martes, 30 de agosto de 2016

EL ASTEROIDE REDENTOR, LOS NUEVOS TRAPEROS Y LAS VIEJAS QUIMERAS



    Seria injusto nombrar a éste o aquel con nombre y apellidos y dejar a un lado a otros que, con el mismo derecho, se merecen una ovación. Así, que lo mejor es referirme solo a la valiente actitud que tuvieron, en su día, unos cuantos hombres y mujeres (que también las hubo, pero quiero puntualizar, que casi todas eran de etnia gitana) de hacer frente a la tragedia personal.

    En mi caso particular, buscaba el éxito y la fama en los convulsos años de mi juventud como no podía ser de otra manera. Todos lo hacíamos. Nadie puede decir que no lo hiciera. El éxito había que alcanzarlo ¿Cómo? Yo no lo sabía. Pero lo que en todas partes se podía observar y medir, era el nivel de éxito alcanzado por otros mediante la ostentación material o intelectual. Elegí la segunda de las dos opciones sin saber que la ambición y el orgullo intelectual comprimiría mi masa neuronal a base de sucesivas frustraciones (podía haberme sucedido lo mismo en el caso de escoger la opción de la mayoría). La cosa fue creciendo y su exceso de gravedad atrajo a un asteroide, el cual, destruyó el mundo al que estaba circunscrito.

    Para mi, fue algo así, como si de repente, aquel asteroide que me cayó encima, borrase del mapa toda mi existencia anterior. Desaparecieron las amistades y las proyecciones, o sea, el apoyo y la dirección del rumbo a tomar. En pocas palabras, aquello me hizo tanto daño como solo podía hacerlo la verdad, y me volví invisible.
    
   
    El Rastro ya existía, que no es que lo inventáramos nosotros. Se originó y consolidó en la plaza del El Mercado, desde por lo menos, 250 años atrás, y a diario compartían sahumerios de carnes, frutas y pescado, con la eventual atracción espeluznante del penchat, sus enseres, muebles, ropa, zapatos, cerámicas, libros, legajos, hierros y quincallas. Desde el amanecer hasta el anochecer; día tras día; una y mil veces, transportaban y exhibían los mismos artículos que no eran otra cosa sino el remanente acumulado e invendible, después de una criba feroz y sistemática por parte de gente necesitada, sagaces comerciantes e intelectuales inquietos y preocupados por el maltrato a la historia y la cultura. Sin embargo, hasta cierto punto atrayente para catetos forasteros que, de ser estafados, queriendo o sin querer, nunca reclamarían.     

    Se robaba comprando y se vendía estafando, todo cuanto se podía, a quien su propia codicia le absorbía el sentido común. Una nube negra envolvía este submundo completamente al margen del resto de la sociedad. Una sociedad donde, El Rastro, se puede decir, que quedaba en la orilla, a posta, como ejemplo de lo que te podía pasar si no aceptabas las reglas de su juego, a la vez, y sobre todo, que constituía una vía de escape frente a las míseras condiciones de quienes no tuvieran otra salida, con el propósito, en la medida de lo posible, de que la desesperación no fuera canalizada hacia el putrefacto poder que representaban los privilegiados.     


    En los años de la posguerra, la escasez y la necesidad potenciaron un mercado más negro, si cabe, todavía. Del Rastro primigenio solo quedaban algunos puestos ambulantes en la Calle de los Escalones de La Lonja (antigua Calle de Los Hierros) y corros, muchos corros o corrillos en la Plaza del Doctor Collado, en donde, lo último que verías, sería a la mujer de J.P. Morgan intentando vender sus sábanas de Holanda y colchas de Damasco para atender el puchero. Del  Rastro solo quedaba el nombre y los referentes, nada éticos, que ya he reseñado antes, en cuanto a la compraventa.  


    Traperos y chatarreros, gente que transitaba por la ciudad, con carros artesanales, (cuyo diseño podía estar personalizado, ahora bien, sus fundamentos de construcción partían todos de los mismos elementos maritales, es decir, la cama y el armario) buscando en contenedores de basura, cartón y metales, con bastante entusiasmo, por cierto, cosa que desde el punto de vista del ciudadano medio, aquello aumentaba las sospechas sobre el equilibrio mental de estos hombres y mujeres en tanto que no fueran gitanos, ya que para los de esta etnia, había constituido, desde mucho tiempo atrás, su única fuente de ingresos; cosa que todos veíamos como natural. Pero ¡ah amigo! Cuando uno se queda sin faena y en el paro agota todas las prestaciones sociales, que en las fechas a las que me voy a remontar, a partir de 1984 (hasta el día de hoy en que permanezco activo) se reducían al subsidio de desempleo únicamente, y a la caridad cristiana (y quizá en esto, hoy en día, no estemos tan alejados de las circunstancias que nos precedieron) el trabajador por cuenta ajena (o por la cuenta que le tiene) no encontraba más recurso si quería volver a ver el color del dinero, que el de vender sus pertenencias, a las cuales estaría, por una parte, muy apegado a unas, y a otras, no tanto. ¿Y donde podía hacerlo? Pues en El Rastro de toda la vida, donde entramos en contacto con un mundo que ni siquiera sospechábamos de su existencia.
   
    En la vida que quedó atrás, se podría decir, que pertenecíamos al mundo de la uniformidad y previsible recompensa; pero, sobre todo, éramos prescindibles. La frontera con el lumpenproletariado estaba tan cerca que cuando cruzamos, cuanto apenas nos dimos cuenta ni pasó nada de lo que uno no fuera, en última instancia, responsable. Digo esto porque, todavía prevalecía, como un valor de referencia, en un porcentaje considerable, lo de vender gato por liebre. Lo de ser un listo más que inteligente porque, hablando de liebres, ninguna vuelve al sitio en donde se libró por los pelos.              

    No éramos ningún relevo generacional, sino más bien, una especie invasora que en seguida entró en conflicto en la disputa por el espacio vital, en este caso, de venta, y el alimento, llamémosle, el reciclaje. “Payos mangantes” nos llamaban y aún hoy lo siguen haciendo por hacer lo que ellos hacen: reciclar. Si eres gitano y rebuscas en la basura y vertederos, chatarra o trastos que otros desechan: te estas buscando la vida. Pero si eres payo y haces lo mismo: eres un mangante. Para que quede esto más claro todavía, os diré que, “mangante” es el participio del verbo mangar que procede del caló y quiere decir: pedir, mendigar y con este sentido y saña nos lo aplicaban aquellos que, del Rastro, se sienten dueños y no quieren ni oír hablar de competencia sino de enfrentamiento.

    La rapidez con la que aprendíamos desquiciaba, por igual, tanto a éstos elementos como a sus patrocinadores de clases altas y bajas pasiones, cuya única aspiración era repartirse el mercado esclavizándonos, y no lo digo en sentido metafórico, sino real. La democracia nos salvó y, la ira reprimida, los fue consumiendo uno a uno, cuando no enfermándolos o matándolos directamente de infartos o metástasis fulminantes. Los que sobrevivimos a sus ataques sistemáticos, payos y gitanos, nos enganchamos al asombro y consiguiente emoción que nos producía cada nuevo descubrimiento que abría la puerta a más conocimiento y una vez que entrabas en la dinámica de aprender, era difícil salir. Nos quedamos; pero bajo esa boira de mala reputación nos criamos, preocupados no solo por el interés material sino también por las relaciones sociales o humanas, como quieran llamarlas. Y en esto, más que en otra cosa, radica la diferencia entre el viejo y el nuevo trapero. Esto y descubrir que en El Rastro, sin tener conocimiento previo, se hallaban los estímulos que podían servir de catalizador para que cada cual optara por reconstruirse a si mismo, a partir de lo poco que nos quedaba en forma de talento personal, para una u otra cosa. Y eso hicimos. O esto, o una condena sin posibilidad de reinserción dentro de los ocultos muros de un gueto. Dos visiones del mundo y de la vida, del espacio y el tiempo, antes y después de la nada.
   

    La venta ambulante y periódica de antigüedades con cierto nivel en El Rastro de Valencia, es una quimera que parte con el recuerdo manipulado, convertido en leyenda, tal como si de las minas del Rey Salomón se tratara, y se remonta a cuando El Rastro se trasladó, en 1960, a la plaza de Nápoles y Sicilia, donde sucumbía a la desidia el Mercado de la Congregación, uno de los más antiguos de Valencia, con el que compartimos, hasta su total desaparición, domingos y festivos.

    El hecho de que el Rastro se celebrara en la plaza de Nápoles y Sicilia, solo los domingos y festivos, tuvo como consecuencia, de un modo casual, que de ninguna manera fue premeditado, puesto que El Ayuntamiento de aquella época, la única intención que tuvo fue la de esconder al Rastro en la decadente plaza, fue, sobre todo, que estaba a pocos metros de la Catedral de Valencia, donde los domingos y fiestas de guardar, acudían a misa de12, las fuerzas vivas del Nacionalcatolicismo que, al termino de ésta, los que bajaban por la calle del Palau, descubrieron El Rastro en la plaza donde desembocaba la calle. Nobleza, militares de alto rango, alta burguesía, magistrados etcétera, entraron en contacto con El Rastro que repudiaban; pero en su terreno. Para evitar el roce con las clases bajas de la ciudad, prohibieron la venta de ropa y zapatos, con lo que pretendían inventar un Rastro para ellos solos. Cuando digo ellos solos, me estoy refiriendo a un vendedor en particular, que organizó el traslado; a unos cuantos tratantes de etnia gitana y, por supuesto, a las fuerzas vivas a las que me he referido antes (altamente nocivas para la salud democrática) que durante sus primeros inicios, en la década de los 60, no cabían de contentos, besándose el culo los unos a los otros, como si de una noche de borrachera en un tablao flamenco se tratara. En un principio, lo que los tratantes compraban a unos nobles arruinados se lo vendían a otros de su misma calaña, pero en mejor situación económica. Esto no es nada nuevo como tampoco lo es el por qué se arruina un señorito: en la mayoría de los casos por su indolencia y golfería. Ahora bien, si esto supuso un punto de inflexión, lo del cambio de escenario y su periodicidad, en esencia, seguía manteniendo, para su mal, la tradición secular de, en primer lugar y en el plano humano, recoger a los individuos que no tenían cabida (o eran expulsados) dentro de una sociedad con pocas oportunidades, clasista y fundamentalista. Así pues, en el nuevo organigrama de su caprichoso e insostenible Rastro, ellos estarían en la cúspide, como máximos depredadores, frente a un rebaño de presas abundantes y fáciles (Ja)
 

    Cuando me he referido antes a lo de crear o inventar, un Rastro intimo entre tratantes de toda la vida y la alta burguesía, lo digo por lo siguiente. Extrapolando los datos, hacia atrás o hacia delante en el tiempo y en proporción, de la situación que yo mismo cotejé, al acercarme por allí, después de lo de mi accidente con el asteroide1984, al que yo mismo lo he bautizado así en honor al año en que me inicié en este universo; aunque si bien, el asteroide me cayó encima unos años antes, este tiempo lo considero, como si dijéramos, de transición de un mundo a otro. Como digo, lo que yo vi era, ni más ni menos, lo que podía ver cualquier visitante que transitara por el mercado a partir de las 12 del medio día.  El panorama era el siguiente. La plaza del Arzobispado, que se la habían adjudicado, por su cuenta y riesgo, advenedizos mercaderes y otros traperos, se encuentra tan solo a unos metros de la puerta Románica de La Catedral y allí era donde se concentraba la venta de artículos más seleccionados (que no es lo mismo que selectos) y expuestos en mesas improvisadas sobre caballetes y adornados con telas pretendiendo dar cierta apariencia de calidad y seriedad. A continuación, bajando en dirección hacia la plaza de Nápoles y Sicilia, se podía llegar a ella, bien por la calle del Palau o por Mosén Milá donde el barullo se iba extendiendo cada vez más hasta llegar a la plaza que era el núcleo principal del mercado, donde se concentraban los más antiguos vendedores inmersos en el más puro caos. A primera vista, se podría llegar a la conclusión de que, unos cuantos honrados comerciantes, se encontraban asfixiados, acorralados en medio de hordas bárbaras o indios borrachos al estilo de las viejas películas del oeste. Pero, para ser honestos y no dejarnos llevar por una primera impresión en un horario de máxima afluencia de público, rebobinemos la cinta y retrocedamos unas 6 horas atrás cuando daba comienzo el festival.

    En primer lugar, abriré un paréntesis para deciros que, de los cientos de vendedores que montaban sus puestos en cualquier sitio de los que me he referido antes, todos, excepto 4 o 5 (que ya hacia años que habían dejado de pagar la tasa correspondiente al Ayuntamiento) éramos ilegales. Esto quiere decir que, desde el primero hasta el último, no teníamos ningún derecho a ocupar la vía pública para ejercer la venta ambulante sin el correspondiente permiso. Las rancias autoridades lo sabían y, por los motivos que he mencionado antes, hicieron la vista gorda, hasta que, en 1988, la alcaldía, que ya estaba en manos socialistas, intentó normalizarlo. Digo que intentaron porque no lo consiguieron: les faltó tiempo que no voluntad política. En este sentido, no me extiendo más porque ya lo he hecho en la dirección que os adjunto más abajo.

    Volviendo al inicio de la película, todo empezaba de madrugada, cuando paulatinamente, íbamos ocupando el espacio que cada cual nos habíamos adjudicado con el consentimiento, o no, de los más antiguos, ya que si había alguna ley, ésta era la del más fuerte. Por eso, los más vulnerables, por diversos motivos, dormían la noche del sábado en el mismo lugar que luego ocuparían porque, de no hacerlo así, no les daría tiempo a vender y, de esta manera, por lo menos, lo hacían durante un par de horas o tres antes de que comenzara el desbarajuste. Cuando el sitio de venta ya estaba marcado, generalmente, con el trapo sobre el que luego se extenderían las mercancías, el siguiente paso era el de esperar, como agua de mayo, la entrada de los traperos con sus mágicos carros, que eran recibidos como generales romanos después de una campaña victoriosa; esquilmados como se hizo con los indígenas de Sudamérica y luego repudiados como leprosos. Estas tres fases se sucedían, periódicamente, cada domingo y por el orden que he enunciado. Los mejores artículos pasaban a manos de los mercaderes más avispados y constituían el 90% de sus exquisitos artículos (según su propio criterio) y al trapero lo dejaban con un amasijo de trastos a los que intentaría dar salida a lo largo de toda la mañana, para de esta manera y con suerte, poder pagar alguna deuda acumulada de la semana anterior. Visualicen esta operación, multiplicada por decenas de traperos, y en los mejores años en los que no se respetaba, ni en lo más mínimo, el patrimonio histórico y cultural de la ciudad y todo acababa en contenedores de obra, basura y, por último, el vertedero: centros de trabajo por excelencia del trapero. Pues bien, éste era todo el esfuerzo con el que el honrado comerciante intentaba deslumbrar a su clientela de alta alcurnia que, cuando acudía al mediodía, cuanto apenas podía circular con soltura por entre tanta bulla y desorden.

    Éramos todos traperos, configurados por todos aquellos a los que le hubiese caído su propio asteroide, incluyendo a aquellos comerciantes que no quisieron retirarse a tiempo, como sí lo hicieron otros que más tarde se convirtieron en la élite de los libreros de viejo de Valencia y algún que otro anticuario que también prosperó. La diferencia que había entre unos y otros consistía en que, unos montaban en el suelo y otros lo hacían en mesas y, al parecer, esto les hizo atribuirse una categoría superior justificada, tal vez, por el roce que, con más frecuencia, mantenían con los más reaccionarios de los otrora componentes de las fuerzas vivas, ya por entonces, muertas.

    Dentro del repertorio de clases que he mencionado antes, también existían fuerzas de progreso, cuya diferencia estribaba en que, mientras que a los primeros solo les interesaba el detalle externo para alardear y otros artículos de moda para decorar; a los segundos, más cultos, profundizaban en el por qué, y no encontrando ningún motivo que justificara ninguna clase de prejuicios, hoy en día continúan visitando El rastro y nadie conoce, o deja de conocer, su estatus social, ni rango militar o jurisprudente.      

    Pronto emergieron los verdaderos propósitos con los que cada parte entendía la función que El Rastro desempeñaba dentro de la sociedad. Por un lado, la que representaban los que se habían atribuido a sí mismos la profesión de anticuarios (en competencia desleal con las tiendas de antigüedades, puesto que sus precios eran por un estilo y ganaban mucho dinero cada semana o, por lo menos, presumían de hacerlo y nunca pagaron impuestos más allá de las tasas municipales, y hubo a quien hasta incluso esto, “le sabía mal” hacerlo) venía a querer decirles a los traperos, que su función terminaba a partir de cuando acabaran de ser saqueados de madrugada. Esto daba a entender que, más que regular el caos o el asilvestramiento, lo que pretendían era borrar la huella de la procedencia de casi el 90 % de sus selectos artículos (según su valoración personal, vuelvo a repetir) a sus distinguidos señoritos de misa de 12, y, por otra parte, así alejar a su fuente de enriquecimiento, los traperos, de cualquier información que pudieran recopilar sobre los artículos que les malvendían. Por nuestra parte, los nuevos traperos, frente a esta discriminación del todo injusta, puesto que a partir de 1988, todos adquirimos nuestro permiso de venta, cumpliendo con todos los requisitos que El Ayuntamiento nos solicitó y, por lo tanto, teníamos los mismos derechos y obligaciones, tanto unos como otros, desde el más andrajoso al más come mierdas,  con lo que nuestra postura fue y sigue siendo, la de que el asilvestramiento debiera de regularse, por supuesto, pero de ninguna manera suprimirse, entendiendo por esto, la desaparición de los traperos, ya que equivaldría a extirparle el corazón al Rastro.

     He hecho este inciso, con el fin de  dar a conocer el origen de ese pasado esplendor del que muchos hablan, en el que, poco menos, que la realeza local, acudía al Rastro solo atraída por el cautivador entorno y la promesa de encontrar el nuevo Dorado. Pero no fue así, y para que os hagáis una idea de esto que os digo, no tenéis nada más que echarle un vistazo a las fotos que Jarque hizo entre los años 1965 y 1984, y dejó plasmadas (y pasmados a más de uno) en un libro (Mercados de Valencia) en colaboración con Maria Angeles Arazo, que el Ayuntamiento de Valencia editó en 1984, y que podéis ver en este enlace: http://rastro.es.tl/Documentos-y-fotos.htm                  

    Y en este nuevo escenario, fuera de su oscuro y confuso enclave tradicional, seguían acudiendo, en parte, la flor y nata de la sociedad valenciana, los domingos, después de misa de 12. Pero a estas alturas, ya encontraban más santificante el ir al Rastro que a misa y en el caso de que fueran sorprendidos por sus amistades, en el “culo del mundo”, siempre les quedaba la excusa de hacerlo para ayudar a la pobre gente con sus limosnas. Y con respecto a dichos anticuarios, barra, quincalleros, victimas de su mala fe e incompetencia, nunca prosperaron más allá de conseguir algún dinero para gastarlo en bingos, apuestas, burle y casinos donde, aún hoy, quieren hacer realidad su fantasía de alcanzar El Dorado, empleando unos y otros, los mismos escrúpulos que, como en nuestra memoria histórica, hicieron constar, el amplio elenco de conquistadores.


     Un profesional, tal y como lo entendemos, es aquel que conoce a fondo los entresijos de su profesión y mantiene una dedicación exclusiva a su desempeño, que es con lo que obtiene los medios para ganarse la vida ¿Pero qué ocurre cuando el tiempo es limitado e insuficiente como lo es nuestro horario de venta? ¿dejamos de ser profesionales? ¿o habrá que buscar otra definición que se ajuste más a la realidad?. Por lo tanto, en El Rastro, no es más profesional el más ordenado en la presentación del material. Un material que puede ser el mismo indefinidamente, sin ocuparse mucho de su renovación, en tanto que su propietario obtenga las ingresos necesarios para su sustento por otros conductos, ajenos incluso a este oficio.    

   
    La mayor parte de la venta en El Rastro es de artículos reciclados y oportunidades como lo ha sido siempre desde sus comienzos en el siglo XVIII, época de la que se conservan testimonios escritos. Este era su cometido y no otro: atender las necesidades de los más desfavorecidos; pero no como un acto de solidaridad de clase o caridad cristiana, sino como único espacio a donde acudir, los unos, para adquirir artículos necesarios frente a los productos nuevos de precios superiores y, con toda seguridad, inaccesibles; y los otros, como la única alternativa que les quedaba para buscarse la vida. Tanto unos como otros, tenían en común, dentro de una sociedad clasista, con pocas oportunidades y fundamentalista: el ser “primos hermanos de la ignorancia y la necesidad”  

    La única finalidad era, encontrar en El Rastro, el artículo que se necesitaba en las mejores condiciones de uso y con el menor coste. Encontrar antigüedades a la venta era, tanto ayer como hoy, algo así, como si se tratara de un producto residual con el que cuanto apenas se contaba como material de venta rápida y provechosa. La mayoría de clientes eran de clase baja y carecían de la más mínima preparación como para gastar dinero en algo que no sirviera para nada.

     El trapero ponía toda su atención en reciclar metales, trapos, papel y cartón porque era y sigue siendo un valor seguro: tantos kilos de esto o de lo otro, tanto dinero según el precio del mercado al por mayor. Un trabajo manual, que no requería de más esfuerzo mental, después de haber aprendido a identificar el hierro, el latón, el bronce, cobre y aluminio. Zapatos, ropa y los enseres que pudieran ser reciclados para su inmediata venta y uso, también se contaba con su aportación económica segura vendiéndolos en El Rastro y hasta ahí llegaba su interés, por el momento. Pero las cosas cambiaron cuando pasamos de ser un país en vías de desarrollo a uno desarrollado de pleno derecho y el consumo se convierte en la principal medida de éxito: quien no consume no es nadie. 

    Fue esto lo que revolucionó El Rastro junto con los cambios políticos y económicos que comenzaron, seriamente, a partir del intento de Golpe de Estado de 1981. A raíz de esto, la situación política y económica se estabilizó y poco a poco se fue viendo cómo las oportunidades se multiplicaron y el consumo creció exponencialmente. Los barrios del centro histórico, rancios y ajados, comenzaron a actualizarse mediante planes de rehabilitación (y el dinero que pudiese haber debajo de las baldosas) lo cual supuso la limpieza, a mansalva, de buhardillas, pisos, almacenes, tiendas etcétera, y a partir de aquí es donde entramos nosotros después de que a cada uno, como digo, le cayera encima su asteroide correspondiente.

    ¿Cuando se produjo el punto de inflexión en el que el trapero y chatarrero pasa a tener casi tanto o más en cuenta la cotización de las antigüedades frente al valor seguro del reciclaje metalúrgico? Se tiene que remontar al momento en el que el trapero descubre que la venta de un solo papel, le puede suponer tantos ingresos como los que obtendría vendiendo una o varias toneladas a granel del mismo material. Que de un lienzo, se podía obtener el valor equivalente a una tonelada de cobre y que de muchos otros artículos fabricados en metales, se podía conseguir el equivalente al precio por tonelada de hierro, latón, aluminio etcétera, y así, así ir extendiéndose a todo artículo sobre el que podía recaerle la sospecha de ser antiguo. Como digo, la época en que se produce dicho descubrimiento, no se puede saber con exactitud, como tampoco digo que esto sea un enigma, como el del invento de la rueda; pero lo que es incuestionable es que, más tarde o más temprano, el trapero se percata de la rentabilidad del negocio y aplica la ley del mínimo esfuerzo frente al deslome.

    Pero ocurre que está solo y nadie le va a enseñar a distinguir lo que realmente tiene valor de lo que es chatarra pura, sea cual sea su antigüedad. La razón es comprensible: el beneficio que obtiene el coleccionista-comprador o el comerciante es, directamente, proporcional al tiempo que el trapero se mantiene en la inopia. Lo curioso es que, en este lapso de tiempo, ambas partes son felices porque el uno, asombrado, dice: ¡me da equis dinero por esta mierda! Refiriéndose a cualquier artículo reciclado de la basura tras la limpieza de una buhardilla, por ejemplo, mientras que el otro, correrá bajo una excitación, cuasi orgásmica, a despertar los celos del amigo y competidor; y el comerciante, a rentabilizarlo con el mayor beneficio en el menor tiempo posible. Pero esta situación no dura eternamente, y el tiempo de permanencia en ella, está íntimamente ligado al grado de formación académica con la que el trapero haya contado antes del suceso cósmico. Ahora bien, de una manera u otra, esto se sigue reproduciendo con cada trapero-chatarrero que se inicia en este oficio. Así pues, se podría decir que, el aprendiz, paga con creces su adiestramiento. Lo que ocurre después, cuando el trapero ya es consciente del dinero que ha dejado de ganar, por su estupidez y la astucia de otros es, que le invade una irreprimible ansia de venganza y, en su afán ilusorio por recuperar el tiempo y dinero perdido, permanecerá durante un tiempo a la defensiva, hasta que sin darse apenas cuenta, se verá inmerso en la dinámica contraria y un nuevo desvirgador habrá nacido en la virginal madrugada de un domingo.

    Está claro que la relación, mientras se mantiene en estas condiciones, está desequilibrada, lo cual traerá, como consecuencia, el divorcio, si antes no se alcanza un convenio a la hora de repartir los beneficios. Me explico, pese a que el trapero tiene que ir, poco a poco, cribando entre cientos, miles de artículos que por sus manos pasan, o han pasado o pasarán e ir tasándolos de forma razonable como para darle salida en El Rastro, mediante este proceso, es cuando por fin alcanza cierta seguridad en si mismo, después de muchos años y fija un umbral, por debajo del cual, ya no es que pierda dinero o deje de ganarlo sino que, lo que está en juego es, ni más ni menos, que el menoscabo de su independencia y autoestima al que no tiene más remedio que enfrentarse de una manera radical, porque siempre queda un psicópata residual que nunca aceptará un no por respuesta, y buscará el martirizarle por considéralo una presa fácil dadas sus condiciones sociales y materiales. Ante el dilema que se le plantea al vendedor: ceder y que el psicópata se salga con la suya o destruir o malvender el artículo a cualquier otro que no sea tan abusador, acabará optando por una de estas dos cosas y, lo que pueda perder por una parte, lo ganará por otra con el respeto a sí mismo y así poder continuar mirándose al espejo.              

   
    Las buenas antigüedades son exclusivas y con el tiempo se revalorizan, las mediocres, en cambio, o mejor dicho, las que no guardan cierto equilibrio entre calidad y precio, oferta y demanda, sino que tienen como punto de referencia, la tasación subjetiva del vendedor, pasan a formar parte del grueso y escaparate de la paraeta en tanto perdure el apego personal que pueda existir entre el vendedor y sus artículos. Tan solo se salva lo que en un momento dado pueda estar de moda porque, generalmente, la demanda supera a la oferta.

 
     El regateo es la manera ancestral y vigente de establecer el precio de algo que uno pone en venta y otro desea comprar. Se puede decir que es, si no lo fundamental, sí lo sustancial, que es lo mismo y además, en El Rastro, no hay manera de prescindir de él, como arte o artimaña

    Ejemplo de artimaña es, cuando un vendedor, equis, pide por un articulo, traduciéndolo a la moneda actual, por ejemplo, 200 euros a sabiendas de que su valor es, en el mejor de los casos, de 5 euros, con la mala intención de que el comprador le ofrezca la mitad o un tercio de lo que le pide, si se produce el acuerdo, el vendedor estará estafando al comprador. Y al contrario, cuando el vendedor pide 5 euros por una pieza que vale 200, y el comprador es consciente del enorme beneficio y, aún así, le ofrece la mitad, un tercio o quizá menos y el comprador acepta porque ignora su valor real, el comprador está estafando al vendedor. Esta manera de vender en El Rastro siempre ha existido. Cuanto más nos remontemos atrás en el tiempo, el porcentaje de quienes empleaban este tipo de argucias será mayor. Todavía no ha desaparecido ni desaparecerá del todo en tanto persista la avaricia como un valor social. 

    Pero mirándolo desde una perspectiva más creativa, diré que el regateo es, algo así, como el juego preliminar antes de alcanzar el clímax en una relación sexual. Y no hay mayor imán, cuando el goce es mutuo. Después, y por un tiempo, ya que esto no supone el surgimiento de un amor incondicional, sino más bien, un “aquí te pillo aquí te mato”, le sigue una atracción gravitacional en torno al punto de encuentro, la paraeta, lo cual propicia, en cierta manera, mientras entre ambos perdure el recuerdo satisfactorio de un buen trato, la sociabilidad encarnada en un saludo y una sonrisa cada domingo, que es siempre de agradecer. Tal vez me he excedido en ésta descripción del arte del regateo y me temo que le he puesto demasiada azúcar al potingue. No sé. No estoy seguro, al fin y al cabo, no he descubierto nada ¿Verdad?

    Bueno. Hablemos de otra cosa. Buscamos el placer porque nos ayuda a soportar el dolor ante la ineludible cita con la muerte y, El Rastro, en este sentido, es una droga. Cientos de tesoros, en manos vulgares y toscas, resulta muy tentador, demasiado tentador para quienes tienen la mente bajo el control de sus emociones. Otros en cambio, ya pueden ser de clase alta o baja, abren el grifo de la empatía dejándola que fluya, independientemente, de que por unos vendedores sientan simpatía y por otros antipatía.           

     El Rastro actual, se presenta cada domingo, ante los cientos de ojos de personas inquietas y con suficientes recursos intelectuales (que no siempre coinciden con los materiales) como si de una nueva excavación arqueológica se tratara y no como si acudieran a un museo compartimentado y catalogado, que también, esto último, no deja de ser otra opción para paseantes contemplativos. Ahora bien, y no es mi intención descorazonar a nadie, ni es un yacimiento arqueológico ni un museo, es como si dijéramos, una performance que muestra el resultado del esfuerzo de muchas personas por expresar, a falta de mejor gramática, su mundo interior, del que se extraen, gota a gota, tan solo, aquello que pueda representar un provecho; un valor de cambio. Ahora bien, muchas gotas, sin embargo, si son constantes, son las que alimentan a un arroyo o una fuente que, por pequeñas que estas sean, mientras que el líquido circule y no se estanque, este prodigio no dejará que el cieno se acumule.
     
       
    Hablando de antigüedades, una antigüedad es todo aquello que tenga más de 100 años. Pero para que se convierta en objeto codiciado, tiene que despertar el interés y el deseo de poseerlo entre aquellos que gocen de cierto prestigio, por su conocimiento y experiencia o posición social y, a su vez, la envidia en quienes van por detrás de éstos. Así que, en El Rastro, donde solo se puede vender barato, de lo que más abunda, son coleccionistas de gangas a la caza y desvirgue del más inexperto vendedor y quincalleros avispados que, hacen lo mismo, pero con el deslumbrado comprador, sin que tenga esto mucho que ver con el rigor de la historia en general. No todos; pero sé de muchos casos cuyas colecciones de gangas han vuelto a su lugar de origen, intactas, y por el conducto tradicional, es decir, del contenedor al consumidor. ¿No sé si me he explicado bien?. Con esto quiero decir que, El Rastro, es el último filtro por donde puede escaparse y desaparecer la historia. Y quienes recuperan la historia, aunque embrollada, eso sí, son los traperos y su modus vivendi, que forman el primer peldaño, el de más abajo del mercado y pocos serán los que suban más arriba donde se reparten medallas y reconocimientos. Su obsesión es vender y reiniciar cuanto antes el ciclo que lo mantiene con esperanzas entre el barullo consumista. Para mí, como trapero que siente cierta preocupación por el deterioro del planeta, esto supone una contradicción insalvable, lo del “homo consumer”; pero, aunque me cueste, tengo que reconocer que, por otra parte, el ciclo de consumir y tirar, nos mantiene a todos, compradores y vendedores, en alerta permanente.
   


    El Rastro es un lugar de encuentro cosmopolita y barato, donde debe de prevalecer, por encima de todo, el respeto a la libertad individual sea cual sea su ubicación. Más que un espacio o continente, es una abstracción que representa la búsqueda constante y viva de uno mismo ¿A qué si no obedece tanto empeño y devoción? ¿Puede haber tesoro más hermoso por descubrir, que el encontrarle sentido a la vida? Si es por esto por lo que la pobreza nos persigue hasta el final de nuestros días, nos la merecemos, por habernos divertido tanto disfrutando, únicamente, de nuestra independencia. A fin de cuentas, y por otra parte, vivir y soñar El Rastro nos enriqueció.
   
     El Rastro de Valencia, no digo que lo sea ahora, precisamente, con la crisis generalizada, pero sí que, en tiempo atrás, era de los mejores Rastros de Europa, si no, el mejor, porque la gente hasta venía con dinero para comprar. Eso es lo que dice mi amigo Valero “La Leyenda” Cervera, al cual aprovecho para decirle: ¡Bravo por sobrevivir!.






martes, 12 de julio de 2016

EL PRÉSTAMO




    ¡Hola! ¿Qué tal está usted? ¿y su familia? Lo de su familia, lo digo, mayormente, por su madre, que sé que está delicada, le dije. Estaba, me dijo el señor inspector. ¡Cómo lo siento! Le respondí; pero en realidad no sentía nada. Me daba igual porque no la conocía; pero es así como me enseñaron a conducirme ante sucesos luctuosos. No, si no a palmao todavía. ¡Ah! Yo creia que… Me quedé un tanto abochornado por haberla matado. Vamos al grano y dejémonos de cumplidos porque, si no, la vamos a liar. Como usted mande, señor inspector.

    Era verano y el seños inspector iba ligero de ropa, por eso, llevaba puesta, a la cintura, una faltriquera donde, supongo, que portaría sus herramientas de trabajo. De la misma sacó dos fotos y me las puso delante de mis morrros. En una de ellas, aparecía una rubia despampanante, de labios carnosos, y pensé enseguida: Vaya, esta gachí se debe de comer la pollita poco a poco. Al darse cuenta del error, en mi sicalíptica mirada, retiró la foto en seguida de mi vista, con desprecio, como diciendo: ¡Quita, ¡quita, que la miel no está hecha para la boca de los cerdos!. Pero yo no me ofendí. Para qué, si a mí también me la chupan y seguro que me sale más barato. Entonces, guardó la foto rápidamente, y se centró en la otra poniendo énfasis en sus palabras: Quiero que la mires, detenidamente, y dime que es lo que ves. Al verla me quedé pasmao. Un individuo regordete, yacía, decúbito prono, o sea, bocabajo, solo que en este caso, le faltaba la boca porque no tenía cabeza y, fijándome mejor, también me di cuenta de que le faltaban las manos. Tenía la ropa ensangrentada y un detalle un tanto escabroso destacaba en primer termino de la foto, y era: que tenía los pantalones bajados, como si lo hubieran pillado cagando y hubiese intentado huir sin darle tiempo a limpiarse el culo. Eso fue lo que a bote pronto deduje; pero, el señor inspector, fue más allá de mi somera interpretación, y me dijo: Si te fijas bien, verás que lleva empetao, en el bullate, un billete de a cinco pavos. Así lo hice, me fijé mejor y entonces vi con claridad que, el señor inspector, llevaba razón, y que yo, que sí que había reparado en el papel en semejante posición, me había precipitado a la hora de sacar conclusiones. También le dije: Señor inspector, que bien maneja usted nuestro deje. Va directamente al concepto, evitando los culteranismos de la retórica burocrática. ¿Y qué quieres que te diga, que llevaba introducido en el ano un billete de cinco euros?. Así nos entendemos mejor; pero no olvides, que yo estoy al otro lado de la línea: con los buenos. No, señor inspector, más franco no puede ser, le respondí.
  
    A continuación, le dije: Todo esto está muy bien, señor inspector, pero todavía no acabo de comprender por qué se dirige a mí si yo no soy confidente de la policía. A lo sumo, la única conexión que veo, es la de que a mí me gustan las novelas y películas de serie negra. Incluso, algún día pienso escribir un relato detectivesco con los ingredientes de las novelas negras. No me cabe la menor duda, me respondió, de que si algún día lo haces, ingredientes negros tendrá: los de tus uñas. Pensé, para mis adentros, que podía haber sido un poco más condescendiente con nuestro colectivo de traperos y chatarreros, al fin y al cabo, él era un representante del estado.

    Mientras hablaba con el señor inspector, me mostraba inquieto todo el rato, porque me venía ala cabeza lo que mis conocidos talegueros me habían infundido al respecto del oficio de agente del orden. Todos coincidían, en afirmar con rotundidad, que el policía huele a distancia, y, por eso, sentía cierto reparo, por si el olor se hubiera esparcido por todo El Rastro y llegado al olfato de alguno de ellos y se creyeran que yo estaba piando.

    Al parecer, me leyó el pensamiento el señor inspector, cuando me dijo: Tranquilo, que sé que no eres un piana. Pero aquello no me tranquilizó, porque quienes tenían que saberlo, estaban al otro lado de la raya que él me señaló. Sin ir más lejos, a mis espaldas. Se trataba de unos gitanos que, sin ningún reparo (y sin permiso de venta, por supuesto) aparcaron su furgoneta, a escasos metros de mi puesto y, con las puertas abiertas de par en par, exhibían el género con descaro y gritaban: ¡A la rica sendia, a preba y a cata!. La chusma acudía y unos compraban y otros no (los más inteligentes, supongo). Vendían las sandias a capazos, como si las hubieran acabado de robar, o ésta era la impresión que daban. Siempre quedará la duda. Pero yo apuesto a que las sandias no aguantaban ni un día más y por eso las llevaban el domingo al Rastro, donde siempre hay alguien que piensa que la venta ilegal es sinónimo de delito, y, por consiguiente, surge la tentación de aprovecharse. A todo esto, por casualidad, que no por obligación, aparecieron un par de policías municipales por las cercanías donde estaba instalada la furgoneta y la operación sendia y, como el que oye llover, pasaron de largo. No obstante y, por si acaso, la matriarca alzó la voz, como para despistar al enemigo, diciéndole a su niña: ¡Nenaaa, cierra las puertas de la furgona que va aparecer que estamos vendiendooo!. Con esto llegué a la conclusión, como tantos otros científicos, de que no es el olfato el sentido más desarrollado que tenemos.

    Ustedes se preguntarán, y con razón ¿Qué tiene que ver esto con lo otro? Pues, a simple vista, nada. Yo solo quiero convencerme a mi mismo; que uno no es de piedra; que estoy a favor de que cualquiera se busque la vida; pero lo más importante para mí es, qué es lo que hace uno con su vida y que valores inculca a las prolongaciones que deja: por más que cueste esto de creer, viniendo de donde viene. 

  


    El señor inspector, por fin, me reveló las auténticas intenciones por las cuales había puesto en riesgo mi seguridad. Resulta, que no aparecen ni la cabeza ni las manos del fiambre y, así, no hay manera de identificarlo, dijo. De qué y cómo murió, es lo menos importante. No portaba identificación de ninguna clase, ni tiene tatuajes. Tan solo una antigua cicatriz en el abdomen y una colostomía. Al oír esto último, le dije, movido por cierto frenesí: ¡A ver, a ver, me deja que le eche otro vistazo a la foto!. La miré más detenidamente y, por un momento, tuve el feliz presentimiento de que bien podía tratarse de Pichadulce: por lo de las cicatrices y la operación de colon. Pero no era él; aunque no estaba del todo seguro, la verdad sea dicha. ¿Me puedo quedar la foto? ¿para qué la quieres si aquí el investigador soy yo? No, por nada. Me quedé sin palabras y balbucee un poco. Bueno, anda, tómala. Y me la regaló. ¡Pero no la vendas! Me dijo, en tono imperativo. Otra vez tuve la corazonada de que me había leído el pensamiento, porque era eso lo que se me estaba pasando por la cabeza. Una foto macabra de cojones; de buen tamaño; en blanco y negro, nítida y contrastada: aquello era una joya. No pienso venderla. La voy a enmarcar y… si usted me la dedicara… Y cayó en mi celada. Movido por su vanidad profesional, me la dedicó y firmó con rango y todo. Una pícara sonrisa iluminó mi semblante, mientras él le miraba la entrepierna a una clienta que, en cuclillas y ensimismada, escudriñaba mis menudencias a ras de suelo.

    No crean que aquí en El Rastro estamos todos tan piraos, solo algunos. Y dentro de estos, unos cuantos, de los más notables, son buenos clientes. El mejor, para mí, es Beethoven . Siempre viene con la cartera bien condimentada y compra todo aquello que le sale del nabo, hablando en plata. No es coleccionista de nada. De nada en particular, pero si de todo cuanto logra impresionarle por motivos que ni él sospecha cuales puedan ser.   

   Empezó a llamarme la atención, últimamente, cuando un día, le vi cargado con una casulla y demás parafernalia religiosa. Otro día, con un aparatoso candelabro de forja. Otro, con pinturas y grabados religiosos. Y, así, así, no hay domingo que no cargue con algún referente católico, cuando antes solo compraba libros. Entonces, como tengo cierta confianza con él, le dije:  Beethoven, me parece que eres un poco meapilas ¿no?. ¡Qué va, si yo soy ateo! ¿Ateo? Mira, Beethoven, lo de las pinturas, grabados y otras mergas religiosas, lo puedo entender porque eres un artista y sabes reconocer la faena bien acabada; pero, lo de la vestimenta de cura… yo, si te soy sincero, te diría que… tú no follas como todo el mundo ¡Qué quieres que te diga!. Para mí, que te va el rollo de la parafilia. A él, cuando le dije esto, se le coloreo la cara y se echó a reír. Pensaría que estaba bromeando. Y a lo mejor era cierto porque lo estimo y le admiro lo suficiente como para procurar no herirlo. Es demasiado sensible. Un poquito introvertido, si que es. Su mundo interior es el reflejo de su compulsión compradora; pero su sinceridad le compensa. Vive al margen de cualquier hipocresía y creo que, en realidad, es eso lo que le hace ser un poco raro, más que otra cosa.

    Casos como los de  Beethoven, en El Rastro, los hay a puñaos; pero ninguno que merezca la pena tener en consideración de una manera particular. Más bien, de forma general sí, porque están todos  incluidos en el Manual de Diagnostico de Trastornos Mentales.

  

    El señor inspector llevaba apalancao en una de mis sillas, por lo menos, dos horas. Tenía el día libre y entre amenazas y amagos, dirigidos hacia mi persona, disfrutaba del ambiente relajado y cosmopolita que se puede respirar, gratis, en la mañana de un domingo, en El Rastro. Ya, por fin, sabía cual era el motivo que había despertado su interés por visitarme. Se trataba de que, lo más probable fuera que, el asesino, se hubiera deshecho de la cabeza y las manos tirándolos a un contenedor de basura y, aquí, era donde teníamos que intervenir yo y mi equipo (o al revés): Pero, señor inspector, ¿Usted se cree que yo me lo encuentro todo? Le pregunté. Pues sí, hasta la ginebra y el ron que nos pusiste en tu casa el día de marras que fuimos a visitarte. ¿Te acuerdas? ¿Cuando lo del otro muerto? Si que me acuerdo, señor inspector, y también me acuerdo de lo alegres y fraternales que se pusieron, que todo hay que decirlo. Pues ahora, quiero que abráis bien los ojos y el olfato y me mantengáis al corriente. Pero, señor inspector ¿Usted no cree que está muy claro lo de este crimen? ¿Que es un ajuste de cuentas entre mafiosos?. Con lo del billete en el bullate quieren transmitir el mensaje, a los de su banda, de que el muerto se volvió demasiado codicioso y no compartía con los demás como debía de hacerlo ¿No?. No. De ser así, el billete hubiese sido de un valor superior; con dos ceros por lo menos. De esta manera, el mensaje vendría a decir: ¡Pa chulos nosotros!.
  
    Que se trata de una venganza, está claro. Ahora bien, el móvil no lo sabremos hasta que no reconstruyamos al cadáver entero y podamos identificarlo. ¿Y, cuanto tiempo hace que apareció la que… podíamos llamar, primera entrega? Una semana. ¡Una semana! exclamé ¡Hay que echarle huevos al asunto! Después de tanto tiempo es imposible seguirle la pista. Lo sé. Por eso, antes de archivar el caso, me he acordado de ti y de tu deporte favorito, y he pensado ¿Y si el asesino aún no se ha desprendido de la cabeza y manos? Éste, refiriéndome a ti, con lo que le gusta escarbar como las gallinas en los contenedores de basura, podría contribuir, desinteresadamente, a que el mundo fuera un lugar un poco más seguro. ¿Qué te parece? Hombre, señor inspector, Éste, tiene nombre. Bueno, no te enfades que no lo he dicho con maldad. Sinceramente, señor inspector,  me suena un poco retórico esto último que me acaba de comentar, por no decir otra cosa, y me extraña, que el mundo pueda ser más seguro dando caza, únicamente, a criminales codiciosos cuando es la codicia lo que siempre lo ha movido todo. No tiene nada más que ver los titulares y las noticias de los medios: no paran de caer organizaciones criminales como si esto no fuera a tener fin nunca. De todas maneras, le agradezco su pelotilleo; pero a estas alturas, ya no me infla el ego. Creo que fui un poco arrogante en esto último que le dije; pero él tampoco se ofendió.

    El señor inspector, lo que en realidad pretendía era, que si por una de aquellas, nos topásemos con la cabeza y las manos, que no se nos pasase por la cabeza ningún tipo de maniobra especulativa, un suponer, que se nos ocurriera venderla en El Rastro, por ejemplo. Por lo demás, venía a decir, que el caso se la traía floja, ya que todo apuntaba a que era un claro ajuste de cuentas.


    ¡Juanito! ¡Calamidad! Es como saludo siempre a éste que lo fue, durante los mejores años de su vida, un buen vendedor del Rastro. Y digo que lo fue porque ya no lo es. Cuando con sesenta y cinco años le concedieron la no contributiva, dijo que le dieran mucho por culo al Rastro y, desde entonces, vive abrazao a la mísera paguilla. No le va mal porque bien se la administra, ya que de lo contrario, tiene mucho que perder: su libertad. Pero sucede, que ahora ya tiene setenta y tres años, y los remos le flaquean. Se apoya en una miaja de garrotica para equilibrar el sentido de la marcha. Pero la verdad es, que va más para atrás que para adelante. No hace mucho, se lo dije: Juanito, el mollate te está pasando factura. Mira al Bicicleta, tiene la misma edad que tú y está tan ágil como un gorila. No, si feo sí que ha sido siempre, recalcó. No, si yo lo digo en todos los aspectos, le quise puntualizar, para no ir más allá de lo estrictamente vital y dejar a un lado lo personal.

    Ahora me acuerdo que, ese mismo día, en el que yo me encontraba triste y metafísico, le conté una divagación mía estando él sentado en una de mis sillas. Le dije: es curioso, Juanito, pero todos mis entrañables amigos que se sentaban en estas mismas sillas y me acompañaban durante horas, haciéndome la mañana más entretenida y agradable, han palmao de metástasis. Tan solo quedo yo y otro hijo de puta que anda por ahí suelto. Pero esto, no creas que me reconforta, no. Porque no sé si sabrás que, en todas las reglas hay una excepción que las confirma. Pues bien, después de oírme, se levantó con mucha discreción y ya jamás, por más que intento quitarle hierro a lo del maleficio, diciéndole, que no se preocupe; que hay una relación directa entre la intensidad y la frecuencia con la que mis amigos se sentaban, no logro que él vuelva a hacerlo. Y me sabe mal, porque un poquito de relax no le vendría mal. Así, que Juanito Calamidad pasó de largo después de saludarme e intercambiar impresiones; pero desde la distancia. El señor inspector, que me acompañaba desde hacía ya un buen rato, sentado y relajado, me dijo: ¿Esa cara me suena…? Y yo le dije: mire, señor inspector, el pasado se lo llevó su puta madre.

    Durante un corto espacio de tiempo, se quedó pensativo, no por lo que acabara de decirle yo, que lo hice con conocimiento de causa de que, Juanito, mientras estuvo ágil, dejó sin tuberías de plomo cualquier chupano que se le cruzase en su camino, sino que, a lo mejor, lo hizo como ejercicio para prevenir el alzheimer. ¿Quién sabe? Porque ya tenía edad como para ser comisario honorífico. De pronto, me dijo: ¡Ya me acuerdo! Y dio un respingo en la silla y continuó: De esto hace ya muchos años. Estaba yo una noche de guardia cuando, unos patrulleros, me trajeron a un individuo al que habían pillado, in fraganti, descolgándose desde la cornisa de un balcón. Esperaron a que aterrizara y, cuando lo hizo, comprobaron que llevaba un saco con tubería de plomo y la maqueta de un barco, en carpintería de rivera, ante el cual, cuando la vi, no pude resistir la tentación. ¿Y sabes lo que hice? Me lo imagino, pensé. Le di cien duros por el barco y bola sin diligencias previas ni nada. ¡Muy bien hecho, señor inspector! ¡Para que se aproveche otro…! Le dije, mordiéndome la lengua.

    No crea que su visita ha sido tan fugaz porque estuviera usted presente, señor inspector, Juanito no le debe nada a la justicia. Si a caso, a si mismo: que todos tenemos un Karma. Le dejé caer. Y para mayor puntualización, le dije: desde que le conté a Juanito esto, esto y esto (refiriéndome a lo de mi escrupulosa estadística palmatoria) que ya no se acerca a menos de dos metros de mis sillas. Y lo que pasó después fue, que el señor inspector, carraspeó de manera sintomática; empezó a sentirse incómodo; se levantó de la silla y se lo llevaron los demonios. No volví a verlo nunca más, ni falta que me hace.


    Pero, tristemente, el caso siguió su curso y su final jamás me lo hubiera podido imaginar. Lo que en un principio nada tenía que ver conmigo, resultó que, de alguna manera, yo también estaba involucrado. Primero, les contaré cómo El Tuti Barati hizo que me percatara de por donde iban los tiros. ¿Has visto a Siempretieso? Me preguntó ese mismo domingo en el que recibí la visita del señor inspector (después de haber desaparecido éste, claro). No ¿Por…? Porque el otro día me dio un paquete, y me dijo: Toma, échaselo a los perros, son manitas de cerdo. ¿Y qué fue lo que pasó? le pregunté, porque lo vi muy alterado. Creo que El Siempretieso se ha metido en un lío, me dijo en voz baja cerca de mi oído derecho. No eran manitas de cerdo o, por lo menos, no de cerdo bellotero. Y se quedó entrecortado.
  
    He de reconocer, que me inquieté porque aquello me sonaba: cabeza, manos, mamitas de cerdo… Nada encajaba todavía hasta que me acordé del último préstamo que le hice a Siempretieso. Me dijo: Albertosky, déjame cinco pavos que estoy tieso. No era la primera vez que me pedía dinero y que siempre devolvía; pero sí la última, al parecer. Aquí todos estamos tiesos; pero él, un poquito más, si cabe, y por eso le llamábamos Siempretiso. Ya era mayor y el nivel de codicia que se necesita para buscar el tesoro, le había bajado considerablemente, como el de su libido. Esto último lo digo, más que nada, porque como la libido tiene que ver con todo, pues… Solo bebe vino barato en abundancia (que no peleón, digo yo, porque nunca le da por pelearse, más bien, todo lo contrario: le da por cantar, contar chistes y ser muy dicharachero) y come como un pajarito. Le cuesta horrores subir andando desde su casa, en la Avenida del Puerto, hasta la Plaza del Doctor Collado, punto de encuentro, donde a diario, confluimos los que aun no hemos muerto. De entre los que van faltando, a algunos se les echa de menos, a otros, en cambio, se les desea buen viaje, nada más.

    ¿Sabes una cosa Tuti? Yo también creo que el pobre pude que se haya metido en un lío. ¿Qué hiciste con las manos? Supongo que las tirarías ¿No? ¡Pues claro! ¿Qué querías que hiciera que se las diera de comer a los perros y al poco que tuvieran hambre me comieran a mi también? Bien hecho Tuti, porque a tus perros nunca les falta el apetito.

    Empecé a temerme lo peor conforme iba atando cabos. A Siempretieso lo habían desahuciado hacía ya un mes; pero no se mostraba, en apariencia, frustrado por el cruel acontecimiento. Era su casa de toda la vida. Comprada con su dinero y, hasta cierto punto, bien está, que los vecinos, que bastante paciencia tuvieron con él y su peculiar estilo de vida, ejercieran sus derechos y le reclamasen, por via judicial, su imponente deuda. El asunto no paró hasta que la Comunidad agotó todos los recursos y no quedó más opción que la de la subastar su casa.

    Como he dicho antes, a él le gustaba pagar sus deudas, porque eso, es lo que diferencia a un caballero de un pirulero, y como él se consideraba un caballero, estaba resignado a aceptar lo que la justicia dictaminase. Hasta este momento, todo iba conforme a derecho y por su camino. Lo que ocurrió después, no se lo merecía ni Siempretieso ni nadie.

    Antes de seguir adelante, quiero aclarar que, los que acuden a las subastas de la administración a pujar de manera profesional, aunque se les llame subasteros, despectivamente, no todos se comportan de forma carroñera y despiadada. Y lo mismo pasa con los que prestan dinero con intereses, se les llama prestamistas y, en general, tienen mala reputación, excepto los bancos, y no sé por qué. Y, por eso, traigo a colación, a mi manera, lo de la línea que me dijo el señor inspector. Todo el mundo habla de una línea que no se debe de traspasar (y unos le adjudican un color y, otros, otro) con tal de infundir ¿Respeto? ¿Contención? ¿Miedo? No sé. Pero la verdad es, que si se traspasa con tanta facilidad, es porque en realidad está pintada en el suelo con tiza nada más y, al no tener concertinas ni alambre de espino, cuando son muchas las veces que se cruza, acaba por borrarse y de ahí que todos creamos que es invisible y omnipresente: metafísica, por así decirlo.

    Hecha esta aclaración, para darle contenido al alma de algunas personas, lo siguiente que pasó fue, que un día antes de la subasta, se presentó en casa de Siempretieso, por la tarde, cuando Siempretieso duerme la siesta de la primera borrachera del día, un subastero y le propuso parar la subasta abonando él la deuda más quinientas mil pesetas que le pagaría como precio total del piso. Siempretieso acepto y, rápidamente, el subastero se lo llevó a Liria, donde ante un notario, firmó como que había recibido el importe integro de la transacción, que en total ascendía a un millón y pico de pesetas. Pero lo cierto era (y que me muera si es mentira) que no había visto ni un solo céntimo de aquellas rubias pesetas. Resulta curioso lo del notario de Liria. Le hace a uno pensar y exclamar ¡Pero que pasa! ¿Qué en Valencia no hay suficientes notarios o es que los de Liria son de veinticuatro horas?
  
    A partir de que Siempretieso tomara conciencia de que le habían estafado, su estado de ánimo subía con la ira y bajaba con la depresión, como una persiana, y de su cabeza no podía quitarse otra idea que no fuera la de: “A este tío lo mato”. Había que estar dentro de su pellejo. Entonces, yo le dije: Tranquilo, no hay pedo. Queriendo ponerme en su lugar. Y, a continuación, se inició un procedimiento largo y penoso para recuperar el dinero que le había pirulao el subastero.   

    Fue a pedir auxilio a la justicia y le asignaron un abogado de oficio, y le dije: Ves, empezamos bien. Te han asignado un abogado de oficio y no de pobres, como antes lo hacían. Mi padre era guarnicionero de oficio y, no veas, cómo se lo rifaban por lo bien que terminaba la faena, así, que este abogado debe de ser lo mismo ¿No?. Siempretieso no dijo nada ni yo me percaté, entonces, de que la justicia es una mercancía cuyo valor de cambio se establece por el tiempo empleado en preparar la defensa y, se da por aceptado, que el tiempo es dinero.

     Al final de la historia, el subastero se salió con la suya recurriendo a la máxima instancia y el dictamen fue de lo más injusto. Pudo ser, a consecuencia de que el abogado no tuviera tanto oficio como pensábamos o, lo que es peor y descorazonador todavía, que el abogado tuviera la suela de los zapatos machada con clarión, ese día en que El Supremo, como dios, estaba fornicando en el Olimpo. La cuestión es, que el desahucio fue inminente y fulminante. Cuando esto sucedió, comía y dormía en la Casa Grande y, por las tardes, se echaba su siestecita en un solar del Casco Antiguo, al que había acondicionado para la ocasión.

    Allí me dirigí cuando el Tuti me puso sobre la pista, y allí me lo encontré, entre cartones. Estaba tumbado; como dormido, solo que estaba muerto. Su bota de vino estaba como si acabara de dejarla caer después del último trago que, me supongo, necesitó para clavarse el cuchillo en el corazón. Junto a él, arropada por su brazo izquierdo, estaba la cabeza del subastero con una nota entre los dientes, que decía: YA ESTAMOS EN PAZ.