Me decanté por comer primero, aunque era presa del cansancio. Acto seguido, me involucré en la confección de la tortilla. Pelé y troceé la patata junto con la cebolla y el diente de ajo picado, lo salpimenté y, cuando el aceite estuvo lo suficientemente caliente, lo introduje todo en la sartén. Me fui al comedor y me tumbé sobre el sofá mientras aquello cogía su punto. Encendí la tele para distraerme, cuando, de repente, en el indecente momento en que la Belén Esteban iba a enseñar las tetas que se había comprado en el Cash Converters, el aparato se puso en estática y empezaron a salir de él y por orden de defunción: el Maestro Ricardo y Pepito Cuatroquesos. Gozaban de un excelente estado. Sin ningún signo de ruina ni miseria. Irradiaban una profunda sensación de paz, armonía y comunión que me conmovió y quedé como atontado (más todavía). Ante el requerimiento que me hacían para que me incorporara al dúo, acepté la invitación y me dirigí hacia ellos. En ese momento, empecé a sentir repugnancia, agobio, impotencia y un desasosiego tal, que me desperté con un fuerte sobresalto. Y lo hice en medio de una espesa humareda. Salí corriendo hacia la cocina, ya que me olí la tostada, y allí estaba el contenido de la sartén, más negro que la entrañas de un lápiz y mi gozo en un pozo.
    Del susto se me quitaron las ganas de comer. En todo caso, de comerme los chicharrones, para ser más exactos. El dolor de estómago me impedía conciliar el sueño. Tendido sobre la cama, confuso y agitado por el conato de siniestro, volví a recrear la grata sensación que me produjo aquella visión ectoplásmica, sobre todo, la del Maestro Ricardo: radiante y con sus cinco sentidos. Me recordó a mi padre y el anhelo que yo sentía de joven por verlo sereno y en sus cinco sentidos, cosa que en contadas ocasiones se produjo. Es bastante frustrante, el no poder compartir ni un minuto con el responsable de que tú estés aquí. Sospecho que esto pudiera estar en el origen múltiple de mi inadaptación social. De mi inutilidad; pero, visto lo visto, quizá sea lo mejor. 
    A resultas de aquel sueño, les voy a contar una infame historia que tiene que ver con el Maestro Ricardo. Pero antes, quiero hacerles un inciso a la manera de Quevedo cuando dice: “pues amarga la verdad / quiero echarla de la boca…”. Por más que nos empeñemos, no hay otra ecuación que la que dice “tanto tienes, tanto vales”. De ahí la importancia de la ostentación. De exhibir cuanto antes, para envidia de los demás, el mayor número de signos que verifiquen nuestro éxito. A costa de acorazarnos por fuera, nos quedamos huecos por dentro. Hecha esta observación, filosófica trapera, prosigo.
    El Maestro Ricardo era una persona por la que sentí admiración desde un principio. Una de las cosas de las cuales él no podía huir era, la de no poder ocultar nada, o casi nada y, exhibir, menos. Su decadencia externa era manifiesta. El atuendo era de contenedor; pero tenía estilo, personalidad, pulcritud, decencia a la hora de combinar las prendas de vestir para no ofender la vista de los demás; aunque las tallas parecía que la hubiesen tomado con él. Su rostro era delgado y afilado con una prominente nariz aquilina, labios finos y fuerte mentón un tanto huidizo. Era, en sentido metafórico, como una flor de loto que hunde sus raíces en el cieno del estanque. Esto solo lo pude observar cuando ralentice la mirada. Entonces percibí a un hombre solo, probablemente, donde todo el mundo viera solo a un hombre fuera de sintonía, unido a los demás por el oficio de trapero. Pero, así como Pepito Cuatroquesos era el paradigma de los que nunca tuvieron la más mínima oportunidad, el Maestro Ricardo apostó en el pasado todo a una sola jugada y perdió. Saltó en pedazos su frágil sistema nervioso. No sé ni cuando ni por qué ni me incumbe. Solo sé, que de no haberse vuelto medio majareta, nunca hubiésemos intimado. 
    El Maestro Ricardo era pianista de carrera, no quiero decir que fuera un virtuoso del piano, sino que había estudiado la carrera en el Conservatorio Superior de Música de Valencia. Tenía una basta cultura general y, en particular, musical, lo que no encajaba entre los desafines y desatinos de patanes y volatineros con los que compartía parte de las mañanas en la Plaza del Dr. Collado y los domingos en el Rastro.
     Cuando yo llegué al Rastro, él ya llevaba varios años peleando a la contra. Digo esto, porque su tarjeta de presentación, ante los principiantes como yo, era lo más parecido a la lectura de un poema por el eximio Bukowski. En mi caso, me resultaba deslumbrante el brillo de aquel diamante cortado por el áspero filo de la soledad en el sombrío callejón del Maestro Generoso Hernández, junto a la plaza del Doctor Collado: punto de encuentro de perdedores. Allí llegaba puntual todas las mañanas con una bolsa en cada mano. Sacaba la bota de vino de una de ellas e, inclinaba la boca hacia atrás y con ambas manos y esmerada puntería, la estrujaba la bota paladeando el buchito de vino peleón con sonoros chasquidos de la lengua. Ritualizaba este gesto a propósito, luego ofrecía el néctar de Baco en el olimpo de Don Simón. Extendía unas hojas de periódico sobre la acera y depositaba las novedades que la Diosa Fortuna le facilitaba a diario a través del fondo de los contenedores. Un enjambre de ociosos, al momento, le rodeaba y, en poco tiempo, se deshacía para ir a picar a otro capullo. Hacía el recuento de su paupérrima recaudación que, a duras penas, le llegaba para vino, tabaco y cansalá, por este orden, y formaba una tertulia con los temas que sacaba a colación de la lectura de periódicos, revistas y la radio: su inseparable amiga virtual. Ya he dicho antes que era un tío culto. Que si bien no estaba del todo al día, poco le faltaba. Pero a veces se emparanoiaba. Para calmarse, usaba su particular bálsamo que, como el de Fierabrás, lo curaba todo. Se enjuagaba la boca con vino y, con pomposa vehemencia, agitaba las manos sobre un piano imaginario evocando su pasado glamoroso de estancias en hoteles, mujeres y cenas regadas con exquisitos vinos y licores. En una ocasión, tocó el piano ante el rey de Marruecos (cosa que a mí me la traía floja y sospecho que en el fondo a él también) Y acababa con lo del Circo Price de Madrid, última parada y, el final de trayecto, lo puso el quedarse sordo de no sé qué oído. Un músico tiene el oído educado para percibir la armonía de los  sonidos y extrema sensibilidad a la estridencia de los ruidos, por eso mismo creo que, más que quedarse sordo, se volvió sordo cuando no tuvo más remedio que acompañar, de bolo en bolo, a vedettes y figuras recomendadas que desafinaban. La falta de profesionalidad del elenco al que acompañaba, elevaba el nivel de responsabilidad que su amor propio le demandaba, sacándolo de quicio y, un día, en medio de la actuación, cogió su piano Fender Rodes y se marchó, no sin que tuviera que intervenir la guardia civil para poner orden. Cuando recordaba esta etapa de su vida, se mostraba huraño. Pero no cabía duda de que estaba en su salsa. Mejor dicho, estábamos todos, por un motivo o por otro, adobados en el mismo sainete, buscando ¿Protagonismo? ¿admiración?. Porque, lo que se dice sacarle rendimiento material al tiempo, era una cosa que estaba fuera de la práctica de las Bellas Artes, actitud a la que nunca renunció en aquel lugar fosco y obsceno donde nos reuníamos las mañanas de entre semana, maltratando al tiempo: nuestro único haber.
     Los domingos, en el Rastro, pasaba desapercibido ante miles de personas. Su micropuesto no tenía nada que ofrecer a un público que solo buscaba entretenimiento y chollos. Cualquier cosa que pasara por sus manos y pudiera resultar interesante, se desprendía de ella con rapidez y sin el menor apego, en el mercadillo de la plaza del Dr. Collado, con el fin de ocuparse de su manutención y saldar deudas. En este aspecto, era todo un caballero.
    Para rematar la semblanza del Maestro Ricardo, voy a relatarles el suceso, mejor dicho, la cadena de acontecimientos que desembocaron en su ruina y calamidad definitiva.
    Como ya he dicho, estaba un poco ido, pero no loco de atar. El estrés y la ansiedad lo descomponían y el remedio que empleaba para reiniciar su sistema operativo neuronal, era el que les he contado antes, por lo tanto, el tiempo transcurría en su contra porque lo devolvía siempre al mismo punto de partida, al callejón sin salida, nunca mejor dicho, un día tras otro.
    El Maestro Ricardo era dueño de el piso donde vivía, en la primera planta del número 108 de la calle Islas Canarias, en el distrito Marítimo de Valencia, Spain. Si me extiendo en detalles, es por demostrar la veracidad de cuanto digo al respecto, por más que pudiera parecer sacado de un relato sucio de Bukowski.
    Ricardo me cogió afecto incondicional y yo sentía por él admiración incondicional también. Sentimientos que pasaban de uno a otro y se intercambiaban: lo que se denomina simple y llanamente, amistad. Por fin, un día acepté el ofrecimiento que, en reiteradas ocasiones, me hacia de visitar su casa llena de tesoros. Ya no me quedaban más evasivas en mi repertorio con el fin de escaquearme. Lo hice con todas las reservas del mundo, ya que mi instinto de buscatesoros no detectaba ninguna alerta. Intuía que no podía tener ningún tesoro real almacenado porque, para liberar la ansiedad que le producía solo el hecho de pensar que se lo pudieran robar, lo vendía en seguida y no esperaba a exponerlo en el Rastro donde podría conseguir mejores ofertas por el mismo artículo. Entonces ¿Qué podría haber en su casa?. Lo que ustedes están pensando y lo que yo vislumbraba desde un principio, solo que el volumen de lo que allí había, me sobrecogió. Fue el mismo sentimiento de asombro que experimenté cuando me enteré de que la estrella más cercana a nosotros (Alfa Centauri) se encuentra a casi cinco años luz de nuestra casa. La magnitud de la distancia me dejó perplejo. Aquello no cabía en mis simples parámetros, como tampoco, si apenas cabía ni con calzador, un trasto más, entre el suelo y el techo de su casa. Era tal la cantidad, sobre todo de ropa acumulada en el pasillo, comedor y otras estancias que, como ya sabía de antemano, porque él me lo había dicho, lo de que se iluminaba con velas (y no por esnobismo) cocinaba con un infiernillo de alcohol metílico y era fumador, lo primero que me vino a la cabeza al ver toda aquel material combustible fue, el pensamiento de que si yo fuera su vecino colindante, le compraba un chalet. Pero Ricardo no lo veía de la misma forma que yo y el resto del mundo. Él veía en todo aquel despropósito, capital acumulado. Y llevaba razón, pero para mi gusto, creo que se excedía en cuanto a la cantidad. Por ejemplo, ropa tenía mucha más que cortes de pelo le quedaban. Pasamos al salón comedor desde donde se podía acceder a una amplia terraza a través de una cristalera a la que le faltaba un cristal. Bajo los estratos de tantos cachivaches, se podía deducir que se encontraban los muebles ¿o eso creo?. Un sofá emergía de entre los trastos y un hueco con su forma, indicaba que aquel era su espacio vital. La cocina solo conservaba un pequeño hueco en el pollete donde se encontraba el citado infiernillo, el resto del espacio estaba ocupado por estalactitas y estalagmitas de no sé qué materiales. El cuarto de baño tenia una pequeña ventana encima del váter y también le faltaba el cristal. Contaba con una ventaja: tenía agua corriente (para su aseo personal, hábito que practicaba) ya que no pudieron cortarle el suministro porque no había manera de acceder a su vivienda, donde se encontraba, en el citado cuarto de baño, el contador. Yo hubiera hecho lo mismo ¿no? Lo de no abrir la puerta de mi casa a desconocidos. Con tanto agujero por doquier, comprendo el por qué decía que en su casa hacía más frío que en la calle. Llegamos a otra habitación donde se encontraba, asomando como si de una excavación arqueológica se tratara, su pianola. No era un piano sino una pianola, y provenía del portaelicopteros Dédalo, buque insignia de la mediocre Armada del General Franco, donde prestó, en su día, el ineludible servicio a la Patria. Como el buque era obsoleto e iba camino del desguace justo cuando él concluía su servicio, se pidió la pianola, y no hubo problema en concederle tal deseo. Y allí estaba aquel mastodonte, porque no sé si lo saben ustedes, pero una pianola, como lleva un sistema mecánico que hace girar un rodillo para interpretar la partitura y mover las teclas, aunque la de Ricardo ya no lo tenía, es más grande y armatoste que un piano vertical con las mismas octavas. Se sentó (no sé donde) frente al instrumento y, créanme, aquello me conmovió: un maestro iba a interpretar una obra ante un insignificante trapero. Pero no sucedió. Sus dedos se atascaron en los primeros arpegios y escalas que esbozó. Puso como excusa, el mal estado de las teclas que, si bien era cierto, no lo era menos que la castaña que llevaba encima, pues, todo esto sucedía por la tarde, cuando ya estaba abatido por el vino.
    Una vez más, me dijo, que tiempo atrás todo era más fácil. Que salía de casa por las noches y, en unos cuantos contenedores que escarbara, se podía encontrar tesoros suficientes como para pasar una semana entera. Esto no lo podía poner en duda, puesto que yo me encontraba, también en la basura, substanciosos tesoros. Pero lo que no me cabía en la cabeza era la cantidad y frecuencia con la que afirmaba que esto le sucedía. Pero él insistía en recuperar su buena racha. Me fui de su casa desolado, más que nada, porque ya no me cabía la menor duda de que el Maestro Ricardo tenía un problema.
     Acumulaba sin el más mínimo criterio, mejor dicho, con el único criterio de “por si acaso”. Nadie mejor que él sabía los apuros a los que se enfrentaba día tras día. Vivía otra realidad donde no había otra cosa que no fuera soledad y, sobre todo, penuria. ¿Cómo hacer frente a todo esto sino con fantasía o delirios?.
    Su comida frugal, la bebida abundante y el tabaco justo. Todo esto se lo costeaba sin tener que recurrir a ninguna mala arte y, lo mejor de todo es, que incluso lo compartía . Por eso digo que era como una flor de loto: porque hundía sus raíces en el fango de la codicia y el egoísmo y, a pesar de todo, mostraba algún que otro destello de generosidad.
    Nunca se curró la página de la lástima. Me gustaría creer que, de alguna manera, se daba cuenta; pero no admitía nada que no fuera en la línea de lo que él quisiera oír. A veces, su mirada se tornaba tierna y emotiva, entonces, delataba su desamparo. En uno de esos momentos, fue cuando me contó que el juzgado le iba a subastar el piso en breve. Las deudas con la Comunidad de Vecinos se le acumularon de tal manera, que ya no cabían más recursos: o pagaba o se quedaba en la calle. Al enterarme, focalicé mi ira en la Comunidad de Propietarios a la que culpabilizaba por su falta de solidaridad; pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que estas cosas no ocurren de la noche a la mañana. Que son más bien, el resultado de un cúmulo de pequeñas decisiones poco afortunadas, en el mejor de los casos, que fatalmente desembocan en un punto de no retorno.    
    Ante este lamentable conflicto de intereses, todo transcurría según la ley y los principios de convivencia, hasta que entró en escena alguien, al que nadie le dio vela en este entierro y al que a partir de hora llamaré: Subastero X. Al decir subastero, suena como carpintero, pero, así como existe una conducta ética en cada profesión, cuando uno actúa por encima de la moral y la ética, no es más que un pirulero.
    Eran los primeros años de la burbuja inmobiliaria y la exuberancia irracional a mediados de los años noventa del siglo pasado. Los subasteros campaban como víboras por los resquicios del soborno, el cohecho y la prevaricación. En este corrupto caldo de cultivo, había quien sucumbía a la tentación de amasar fortunas, siempre que otros se ahogaran sin el menor auxilio. Y, quien mejor para representar este drama que el Maestro Ricardo, cuyo principio de actuación fue siempre la regla de oro que dice: “lo que no me gusta que me hagan a mí, no se lo hago a nadie” y, el Subastero X, movido también por un único principio: “si no lo hago yo lo va a hacer otro”. 
    ¿Que cómo ocurrió? Se preguntarán ustedes. Pues de una manera natural. Sellando un trato entre caballeros. O eso creía el Maestro Ricardo. Sin embargo, el único que actuó como tal fue Ricardo. El día anterior, más concretamente por la tarde, cuando apenas faltaban horas para que a la mañana siguiente se iniciara la subasta, se presentó en casa del Maestro, el Subastero X. Llevaba consigo toda la documentación necesaria para parar la subasta si previamente llegaban a un acuerdo de compraventa. Y aquí empezó su tormento, el del Maestro, me refiero.
    El trato que acordaron fue el siguiente: el valor de la compraventa se estimó, de mutuo acuerdo, en un millón de pesetas al que había que descontarle unas seiscientas mil pesetas correspondientes a la deuda con la Comunidad más gastos procesales y, el resto, se lo entregaría en mano y en breve. ¡Ja, ja, en breve!.
    Sin perder ni un minuto, el infame subastero (por no decir hijo de puta) lo montó en su coche y se dirigieron a Paterna, una localidad a pocos kilómetros de la capital, donde se encontraba el despacho de un notario que dio fe en seguida de cuanto el Subastero X le indicó. Como Ricardo creía que estaba tratando con un caballero, vuelvo a repetir, aceptó reconocer, ante el notario, las condiciones que el subastero le propuso de antemano, las cuales eran, ante todo, reconocer que previamente ya había cobrado. El subastero, por otro lado, sabedor de las condiciones materiales en las que vivía y en las intelectuales en las que se encontraba, pues como ya he dicho antes, era por la tarde y estaría abrazado a Don Simón, digo yo, que el susodicho embaucador, diría para sus adentros: vas a cobrar en cromos del Coyote, como vulgarmente se dice. ¿Lo van pillando?.
    De manera que tenemos, ex aequo, a un subastero estafador y un notario sordo y ciego y, por otro lado, una victima propiciatoria configurando los eslabones de una cadena ¿Por donde se romperá la susodicha?. Han adivinado, por el eslabón más débil. Pero lo que para el subastero iba a resultarle un esplendido y rápido negocio (les recuerdo que el piso del Maestro era amplio y con terraza, si bien necesitaba una buena reforma y además solo le costaría seiscientas mil pesetas) se le puso cuesta arriba.
    Cuando Ricardo me puso al corriente de todo el proceso que llevó a cabo con el Subastero X, tuve un mal presentimiento. Y seguro que ustedes también. Pero como a veces los presentimientos fallan, no quedaba más remedio que esperar al desarrollo de los acontecimientos.
    A partir de que tuve constancia de todo lo anteriormente dicho, cada vez que coincidía con el Maestro, bien en la plaza del Doctor Collado, bien en el Rastro, le preguntaba por como iba el asunto y si había cobrado. Y siempre me respondía lo mismo: que todavía no. Y con cada negativa tomaba más fuerza mi mal presentimiento.
    Intuitivamente (supongo que alertado por sus propios mecanismos de defensa) Ricardo no le había hecho entrega de la escritura de su propiedad al Subastero X, lo cual le permitiría, en última instancia, alargar la jugada pero no ganar la partida, ya que la propiedad del piso había quedado registrada a nombre del SubasteroX, mejor dicho, de la zorra de su mujer, bajo documento notarial.
    Pasaron meses, no recuerdo cuantos, y el Maestro Ricardo continuaba viviendo en su casa y sin la menor noticia del Subastero X y, por consiguiente, del dinero. No me cabía en la cabeza, puesto que si el precio de un millón de pesetas era ya bastante generoso, el no cumplir el trato, a sabiendas de antemano de que no lo iba a hacer, dejaba al descubierto la mala fe del Subastero X. De alguna manera yo me estaba oliendo el gatuperio, pues, por ese entonces, estaban saliendo a la luz, en los medios de comunicación, la manera de actuar de estos miserables carroñeros; pero, no me podía esperar que su proceder fuera el de un psicópata más que el de un buitre. Esto último lo entiendo, lo de buitre, el estar a las caídas para obtener un beneficio rápido. Pero tal como se desarrollaron los acontecimientos, me inclino a pensar que, el Subastero X, sentía algún tipo de perverso placer en despojar, humillar e infligirle dolor a una victima tan vulnerable como Ricardo, independientemente del beneficio económico.
    Y por fin llegó el día que el Maestro y yo esperábamos, pero, mejor hubiera sido que no llegara, más que nada, por el padecimiento que, a partir de ese momento, supuso para ambos. Se presentó, en casa de Ricardo, un individuo joven y fornido que decía ser el hijo del hijo de puta del SubasteroX y, con estas palabras, se dirigió al Maestro: ¡fuera de aquí que esta casa es mía!. Así, sin más, según me contó. ¡Pero si yo no he cobrao todavía! ¿Cómo me voy a ir de mi casa? Le dijo Ricardo, de una manera inocente y visiblemente alterado y descompuesto. El bastardo, digo, el vástago del subastero, tuvo la desfachatez de llamar a la policía. Ésta se presentó y no intervino, por más que el fill de puta le enseñara la documentación de compraventa (toda ella en regla y firmada ante notario) porque no había orden judicial previa. Menos mal. El pimpollo se fue por donde vino y el Maestro se quedó en su casa, amargado y lleno de ira. No era para menos ¿no creen?.
    Unos años atrás, fundí, perdón, quiero decir fundé, la primera asociación reivindicativa de vendedores del Rastro, junto a cuatro compañeros más, que más que nada, el que fueran cuatro y yo cinco, era por ser el mínimo de socios que se necesitaba para constituir la junta directiva, según lo establecido en la ley y, a fe mía, que me costó un gran esfuerzo llegar a esa cifra. Éramos una asociación de pleno derecho, registrada en el correspondiente registro de asociaciones y dispuestos a desfacer los tuertos y minusvalías existenciales de nuestros asociados, frente al gobierno municipal, empeñado en relegar al ostracismo, a nuestro ancestral y rastrero colectivo. El grueso de asociaos estaba formado por lo que vulgarmente se denomina, poca ropa, para qué nos vamos a engañar. Brillaba por su ausencia, cualquier figura que destacara por su prestigio económico en el Rastro. Mejor para nosotros, porque estaban todos en la órbita de un líder, autoproclamado, que los aglutinaba en el seno de otra asociación y que, a propósito, voy a omitir su nombre para evitar, voluntariamente, la publicidad gratuita y engañosa.
    Pese al terror bolchevique que pudiera desprenderse del nombre de nuestra alianza corporativa: Acción Reivindicativa De Los Vendedores del Rastro de Valencia, en vez de miedo, dábamos lástima y, en el mejor de los casos, risa. Pero esto no era óbice para continuar en nuestro empeño. Pero no nos hubiera venido del todo mal, una mano subsidiaria. Créanme que lo intenté, recurriendo al sindicato de CCOO para obtener apoyo jurídico, ya que me sobraban recursos ideológicos, cuando acudí en su favor para que mediaran en el abuso que estaba sufriendo el Maestro Ricardo.
    Visiblemente angustiado por el miedo que me producía el pensar que no me creyeran, subí las escaleras, temblándome las piernas, de aquel frío edificio, catedral del proletariado que, más que acogedor, me resultaba tan intimidatorio como la oficina central de un banco, a pesar de que me era bastante familiar su fachada, ya que formaba parte del paisaje de la plaza de Nápoles y Sicilia, lugar donde los domingos se celebraba el Rastro. Me entrevisté con un liberado del sindicato de transportes, al cual conocía de refilón y, así como ahora, pierden el culo, políticos y sindicalistas por rentabilizar los desmanes producidos por el capitalismo reaccionario, en ese momento, no representaba ningún prestigio, para la eminente entidad, ni el interés político y personal de ningún responsable, mover un solo dedo para evitar la catástrofe individual de un ciudadano. ¡Qué le vamos a hacer! Eran otros tiempos. Es curioso, ahora, con lo de la crisis, la izquierda se ha vuelto más sensible con el colectivo poca ropa: inmigrantes, desahuciados, dependientes etcétera; pero entonces, los sindicalistas estaban muy atareados en negociar convenios colectivos que vinculaban a millones de personas. El Maestro Ricardo, un ciudadano a secas, estafado y a punto de ser despojado de su casa, como era invisible, por consiguiente, carecía de interés político. Así que, apabullado por el discurso demagógico de mi interlocutor, desanduve el camino y salí a la calle tiritando de miedo.
    Solos y desorientados, el Maestro Ricardo y yo nos debatíamos entre el miedo que nos producía la indefensión, el aislamiento y la ira. A ambos nos asaltaban malos ¿o buenos? pensamientos, según se mire, sobre todo, al más afectado, tales como el comprarse una pistola y liquidar al subastero “y salga el sol por Antequera”. Optamos por afrontar la injusticia por medios pacíficos. Lo primero que había que hacer era, agenciarnos un abogado de oficio para demandar al Subastero X por impago y no sé qué más. Lo farragoso de tramitar la solicitud para obtener la asistencia de un letrado de oficio, me lo voy a saltar; pero créanme que eso no es llegar y besar el santo.
    Ricardo ya tenía abogado y procurador de oficio y se cursó la correspondiente demanda. Nos entrevistamos con el leguleyo, primero, en un domicilio y, para cuando el procedimiento acabó, nos atendió en dos domicilios diferentes más: parecía como estuviera huyendo de algo. Sospecho que estaba tan tieso como nosotros. El caso es que, por la edad que le calculo que tendría, a la sazón, unos cuarenta y tantos años, no debía de ser ningún recién licenciado, sopena que le gustara tanto la facultad que repitiera cursos sin cesar para su deleite. 
    A simple vista, la cosa parecía bastante clara según se desprendía del testimonio aportado por la victima y traducido y trasladado en todo momento por mí, a cuantos interlocutores fueron necesarios, jueces, secretarios, bedeles, etcétera, ya que el Maestro Ricardo solo se limitaba a decir con rabia: ¡pero si a mí no me ha pagao! entre su limitación auditiva y la confusión de Don Simón, lo cual, parecía poner en duda la veracidad de los hechos. No obstante, al abogado no le cabía duda de que todo lo que le contábamos era cierto, lo difícil sería el cómo impugnar lo que el Maestro había firmado ante notario.
    La primera vez que el maestro Ricardo tuvo que ir a declarar a los antiguos juzgados de la Avenida Navarro Reverter, se presentó a la cita tal cual era, con su indumentaria trasnochada y, en vez de dos bolsas, llevaba solo una. Intercambiamos saludos cordiales en las inmediaciones de los juzgados y, al estrechar la mano del abogado, la noté fría y húmeda al contrario que la del Maestro que era cálida y firme. No hice caso a este detalle, pero en ese momento, seguro que el abogado sentía más miedo que nosotros. Será su táctica para despistar al enemigo, dije entre mí. Subimos a la planta donde se encontraba el juzgado de instrucción. El abogado entró en la oficina mientras nosotros aguardábamos sentados en una esquina de uno de los bancos de madera que estaban dispuestos a ambos lados del pasillo que desembocaba en los despachos. No estábamos solos, pues había otras personas aguardando su turno, al igual que nosotros, sentados, de pie y paseando. Un discreto murmullo envolvía el ambiente, hasta que el Maestro Ricardo sacó de la bolsa que llevaba, su bota de vino y se metió un luengo lingotazo y se limpió la boca y se sonó la nariz, expeliendo un sonido trompetero, con un calcetín deportivo de algodón, ad hoc, que llevaba en un bolsillo de su americana. Entonces se hizo un silencio, discreto también, pero muy revelador del impacto visual que a todos nos produjo aquella performance. A continuación, se reanudo el murmullo y cada cual continuó enfrascado en sus pleitos.
    Las diligencias se dilataron en el tiempo y, mientras tanto, Ricardo continuaba viviendo en su casa, acudiendo todos los días a la plaza del Doctor collado y los domingos al Rastro, con sus inseparables par de bolsas, pa buscarse la vida. Tras varias comparecencias ante el juez, el Maestro ganó credibilidad y empatía y obtuvo el auxilio de la justicia en primera instancia, mientras que el Subastero X, perdió, y no solo el juicio, sino hasta dos abogados que renunciaron a su defensa por motivos de conciencia. Revelador ¿no?.
    Nuestro escurridizo abogado nos puso al corriente de los acontecimientos favorables y quedamos en que nos mantendríamos en contacto. Pero, a partir de ese momento, ya no volvimos a saber nada más de él. El Subastero X recurrió la sentencia ante el Tribunal Supremo y ganó el recurso. Para cuando la sentencia se ejecutó, el Maestro Ricardo se mantuvo viviendo en su casa varios años, en tanto que se decidiera quien era el propietario, sin tener que preocuparse de deudas y apremios. Incluso, les dio tiempo a los empleados de la Consellería de Sanidad, de retirar dos camiones de “por si a casos” de su domicilio. Al final, no estoy muy seguro de si perdió una vez más, o ganó.
    El periplo que siguió a continuación del desahucio, no es necesario que lo cuente porque desde tiempos inmemorables es el mismo para todos los que lo sufren: perdida de autonomía y subrogación de la voluntad a manos de instituciones caritativas. Esto no lo llevaba bien porque tenía un temperamento indomable y quisquilloso, y acabó en la calle como único recurso. No estuvo mucho tiempo en esta deplorable situación porque le concedieron la paguilla no contributiva al cumplir los sesenta y cinco años. Le ingresaron en su cuenta bancaria unos suculentos atrasos que destinó, como fin primordial, a acelerar su decadencia. Ya me entienden. No hace falta que me extienda en detalles. Pero estoy seguro de que, si ese dinero, le hubiese llegado en el momento oportuno, lo hubiera destinado íntegramente en saldar su deuda porque, el Maestro Ricardo Valls Martinez: era un Caballero.
    Para mí, esta historia marcó un punto de inflexión. A partir de ese momento me volví más realista. Menos crédulo; menos impresionable; menos mojigato porque ¿Qué puntos de referencia tenía yo en ese momento, que no fueran los extraídos de la actuación de los protagonistas de películas y novelas negras, cuando los ves que se involucran personalmente en un caso, que ni les va ni les viene, solo porque lo encuentran injusto o inmoral y, de la noche a la mañana, se vuelven detectives, abogados, políticos…?. Pero en el fondo, si algo perdí también, fue la virginidad, la bisoñez.
     Personalmente, creo que Némesis me castigó por mi exceso de orgullo intelectual, pues en el sitio en donde me desenvuelvo, mi cuota de inteligencia, no debe sobrepasar el límite de la estupidez.
    Con cada momento que evoco al Maestro Ricardo, lo rescato del olvido y, en su memoria, le hice una canción, o lo que sea, a modo de homenaje que aquí reproduzco. Y, con esto, acabo de darles el tostón.                               

EL HOMBRE DEL RECICLAJE

La abeja liba las flores.
La flor exhala perfume
y esto es así porque
se encuentra en su lugar.
La rueda gira y no habla.
El libro habla y no rueda,
esto es así porque se
encuentra en su lugar.
El hombre del reciclaje
trabaja a bajo voltaje
y se extingue
en una generación.
Lo apuesta todo a una carta.
Sus mejores ilusiones;
siempre pierde,
frente al as de corazones.
Ahora recoge jamones,
para comerse los tendones.
Perras y gatas, juntos,
comparten las zurrapas.
El hombre del reciclaje
se está bebiendo su historia.
Hubo una vez que, con su piano,
rozó la gloría.
Las melodías que ahora arranca
a su vetusta pianola
se quejaban de su torpe fluidez.
Sus dedos ya no digitan
al compás de su memoria:
veinte años
lo separan de las notas.
Quien se lo podía haber dicho
a este orgulloso maestro
que iba a acabar,
también o tan mal,
a ritmo de valls.
Y ahora recoge jamones
y abusan de él los bujarrones.
¡Quién se mosquee,
es que se dio
por aludido!.
El hombre del reciclaje,
desgasta muchos zapatos;
arriba y abajo,
deambulando
tras los trastos.
El hombre del reciclaje
lleva chaqueta de traje;
dos números más
para calzar:
es natural.
El hombre del reciclaje
no guarda en casa
ni un traje:
partirá a cachitos,
al otro viaje.
El hombre del reciclaje
desciende del cromañon
y ha servido para
crear esta canción.
Y en una profunda balsa,
de hospital universitario,
quedará a merced de
futuros cirujanos.
Y quedará en el recuerdo
de sus correligionarios,
como ejemplo
de talento natural.