miércoles, 29 de octubre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO III







Comprar robando


El Rastro es un lugar cosmopolita y barato; pero, ojo con lo de barato, que a veces uno, cuando compra, más que comprar, parece que está uno robando. Lo digo por el estado mental que, por lo menos a mí, me ha producido siempre y me sigue produciendo, aunque cada vez con menos intensidad emocional y más frialdad mental ¿Serán los espolones?, por eso quizá pueda contarlo, una compra de estas características. Les voy a poner un ejemplo. Pongamos que compro un objeto, equis, a uno de tantos vendedores que en el Rastro nos buscamos la vida, y yo, que soy más listo que el hambre (que conste que lo de hambre lo digo sin faltar a nadie, porque comprendo que es lo mismo que nombrar la soga en casa del ahorcado) me doy cuenta enseguida de que, ese artículo es de un gran valor material, porque, si sumo la diferencia entre lo que me ha costado y el beneficio que espero obtener, a mi orgullo, me da un coeficiente de… más equis grado de paranoia, así, como lo oyen. Pero ¿Por qué, si todo se ha desarrollado bajo las reglas consuetudinarias que todos aceptamos? Me interesa el precio, compro. No obstante, a partir de aquí empieza el martirio. Mi ego se ha inflado tanto que hasta siento miedo por si estalla. He triunfado, me digo a mi mismo jactándome, se ve, que para estimular mi arrogante y estúpida vanidad. Cuando camino, cabeceo de un lado para el otro, a delante y atrás, cualquiera diría que escondo algo, que no soy de fiar, ¡y más la policía, que se fija mucho en esos indicios!. Siento que me observan, que me pisan los talones los susodichos. Me vuelvo mas suspicaz y empiezo a ver enemigos por todas partes que me quieren robar o estafar y, lo más triste de todo esto es, que sospecho hasta de los más allegados y, por descontado, hasta de mi propia sombra. Tal nerviosismo se ha apoderado de mí, que altera mis hábitos de sueño, alimento e higiene sexual. Hasta cuando durará todo esto, no hace falta que me lo pregunte porque yo ya lo sé, pero lo que aún me sigo preguntando es si vale la pena este sin vivir que a la postre me hace sentir culpable. Y concluyo: el Rastro es tan solo un lugar cosmopolita y barato, y no una comuna, un falansterio; así de prosaico.



















     

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