viernes, 14 de marzo de 2014

LOS DESAFINADOS II: El Maestro Ricardo




    Lo de acogerme a la Quinta Enmienda lo dije por si colaba; pero no coló. Como era la primera vez que estaba en esta situación, dije lo que había escuchado en multitud de películas americanas, cuando el acusado se quiere escabullir del peso de la justicia. Y casi cae sobre mí el peso… no de la justicia, sino de la mano del señor inspector. Me escapé. Por  cuestiones de reajustes en el presupuesto del Ministerio del Interior, el personal quedó reducido en un cincuenta por ciento y, tanto el papelón de poli bueno como el de poli malo, lo interpretaba él mismo y, a la postre, no resultaba muy creíble, que digamos. A esas alturas del interrogatorio, ya casi éramos como colegas, bueno, es un decir. 
    No digo yo que, el señor inspector, no tuviera conocimientos teóricos sobre el crimen organizado y asesinos múltiples; pero, lo que en medicina se llama tener ojo clínico, no tenia: ni falta que le hacia. Si hubiese contado con la suficiente experiencia, habría deducido que, los retortijones de tripas que de repente le invadieron, tenían su origen en el café de máquina de la comisaría que, más que expreso, era a reacción; pero, por defecto profesional, prefirió abrir una línea de investigación al respecto.
    Ahora que el señor inspector no se encuentra presente, ya que salió corriendo porque se iba de vareta, aprovecho la ocasión para contarles que, Pepito Cuatroquesos, se encuentra limpio y reluciente en una sala del Museo de Prehistoria, donde fue a parar tras una donación de mi cliente y amigo el Paleontólogo. ¿Quién se lo iba a decir al pobre Pepito?. Creo que (no me hagan mucho caso) le han cambiado el nombre; ahora lo llaman Johnson: por el brillo que desprende.
    Es curioso esto de la muerte. No para uno de ver cómo se mueren los demás y no reparamos en que estamos todos en la cola, con el número de orden en la mano, como en la pescadería de Mercadona: ¡siguiente!. Ya sé lo que están ustedes pensando: que como en Mercadona, también hay gente que se cuela ¿verdad?.
    Y no basta, como hace mi amigo el Paleontólogo, subliminalmente, queriendo prolongar su existencia, por más que la investigación sea un noble fin, con coleccionar relojes. No señor. Pepito Cuatroquesos, al respecto, no solo tenia su número correspondiente para entrevistarse con la Parca, además contaba con un albarán de entrega. Estaba todo detallado: palos, gritos y desprecio por un valor de… toda una vida. ¿Quién pagaría la factura resultante?. Como no había ningún responsable subsidiario, a pesar de su insolvencia, la pagó él con su flaqueza. Si, es triste pero es así. Menos mal que el alcohol le subía la temperatura del alma. Ese calorcito le proporcionaba ternura para repartir entre los únicos seres incondicionales con los que se tropezó y, por ende, compartió su perra vida: sus  chusqueles.
    Esto se lo cuento a ustedes porque sé que al señor inspector no le importa lo más mínimo. A mí sí que me importa, ya que siempre vi a Pepito como una persona de la que poder extraer alguna enseñanza. ¿O, a caso no estamos aquí para aprender? ¿es que nacemos enseñados, o qué?. Parece que lo diga de cachondeo porque ¿Qué enseñanza se puede extraer de una existencia arrinconada?. A mí, Pepito me enseñó a reflexionar, sí, a escoger entre la alienación y la neurosis: me quedé en medio. Verán, el termino medio es la mejor elección. ¿Para qué quiero yo estresarme? ¿cómo canalizo la ansiedad resultante? ¿con drogas, sexo, juego…? Y ¿qué hago con la ansiedad que conlleva la compulsión y el inmediato sentimiento de culpa? Es un sin vivir. Con lo a gusto que está uno teniendo vicios que se pueda pagar. Pero he de reconocer que, a causa de mis excesos pretéritos y holgazanería presente, tengo muchas cosas de las que arrepentirme en esta vida. Cosas, por llamarlas de algún modo, que no dejan de acompañarme y aconsejan cuando afloran en mi mente, infligiéndome dolor, vergüenza y pesadumbre. Es como un castigo que me ayuda a distinguir entre el mal y lo que puede ser aún peor. Dentro de lo malo, por lo menos, sé que siento y cómo lo siento. Estas son mis pertenencias. No sirven para nada, excepto, para despedirme “ligero de equipaje”. 

    Se me ocurrió, por casualidad, dejándome llevar por el aburrimiento de estar solo en aquella estancia y por mi sano apetito de fisgoneo (al cual le debo mi prestigio y supervivencia, ya que soy capaz de visualizar el contenido de una bolsa de basura sin abrirla) averiguar si la puerta de la sala de interrogatorios estaba abierta o cerrada, usando, en este caso, el método científico de prueba y error. O sea, que si giraba el pomo de la cerradura y la puerta se abría, es que estaba abierta y, si no, es que estaba cerrada. Para mi asombro, resultó ser lo primero. Enseguida me entraron ganas de comerme un bocadillo de calamares y tomarme un café. Me atusé las greñas y abrí la puerta con decisión. Y allí estaba él. El señor inspector que volvía de sus menesteres.
    -¡Hola! ¿Cómo ha cambiado, no?- exclamé, fingiendo asombro, cuando en realidad fue un susto lo que me llevé.
    -Pase, pase, está usted en su casa- le dije e incluso le ofrecí una silla para que se sentara.
    -Si de mí dependiera, te habría pegado una patada en el culo y te hubiera puesto en la orbita del Cotolengo-. Me dijo esto y después se sentó en la silla opuesta a la que le ofrecí: para llevarme la contraria. Dejó caer sobre la mesa, con desdén, el manojo de papelorios que llevaba entre manos y me dijo, con estas palabras (que de mi boca no salieron):
    -Después de jiñar, me puse a indagar sobre la trayectoria vital y mortal de Pepito Cuatroquesos y, con ese nombre y ese alias, no me sale nada en la computadora-.
    -No me extraña, Pepito era invisible; pero no taimado. Le dije esto y, en un abrir y cerrar de ojos, me vi ante el juez instructor, el cual me vio a su vez, un día, por la tele, en un reportaje sobre el Rastro de Valencia, y me felicitó por mi desparpajo. La única pregunta que me hizo fue, que si en el Rastro aparecían con frecuencia, para la venta, plumas estilográficas, vintage y antiguas, ya que él era un consumado y compulsivo coleccionista. Yo le dije que si: que a capazos. Le mentí al respecto de la cantidad y me supo mal, porque lo vi francamente entusiasmado. 
    Me puso en libertad provisional, con fianza, puesto que todas las pruebas apuntaban hacia un posible veredicto de culpabilidad, a lo que yo le respondí, en confianza también,  que podía confiar en la información privilegiada que acababa de suministrarle. “Quid procuo, su señoría” le dije, y le hice hincapié en que visitara el Rastro a primera hora de la mañana, momento en el que los vendedores tenemos las neuronas reiniciándose y el disco duro formateado. En esto también le mentí; pero como él está acostumbrado a que le mientan y yo me debo a los principios éticos del oufit… se me disiparon los escrúpulos. 
    Después del infierno que me supusieron las cuarenta y ocho horas en comisaría, me fui directo a casa, para descansar, y pasé del bocadillo de calamares y el café, más que nada, porque no me podía permitir esa ostentación.
    Me tiré de bruces sobre la cama e, ipso facto, noté como mi cuerpo se derretía de gusto. Sonó el timbre de la puerta y me cagué en sus muertos. Abrí echo un obelisco y, en primer termino, vi un saco de patatas, verduras y dos caras estupefactas de sendos jóvenes emprendedores que me ofrecían dichos productos, de la tierra al cliente, sin intermediarios. Viendo que eran colegas, ya que yo vendo artículos, directamente, del contenedor al consumidor, sin intermediarios también, y sé las fatigas que esto conlleva, aplaqué mi enfado y les dije que si me podían arreglar, por un euro (que era todo por cuanto en ese momento me hubiesen podido ahorcar) un lote para hacerme una tortilla de patatas, estilo Biscuter. Me dieron una patata, una cebolla, un diente de ajo y recuerdos para el detective Carballo.
    Dudé entre dormir o comer, por este orden, o hacerlo a la inversa. Me decanté por comer primero, aunque era presa del cansancio. Acto seguido, me involucré en la confección de la tortilla. Pelé y troceé la patata junto con la cebolla y el diente de ajo picado, lo salpimenté y, cuando el aceite estuvo lo suficientemente caliente, lo introduje todo en la sartén. Me fui al comedor y me tumbé sobre el sofá mientras aquello cogía su punto. Encendí la tele para distraerme, cuando, de repente, en el indecente momento en que la Belén Esteban iba a enseñar las tetas que se había comprado en el Cash Converters, el aparato se puso en estática y empezaron a salir de él y por orden de defunción: el Maestro Ricardo y Pepito Cuatroquesos. Gozaban de un excelente estado. Sin ningún signo de ruina ni miseria. Irradiaban una profunda sensación de paz, armonía y comunión que me conmovió y quedé como atontado (más todavía). Ante el requerimiento que me hacían para que me incorporara al dúo, acepté la invitación y me dirigí hacia ellos. En ese momento, empecé a sentir repugnancia, agobio, impotencia y un desasosiego tal, que me desperté con un fuerte sobresalto. Y lo hice en medio de una espesa humareda. Salí corriendo hacia la cocina, ya que me olí la tostada, y allí estaba el contenido de la sartén, más negro que la entrañas de un lápiz y mi gozo en un pozo.
    Del susto se me quitaron las ganas de comer. En todo caso, de comerme los chicharrones, para ser más exactos. El dolor de estómago me impedía conciliar el sueño. Tendido sobre la cama, confuso y agitado por el conato de siniestro, volví a recrear la grata sensación que me produjo aquella visión ectoplásmica, sobre todo, la del Maestro Ricardo: radiante y con sus cinco sentidos. Me recordó a mi padre y el anhelo que yo sentía de joven por verlo sereno y en sus cinco sentidos, cosa que en contadas ocasiones se produjo. Es bastante frustrante, el no poder compartir ni un minuto con el responsable de que tú estés aquí. Sospecho que esto pudiera estar en el origen múltiple de mi inadaptación social. De mi inutilidad; pero, visto lo visto, quizá sea lo mejor. 
    A resultas de aquel sueño, les voy a contar una infame historia que tiene que ver con el Maestro Ricardo. Pero antes, quiero hacerles un inciso a la manera de Quevedo cuando dice: “pues amarga la verdad / quiero echarla de la boca…”. Por más que nos empeñemos, no hay otra ecuación que la que dice “tanto tienes, tanto vales”. De ahí la importancia de la ostentación. De exhibir cuanto antes, para envidia de los demás, el mayor número de signos que verifiquen nuestro éxito. A costa de acorazarnos por fuera, nos quedamos huecos por dentro. Hecha esta observación, filosófica trapera, prosigo.
    El Maestro Ricardo era una persona por la que sentí admiración desde un principio. Una de las cosas de las cuales él no podía huir era, la de no poder ocultar nada, o casi nada y, exhibir, menos. Su decadencia externa era manifiesta. El atuendo era de contenedor; pero tenía estilo, personalidad, pulcritud, decencia a la hora de combinar las prendas de vestir para no ofender la vista de los demás; aunque las tallas parecía que la hubiesen tomado con él. Su rostro era delgado y afilado con una prominente nariz aquilina, labios finos y fuerte mentón un tanto huidizo. Era, en sentido metafórico, como una flor de loto que hunde sus raíces en el cieno del estanque. Esto solo lo pude observar cuando ralentice la mirada. Entonces percibí a un hombre solo, probablemente, donde todo el mundo viera solo a un hombre fuera de sintonía, unido a los demás por el oficio de trapero. Pero, así como Pepito Cuatroquesos era el paradigma de los que nunca tuvieron la más mínima oportunidad, el Maestro Ricardo apostó en el pasado todo a una sola jugada y perdió. Saltó en pedazos su frágil sistema nervioso. No sé ni cuando ni por qué ni me incumbe. Solo sé, que de no haberse vuelto medio majareta, nunca hubiésemos intimado. 
    El Maestro Ricardo era pianista de carrera, no quiero decir que fuera un virtuoso del piano, sino que había estudiado la carrera en el Conservatorio Superior de Música de Valencia. Tenía una basta cultura general y, en particular, musical, lo que no encajaba entre los desafines y desatinos de patanes y volatineros con los que compartía parte de las mañanas en la Plaza del Dr. Collado y los domingos en el Rastro.
     Cuando yo llegué al Rastro, él ya llevaba varios años peleando a la contra. Digo esto, porque su tarjeta de presentación, ante los principiantes como yo, era lo más parecido a la lectura de un poema por el eximio Bukowski. En mi caso, me resultaba deslumbrante el brillo de aquel diamante cortado por el áspero filo de la soledad en el sombrío callejón del Maestro Generoso Hernández, junto a la plaza del Doctor Collado: punto de encuentro de perdedores. Allí llegaba puntual todas las mañanas con una bolsa en cada mano. Sacaba la bota de vino de una de ellas e, inclinaba la boca hacia atrás y con ambas manos y esmerada puntería, la estrujaba la bota paladeando el buchito de vino peleón con sonoros chasquidos de la lengua. Ritualizaba este gesto a propósito, luego ofrecía el néctar de Baco en el olimpo de Don Simón. Extendía unas hojas de periódico sobre la acera y depositaba las novedades que la Diosa Fortuna le facilitaba a diario a través del fondo de los contenedores. Un enjambre de ociosos, al momento, le rodeaba y, en poco tiempo, se deshacía para ir a picar a otro capullo. Hacía el recuento de su paupérrima recaudación que, a duras penas, le llegaba para vino, tabaco y cansalá, por este orden, y formaba una tertulia con los temas que sacaba a colación de la lectura de periódicos, revistas y la radio: su inseparable amiga virtual. Ya he dicho antes que era un tío culto. Que si bien no estaba del todo al día, poco le faltaba. Pero a veces se emparanoiaba. Para calmarse, usaba su particular bálsamo que, como el de Fierabrás, lo curaba todo. Se enjuagaba la boca con vino y, con pomposa vehemencia, agitaba las manos sobre un piano imaginario evocando su pasado glamoroso de estancias en hoteles, mujeres y cenas regadas con exquisitos vinos y licores. En una ocasión, tocó el piano ante el rey de Marruecos (cosa que a mí me la traía floja y sospecho que en el fondo a él también) Y acababa con lo del Circo Price de Madrid, última parada y, el final de trayecto, lo puso el quedarse sordo de no sé qué oído. Un músico tiene el oído educado para percibir la armonía de los  sonidos y extrema sensibilidad a la estridencia de los ruidos, por eso mismo creo que, más que quedarse sordo, se volvió sordo cuando no tuvo más remedio que acompañar, de bolo en bolo, a vedettes y figuras recomendadas que desafinaban. La falta de profesionalidad del elenco al que acompañaba, elevaba el nivel de responsabilidad que su amor propio le demandaba, sacándolo de quicio y, un día, en medio de la actuación, cogió su piano Fender Rodes y se marchó, no sin que tuviera que intervenir la guardia civil para poner orden. Cuando recordaba esta etapa de su vida, se mostraba huraño. Pero no cabía duda de que estaba en su salsa. Mejor dicho, estábamos todos, por un motivo o por otro, adobados en el mismo sainete, buscando ¿Protagonismo? ¿admiración?. Porque, lo que se dice sacarle rendimiento material al tiempo, era una cosa que estaba fuera de la práctica de las Bellas Artes, actitud a la que nunca renunció en aquel lugar fosco y obsceno donde nos reuníamos las mañanas de entre semana, maltratando al tiempo: nuestro único haber.
     Los domingos, en el Rastro, pasaba desapercibido ante miles de personas. Su micropuesto no tenía nada que ofrecer a un público que solo buscaba entretenimiento y chollos. Cualquier cosa que pasara por sus manos y pudiera resultar interesante, se desprendía de ella con rapidez y sin el menor apego, en el mercadillo de la plaza del Dr. Collado, con el fin de ocuparse de su manutención y saldar deudas. En este aspecto, era todo un caballero.
    Para rematar la semblanza del Maestro Ricardo, voy a relatarles el suceso, mejor dicho, la cadena de acontecimientos que desembocaron en su ruina y calamidad definitiva.
    Como ya he dicho, estaba un poco ido, pero no loco de atar. El estrés y la ansiedad lo descomponían y el remedio que empleaba para reiniciar su sistema operativo neuronal, era el que les he contado antes, por lo tanto, el tiempo transcurría en su contra porque lo devolvía siempre al mismo punto de partida, al callejón sin salida, nunca mejor dicho, un día tras otro.
    El Maestro Ricardo era dueño de el piso donde vivía, en la primera planta del número 108 de la calle Islas Canarias, en el distrito Marítimo de Valencia, Spain. Si me extiendo en detalles, es por demostrar la veracidad de cuanto digo al respecto, por más que pudiera parecer sacado de un relato sucio de Bukowski.
    Ricardo me cogió afecto incondicional y yo sentía por él admiración incondicional también. Sentimientos que pasaban de uno a otro y se intercambiaban: lo que se denomina simple y llanamente, amistad. Por fin, un día acepté el ofrecimiento que, en reiteradas ocasiones, me hacia de visitar su casa llena de tesoros. Ya no me quedaban más evasivas en mi repertorio con el fin de escaquearme. Lo hice con todas las reservas del mundo, ya que mi instinto de buscatesoros no detectaba ninguna alerta. Intuía que no podía tener ningún tesoro real almacenado porque, para liberar la ansiedad que le producía solo el hecho de pensar que se lo pudieran robar, lo vendía en seguida y no esperaba a exponerlo en el Rastro donde podría conseguir mejores ofertas por el mismo artículo. Entonces ¿Qué podría haber en su casa?. Lo que ustedes están pensando y lo que yo vislumbraba desde un principio, solo que el volumen de lo que allí había, me sobrecogió. Fue el mismo sentimiento de asombro que experimenté cuando me enteré de que la estrella más cercana a nosotros (Alfa Centauri) se encuentra a casi cinco años luz de nuestra casa. La magnitud de la distancia me dejó perplejo. Aquello no cabía en mis simples parámetros, como tampoco, si apenas cabía ni con calzador, un trasto más, entre el suelo y el techo de su casa. Era tal la cantidad, sobre todo de ropa acumulada en el pasillo, comedor y otras estancias que, como ya sabía de antemano, porque él me lo había dicho, lo de que se iluminaba con velas (y no por esnobismo) cocinaba con un infiernillo de alcohol metílico y era fumador, lo primero que me vino a la cabeza al ver toda aquel material combustible fue, el pensamiento de que si yo fuera su vecino colindante, le compraba un chalet. Pero Ricardo no lo veía de la misma forma que yo y el resto del mundo. Él veía en todo aquel despropósito, capital acumulado. Y llevaba razón, pero para mi gusto, creo que se excedía en cuanto a la cantidad. Por ejemplo, ropa tenía mucha más que cortes de pelo le quedaban. Pasamos al salón comedor desde donde se podía acceder a una amplia terraza a través de una cristalera a la que le faltaba un cristal. Bajo los estratos de tantos cachivaches, se podía deducir que se encontraban los muebles ¿o eso creo?. Un sofá emergía de entre los trastos y un hueco con su forma, indicaba que aquel era su espacio vital. La cocina solo conservaba un pequeño hueco en el pollete donde se encontraba el citado infiernillo, el resto del espacio estaba ocupado por estalactitas y estalagmitas de no sé qué materiales. El cuarto de baño tenia una pequeña ventana encima del váter y también le faltaba el cristal. Contaba con una ventaja: tenía agua corriente (para su aseo personal, hábito que practicaba) ya que no pudieron cortarle el suministro porque no había manera de acceder a su vivienda, donde se encontraba, en el citado cuarto de baño, el contador. Yo hubiera hecho lo mismo ¿no? Lo de no abrir la puerta de mi casa a desconocidos. Con tanto agujero por doquier, comprendo el por qué decía que en su casa hacía más frío que en la calle. Llegamos a otra habitación donde se encontraba, asomando como si de una excavación arqueológica se tratara, su pianola. No era un piano sino una pianola, y provenía del portaelicopteros Dédalo, buque insignia de la mediocre Armada del General Franco, donde prestó, en su día, el ineludible servicio a la Patria. Como el buque era obsoleto e iba camino del desguace justo cuando él concluía su servicio, se pidió la pianola, y no hubo problema en concederle tal deseo. Y allí estaba aquel mastodonte, porque no sé si lo saben ustedes, pero una pianola, como lleva un sistema mecánico que hace girar un rodillo para interpretar la partitura y mover las teclas, aunque la de Ricardo ya no lo tenía, es más grande y armatoste que un piano vertical con las mismas octavas. Se sentó (no sé donde) frente al instrumento y, créanme, aquello me conmovió: un maestro iba a interpretar una obra ante un insignificante trapero. Pero no sucedió. Sus dedos se atascaron en los primeros arpegios y escalas que esbozó. Puso como excusa, el mal estado de las teclas que, si bien era cierto, no lo era menos que la castaña que llevaba encima, pues, todo esto sucedía por la tarde, cuando ya estaba abatido por el vino.
    Una vez más, me dijo, que tiempo atrás todo era más fácil. Que salía de casa por las noches y, en unos cuantos contenedores que escarbara, se podía encontrar tesoros suficientes como para pasar una semana entera. Esto no lo podía poner en duda, puesto que yo me encontraba, también en la basura, substanciosos tesoros. Pero lo que no me cabía en la cabeza era la cantidad y frecuencia con la que afirmaba que esto le sucedía. Pero él insistía en recuperar su buena racha. Me fui de su casa desolado, más que nada, porque ya no me cabía la menor duda de que el Maestro Ricardo tenía un problema.
     Acumulaba sin el más mínimo criterio, mejor dicho, con el único criterio de “por si acaso”. Nadie mejor que él sabía los apuros a los que se enfrentaba día tras día. Vivía otra realidad donde no había otra cosa que no fuera soledad y, sobre todo, penuria. ¿Cómo hacer frente a todo esto sino con fantasía o delirios?.
    Su comida frugal, la bebida abundante y el tabaco justo. Todo esto se lo costeaba sin tener que recurrir a ninguna mala arte y, lo mejor de todo es, que incluso lo compartía . Por eso digo que era como una flor de loto: porque hundía sus raíces en el fango de la codicia y el egoísmo y, a pesar de todo, mostraba algún que otro destello de generosidad.
    Nunca se curró la página de la lástima. Me gustaría creer que, de alguna manera, se daba cuenta; pero no admitía nada que no fuera en la línea de lo que él quisiera oír. A veces, su mirada se tornaba tierna y emotiva, entonces, delataba su desamparo. En uno de esos momentos, fue cuando me contó que el juzgado le iba a subastar el piso en breve. Las deudas con la Comunidad de Vecinos se le acumularon de tal manera, que ya no cabían más recursos: o pagaba o se quedaba en la calle. Al enterarme, focalicé mi ira en la Comunidad de Propietarios a la que culpabilizaba por su falta de solidaridad; pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que estas cosas no ocurren de la noche a la mañana. Que son más bien, el resultado de un cúmulo de pequeñas decisiones poco afortunadas, en el mejor de los casos, que fatalmente desembocan en un punto de no retorno.    
    Ante este lamentable conflicto de intereses, todo transcurría según la ley y los principios de convivencia, hasta que entró en escena alguien, al que nadie le dio vela en este entierro y al que a partir de hora llamaré: Subastero X. Al decir subastero, suena como carpintero, pero, así como existe una conducta ética en cada profesión, cuando uno actúa por encima de la moral y la ética, no es más que un pirulero.
    Eran los primeros años de la burbuja inmobiliaria y la exuberancia irracional a mediados de los años noventa del siglo pasado. Los subasteros campaban como víboras por los resquicios del soborno, el cohecho y la prevaricación. En este corrupto caldo de cultivo, había quien sucumbía a la tentación de amasar fortunas, siempre que otros se ahogaran sin el menor auxilio. Y, quien mejor para representar este drama que el Maestro Ricardo, cuyo principio de actuación fue siempre la regla de oro que dice: “lo que no me gusta que me hagan a mí, no se lo hago a nadie” y, el Subastero X, movido también por un único principio: “si no lo hago yo lo va a hacer otro”. 
    ¿Que cómo ocurrió? Se preguntarán ustedes. Pues de una manera natural. Sellando un trato entre caballeros. O eso creía el Maestro Ricardo. Sin embargo, el único que actuó como tal fue Ricardo. El día anterior, más concretamente por la tarde, cuando apenas faltaban horas para que a la mañana siguiente se iniciara la subasta, se presentó en casa del Maestro, el Subastero X. Llevaba consigo toda la documentación necesaria para parar la subasta si previamente llegaban a un acuerdo de compraventa. Y aquí empezó su tormento, el del Maestro, me refiero.
    El trato que acordaron fue el siguiente: el valor de la compraventa se estimó, de mutuo acuerdo, en un millón de pesetas al que había que descontarle unas seiscientas mil pesetas correspondientes a la deuda con la Comunidad más gastos procesales y, el resto, se lo entregaría en mano y en breve. ¡Ja, ja, en breve!.
    Sin perder ni un minuto, el infame subastero (por no decir hijo de puta) lo montó en su coche y se dirigieron a Paterna, una localidad a pocos kilómetros de la capital, donde se encontraba el despacho de un notario que dio fe en seguida de cuanto el Subastero X le indicó. Como Ricardo creía que estaba tratando con un caballero, vuelvo a repetir, aceptó reconocer, ante el notario, las condiciones que el subastero le propuso de antemano, las cuales eran, ante todo, reconocer que previamente ya había cobrado. El subastero, por otro lado, sabedor de las condiciones materiales en las que vivía y en las intelectuales en las que se encontraba, pues como ya he dicho antes, era por la tarde y estaría abrazado a Don Simón, digo yo, que el susodicho embaucador, diría para sus adentros: vas a cobrar en cromos del Coyote, como vulgarmente se dice. ¿Lo van pillando?.
    De manera que tenemos, ex aequo, a un subastero estafador y un notario sordo y ciego y, por otro lado, una victima propiciatoria configurando los eslabones de una cadena ¿Por donde se romperá la susodicha?. Han adivinado, por el eslabón más débil. Pero lo que para el subastero iba a resultarle un esplendido y rápido negocio (les recuerdo que el piso del Maestro era amplio y con terraza, si bien necesitaba una buena reforma y además solo le costaría seiscientas mil pesetas) se le puso cuesta arriba.
    Cuando Ricardo me puso al corriente de todo el proceso que llevó a cabo con el Subastero X, tuve un mal presentimiento. Y seguro que ustedes también. Pero como a veces los presentimientos fallan, no quedaba más remedio que esperar al desarrollo de los acontecimientos.
    A partir de que tuve constancia de todo lo anteriormente dicho, cada vez que coincidía con el Maestro, bien en la plaza del Doctor Collado, bien en el Rastro, le preguntaba por como iba el asunto y si había cobrado. Y siempre me respondía lo mismo: que todavía no. Y con cada negativa tomaba más fuerza mi mal presentimiento.
    Intuitivamente (supongo que alertado por sus propios mecanismos de defensa) Ricardo no le había hecho entrega de la escritura de su propiedad al Subastero X, lo cual le permitiría, en última instancia, alargar la jugada pero no ganar la partida, ya que la propiedad del piso había quedado registrada a nombre del SubasteroX, mejor dicho, de la zorra de su mujer, bajo documento notarial.
    Pasaron meses, no recuerdo cuantos, y el Maestro Ricardo continuaba viviendo en su casa y sin la menor noticia del Subastero X y, por consiguiente, del dinero. No me cabía en la cabeza, puesto que si el precio de un millón de pesetas era ya bastante generoso, el no cumplir el trato, a sabiendas de antemano de que no lo iba a hacer, dejaba al descubierto la mala fe del Subastero X. De alguna manera yo me estaba oliendo el gatuperio, pues, por ese entonces, estaban saliendo a la luz, en los medios de comunicación, la manera de actuar de estos miserables carroñeros; pero, no me podía esperar que su proceder fuera el de un psicópata más que el de un buitre. Esto último lo entiendo, lo de buitre, el estar a las caídas para obtener un beneficio rápido. Pero tal como se desarrollaron los acontecimientos, me inclino a pensar que, el Subastero X, sentía algún tipo de perverso placer en despojar, humillar e infligirle dolor a una victima tan vulnerable como Ricardo, independientemente del beneficio económico.
    Y por fin llegó el día que el Maestro y yo esperábamos, pero, mejor hubiera sido que no llegara, más que nada, por el padecimiento que, a partir de ese momento, supuso para ambos. Se presentó, en casa de Ricardo, un individuo joven y fornido que decía ser el hijo del hijo de puta del SubasteroX y, con estas palabras, se dirigió al Maestro: ¡fuera de aquí que esta casa es mía!. Así, sin más, según me contó. ¡Pero si yo no he cobrao todavía! ¿Cómo me voy a ir de mi casa? Le dijo Ricardo, de una manera inocente y visiblemente alterado y descompuesto. El bastardo, digo, el vástago del subastero, tuvo la desfachatez de llamar a la policía. Ésta se presentó y no intervino, por más que el fill de puta le enseñara la documentación de compraventa (toda ella en regla y firmada ante notario) porque no había orden judicial previa. Menos mal. El pimpollo se fue por donde vino y el Maestro se quedó en su casa, amargado y lleno de ira. No era para menos ¿no creen?.
    Unos años atrás, fundí, perdón, quiero decir fundé, la primera asociación reivindicativa de vendedores del Rastro, junto a cuatro compañeros más, que más que nada, el que fueran cuatro y yo cinco, era por ser el mínimo de socios que se necesitaba para constituir la junta directiva, según lo establecido en la ley y, a fe mía, que me costó un gran esfuerzo llegar a esa cifra. Éramos una asociación de pleno derecho, registrada en el correspondiente registro de asociaciones y dispuestos a desfacer los tuertos y minusvalías existenciales de nuestros asociados, frente al gobierno municipal, empeñado en relegar al ostracismo, a nuestro ancestral y rastrero colectivo. El grueso de asociaos estaba formado por lo que vulgarmente se denomina, poca ropa, para qué nos vamos a engañar. Brillaba por su ausencia, cualquier figura que destacara por su prestigio económico en el Rastro. Mejor para nosotros, porque estaban todos en la órbita de un líder, autoproclamado, que los aglutinaba en el seno de otra asociación y que, a propósito, voy a omitir su nombre para evitar, voluntariamente, la publicidad gratuita y engañosa.
    Pese al terror bolchevique que pudiera desprenderse del nombre de nuestra alianza corporativa: Acción Reivindicativa De Los Vendedores del Rastro de Valencia, en vez de miedo, dábamos lástima y, en el mejor de los casos, risa. Pero esto no era óbice para continuar en nuestro empeño. Pero no nos hubiera venido del todo mal, una mano subsidiaria. Créanme que lo intenté, recurriendo al sindicato de CCOO para obtener apoyo jurídico, ya que me sobraban recursos ideológicos, cuando acudí en su favor para que mediaran en el abuso que estaba sufriendo el Maestro Ricardo.
    Visiblemente angustiado por el miedo que me producía el pensar que no me creyeran, subí las escaleras, temblándome las piernas, de aquel frío edificio, catedral del proletariado que, más que acogedor, me resultaba tan intimidatorio como la oficina central de un banco, a pesar de que me era bastante familiar su fachada, ya que formaba parte del paisaje de la plaza de Nápoles y Sicilia, lugar donde los domingos se celebraba el Rastro. Me entrevisté con un liberado del sindicato de transportes, al cual conocía de refilón y, así como ahora, pierden el culo, políticos y sindicalistas por rentabilizar los desmanes producidos por el capitalismo reaccionario, en ese momento, no representaba ningún prestigio, para la eminente entidad, ni el interés político y personal de ningún responsable, mover un solo dedo para evitar la catástrofe individual de un ciudadano. ¡Qué le vamos a hacer! Eran otros tiempos. Es curioso, ahora, con lo de la crisis, la izquierda se ha vuelto más sensible con el colectivo poca ropa: inmigrantes, desahuciados, dependientes etcétera; pero entonces, los sindicalistas estaban muy atareados en negociar convenios colectivos que vinculaban a millones de personas. El Maestro Ricardo, un ciudadano a secas, estafado y a punto de ser despojado de su casa, como era invisible, por consiguiente, carecía de interés político. Así que, apabullado por el discurso demagógico de mi interlocutor, desanduve el camino y salí a la calle tiritando de miedo.
    Solos y desorientados, el Maestro Ricardo y yo nos debatíamos entre el miedo que nos producía la indefensión, el aislamiento y la ira. A ambos nos asaltaban malos ¿o buenos? pensamientos, según se mire, sobre todo, al más afectado, tales como el comprarse una pistola y liquidar al subastero “y salga el sol por Antequera”. Optamos por afrontar la injusticia por medios pacíficos. Lo primero que había que hacer era, agenciarnos un abogado de oficio para demandar al Subastero X por impago y no sé qué más. Lo farragoso de tramitar la solicitud para obtener la asistencia de un letrado de oficio, me lo voy a saltar; pero créanme que eso no es llegar y besar el santo.
    Ricardo ya tenía abogado y procurador de oficio y se cursó la correspondiente demanda. Nos entrevistamos con el leguleyo, primero, en un domicilio y, para cuando el procedimiento acabó, nos atendió en dos domicilios diferentes más: parecía como estuviera huyendo de algo. Sospecho que estaba tan tieso como nosotros. El caso es que, por la edad que le calculo que tendría, a la sazón, unos cuarenta y tantos años, no debía de ser ningún recién licenciado, sopena que le gustara tanto la facultad que repitiera cursos sin cesar para su deleite. 
    A simple vista, la cosa parecía bastante clara según se desprendía del testimonio aportado por la victima y traducido y trasladado en todo momento por mí, a cuantos interlocutores fueron necesarios, jueces, secretarios, bedeles, etcétera, ya que el Maestro Ricardo solo se limitaba a decir con rabia: ¡pero si a mí no me ha pagao! entre su limitación auditiva y la confusión de Don Simón, lo cual, parecía poner en duda la veracidad de los hechos. No obstante, al abogado no le cabía duda de que todo lo que le contábamos era cierto, lo difícil sería el cómo impugnar lo que el Maestro había firmado ante notario.
    La primera vez que el maestro Ricardo tuvo que ir a declarar a los antiguos juzgados de la Avenida Navarro Reverter, se presentó a la cita tal cual era, con su indumentaria trasnochada y, en vez de dos bolsas, llevaba solo una. Intercambiamos saludos cordiales en las inmediaciones de los juzgados y, al estrechar la mano del abogado, la noté fría y húmeda al contrario que la del Maestro que era cálida y firme. No hice caso a este detalle, pero en ese momento, seguro que el abogado sentía más miedo que nosotros. Será su táctica para despistar al enemigo, dije entre mí. Subimos a la planta donde se encontraba el juzgado de instrucción. El abogado entró en la oficina mientras nosotros aguardábamos sentados en una esquina de uno de los bancos de madera que estaban dispuestos a ambos lados del pasillo que desembocaba en los despachos. No estábamos solos, pues había otras personas aguardando su turno, al igual que nosotros, sentados, de pie y paseando. Un discreto murmullo envolvía el ambiente, hasta que el Maestro Ricardo sacó de la bolsa que llevaba, su bota de vino y se metió un luengo lingotazo y se limpió la boca y se sonó la nariz, expeliendo un sonido trompetero, con un calcetín deportivo de algodón, ad hoc, que llevaba en un bolsillo de su americana. Entonces se hizo un silencio, discreto también, pero muy revelador del impacto visual que a todos nos produjo aquella performance. A continuación, se reanudo el murmullo y cada cual continuó enfrascado en sus pleitos.
    Las diligencias se dilataron en el tiempo y, mientras tanto, Ricardo continuaba viviendo en su casa, acudiendo todos los días a la plaza del Doctor collado y los domingos al Rastro, con sus inseparables par de bolsas, pa buscarse la vida. Tras varias comparecencias ante el juez, el Maestro ganó credibilidad y empatía y obtuvo el auxilio de la justicia en primera instancia, mientras que el Subastero X, perdió, y no solo el juicio, sino hasta dos abogados que renunciaron a su defensa por motivos de conciencia. Revelador ¿no?.
    Nuestro escurridizo abogado nos puso al corriente de los acontecimientos favorables y quedamos en que nos mantendríamos en contacto. Pero, a partir de ese momento, ya no volvimos a saber nada más de él. El Subastero X recurrió la sentencia ante el Tribunal Supremo y ganó el recurso. Para cuando la sentencia se ejecutó, el Maestro Ricardo se mantuvo viviendo en su casa varios años, en tanto que se decidiera quien era el propietario, sin tener que preocuparse de deudas y apremios. Incluso, les dio tiempo a los empleados de la Consellería de Sanidad, de retirar dos camiones de “por si a casos” de su domicilio. Al final, no estoy muy seguro de si perdió una vez más, o ganó.
    El periplo que siguió a continuación del desahucio, no es necesario que lo cuente porque desde tiempos inmemorables es el mismo para todos los que lo sufren: perdida de autonomía y subrogación de la voluntad a manos de instituciones caritativas. Esto no lo llevaba bien porque tenía un temperamento indomable y quisquilloso, y acabó en la calle como único recurso. No estuvo mucho tiempo en esta deplorable situación porque le concedieron la paguilla no contributiva al cumplir los sesenta y cinco años. Le ingresaron en su cuenta bancaria unos suculentos atrasos que destinó, como fin primordial, a acelerar su decadencia. Ya me entienden. No hace falta que me extienda en detalles. Pero estoy seguro de que, si ese dinero, le hubiese llegado en el momento oportuno, lo hubiera destinado íntegramente en saldar su deuda porque, el Maestro Ricardo Valls Martinez: era un Caballero.
    Para mí, esta historia marcó un punto de inflexión. A partir de ese momento me volví más realista. Menos crédulo; menos impresionable; menos mojigato porque ¿Qué puntos de referencia tenía yo en ese momento, que no fueran los extraídos de la actuación de los protagonistas de películas y novelas negras, cuando los ves que se involucran personalmente en un caso, que ni les va ni les viene, solo porque lo encuentran injusto o inmoral y, de la noche a la mañana, se vuelven detectives, abogados, políticos…?. Pero en el fondo, si algo perdí también, fue la virginidad, la bisoñez.
     Personalmente, creo que Némesis me castigó por mi exceso de orgullo intelectual, pues en el sitio en donde me desenvuelvo, mi cuota de inteligencia, no debe sobrepasar el límite de la estupidez.
    Con cada momento que evoco al Maestro Ricardo, lo rescato del olvido y, en su memoria, le hice una canción, o lo que sea, a modo de homenaje que aquí reproduzco. Y, con esto, acabo de darles el tostón.                               

EL HOMBRE DEL RECICLAJE

La abeja liba las flores.
La flor exhala perfume
y esto es así porque
se encuentra en su lugar.
La rueda gira y no habla.
El libro habla y no rueda,
esto es así porque se
encuentra en su lugar.
El hombre del reciclaje
trabaja a bajo voltaje
y se extingue
en una generación.
Lo apuesta todo a una carta.
Sus mejores ilusiones;
siempre pierde,
frente al as de corazones.
Ahora recoge jamones,
para comerse los tendones.
Perras y gatas, juntos,
comparten las zurrapas.
El hombre del reciclaje
se está bebiendo su historia.
Hubo una vez que, con su piano,
rozó la gloría.
Las melodías que ahora arranca
a su vetusta pianola
se quejaban de su torpe fluidez.
Sus dedos ya no digitan
al compás de su memoria:
veinte años
lo separan de las notas.
Quien se lo podía haber dicho
a este orgulloso maestro
que iba a acabar,
también o tan mal,
a ritmo de valls.
Y ahora recoge jamones
y abusan de él los bujarrones.
¡Quién se mosquee,
es que se dio
por aludido!.
El hombre del reciclaje,
desgasta muchos zapatos;
arriba y abajo,
deambulando
tras los trastos.
El hombre del reciclaje
lleva chaqueta de traje;
dos números más
para calzar:
es natural.
El hombre del reciclaje
no guarda en casa
ni un traje:
partirá a cachitos,
al otro viaje.
El hombre del reciclaje
desciende del cromañon
y ha servido para
crear esta canción.
Y en una profunda balsa,
de hospital universitario,
quedará a merced de
futuros cirujanos.
Y quedará en el recuerdo
de sus correligionarios,
como ejemplo
de talento natural.