martes, 8 de noviembre de 2011

EL VIAJE

Desde la soledad de un viajero,
huraño y tímido 
como un gato callejero 
que intenta sobrevivir 
en un mundo que le es hostil
y a la vez hospitalario, 
veo pasar los años y no me harto de vivir. 
No me harto de sentir,
abrazado a la codicia 
en pos de un embeleco: la vida. 
A pesar de todo,
contarla me anestesia 
ante la inexorable muerte, 
pudrimiento y olvido.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La Sección de Perfumería



En el Rastro, según se entra a mano izquierda,
por donde césares, cónsules y guardia
pretoriana,  adictos a la taquicardia,
berrean, brindan y gozan manque pierda

la inefable camarilla de Mestalla,
se encuentra la Sección de Perfumería.
 Adonde se bebe, ya que es bar cafeteria,
y el que se perfuma con exceso, calla.

Mas no para siempre; aunque de tal exceso
se infiera que beben para matarse
y no como pa refrescarse el gañote.

Y, si por una de aquellas, sale ileso
   el mercachifle  de tanto perfumarse,
repite otro domingo, porque es cipote.
                                           


  
    Entré en la Sección de Perfumería para comprar una botella de agua de gran tamaño. Es el sitio más barato y, como es verano, consumo varias de ellas. Los parroquianos que se encontraban en ese momento en su interior, eran casi todos correligionarios míos, y suspiraban, adormecidos, debido a la escasez de liquidez y a la poca voluntad de la entidad en concederles crédito. No había brindis ni carcajadas. La cosa no estaba como para tirar cohetes, no. Según una circular interna del gremio de los  pelafustanes,  se decía, “que el índice de La bolsa de pan duro estaba atravesando por angustiosos momentos de incertidumbre. …Que el gráfico de la situación presentaba unos afilados dientes de tiburón con rumbo opuesto a la dirección buena, y que estaba cayendo, de forma natural, buscando el centro de gravedad del asunto, que no era otro sino la propia  indolencia”. Más adelante, y refiriéndose al Azar (al que todos nos habíamos entregado en cuerpo y alma desde hacía un puñado de lustros, y al que rendimos culto desde nuestra más estimada flojera) decía, “que nos había abandonado, dejándonos en manos de nuestros más siniestros enemigos: la responsabilidad, el amor propio y el sentido común”.
    Mientras recogía vasos, tazas y demás menaje de las mesas y mostrador para asegurarse el perfumeo y la estima del gañan, a la sazón gerente, encargado, barman y único accionista de esta franquicia, cuya Matriz era la UCA (Unidad de Conductas Adictivas)  Blas, medio perfumado y harto contrariado (aunque él, en honor a la verdad, dijo que estaba hasta los cojones) por la situación a la cual se había llegado como consecuencia de la invasión de mangantes*  procedentes “directamente del coño de su madre”; palabras textuales suyas, buscaba la manera de llamar la atención del cabo de la policía municipal, quien en un momento de escaqueo, disfrutaba de un carajillo sin alcohol. Al recibir la venia de la autoridad, dijo:
     -La culpa de todo, sinceramente, la tiene la Bollera- al referirse al gremio de los pasteleros, hacía hincapié en que el horno no estaba para bollos. Y continuó diciendo:
    -Toda esta chusma que viene directamente del coño de su madre a vender sin permiso- volvió a repetir, y en esto, que se acercó a la barra una gitana paisana de Blat el Empalador, rumana por más señas, quien rascándose la base de la teta izquierda con todos los dedos de la mano derecha, pidió una copa de coñac que le fue servida al momento. De un trago la engulló despertando el asombro del único ser abstemio que había por allí: que era una joven barrendera condenada a trabajos sociales por pegarle una paliza a la mamona de su vecina. Exclamó: ¡jo, sin anestesia ni na! 
    No sé si lo he dicho ya antes en algún sitio, esto de que a Blas le llamamos porDuplicado porque está repetido: tiene un hermano que es dos minutos mayor que él ¿o al revés? Da igual, la cosa es, que ni entre los dos suman seis minutos de catón, pero muchas horas de  dieta cuaresmal (de la de posguerra). La mezcla de ignorancia y pobreza les ha envuelto en un caparazón de rencor, tan duro y espeso, que no se fían de ningún representante del genero humano, y por ende, ni de ellos mismos. Sin embargo, a Blas le hubiera gustado ser poeta, o político Y continuó, más que nada, porque le faltaba intercalar un adverbio acabado en mente de los tres que consta su repertorio, ya que no pierde nunca la esperanza de poder rimarlos algún día en una trova improvisada: “Que vienen a quitarnos el pan a los trabajadores que correctamente cumplimos con nuestro trabajo… Se le notó que cuando pronunció la palabra pan, ésta tenía un tufillo algo demagógico, como si hubiera preferido decir vino.
    -¡Pero que trabajo ni que mierda, si tú no has trabajado en tu puta vida!- Lo dejó con la palabra en la boca el Formigueta, que a la sazón (y discúlpenme la finura, pero es que me suena bien esta palabrita) estaba de espaldas y de cara a la máquina tragaperras, como si estuviera fornicándola.
    -¿A escarbar como las gallinas dentro de los contenedores lo llamas tú trabajar?- Insistía el ludópata mientras agotaba los últimos pavos de un peculio que seguro debería.
    -Si señor de vosté- Blas se puso a la defensiva y lo llamaba de usted en su lengua vernácula. Y continuó en lengua autóctona:
    -Jo porte més de quaranta anys treballant  en la basura. En lugar de decir fem en su germanía, dijo basura como si le sonara ésta palabra de forma más melodiosa y menos despectiva en este otro idioma. Sinceramente es el único que correctamente utiliza la palabra trabajo para nombrar directamente su profesión: sin tapujos. Los demás, acudimos a cualquier eufemismo o metáfora para designar lo mismo, porque la palabra trabajo nos produce dentera.
    El Gemebundo es otro de los que hay que echarle de comer aparte. Tropecé con él y le saludé al desgaire. Hermético y receloso nadie sabe su pasado, excepto que de niño era más feo que de mayor. Gemebundo quiere decir llorón, y esto tiene algo que ver con que de pequeñito, parecía que siempre estaba llorando, y resultó ser que era así de feo. Tiene algo de chepa sin llegar a ser Cuasimodo a consecuencia de una malformación congénita. Es tan ludópata que se jugó y perdió su biografía la cual no valía nada y la tiraron a la basura y vino a parar al Rastro por el conducto reglamentario. Dice así:    
    “Su triste vida comienza con mal pie en un pueblo naranjero en los tiempos del hambre. Sus padres, al ver los claros síntomas de anormalidad y como solo podían alimentarlo a base de zumo de naranjas espigoladas, optaron (con la intención de que lo criaran, más que de que lo curaran) por endiñárselo a unos Hermanos devotos de los niños, cuyo hospital-asilo para el tratamiento de los huesos, se encontraba ubicado en primera línea de playa de esta misma ciudad desde la que, con el ánimo un tanto  mohíno por el recuerdo de aquella rendida estampa, escribo este panegírico del desdichado. Allí estuvo postrado en una cama que carecía de colchón. En lugar de jergón, reposaban las tiernas osamentas de los niños sobre una tabla de madera con el fin de enderezar cualquier hueso que estuviera torcido, según los avances de la osteología de la época. Así estuvo durante más de diez años, junto con más niños, en una sala espaciosa con grandes ventanales desde los que únicamente se divisaba el mar y algún que otro barco de vez en cuando. Este era todo su mundo: camas, monjas, médicos y mar, mucho mar… de manera que cuando su madre fue a recogerlo para llevarlo de vuelta al pueblo, el niño se llevó una gran decepción pues no había visto nunca ni calles ni casas. Cuando su progenitora le señalo una humilde casa en medio de una calle y le dijo: “mira, ahí vivimos”, al niño le pareció poco la morada familiar ya que creía, en su tierna fantasía, que toda la calle era suya. Si lo que quería era una casa grande, pronto tuvo otra con habitaciones palaciegas, solo que tenía que compartirla con centenares de niños (cada uno de su padre y de su madre) y más curas. Malos tiempos para los pobres fueron los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, cuyas circunstancias obligaron a las familias menesterosas a desprenderse de los hijos que sobraban o estorbaban, dejándolos en manos ajenas. Y allí, en el orfanato, no aprendió ni el oficio de sastre ni el de zapatero ni el de carpintero (como San José), sino que más bien, y trayendo a colación al ínclito Quevedo que también era minusválido, se licenció, tras veinte años de perpetuo abandono afectivo, como maestro de la picardía. Y más tarde amplió estudios en los meublés de los barrios chinos de diversas ciudades, como rufián de bocadillo o, dicho de otra manera, como palanganero. También practicó la fullería en todos los ámbitos del juego; así que con tanto master, nadie hasta la fecha le reconoce el menor atisbo de generosidad”. Esto es más o menos lo que pude reconstruir a instancias de mi maltrecha memoria. 
     Al Gemebundo se le notaba que estaba ansioso porque terminara de arruinarse el Formigueta para hacerlo él, porque le ocurre lo contrario que a las demás personas. Cuando tiene el rostro tirante, como si tuviera un susto en su cuerpo o la mayor de las preocupaciones,  es porque tiene dinero, y el dinero le quema en el bolsillo. Por el contrario, cuando palma y se queda tieso, se muestra relajado, dicharachero y generoso; con ganas de compartir su indigencia con todo el mundo.
    
    Entre tanto, a mi me habían saludado ya tres o cuatro  fervientes admiradores de la mangancia, que me costaron otros tantos cigarrillos. Vengo a este sitio porque la botella de agua es más barata y casi siempre palmo. A la que me iba, se me acercó un gitanito que, más que “moreno de verde luna”, era negro el todo. Tenía el pelo y los morros de más abajo del ecuador de África; con más dientes que una fábrica de peines y si no llevaba el pelo teñido de henna, es que era pelirrojo. Una cosa rara. Era un muchacho mulato de porte astroso y totalmente asilvestrado. Esto me recordó las películas del oeste en las que los pieles rojas secuestran a niños blancos, que luego se convierten en indios, más indios que los propios indios. Deduje que era gitano cuando abrió la boca para decirme: 
    -¿Tú crompas guitarras?- Le dije que depende, que es como poner puntos suspensivos a la oración, o pasar cuando se va de mano en una partida de cartas, pues no veía que portara ninguna guitarra ni nada que se le pareciera. Por mi parte, he comprado en el Rastro, autenticas joyas de los mejores luthiers del país, de los siglos XIX y XX, que eran una delicia sostenerla entre las manos, cuanto más ¡qué sería el sonarlas!. Cautivado por el recuerdo del penetrante olor del ciprés y el palosanto que permanece casi inalterable con el paso del tiempo, y que son maderas leves como plumas y duras como el acero. Bien templadas con las tapas armónicas del mejor pinabeto de centroeuropa, junto con la elegante robustez de los mástiles (o mangos) de cedro y ébano y los acabados de las bocas y tapas en taracea o en marquetería, para regalar la vista, se me hizo la boca agua cuando me dijo que tenia una guitarrica en su casa, que era de aciprés con el mango de arébano.
    -Y ¿como hacemos para verla?- le pregunté.
    -El domingo que viene te la traguio, me maten. Y remató:
    -¿tienes un cigarrico, su primo?”.
  

    El yonki estaba en una mesa compartiendo su tristeza con los libros que había comprado y un vaso de vino tinto para entonarse: él nunca se perfuma en público. Me acerqué para saludarle, antes de marcharme, ya que tengo buen rollo con él, y le pregunté como le iba la mañana y si había encontrado algún tesoro de tapa dura o blanda para metérselo por la vena.
    -¡Que va, es todo mierda lo que hay!- pronunció estas palabras estirándolas todo lo que pudo. Se que es mentira, lo que pasa es que ya queda muy atrás la experiencia del primer subidón, que ocurrió una madrugada de Rastro, y que yo recuerde, fue así más o menos. Iba el tal Yonki, en compañía de otro yonki, pero que en ese momento todavía no eran yonkis, desflorando paraetas en busca de primeras ediciones, cuando el olfato, más que la vista, los dirigió hacia el puesto de Pepito Cuatroquesos que estaba descargando miscelánea del interior de su coche-casa. Fueron los primeros en desvirgar el material de celulosa y tinta extraído de las minas de pan duro, o sea, del contenedor. Lo que compraron nadie lo sabe. Solo pudimos observar el repentino y familiar cambio de su comportamiento. Un cambio elocuente que consiste en aislarse del resto del mundo. Desde entonces, trasiega por el mercado sin parar, domingo tras domingo, madrugada tras madrugada, atrafegat en la urgente tarea de, por lo menos, quitarse el mono acumulado durante la semana. 
    -Me han dicho que andas recopilando datos para hacer una semblanza del Encante- Le pregunté, porque sentía la curiosidad de saber de primera mano lo que se estaba rumoreando desde hacía algún tiempo: que Nicanor, el Yonki, iba ha escribir un libro a cuatro manos sobre el Rastro y la madre que nos parió y, por si le faltaban manos, le quería presentar a mi amigo Caldodepollo writer, escritor de agudo ingenio que, como le sobran manos, porque hace los poemas con la punta del nabo… Y saqué de mi cartera una hoja din A4 doblada en cuatro pliegues, cuyos bordes estaban más sobados que las barandillas del metro, para que leyera unas coplas de pie quebrado que se le ocurrieron al rimador en honor del Tio de los Mil Duros, y que dicen así:

Cuentan los que precedieron
a estos que no abandonan
las fatigas
y abstinencias, pues perdieron,
y su derrota pregonan
sus barrigas
aferradas a la espalda.
Como digo, que dicen estos,
los asfixiaos,
veían el verde esmeralda
de los billetes dispuestos
y bien liaos,
asomar por la pelleja
de ese Tío de los Mil Duros
(treinta pavos)
que soltaba a tocateja
(en aquel Rastro intramuros
sin lavabos)
al gentil y al campechano
para gastarlos en chollos
y quincallas.
Era un Marshall el fulano
y cual cándidos pimpollos
¿o cobayas?
o más bien buitres, yo diria,
según me seguían contando
los desnucaos;
ya que era una carniceria,
más que un próvido aguilando;
pues, aferraos
a la miseria quedaban
los sandios, mientras las aves
leonadas,
aquel Rastro jalonaban,
desde antenas y arquitrabes:
de cagadas.

    -La copla no es que esté mal pero… le falta un poquitin de ritmo… no sé, no sé… Continuó, desganado. El no encontrar nada que despertara en él una mínima emoción, le hacía sentirse desgraciado y la realidad tomaba el control de sus pensamientos. Una realidad que aderezaba a base de vino y carajillos. Por quedar bien conmigo, se puso a declamarla en voz alta y cuando acabó de recitar la copla escayolada, el gerente de la Sección de Perfumería se acercó a la mesa en la que estábamos compartiendo la tertulia literaria, y me dijo en tono suplicante: 
    -Colega, mira a ver si ha venido el Tio de los Mil Duros y me lo mandas para acá.
    -Me voy- le dije al Yonki y me levanté de la mesa con el ánimo de atender la súplica del único accionista de la susodicha franquicia (el lector habrá observado que me estoy yendo desde hace ya un buen rato).
    Al llegar a la puerta me tropecé con el Gordo, mi preferido proveedor y compañero. Es este hombre, rechoncho, de cabeza rala y redonda como su rostro. En ese momento hacia una de sus apariciones  histriónicas, con el móvil pegado a la oreja. El Formigueta nada más verlo le preguntó:
    - Eh, Gordo ¿Te han dao eso?
    -¿El qué?- respondió el otro, haciendo un inciso en la imaginaria plática que mantenia con un interlocutor mudo en la que se refería a un presunto piso para vaciar (con consentimiento, se entiende). rebosante de todo cuanto pudieran desear cualquier cazador de chollos.
    -El bocao en la polla- Le respondió el Formigueta. Y el primero que soltó la carcajada fue  el Gordo. Esta vez le dio por reirse.
     Siempre hace lo mismo cuando divisa cerca acreedores y clientes defraudados, esto de echar mano al teléfono; mas no con el ánimo de calmarles, ni mucho menos, sino para provocarles envidia o… ¿Cómo diría yo…? Como diciendo: ¡os vais a comer una ful! Y yo, como esa semana me encontraba entre sus victimas, por unos cuantos pavos que me dejó a deber, entonces me acordé de un recado que me dio, para que se lo trasladara en cuanto lo viera, una de tantas que lo adoran y admiran  
    -Hola, Gordo, que me ha dicho la Chumi, que te diga, que cuando te pones en cueros, pareces un despertador encima de una mesita de noche. Ah, y que cuando le comiste el coño, tenía las purgaciones culeras. Al oír esto último, se puso la palma de la mano sobre la boca procurando esconder el reguero de verrugas que le delimitaban el hocico.
    -Pero no te preocupes- continué yo por mi cuenta:
    -siempre te quedará algún castillo que vaciar. Se pidió una copa de chinchón y le dijo al barman que se la pagaría luego.

    Por fin ya estaba de regreso en mi puesto. Era media mañana y el Rastro estaba en calma. Los buitres habían levantado el vuelo con viento favorable hacia sus respectivos escondrijos, y el gentío paseaba y contemplaba las paradas desmayadas como si fueran observadores de la ONU ponderando la magnitud de algún desastre. Pensarán que estoy exagerando. O que la metáfora resulta un poco rebuscada y sensiblera; pero créanme, después de que estas aves rapaces sacian su apetito compulsivo  (siguiendo con la metáfora del bardo) dejan el Rastro con menos chicha que el brazo de San Vicente.
    Me estaba comiendo el bocadillo (acompañándolo con grandes cantidades del agua de marras) que me había preparado la noche anterior y que consistía en una elaborada creación mía a base de fiambre. Por si acaso, aquí les dejo la receta de la celebre creación:  Una vez abierta en dos mitades perfectamente simétricas, la barra de pan comprada en un supermercado, se retira la miga y el lector observará como ésta se convierte, al instante, en una bola de plastilina. No la tiren, se puede reciclar para los trabajos manuales del niño o para enmasillar el sifón de la taza del váter. A continuación se  extiende una base de mortadela con aceitunas y se superpone una capa de chorizo pamplonés. Se pueden ir añadiendo capas, cuantas se quiera, pero han de ser de marcas blancas, que cuanto más blancas son, más sed te entra. Lo envolví con esmero y papel de aluminio y lo deposite en el frigorífico para mantener la frescura de dicha ambrosía hasta el día siguiente, o sea, el día en que ocurrieron los hechos, que a mi peregrino juicio, merecen ser relatados para entretenimiento de un público ávido de sucesos… ¿cosmopolitas?.
    Como iba diciendo, me quedaba un cuscurro del citado bocadillo, cuando se acerco a saludarme el Perilla. Le estreché la mano y la noté floja. No hizo el menor esfuerzo por devolverme el apretón de cortesía, lo cual  quería decir que venia con la intención de recibir algo a cambio de nada. He de decir, que por mi parte, también me alegraba solo un poco de volver a verlo. Más bien estaba sorprendido de que siguiera con vida dado el poco aprecio que sentía por ella.
    -Veo que estas pelechando- le comenté al ver el cambio tan radical que había experimentado. Tenía el cuerpo modelado en tres dimensiones y antes parecía un bajorrelieve. Se alegró de mi  tierna valoración a simple vista y estuvo a punto de que se le saltaran las lágrimas. La última vez que lo vi, llevaba sin hablarse con el agua y el peine, por lo menos dos años, el tiempo que anduvo libre, y era recomendable mantener cierta distancia para protegerse del asalto de los chuais, para los cuales, él era una ONG que le suministraba generosas transfusiones. Pensé que no sobreviviría más allá de dos lunas
     -¿Cuánto tiempo has estado comiendo garibolos?- le pregunté, aunque en el fondo me daba igual.   
    -Un año y seis meses. Estoy de permiso. Mañana lunes tengo que ingresar.
    -¿En Picasent?
    -No, en Daroca.
    -¿Cómo que en Daroca, es que te has hecho internacional?
    -¿Te acuerdas de lo del palacio Arzobispal? Pues, después de tanto tiempo, me pillaron por el modus operandi. Si que me acuerdo, le dije, sobre todo de aquella caja de madera de nogal, repleta de sobres en los que se podía leer: “CORRESPONDENCIA CON ONÁN” y que contenía la más lúbrica colección de postales pornográficas de principios del siglo XX que he visto en mi vida.     
    Me pidió un trago de agua el convicto y le dije: ahí la tienes, señalándole la botella; pero le advertí: ¡no la chupes!
    -Oiga, que yo no la chupo- dijo una señora que estaba enfrascada revisando una ropa de cama antigua que yo tenía a la venta en el interior de una maleta, también antigua.
    -Ya, ya lo sé, señora; pero no me la menee tanto que luego me toca plegar las piezas una a una para que quepan en la maleta.
    -¿Sabes lo que me ha venido a la mente al ver la plata? Me dijo, chasqueando la lengua varias veces, como si quisiera traerse a la memoria el sabor placentero de algo. Se refería al papel de aluminio que yo acababa de tirar al suelo, junto a mis pies.
    -Ahora que estoy limpio, no quiero volver a consumir.
    -Tú mismo- Se me ocurrió decirle, por decirle algo.
    -Hazme un favor, tráeme un paquete de tabaco y fumaremos. Y le di un billete de diez euros.
  
    Estaba discutiendo el precio con un cliente que me quería vender media docena de cubiertos  porque no podía atenderlos, cuando por la megafonía del Rastro escuche:
    “Señores clientes: hoy gran rifa benéfica para conseguir fondos destinados a financiar el rescate del Tio de los Mil Duros que se halla secuestrado en el cuerno de África. No olviden pasar por la Sección de Perfumería, donde se encuentran a su disposición, las  papeletas”.
    ¡Que me aspen! Exclamé, que desde que me junto con intelectuales me he vuelto muy fino. ¿Qué coño hace el Tio de los Mil Duros, empitonao, y tan lejos? Me interrogué por un momento; pero enseguida caí en la cuenta de que estaría repartiendo dinero. ¿Pero a quien?. Bueno, tampoco me interesaba mucho, que digamos. La cuestión es, que movido por la curiosidad que me provoco la voz cazallera de la spiker, volví a la Sección de Perfumería por segunda vez, aún a costa de perder dinero por desatender mi puesto: aquello me olía a gatuperio.
    El gañán se encontraba rifándole el agua al vedriao del fregadero, condición indispensable para mantener esa mezcla de sabores en las consumiciones por la que es famoso en todo el mercado (la más popular es la caña de cerveza con sabor a Pacharán) y directamente le pregunté:
    -¿Oye, has visto al Perilla? Hace ya una hora que lo mandé a por tabaco y todavía no ha aparecido.
    -Estuvo aquí- me dijo el gitanito pelirrojo- me pidió mi brecicletica, y se najó pedraleando como si le fueran metió por culo un cobete. Adiós a mis diez pavos, me dije a mi mismo e intenté no dejarme llevar por la melancolía en la que se iba transformando poco a poco mi ira.
    -Ponme un agua con gas- le dije al barman- y tú, tomate lo que quieras- refiriéndome al gitanito, al que se le fosforeció la cara. Dijo:
    -Para mi un carajillico, sin gas.
    Bueno, a lo que iba. Cuando volví en si del tremendo mazazo, recalé la mirada en una caja grande de cartón que perteneció al embalaje de una lavadora (a juzgar por la impresión de la marca registrada) que estaba encima de una mesa, ajustada a la pared, en la que había un cartel con dos dedos de pátina a base de nicotina, y un romano con minifalda verde y túnica granate. A los pies de la figura se podía leer: SAN PANCRACIO y más abajo una lacónica sentencia que decía así: Trabajo y salud. Enseguida supuse que éste era el objeto del sorteo… ¿el San pancracio? no, la caja.  
    -Bernardo- que así se llamaba el gañan- ¿A como son los boletos de la rifa?- le pregunté.
    -A dos euros.
    -Y ¿Qué es lo que se rifa?
    -Es una sorpresa    
    La caja estaba precintada y decorada de manera minimalista, o sea, sin nada, excepto un graffiti en la cara delantera en el que se podía leer: De parte de Valero: que le den por culo al clero. Y firmaba el grafitero adjuntando el DNI y solicitando apostasía. ¿Sería esto un mensaje que hubiera que descifrar, para averiguar el contenido de la caja sorpresa? No podía saberlo, puesto que no contaba con datos suficientes.
    Alrededor de la obra conceptual se encontraban enfrascados en asamblea de base, casi todos los parroquianos, presididos por el Gemebundo y, como único punto del orden del día, apostar por cual sería el contenido de la dichosa caja. 
    -Dame dos- Le dije al tal Bernardo, y le di un billete de diez para que se cobrara.
    -No le cobres lo que se han tomado, que lo pago yo. Escuché desde el fondo del local. ¿De quien podía provenir aquel alarde de generosidad? De algún cliente defraudado no podría ser, si no, no me hubiera invitado, y mucho menos de ningún presente. Fue lo primero que pensé, y mirando en la dirección de donde provenía la voz, la cual no me era familiar, vi a una persona que estaba sentada en la mesa por la que nunca nadie reñía por ocuparla: la que está situada justo a la entrada de los lavabos. Me dirigí a él para expresarle mi agradecimiento por la invitación, y le dije:
    -Hola, ¿Nos conocemos de algo? y le extendí la mano, no para pedirle nada, sino para estrechar la suya, y al momento ambas se fundieron en un cordial saludo.
    -Enkantado. Le dije.
    -Gracias, igualmente- me dijo. Pero yo no le quise aclarar lo de que Enkantado era mi mote. En ese momento no sabía sus intenciones.
    -Yo soy el sobrino…
    -De Pichadulce- le interrumpí, precipitándome en la conclusión. La cosa es que no sé porque motivo me vino a la mente el nombre de este personaje… ¡ah, sí! ahora lo recuerdo. Fue que cuando le estreché la mano, observé que llevaba un reloj de pulsera de la marca Cuervo & Sobrinos, entonces me vino a la mente, Pichadulce: una joya de Buitres & Hijos… de Puta.
    - No, soy el sobrino Del Tío de los Mil Duros.
    Era este hombre, joven y menudo. Moreno, con los ojos saltones y de aspecto rubicundo. Vestía de sport con ropa de marca; pero habían unos detalles que lo delataban: llevaba las zapatillas deportivas blancas, con churretes, calcetines marengos, otrora blancos, y como tenía el pelo recién cortado, olía a barbería paquistaní.
    Después de intercambiar modales de buena crianza, por ambas partes, me senté frente a él en la misma mesa de cara al estrecho pasillo que conducía a los establos, y le pregunté:
    -¿Cómo está tu tío, bueno, nuestro tío? Aunque nosotros seamos adoptados.
    Fue ésta una pregunta retórica, sin apenas sustancia; pero él enseguida se vino abajo y confesó. Dijo:
    -Yo también soy adoptado- bajó la mirada y se puso colorado, aunque este último detalle no sé si fue del todo cierto… como era rubicundo.
    -No pasa nada, estás entre hermanos- le dije, por quitarle hierro al asunto.
    -No te he visto nunca por el Rastro; sin embargo, por lo que me dices y por lo que veo, eres uno de los nuestros. ¿En que contenedor te encuentras la ropa? Con esta pregunta fui directo al grano.
    -Por la zona del ensanche- me soltó sin ningún doblez. Y pude apreciar cómo sus ojos se iluminaban a la vez que el resto de su rostro, como si se liberara de una pesada carga.
    -Es una pena, que con las buenas prendas que llevas puestas, el muerto fuera por lo menos dos tallas más grande que tú- le dije; pero ésta observación mía en ningún momento  socavó su vanidad, sino más bien lo contrario.
    -Estas zapatillas me están matando- exclamó a continuación, enarcando las cejas en un visible gesto de dolor y exhalando el aire de los pulmones por la boca lentamente y acompañándolo de una prolongada aahhsss (que no sé si se escribe así, por cierto; pero ustedes ya me entienden)
    -Voy a quitármelas para aliviar el maltrato. Entonces yo le dije: ¡para, para… no extiendas la carnicería!.
    -Parece ser que el muerto que llevaba esos zapatos era más pequeño que tú, ¿no? Le interpelé
    -Creo que sí.
    -Esto es lo que pasa cuando nos vestimos de contenedor: que nos puede más nuestro peculiar sentido del glamour. Pero que le vamos a hacer, al fin y al cabo, somos invisibles.     

    Voy a aparcar por un momento el final del encuentro con el hombrecillo de los ojos saltones, para ponerles al corriente de lo que estaba sucediendo en el otro extremo del local. Por una parte, el Gemebundo estaba fomentando y dirigiendo una apuesta paralela al sorteo y que consistía en adivinar lo que había en el interior de la citada caja. Los rumores que circulaban, en este sentido, se decantaban abrumadoramente por un solo objeto y las apuestas estaban como sigue: 9 a 1 a que en su interior había una mierda; sugerencia, que como se puede suponer, provenía del Formigueta: que no hay frase que pronuncie que no contenga este concepto. No sé en otros mundos, pero en el nuestro, éste vocablo es el que con más fruición se excreta por la boca de todos. En fin, todos menos uno habían apostado a que en el interior de la caja sólo podía haber una gandinga. Yo pasé mucho de incorporarme al juego, ya había comprado una papeleta, más que nada, por vincularme a la causa.
    De repente, fue una tremenda sorpresa, para todos, cuando la caja comenzó a tomar vida propia emanando unos susurros francamente desgarradores y moviéndose en todas direcciones:
    -Socorro, que m`aufegue…
    Esto produjo estupor en los presentes y puso a prueba los rápidos reflejos del cabo de la policía local, que había vuelto a hacerse un enjuague, y ni corto ni perezoso desenfundó el revolver y apuntó al corazón de la caja… por si acaso. Con más miedo que otra cosa, se abalanzaron sobre la caja sorpresa, el Gemebundo y media docena de pelafustanes, que eran los que estaban más próximos, y lograron serenar los estertores del ente, lanzando la caja contra el suelo. Al abrirse ésta por un lateral a consecuencia del topetazo, asomo una zapatilla deportiva de un pulcro color rosa del número 37, y enseguida recompuse en mi mente el resto del organismo multicelular que acompañaba a aquellas zapatillas tan moñonas: pertenecían a Blas porDuplicado. Esa misma mañana, cuando aún no había amanecido y me estaba ayudando a descargar los trastos de mi furgoneta, ya me sobrecogió la traza que portaba, de la que destacaban, en medio de la oscuridad, las mencionadas deportivas en contraste con aquel cuerpo menudo, enjuto y de rostro avellanado. Hay que resaltar, que las zapatillas se le ajustaban al pie como un guante, que todo hay que decirlo. Le ocurre a menudo esto de no fijarse en el corte ni en la hechura de las prendas que se encuentra y que luego luce sin ningún pudor en su cuerpo de escalopín. Así como tampoco tiene en cuenta la fragancia de la colonia (que también se encuentra) con la que el fabricante intenta seducir a uno o a otro sexo.
    Pues bien, hecho este inciso, que era imprescindible hacerlo para abundar en lo que dije anteriormente con respecto a nuestro peculiar sentido del glamour, prosigo con lo que aconteció entre tanto que Blas volvía en sí a causa de la insuficiencia respiratoria y del porrazo a consecuencia del cual por casi se desnuca.
    El incidente traspasó las lindes propias de la Sección de Perfumería e inundo el Rastro de un meritorio sentido de solidaridad y, al lugar del siniestro, acudió una numerosa delegación de goleores. Abriéndose paso por entre las piernas y resquicios de estos últimos, raudo y con claros síntomas de déficit de atención por hiperactividad, se apreció una figurilla de lo que a simple vista me pareció un muñeco de tómbola.
    -¡Pare, Pare!- gritaba entre sollozos el referido muñeco, que como se puede apreciar por el sustantivo que profería, tenía que guardar parentesco en línea directa con Blas. Efectivamente, así sería si no fuera porque Blas, al que el niño llamaba padre llenándolo de gozo y haciendo mucha ilusión a ambos, era en realidad un padre ficticio. Blas ya tiene edad para que el niño de marras fuera su nieto. La realidad es que a Blas le entró en un mismo lote, una madre y un niño (no me pregunten cómo, pero así es). Una madre arrabalera y un niño que abrió los ojos entre gritos, hostias y miscelánea quincallera en la que fue creciendo hasta encontrarse inmerso, como cualquiera de nosotros, en este particular mundo de fantasía e inercia,  en el que a veces era fácil confundir al chiquet con algún polichinela, como me ocurrió a mi en ese momento en que lo vi aparecer entre la muchedumbre, pues llevaba embutido con un calzador, un traje de primera comunión de marinerito, que al niño se le antojó ponerse ese día y que estaba a punto de estallar como una morcilla; pues el niño se encuentra ya en edad de tomar la confirmación. Como no podía ser de otra manera, el niño seguía esa misma línea estética a la que ya me he referido antes y, que algún día, quién sabe, si acabará marcando tendencias.
    He dejado al porDuplicado volviendo en si a base de carantoñas de parte del chavea y de unos primeros auxilios que le propinó Bernardo a raíz de los cuales perdió todos los dientes, que pese a ser postizos, no por eso dejaron de dolerle menos, ya  que les tenía verdadero aprecio. Como no hubo daños colaterales ni nada que despertara el instinto sádico de la chusma que se congregó alrededor de la victima, se fueron éstos a meter las narices y a seguir tocando las pelotas al interior del Rastro, y nos quedamos los más allegados esperando a que Bernardo nos aclarase los motivos que le llevaron a urdir tal embeleco. Cuando ya todo se hubo serenado, Bernardo se acurrucó en un rincón de detrás de la barra con claros síntomas de depresión postraumática, pues aunque es de apariencia robusta, en su interior alberga una personalidad sensible y por Blas siente verdadero afecto que le demuestra cada domingo, manteniéndole el vaso de vino siempre lleno.
    -¿Y ahora que hacemos? ¿Cuántos boletos has vendido?- Le dije en tono conciliador.
    -El tuyo, nada más.
    -Entonces no hay de qué preocuparse; pero ¿Cómo se te ha ocurrido rifar al poDuplicado?.
    -Me pareció buena idea, después de oír la historia de ese filántropo, organizar una rifa con el Tio de los Mil Duros como excusa, con el fin de atraer nuevos parroquianos, porque como verás, estos mangantes me van a buscar la ruina. Tengo la libreta llena deudas, y todos son suprime- y cogiendo carrerilla, continuó descargando su sentimiento de culpa:
    -A Blas, le dije, y es cierto, que lo estaban buscando unos negros Nigerianos a los que el domingo anterior les vendió un aparato de televisión y cuatro reproductores de DVD que no funcionaban y, que estos negros, portaban entre otras cosas, varios neumáticos de moto Vespa, que más o menos eran de su talla y, todos hemos visto en el telediario lo que son capaces de hacer estos indígenas de su tierra con unos cuantos neumáticos y una lata de gasolina. Así que él, ni corto ni perezoso, se introdujo de motu propio en el interior de la caja y me rogó encarecidamente que la precintara, y que si podía, la facturara para Albalat de la Rivera. El resto lo habéis presenciado en directo.
    Bueno, lo peor hubiese sido que me tocara el premio ¡A ver cómo lo mantengo, con lo que bebe!- le dije
    -Te lo hubiera canjeado por un polvo con la Elisarda, que me debe y me  quiere pagar en carne y hoy llevaba las bragas limpias.
    
    
    -Que triste es todo… es todo tan triste… y aburrido…- escuché a mis espaldas este sonsonete lastimero y apenas perceptible. Era la manera que tiene el Yonki de despedirse. Se marchó con su bolsa de libros y yo volví tras mis pasos hacia la mesa en la  que me encontraba momentos antes, en franco diálogo con el hombrecillo rubicundo de ojos saltones. Pero ya no estaba. Se había marchado y me dejó sobre la mesa una extensa nota junto a la botella de agua con gas que me estaba tomando. La tomé (a la nota me refiero) y me puse a leerla:
    “Querido Enkantado: (ya empezamos con mariconadas, me dije para mis adentros) disculpa mi despedida a la madrileña; pero es que de un tiempo a esta parte sufro el martirio de un forúnculo en la rabadilla y me he tenido que ir con urgencia a cambiarme el apósito o, de lo contrario, se hubiera desencadenado una innecesaria alarma en busca de un supuesto cadáver. Te sorprenderás que me dirija a ti por el mote que con tanto orgullo llevas, y te preguntarás cómo lo he podido averiguar; pero este no es el caso. Lo importante es que hallamos mantenido un primer contacto visual.
    Te diré que yo tampoco soy el sobrino del Tio de los Mil Duros, sino tu hermano. Y no un hermano a medias ni en sentido metafórico, sino autentico de padre y madre…” Llegados a este punto, se abrió la puerta de mi memoria y de repente se me vinieron encima los únicos recuerdos balsámicos de mi infancia que estaban apretujados en algún recoveco del cerebro. Los baños en un pequeño piélago de un río también diminuto; un poema que compuso y recitó en una clase de lengua un compañero de instituto; y cunado solo y contemplativo me sentaba a las afueras del pueblo a observar, las para mi infinitas extensiones de olivos, a la vez que me preguntaba, qué podría haber al otro lado del lejano confín por donde se ponía el sol. "…No supe que era adoptado hasta el día en que se despertó en mi cierta pulsión ¿coprofílica?  ¿necrofilica? ¿hemofilica?  por rebuscar entre la inmundicia allá donde la hubiera: contenedores de basura, lejios, vertederos, etcétera. Y esto ocurrió sin ser yo consciente del daño moral que pudiera causar mi actitud tan displicente hacia las normas sociales, a los que hasta ese momento me habían educado y mantenido, o sea, mis padres adoptivos. Al principio hicieron la vista gorda; pero no tardaron mucho en ponerme los puntos sobre las ies ingresándome en un centro de rehabilitación para mangantes recidivantes, donde fui sometido a una dura y cruel terapia de shok que consistía, en madrugar y quitarme las pelotillas del ojete a diario. Me escapé de aquel infierno y cuando volví a casa, me dijeron lo de la adopción y me dieron la  referencia de mis padres biológicos para que me acabaran de criar ellos. Puse todo mi empeño en encontrarlos; pero llegué tarde: la parca se los había llevado. No obstante, me dieron noticias de que tenía un hermano, pero nadie pudo darme más señas porque como me dijeron: era invisible. De pronto me encontré solo en el mundo y puse rumbo al otro lado de las fronteras que rodean esta tierra de la que soy indígena, y por donde fui, constaté que había tantos o más mangantes que yo y como no podía aportar nada nuevo en este sentido, jodido y un tanto frustrado, hace poco que regresé para seguir practicándola en este cálido y acogedor paisaje, semejante al útero materno. ¿Qué cómo di contigo, si eres invisible? No olvides que yo también soy invisible y, entre nosotros nos hacemos visibles”.
    Se despidió con un fuerte abrazo que no me importó recibirlo porque… como somos hermanos… bueno, eso es lo que cree él, pero en realidad es mi hijo. Pero ya no hay lugar para más explicaciones ni filiaciones. Lo que si le diré la próxima vez que lo vea es, que administre bien el placer hospitalario que nos proporciona el Azar desde el fondo del contenedor, que hace que nos sintamos, si bien sea de manera efímera y paradójica, todo lo contrario a desgraciados.

(*) Mangante: Persona sin oficio ni beneficio. Mangar: Pedir, mendigar.
 

 

jueves, 30 de junio de 2011

LAS BOMBAS ESTAN CAYENDO CERCA 2

"Las bombas están cayendo cerca" dice
el augur Valero entre bromas y veras,
para que por más que lloriquear, rieras,
cuando el mismo demonio te sodomice.

La guerra comenzó en el mismo momento
en que nacimos. Apenas si hubo treguas,
y  si las hubo, quedan ya a muchas leguas,
tantas, que por más que quiera no lamento,

con sinceridad; pues si a la edad le añades
las ansias, bregas y muchos desengaños;
y otros males que desgastan (que no niego

 y avellanan y quebrantan voluntades)
más que maduros, podridos con los años
estamos cuando fenecemos (agrego)

viernes, 17 de junio de 2011

LA LÍADA DEL GORDO Y LA CONSOLA ROCOCO


 
               Acababan de soltar al Gordo y fui a visitarlo a su trapería. Una planta baja cuyo contenido era extravagante y a la vez conceptual como una obra de Tápies; donde convivían en promiscua francachela, lo que unos desechan y otros anhelan. Aunque esto lo digo en sentido metafórico, no quita para que también hubiera lugar para las telarañas (que eran más grandes que las pechinas de la cúpula de San Pedro de Roma) y otros detalles referentes a olores capaces de tirarte de espaldas sin ninguna contemplación. Me dijo que todo había salido bien; que después de haber pasado 72 horas en comisaría declarando en las diligencias previas, le pusieron a disposición del juez, en este caso una jueza, que se equivocaba cada vez que se dirigía a él y que tuvo que aclararle unas cuantas veces que su nombre era Rosendo Elías y no, Rosendo alias el Gordo. Tanto en comisaría como ante la jueza se mantuvo en negativa; no sabia nada ni de unas cajas con antigüedades ni de Rohipnoles y que tampoco conocía a Don Federico del Valle del Somorrostro y Torreblascopedro, al que todos distinguíamos con el mote de Pichadulce. Ni siquiera torturándolo con la bazofia que le dieron de comer en comisaría, pudieron derrotarlo. Así, que la jueza lo puso en libertad sin cargos, entre otras cosas, porque no había quedado ningún rastro que poder seguir para dar con el paradero de las antigüedades que desaparecieron. Al Gordo no le resultaría difícil mentirles a las autoridades ya que, decir verdades, solo le he escuchado decir dos: una cuando afirma que él a veces miente y la otra, cuando jura por su madre que está bajo tierra, que resulta ser cierto porque trabaja en el metro de limpiadora.
Mientras me contaba todo esto, se iba desprendiendo de todo tipo de trastos descompuestos o sin funcionar arrojándolos a un bidón grande con la intención de tirarlos, alguna vez, a la basura. En esto, que entró un morito de los muchos que tiene como clientes y se puso a escudriñar por todos los rincones del local. Poco a poco iba escogiendo: una linterna por aquí, una olla por allá; zapatos, mochilas, cortinas y hasta una lavadora.
-¿Esta lavadora va?, le preguntó el morito
-Claro que va, le respondió el Gordo, la hemos traído de un piso y la mujer nos ha dicho que si que iba.
-Si, tu siempre dices que va y luego no va y me toca subir y luego bajar para tirar.
-Tu te la llevas, y si no va, me la traes y te devuelvo el dinero- le decía el Gordo que había interrumpido la limpieza y se dejó caer sobre un sofá mohoso al que de un momento a otro, le podría surgir cualquier tubérculo. Al poco rato, el morito empieza a meter la mano en el bidón de marras y a sacar trastos como si aquello fuera una chistera mágica: un radiocasete, un video, una televisión portátil y cada vez que el morito le preguntaba que si tal o cual aparato funcionaba, el Gordo le decía que si.
-¿Puedo probar si facciona?
-No, que me habéis jodido todos los enchufes; tu te lo llevas y si no va, te devuelvo el dinero- no paraba de repetirle el Gordo. El morito había llenado una bolsa de deporte con, por lo menos, más de la mitad de los trastos directamente del bidón que iba a ir a parar al contenedor de la basura y la otra mitad, probablemente, hubiera tenido la misma suerte si no hubiera sido porque en ese momento le interrumpió la tarea.
-Haber que te llevas- El Gordo hizo como que miraba el contenido de la bolsa con algún interés y le dijo:
-Sin regatearme, dame 40 euros-
-Eso es mucho, le contestó el morito; yo no sé si va o no va la trivisión ni radio ni dividi…
-Si, pero te llevas cuatro pares de zapatos, tres mochilas, una olla Express, cinco móviles… le iba enumerando el Gordo a ojo de buen cubero.
-Esto es mierda como cagando, se le ocurrió decir al morito para que se le entendiera que lo de mierda no lo decía en sentido metafórico, sino literal. Hasta aquí, el Gordo se mantenía en aparente calma.
-Pues déjalo, no te lo lleves que ya vendrá otro y se llevará la mierda como cagando, como dices tu.
-Diez euros te doy-
-¿Qué? ¡Fuera de mi casa! ¡vosotros no venís a comprarme, vosotros venís a robarme! Ya había montado en cólera el Gordo que no necesitaba nada más que un poco de frustración para avivar su furor, y gritaba y daba golpes con la palma de la mano sobre todo lo que fuera plano y el morito lejos de irse, aguantó todas las barbaridades que le salían de su boca (sobre todo con respecto a su procedencia) con tal de llevarse todo aquello. Estuvieron casi a punto de llegar a las manos, pero no lo hicieron porque ninguno de los dos tenía amor propio y si, mucho amor al dinero. Al final, el morito se llevó aquel lote de autentica chatarra por quince euros, sin derecho a devolución y apercibido de que no apareciera más por su local. Por poco dinero que le diera el morito, al final, resultaría ser mucho porque ninguno de los aparatos que se llevó iba, y de ir, irían hasta su casa, más no. Lo que no sabía el morito era, que había llegado tarde a la fiesta y en la planta baja solo le quedaba la “mierda como cagando”, como él mismo decía y, que resulta ser ni más ni menos, que todo aquello que se le iba acumulando después de cada compra-venta o vaciado de piso (con consentimiento se entiende) y como los negocios los hacía tan rápidos como se seca “un salivazo en una plancha”, si el Gordo no te invitaba al festín, era esto lo que te podías encontrar. A todos los vendedores del Rastro nos pasa lo mismo, acabamos reuniendo cierta cantidad de trastos que no tienen el más mínimo interés comercial y de cuando en cuando los abandonamos en la misma paraeta… solo que nosotros los apodamos muy cultamente, inmundicias, para regocijo de quienes se acercan al Rastro a ultima hora.
Cuando acabó de despachar al morito, le di las gracias por su silencio en nombre de todos los que participamos en el asunto de Pichadulce, incluyendo al Perilla, al que no veremos durante una temporada en la que se inflará de comer garibolos a costa del estado por una acumulación de causas pendientes con la justicia. A continuación, le pregunté si tenía algo pa buscase la vida y me dijo, que para el día siguiente, uno de una inmobiliaria que él conoce, le entregaría las llaves para vaciar un piso en el que ya había visto de antemano muchas cosas y muy buenas. Acudí a la cita; sin embargo, no pude evitar cierto recelo, supongo, que porque no hay manera de saber cuando miente o cuando dice la verdad, si es que alguna vez la dice. Como es un niño irresponsable e instintivo con cuerpo de adulto, fantasea para captar la atención de los demás y encuentra divertido, no solo el mentir, sino que encima se regodea cruelmente de sus victimas. Ni que decir tiene, que por si solo no va enmendar su conducta, pero hay un gitano que le tiene tomada la medida y a base de garrotazos se ha empeñado en practicarle una lobotomía.


Se trataba de un piso en el centro de la ciudad al que su anciano dueño quería vender para marcharse a la Argentina, no sé si con alguna lumi de las muchas que le frecuentaban en el mismo domicilio (según me contó más tarde un amigo mío, que sabia de sus libertinajes y dispendios y de que las lumis soliviantaban a los vecinos cuando se equivocaban de timbre) o a buscar la Arcadia de Blasco Ibáñez. Tuve el privilegio (después de el Gordo) de ser el primero en franquear la entrada al tesoro del pastelero, que esa había sido su ocupación y la de varias generaciones de su familia hasta remontarse a los amaneceres del siglo XX. Al ver que era cierto lo de “mucho y muy bueno”, comenzó a movérseme la cabeza a latigazos como al Gordo cuando juega a las tragaperras, y entonces intuí, la fuerte emoción a la que podría estar enganchado él, porque a mi, la adrenalina me sublimaba y me hacía sentirme como un héroe de la antigüedad, tanto por la magnitud del tesoro, como porque tendría que defenderlo de la misma manera ante toda clase de lances, cantos de sirenas, malos augurios y atropellos a los que tendría que hacer frente cuando arribara al Rastro.
Al parecer, el pastelero quería partir ligero de equipaje y había dejado el piso intacto, o al menos, esta era la apariencia que tenía. El dormitorio había pertenecido a sus padres; era de estilo modernista en madera de cerezo, y el armario de una sola pieza, sobresalía por su elegancia. Conservaba los discos de piedra; rosarios y abanicos; una preciosa caja de música con bisutería y en una pequeña habitación, habilitada para planchar, un baúl de mimbre con el ajuar de su madre. Todo estaba limpio y en orden menos el comedor, que lo usaba como trastero y se parecía bastante a la trapería del Gordo. Era como si tiempo atrás, hubiera estado a punto de marcharse y se quedó con todo empaquetado, pero yo creo más bien, que todo aquello se salvó de un primer naufragio por los pelos, según revelaban aquellas abigarradas y empolvadas pertenencias. En algunas de las muchas fotos que guardaba en álbumes y cajones, se podían apreciar los muebles y la decoración versallesca con la que aquel soltero empedernido asombraba a sus amigos y ligues. De las paredes colgaban cornucopias y lienzos de mediano tamaño con contenido bucólico; y lo mejor, una aristocrática consola de estilo rococó que aunque pertenecía a la década de los 60 o 70 del siglo XX, como el edificio, se apreciaba que le tenía estima porque estaba enfundada en una sabana para preservarla de las secuelas del olvido. La cocina era espaciosa y no había ni grasa ni platos por fregar; probablemente no comía en casa, pero si que bebía, puesto que sobre la mesa quedaban algunas botellas con restos de licores espirituosos, tal vez allí, era donde alternaba con las prostiputas. En un armario del banco de la cocina habían dos garrafas de cinco litros: una de cazalla y otra de mistela para que no le faltara el barrachat del desayuno. Miré en la alacena que era tan grande como mi dormitorio y habían cuatro antiguos tarros de confituras y dos piezas de considerable tamaño de cristal tallado: eran una exquisita ponchera y todo un soberbio jarrón de color púrpura. Cinco grandes platos de cerámica con una inscripción sobre el fondo con amplias letras de molde donde se podía leer el nombre y la dirección de dos pastelerías diferentes, y que se utilizaban antiguamente como bandeja para servir a domicilio las delicias, milhojas y pasteles, eran las únicas huellas que le vinculaban a su dulce pasado; aunque el presente no era menos dulce.
Después de escudriñar cada rincón de la casa, comencé a seleccionar lo que quería y podía llevarme para vender en el Rastro. De los muchos libros que adornaban el mueble librería, escogí solo unos cuantos con las mejores ediciones y temas pensando más en el transporte y almacenamiento, que en el beneficio. De las cajas que languidecían en el comedor y contenían exquisitos juegos en cristal tallado para vino, agua y güisqui (nunca supe si estaban completos) y de cerámica: vajillas, juegos de café y cuberterías, preferí desentenderme para no tener que reprochármelo, pues no sobrevivirían ni a un domingo de Rastro, dada mi pertinaz indolencia. Como fui el primero que llegó a la fiesta, me dio tiempo de saborear todas las exquisiteces y me decanté por las dos cornucopias, varios cuadros de pintura al óleo; los discos de piedra, los rosarios, abanicos, menudencias y el ajuar; una máquina de escribir portátil de los años 40 con su estuche de madera; un busto de 5ox30 cm en madera de palosanto de un negro del Congo Belga (digo yo que sería de aquel país cuando se llamaba así, porque procedía de Bélgica y estaba fechado en 1960) los tarros de confituras y los platos de cerámica, y le dije al Gordo que cuanto me iba a cobrar por todo el lote: 300 euros me dijo, y no le rechiste. Yo cada vez que pasaba junto a la consola Luís XV, la miraba con aprecio pero no encontraba la manera de trajinármela, cuando me dijo lo que quería por ella (100 euros) me pareció un precio generoso y me arriesgué. Digo que me arriesgué porque a continuación quedaba la segunda parte, que no era otra, sino la de la custodia y transporte. Guardé todo lo que le había comprado en el cuarto de baño como me indicó y quedé en que pasaría el sábado por la tarde para supervisar mi carga que tendría que ir junto a la suya en la furgoneta que él utilizaba. Cuando me dijo quienes le ayudarían a limpiar el piso, una gitanita amiga suya y sus niños, ya no hubo manera de quedarme tranquilo porque acabarían liándola.


Acabó el Gordo el negocio conmigo y echó mano de su lista de clientes: variados y a cual más cicatero. No podía ser de otra manera, por que sus hábitos atraían al fullero y repelían al prudente. De entre todos, con quien mejor trapicheaba era con los moritos a los que procuraba engañar todo lo que podía antes de que lo engañaran a él. Con premeditación, les vendía aparatos eléctricos que no funcionaban y ellos con alevosía, le robaban impunemente. A menudo yo presenciaba este espectáculo hasta que dejó de parecerme pícaro y empecé a sentir repugnancia, entonces, procuré visitar al Gordo con menos frecuencia de lo que lo hacía antes, sobre todo, porque ya no sabía quien era más despreciable.
Por más que pasaban por sus manos miles y miles de antigüedades de más o menos enjundia, no se aplicaba ni poco ni mucho en defenderlas, a la vez que amparaba su amor propio, puesto que era ludópata. Solo había cambiado el premio de las máquinas tragaperras por la intriga de la caza del tesoro, y cuando conseguía alguno, este azar, le proporcionaba un ansia insuperable por conseguir más y más que, irremediablemente, le conducía a desprenderse de todo lo mejor de una manera rápida y barata. Era esto, su aparente necedad, lo que le proporcionaba encanto.
Fueron varios los que acudieron de compras. Los moritos le despejaron la cocina de electrodomésticos y menaje y un par de clientas de lo más avispadas: los libros, la cristalería, la cerámica, un buró y todo lo que quisieron, bueno… mejor dicho, todo lo que les dejé yo, y no porque sea ni más ni menos generoso, sino que entre otras cosas, también soy un poquito vago como ya he dicho antes. En poco tiempo se deshizo de todo lo que pudiera tener interés y llenó su pelleja con más de 800 euros; pero yo creo que fue mucho menos, claro que casi todo era beneficio. A quienes le ayudaban siempre les pagaba poco y a cachos, así que no podían ser otros que indigentes a los que les costaba mucho reunir unos cuantos euros al día. Su generosidad para con estas personas solo era comparable a su rencor por el agua y el jabón.
Llegó el sábado por la tarde y subí al piso para hacerme cargo de mi compra. La gitanita que era más floja que una cortina y misericordiosa con los niños (como tiene que ser) llevaba ya tres días apalancada en el piso con sus dos niños y un sobrino (el Gordo le dejó las llaves mientras él se quitaba de en medio, y los niños campaban por sus respetos correteando y subiendo y bajando en el ascensor como si aquello fuera una noria). Con un nudo en el estomago abrí la puerta del cuarto de baño y respire profundamente cuando lo único que eche en falta fue un juguete que consistía en una réplica de una máquina de expender bolas de chicle, por lo demás, todo estaba tal como lo dejé. Al preguntar por el paradero del juguete, me aplicaron la ley del silencio; y me di con un canto en los dientes.
Estaba empaquetando mis trastos cuando sonó un golpe seco y a continuación salió el más pequeño de los gitanitos del dormitorio corriendo y, entre cantando y gritando decía:
-¡Mi mama está borracha, sa caio, y se le ven las bragas! Acudimos todos y el espectáculo, aún dentro de la gravedad, no dejaba de resultar grotesco e hilarante. Se había caído de la cama al suelo desde casi un metro de altura y se le oía balbucear:
-¡Ay que malica estoy! ¡ay que malica estoy! Olía a bodega llena de albañiles a las seis de la mañana. Resultó, que desentrañando los cajones y armarios de la cocina vio la cazalla, pero no veía la manera de parar de meterle tientos y a solanas iba trasvasando el aguardiente de una garrafa a otra de carne y hueso, hasta el punto… y coma etílico, en el que cuando se sintió mareada se dejó caer con tanta fuerza sobre la cama, que rebotó y salió catapultada y como era redonda, dio varias vueltas de campana hasta que se quedó encajada con medio cuerpo debajo del armario y el culo al aire. Aunque a todos los presentes nos dio por reír, aquello no dejaba de ser solemne como el leñazo que se metió. Nuestro trabajo nos costó al Gordo y a mi devolverla a la cama ( desde donde alzó el vuelo aquel peso muerto de un metro y poco más de diámetro) y tuvimos que llamar a unas monjitas seglares de una ONG (cuyo cometido era bregar con los parias del Barrio Chino) para que se hicieran cargo de ella y de los niños. Al momento se presentaron dos de ellas y pusieron calma en todo el barullo que se había formado. Yo continué con lo mío y comencé a bajar mis trastos ya que los tenía dispuestos.
Hice un primer viaje y dejé la carga en el portal y cuando subí de nuevo, un fuerte olor a azufre me abofeteó la nariz. Creí que sería el rastro de Belcebú al salir huyendo del serrallo del pastelero, pero no, era aún peor. El hijo mayor de la gitanita que debería de tener ocho o diez años y, sin embargo, abultaba como un niño de cinco pero con la astucia de uno de veinte, se estaba entreteniendo con una caja de cerillas rascándolas y cuando prendían, las tiraba al suelo justo en el lugar donde más yesca había: el comedor. Se lo advertí al Gordo que cuando vio lo que estaba haciendo, creo que hizo el único acto responsable de su vida: le atizó con la mano abierta tal llamerá en la cara, que casi le prende fuego al niño. El chiquillo aguantó el tortazo (que al caso viene pintiparado) como parte de su entrenamiento espartano y lo miró fijamente, pero no derramó ni una lagrima.
Continué bajando trastos al portal y cuando terminé me dispuse a cargarlos. La calle estaba cortada por obras y la furgoneta se pudo aparcar en medio de la calzada a pocos metros del patio. Ya había cargado los cuadros cuando, desde el interior de un coche que minutos antes se detuvo detrás de la furgoneta, una mujer me preguntaba con cara de asombro que qué es lo que íbamos a hacer con todo eso (refiriéndose a todo cuanto había en el zaguán) le contesté que venderlos en el Rastro. Se bajó del coche y también lo hizo una aseada y relamida parejita de niño y niña. Mientras iba oteando el interior de la furgoneta, me decía, que unos gitanos habían ocupado un piso en su finca y se estaban llevando los grifos. Entonces le aclaré que eso no era cierto y le conté de principio a fin el cometido del Gordo, que no era otro, sino el de vaciar el piso para que una inmobiliaria se hiciera cargo de ponerlo a la venta y que la presencia de gitanos, moros y cristianos tenía que ver con que estaba vendiendo sobre el terreno todo lo que podía y que lo que estaba viendo ella en ese momento, me pertenecía. No sospeche nada en ese instante, pero más tarde me di cuenta de que sin quererlo, me había ido del pico. Como vivían en la misma finca, no habían parado de seguir nuestros movimientos, incluso, lo de aparcar el coche detrás de la furgoneta tenía que ver con sus infames propósitos y encima yo les puse al corriente de todo.
-Por esto ¿qué vais a pedir? Se refería a la consola.
-200 euros, le dije, y enseguida me ofreció 150 euros. Aunque no tenía ganas de venderla en ese momento, como vi que estaba ganando dinero, preferí dársela por ese precio puesto que el mármol de encima de la consola era una pieza muy delicada para el tosco manejo que le esperaba. Ya habíamos cerrado el trato y avisó a la madre para sorprenderla. Bajó una mujer con aspecto de guerrero griego a juzgar por el casco que le cubría la cabeza, que más que peinado, con tanta laca como llevaba puesta, parecía que en vez de fiesta iba a partir a la batalla de las Termópilas. La hija ya le había puesto al corriente de todo, en pocas palabras, que éramos una pandilla de necios e incautos; pero la madre era aún más envidiosa y astuta. Empezaron a ponerle pegas a la consola para rebajar el precio y cuanto más pegas le ponían, lo mismo hacia yo pero con su semblante y talante. A la vieja le olía la ropa a perfume rancio y las dos tenían voz de cazallera. Madre e hija tenían más nivel de testosterona que sus respectivos maridos, especialmente el de la joven, que cuando dijo esta boca es mía, lo hizo dos tonos por encima del tono de voz de su mujer. Era notorio que cuando acababan de comer, ambas, remataban la faena con carajillo y copa.
Al final dieron con una pega que yo no había visto hasta entonces: tenía carcoma por la parte trasera. Me rendí, porque la carcoma últimamente no se estila y la cosa se quedó en 120 euros; pero mejor hubiera sido que no lo hubiera hecho puesto que hirieron mi amor propio. En todo momento tuve la sensación de que más que comprar, lo que pretendían era robarme; según ellas, me lo merecía por necio y estúpido.
Subieron en el ascensor la consola y ya no les volví a ver el pelo más. Para cuando me quise dar cuenta de que me habían robado un pequeño mueble auxiliar que hacía juego con la consola, ya fue demasiado tarde. Aprovecharon que yo me encontraba en la calle cargando la furgoneta, y se metieron a fisgonear en el piso del pastelero que en esos momentos era lo más parecido al saqueo de Roma por los Vándalos: la gitanita bramando y delirando; el niño pequeño llorando; el otro haciendo de Nerón y el Gordo afanado con sus lotes a moritos y cristianos. En resumen, esta era la escena que se encontraron, así, que solo tuvieron que cojer la mesita y salir por la puerta diciendo que ya me la habian pagado y nadie lo puso en duda. Pero en su afán choricero, no cayeron en la cuenta de que le faltaba la pieza de mámol que estaba en el cuarto de baño, y solo se llevaron, como aquel que dice, cuatro palos… eso si, estilo Luís XV. Me dio tanto coraje aquel acto tan obsceno y mezquino, que trinqué el mármol, lo trituré y lo eché al bombo de la basura. Y eso fue todo lo que pude hacer. Otra vez más, me hubiera quedado con cara de gilipollas si no fuera porque el gitanito pirómano, acabó saliendose con la suya y le prendió fuego, por fin, a aquello que al parecer le tenía manía. Fue más el susto que el daño que causo el pequeño incendio; pero en el fragor del incidente, se quedó el grifo de la bañera sin cerrar y estuvo toda la noche arrojando agua a raudales con tan buena suerte, que los moradores del piso de abajo resultaron ser las chorizas, y mentiría, si les digo que lo lamenté en algún momento.


Llegué al Rastro antes que el Gordo. Era de noche aún y me di una vuelta por si encontraba algo pa buscarme la vida desvirgando las primeras paraetas. No encontré nada y el Gordo llegó en ese momento. Mientras descargaba mis trastos de su furgoneta, oía al Gordo decir, sin dirigirse a nadie en concreto, pero en voz alta, las primeras trolas del día. Decía que tenía cinco pisos para vaciar esta semana repletos de cosas buenas, y lo cierto era, que había tenido solo uno y ya era historía para él. Había quien se lo creía y otros que creían en lo que veían y no le veían nada, le daban por majadero. Como siempre, acudió al Rastro con las zurrapas que le quedaron después de deshacerse de todo lo bueno y antes de convertirlas en inmundicias. Se notaba que disfrutaba deslumbrando a los presentes, a juzgar por la intensidad de los latigazos de su cabeza, y tuve que decirle, que dejara de enrollarse porque acabaría por dislocarse el cuello.
Monté mi paraeta y para controlar las embestidas, puse solo a la venta parte del material y el resto lo oculté al público. No tardarón en acudir como moscas a la miel los cazadores de tesoros. Uno a uno los fui espantando como eso: como moscas. Quería hacerle ver a todo el mundo que estaba inmunizado contra el virus de la estupidez y me mantuve moderadamente caro; pero transcurrió casi toda de la mañana sin vender nada y ya me estaba arrepintiendo de esta decisión tan radical, y en eso, que tuve un conato de iluminación (digo un conato porque no acabé de iluminarme del todo) o lo que era lo mismo, comprendí, que aunque no se sea del todo estúpido, si quieres vender en el Rastro, tienes al menos que parecerlo, para que quien estime oportuno creerlo así, tenga el pleno convencimiento de que más que comprar, lo que hace es robar.

¡Ah, se me olvidaba! A media mañana se acercaron dos policías a la paraeta del Gordo y preguntaron por Rosendo alias el Gordo: ¡Ya empezamos! les dijo, me llamo Rosendo Elías…
-Ya, dijeron, y le apremiaron para que les acompañaran a prestar declaración sobre una denuncia que le pusieron las del piso de abajo en relación a la inundación que habían sufrido. En situaciones peores lo he visto; pero siempre cae de pie como los gatos porque es insolvente en todos los aspectos.


miércoles, 15 de junio de 2011

PARA EL RUBIO, SIN MAS

Aguardando estuvo el Rubio en la cuneta
para partir un día sin hacer ruido.
Mientras esperaba, solo y aburrido,
la vida le pasaba en Ave o en carreta.

Aferrado a su contumaz indulgencia,
  y pertinaz (por no decir cabezón)
juicios, lances tuvo con absolución;
 y a su pesar,  convicto por su inocencia.

Valga este homenaje o Réquiem por un Alias
que solo en su funeral se hizo visible;
mas todo hay que decir: no fue un angelito

como nones son tan perfectas las dalias.
Este prójimo, taciturno y apacible,
tenía un nombre: Rafael Francés Bito

martes, 10 de mayo de 2011

Para el Javi, que no le dio tiempo de hartarse de vivir

 Ambicioso quiero ser con el cálamo
 al unirme a este homenaje del Rastro 
                        y sus habitantes, pues, poetastro                         
soy, y el Rastro, el manantial donde mamo

la vida y once silabas por verso
para decir que por allí pasó,
el Javi, generoso, entrañable. Y yo,
que todo lo pio, maldigo el reverso

de la vida que me arma de impotencia.
Pues "a rienda suelta"  dice Manrique
que vivimos. "Como ríos que van al mar"

morimos: fe de la lírica y ciencia. 
¿Será tarde cuando por necio me aplique
a vivir humanamente y aflorar?


lunes, 21 de marzo de 2011

EL RASTRO: UN HUECO POR DONDE ESTIRAR EL PESCUEZO

    


LA PRIMERA VEZ

Había corrido demasiado y me encontraba sin apenas aliento, así, que me paré a recobrarlo en un lugar cosmopolita y barato: el Rastro de Valencia. Tenia veintinueve años y no había aprovechado apenas ninguno. Los trabajos me duraban menos que un salivazo en una plancha y, de todos ellos, guardaba un sentimiento de culpabilidad, vergüenza y pesadumbre. 
Me había enamorado como cualquier adolescente y, ya de joven, me sentía fracasado en las artes del himeneo. No me veía haciendo la mili y me libré  por mis neumotórax recidivantes; de esta manera, comencé mi carrera de desahuciado social, que acabó justo donde arranca esta historia.
Todo comenzó estando sin trabajo y sin más aliciente que el de cambiar mi vida. No tenia ni idea de que hacer con ella, tan solo contaba con la determinación de tomarme un respiro e intentar ordenar mi cabeza. A los días de vino y rosas hacia poco tiempo que los había abandonado (después de quince años abusando de su confianza) con el firme propósito de no dirigirles la palabra; ni al tabaco ni a todo lo que mezclaba con él para estimularme. Los amigos huyeron de mi ¿o yo de ellos? da igual, para qué martirizarme. Comía con apetito y era consciente del tibio sol, cuando me calentaba, y de los aromas del parque al que acudía a leer un rato.    
Era de madrugada cuando le dije al taxista que me llevara al Rastro y me preguntó aseverando: -¿a Nápoles y Sicilia? -. Yo le respondí afirmativamente, en un tono irónico, como creía que lo hacia él también (por aquello de la mafia, ya me entienden) al referirse a la plaza que así se llamaba en realidad, y no en argot como yo pensaba. Bajé del taxi cuando eran las seis de la mañana (hasta ese momento nunca había madrugado tanto). La plaza estaba en penumbra y en el ambiente se palpaba cierta tensión que no tarde mucho en identificar y en hacerme adicto. No madrugué por iniciativa propia sino que seguí las indicaciones del suegro de mi hermana que era un experimentado vendedor. “Hay que madrugar para coger sitio” me dijo, y le hice caso. Me cedió parte de su espacio y me apalanque junto a él con unos pocos trastos (el trípode de mi cámara fotográfica y algunos accesorios) en la subida de la calle del Palau: quería deshacerme de todo lo que me unía a un pasado próximo saturado de frustración, sentimientos de culpa, vergüenza y pesadumbre. 
Extendí los trastos sobre un retal de sabana desechada del ajuar de casa, que había traído exprofeso, y me di una vuelta por los alrededores. Lo primero que hice fue entrar en el bar de Chimo, que estaba ubicado en la misma calle, para tomarme un café. Dentro había más gente que afuera en la plaza. Pedí un café y de repente nos quedamos a oscuras. El Chimo, que además de camarero era el dueño del bar, con el rostro rojo de ira, maldecía sin soltar el caliqueño de los labios y a palpas buscaba el automático de la luz que había saltado automáticamente, como su propio nombre indica. Tenía mala uva (no me refiero al vino que servía en la tasca de al lado también de su propiedad que, según tengo entendido, era joven y famoso) lo digo porque cualquiera se cabrearía si, en medio de la faena, alguien te enchufa a la red un aparato descompuesto y te hace un cierre en la instalación eléctrica o, si después de haberse desayunado alguien te dice que aluego te lo pagará. 
La tasca estaba decorada al estilo de un mesón, con el mostrador de obra y la barra de madera; las sillas y mesas eran de madera de haya maciza de estilo castellano. La cocina quedaba al descubierto detrás de la barra y las cacerolas de cobre y otros utensilios que colgaban de una viga, eran de Rastro. Chimo atendía a los parroquianos sin quitarse el puro caliqueño de los labios, con un ayudante que no le duraría sobrio más de un par de horas. La tasca era espaciosa y estaba bastante concurrida. Mientras me servían el café, repasaba con la vista el porte y la catadura de algunos de los presentes estimulando mi imaginación. Los cafés eran auténticos expresos: salían de la cafetera antes de pedirlos. Me tomé el mío y tuve los primeros efectos secundarios de la marca de la casa: el Aeroplano. El váter estaba ocupado y veía que me iba de vareta como los monos. La suerte me sonrió en cuanto a que no esperé mucho rato. Entré raudo sin poner más atención que la de encarar la taza del váter en la que me encaramé como un palomo en el palomar. En cuclillas, con los pies sobre el borde de la taza, disparé no sé cuantas ráfagas de perdigones. Conforme me iba relajando, apareció ante mi, La Capilla Sixtina (esto lo digo por los frescos, perdón, por las frescas, que amenazaban con llegar al techo de aquel cubículo). Me limpié el fundamento con los calzoncillos, ya que no había papel, y los deposité en la papelera junto con los de otros que habrían madrugado más que yo. 
Salí del bar por la puerta que daba a Mosén Millá y, a pocos metros, una gitana menuda, de no más de un metro cuarenta con tacones incluidos, y entre cincuenta y sesenta años o quizá tuviera menos, pero no los aparentaba. Peinaba un caracol en la frente; lunar tatuado en el pómulo izquierdo (señal inequívoca de que había comido garibolos en el talego); bastante colorete y lápiz de labios; no sé cuantos dientes de oro y, debajo de la manta con la que se cubría del relente de toda la noche y la madrugada, se vislumbraban 
unas cortas piernas, sin medias, del color de la capa de un prelado y la textura de un pollo desplumado. Conversaba con sus codiciados trastos como si mantuviera un romance con ellos, mientras, engreída y peripuesta, los iba extendiendo sobre unos cartones para aislarlos del  asfalto y del maleficio que le atribuía a quien tocaba su preciado genero: los payos rabuos. “Comesos toas mis mierdas” y  “vuestros muertos” mascullaba por lo bajini con los dientes apretados: era tan narcisista que no necesitaba interlocutor. En ese momento de perplejidad, por mi parte, me resultó cómico la contemplación de la escena; pero no tardé mucho tiempo en padecer su maldad como cualquier payo. Al fondo de su paraeta asomaban dos cabezas desgreñadas por entre un montón de ropa: eran sus dos hijas gemelas, diminutas niñas o adolescentes a las que tenia adiestradas para buscarse la vida buscando (y valga la redundancia) el descuido de los vendedores. Les hablaba en caló con tono despreciativo. Solo les sonreía cuando se portaban bien en su oficio.        

El eco de las paredes de la plaza de Nápoles y Sicilia amplificaba el tenue murmullo por el que sobresalía el agudo sonido de las herramientas al golpear contra el suelo aquí y allá atrayendo a los merodeadores como la mierda a las moscas. Hacia frío, puesto que era el mes de Enero del año de gracia de mil novecientos y ochenta y cuatro, y había gente alrededor de una hoguera improvisada con la madera de los palés de ladrillos y baldosas del edificio en construcción de CCOO. Al abrigo de las desvencijadas paradas de madera del centenario Mercado de la Congregación, custodiaban su sitio en un duermevela, desde el día anterior, los más  frágiles, con los carros repletos de trastos junto a ellos, al antojo de las manos de los más desaprensivos. Quienes se acostaron borrachos, se incorporaban envueltos en sus ligeras mantas, caminando como zombis atraídos por el calor de la lumbre,  sembrando el camino, por el que desfilaban, de insolentes flemas. “¡Si amarga no lo tires, haber si es un trozo de pulmón!” Oí que le gritaban a uno que tosía con avaricia. Sus rostros eran severos al contrario que su mirada triste y asustadiza, como la de un animal extraviado. Entonces, me vino a la mente la palabra lástima, que a menudo utilizamos para definir un sentimiento confuso que nos hace sentirnos inseguros cuando contemplamos el sufrimiento ajeno e, inmediatamente, nos dejamos llevar por la emoción, poniendo cara de pena en solidaridad con la escena que nos conmueve. Quizás, solo sea cuestión de aliviar el bolsillo en unos céntimos o, tal vez, huyamos con alguna excusa peregrina para no derrumbarnos. También podemos involucrarnos en la vorágine de la experiencia y, como Espartacos, conducirlos hacia la libertad. Todo depende de la formación que tengamos al respecto para tranquilizar nuestras conciencias que, es en definitiva, lo que en realidad nos interesa, ya que todo lo demás supone una inversión de tiempo y, por reducción, dinero, por lo tanto, acaba convirtiéndose en una materia prima sometida a la especulación como cualquier otra, solo que esta es: sin fronteras.   
El mercado crecía espontáneo con un orden tácito por la plaza de Nápoles y Sicilia, calle del Palau, plaza del Arzobispado, plaza de Mosén Sorell y la calle del Barón de Petrés. Las paraetas brotaban del suelo como erupciones condensadas, unas; lacónicas como los versos de una soleá, otras. Me pareció que la sencillez y sensibilidad, la anarquía y las ganas de hacerse notar, se manifestaban como poemas fácticos en los que cada cual desnudaba su alma. Objetos cotidianos se tornaban extravagantes en la promiscuidad de los puestos. Hierros, maderas, cerámicas, libros, cuadros y legajos antiguos, embalsamados en el polvo que los salvaguardó, reposaban ingenuos a la codicia y la indiferencia de unos y otros.  
Donde hubiera un corro de gente, allí que me acercaba sin ningún otro interés que el de satisfacer mi curiosidad, ajeno a las consecuencias de mi inconsciente participación en la rapiña. La perplejidad dio paso a una agradable sensación como de estar jugando a algo prohibido que implicaba riesgo, aventura, secreto, complicidad y, encima, estaba en el culo del mundo sin salir del contorno de la ciudad. No cabía duda: el Rastro me había penetrado hasta las cuajaretas. Me dejé llevar por la agradable sensación que me producía la abigarrada  algarabía, y me sumergí en ella con la certeza de que aquello era lo mío. Estuve durante un tiempo en el limbo del incauto primavera; atrayendo a buitres y bujarrones atentos la más mínima flaqueza. Casi todo era nuevo para mí, pues, quitando el barrio donde vivía, y del que cuanto apenas había salido, y unos cuantos libros sobre el materialismo histórico que me había leído, en eso consistía todo mi bagaje intelectual y cultural. No tenia que añorar ningún momento de mi vida anterior (en lo tocante a desahogo económico y posición social) porque hasta las chinches huían de mí, así que, con la única premisa de no volver al infierno de una sociedad con la que había mantenido un mutuo desencuentro, emprendí mi propia reforma y me hice dueño, al menos, de cada segundo de mi existencia.   
    
Hacia el mediodía, el Rastro era un hervidero de gente transitando arriba y abajo por la calle del Palau hacia la plaza del Arzobispado, y viceversa, en dirección a la plaza de Nápoles y Sicilia donde se concentraba el mayor numero de gente en medio del caos. Lo de madrugar para coger sitio tenía sentido en cuanto a lo que respecta al arraigo de la propiedad y pertenencia a un colectivo; pero de poco sirvió frente a la invasión que tuvo lugar a esas horas, aprovechando la aglomeración, para vender frutas y verduras robadas o a punto de fenecer. Delante de nosotros, en medio de la calle, unas gitanitas gritaban: ¡Nena, al rico maracaton, a preba y a cata!. Sus novios, maridos o hermanos solo hacían que pertrecharlas de los frutos del prunus persica y vigilar la entrada a la plaza por la calle Trinquete de Caballeros y gritar “aguita” (por si un caso aparecían los jambos, que con este mote llamaban a los miembros y miembras de la policía municipal). 
A la entrada de la calle Aparisi y Guijarro se pusieron a vender jamones, cuyo destino hubiese sido el de abonar campos, de no habérseles conmutado la pena. El exterior de los jamones no presuponía la descomposición interior y, para cuando se quisieron dar cuenta quienes los compraron, ya fue demasiado tarde. En medio de la plaza de Nápoles y Sicilia, otra gitanita congregó entorno suyo a medio Rastro vendiendo frascos de colonia que en el envase se podía leer claramente:“FICTICIO”. Aunque, fueron muchos los escépticos que ante la  nula fragancia del liquido coloreado, se abstuvieron, hubo bastantes que ante la duda compraron. El público ajeno a estos chollos, pasaba de puntillas por delante de las paradas colindantes a los tumultos, mayormente por precaución, ya que los carteristas no encontraban más limite que, el de sus propios recursos artísticos. Así, que para nosotros, se acabó la venta. Ya podía recoger e irme como muchos otros lo hicieron; pero me quedé por ver si aún aparecía un mirlo blanco.                        
Pasé toda la mañana sin vender nada, y sobre todo, lo peor fue que desobedecí la primera regla que hay que aprender cuando llega uno al Rastro a vender por primera vez, y es la siguiente: cualquier viejo vendedor del Rastro, por mas tonto que parezca, sabe más que tú con respecto al cambalache. 
Había perdido todo menos el orgullo y me resistía a escuchar los consejos de los compañeros, entre los que se encontraba Cachocable, que me repetían una y otra vez, que si quería vender el trípode por mil pesetas, tenia que pedir, por lo menos, mil quinientas o dos mil. Fue mi primera lección: el regateo. 
Durante todo el día, el trípode tuvo muchos pretendientes y dos maneras de actuar que se repetían por ambas partes: 
-¿Cuánto quieres por el trípode?- me preguntaban unos
-Quiero mil pesetas- les respondía y a continuación enmudecían y continuaban su transito por las paradas.
-¿Cuánto quieres por el trípode?- me preguntaban otros
-Quiero mil pesetas-
-¿Quieres quinientas?
-No, porque me costó tres mil ochocientas en su día y no pienso venderlo por menos de mil-; les respondía yo, creyendo que serviría de algo decir la verdad y nada más que la verdad o, como si mis pretensiones tuvieran algo que ver con los principios del mercado: oferta y demanda.    
-Si, pero esto es el Rastro- me respondían, sin más argumentos, algunos paseantes, mientras que otros no cejaban en su empeño por reblandecerme, insistiendo una y otra vez en la palabra Rastro.   
-No sé ni para qué lo quiero comprar si ya tengo dos que compre aquí  por quinientas pesetas cada uno, no, mejor dicho, uno me costó trescientas- dijo un veterano cazador de incautos. Y entonces, yo me preguntaba para mis adentros: ¿si ya tienes dos, para que coño quieres otro más?. 
-Porque estas condenado a hacer el primo- me hubiera respondido con mucho gusto.
ESTO ME GUSTA

Pasaron varias semanas. Esto de trabajar un día y descansar seis, como los curas, me sentaba bien. No me estresaba y, si lo hacia, me daba igual, siempre me quedaría el Rastro. 
No salía de mi asombro con respecto a lo que veía y escuchaba. Los compañeros disfrutaban descubriéndome los entresijos del Rastro a base de historias y leyendas en torno a personajes y tesoros acaecidas siempre en tiempos pretéritos, como en la Biblia. Querían asombrarme y lo conseguían, al fin y al cabo, yo era un pardillo.
Estaba fascinado con Cachocable, un viejo diminuto que cogía unas cogorzas que lo dejaban al borde del coma etílico. Era uno de los más antiguos y madrugadores. Llegaba muy temprano en un taxi, Seat mil quinientos, atiborrado de fardos y, el mismo taxista, lo recogía a las dos del mediodía, después de convertirse él en un fardo más. Como era analfabeto, la falta de conocimientos la suplía con exagerada imaginación y fantasía. Todos los domingos, mientras se perfumaba en el bar, contaba, con su peculiar catálogo de vocablos, la historia de cuando él tenía a su entera disposición, un vertedero, donde los camiones, en vez de escombros, tiraban a capazos: abanicos, relojes, manuscritos, lencios… en fin, todo tipo de antigüedades  antiguas (así lo recalcaba al referirse a las antigüedades). Si bien cargaba las tintas en cuanto a la intensidad y frecuencia con la que decía que se encontraba aquellos tesoros, lo cierto era que, de cuando en cuando, traía a vender azulejos de gran valor, bronces, oleos, libros, documentos, fotos y todo lo que su instinto le indicara que pudiera ser añejo. Cuando esto sucedía, enseguida era abordado por público y vendedores y, antes de que se disipara el olor de algún que otro pedo o follón, desaparecía todo cuanto de valor trajera para aparecer en otras paraetas o colecciones privadas. Era tan barato vendiendo que, cuando le compraba algo, no me podía quitar de encima la sensación de que le estaba robando.    
Un día, Cachocable se levantó un camal del pantalón y me enseñó la pierna llena de costras sanguinolentas. Enseguida pensé en la lepra, en ese momento, me podía esperar cualquier cosa contagiosa: motivos no me faltaban en el estado de aprensión que me encontraba. Al final, resultó ser, que se comió una latilla de conservas en el mismo vertedero que se la encontró y le entró una urticaria, sin más complicaciones. Era inmune a casi todas las enfermedades, menos a las venéreas, que nunca dejaron de perseguirle porque nunca dejó de meterla en dios sabe donde.  Si por una de aquellas, en el Rastro, se le veía sobrio, era porque estaba tomando antibióticos. En el Rastro y la escombrera era donde se sentía neciamente libre, encubriendo su timidez tras el recelo y la picardía. Allí era donde únicamente se manifestaba extrovertido y, sobre todo, donde se reía. 

El Tuti Barati tenía también un vertedero, del cual, se encargaba de vigilar de que quien no estuviera autorizado, vertiera en él. Al igual que Cachocable, recogía chatarra y, los trastos y las antigüedades, las llevaba al Rastro los domingos. No eran los únicos que se buscaban la vida de esta manera, pero sí fueron con los que más intimé, pues el Rastro se abastecía, fundamentalmente, del reciclaje en las escombreras y contenedores de basura y casi todos los artículos aseados y seleccionados del resto de paraetas, aunque en primera instancia alguien pudiera pensar que florecían espontáneamente, no tenían otra procedencia que la del reciclaje y el madrugar para buitrear. Lo del buitreo es en sentido literal. Visualicen la  imagen de una manada de buitres cercando a una presa vulnerable; picoteando desde todos los flancos para rematarla en medio de un paraje aislado: el de la marginación social.      
Lo de Tuti Barati era porque a lo largo de la mañana gritaba con voz de barítono ¡tuti barati, regalati! La verdad es que en este aspecto, no era como Cachocable: ni barati ni regalati. Pero me caía en gracia el grito que salía por la boca de aquel tipo enjuto y alargado.       
Vendí mi cámara Nikkormat EL a través de un anuncio que puse en el periódico El Trajin. Conseguí quince mil pesetas, aproximadamente la mitad de lo que me costó unos años atrás y me apliqué el cuento de la Lechera: invertiría ese dinero en genero, junto con los beneficios, y me convertiría en un comerciante (por el momento no pensaba convertirme en un trapero).  
Entré en una pequeña librería que hace chaflán entre las calles Cádiz y Sevilla, en la que tiempo atrás, había comprado algún que otro libro de segunda mano. El dueño era un hombre de mediana edad, diminuto, con unas grandes gafas de montura metálica que descansaban sobre una portentosa nariz aguileña que le confería un aspecto cómico y entrañable. No era ésta, precisamente, una de esas librerías de viejo que imponen a primera vista por la cantidad y calidad de sus libros, documentos, grabados etcetera, sino que más bien, parecía una hogareña salita de lectura. El hombre estaba relajado leyendo un libro. Le dije:
-Mire, resulta que yo vendo en el Rastro y venía a ver si usted tuviera algún lote de libros baratos para buscarme la vida-; ya me salía lo de buscarme la vida con bastante soltura y naturalidad. El librero dudó un momento y, a continuación, se le iluminó el rostro con una pícara sonrisa (que el maestro Paul Ekman definiría como deleite por embaucar). Me señaló con un dedo dos baldas de la estantería que quedaban a sus espaldas en las que habrían  unos cien libros en total, y me dijo:
-Todo esto te lo dejo por mil pesetas; no te salen ni a duro el libro-. Eché un vistazo al material por encima y, lo mejor hubiese sido aplicarme la regla de oro: “Lo que no quieras para ti no lo quieras para nadie”.Yo, sinceramente, no me hubiera interesado por ningún ejemplar de aquellos excepto, para encender la chimenea; pero, como no tenía ni eso, me dejé llevar por mi soberbia ignorancia de aprendiz sabelotodo, pues creía a pies juntillas, que en el Rastro se vende todo, y los compré. Así comencé mi primera experiencia como mercader.
En el Rastro extendía los libros sobre una tela, planos y ligeramente escalonados, con el único propósito de ocupar el mayor espacio posible dentro de los dos metros que me había adjudicado yo mismo junto a una de las casetas del viejo mercado. Me había independizado del pariente, ya que la situación se hacía cada vez más incomoda para ambos por cuestiones del más básico instinto territorial. Así pues, una madrugada tomé posesión de aquel sitio. La situación del Rastro por aquel entonces, a mediados de la década de los ochenta, evidenciaba el desinterés político hacia los más vulnerables de la sociedad de un modo elocuente: el orden espontáneo de las primeras oras de la mañana, poco a poco, se transformaba en un sórdido barullo más propio de un mercado de la baja edad media, variopinto, caótico y hasta cierto punto inseguro y, por lo tanto, atrayente para el público que necesitara poner a prueba su capacidad de asombro, así como también servia para que algunos vendedores pretendieran deshacerse de las telarañas de sus bolsillos echando mano de sus talentos naturales en el desarrollo de las buenas y las malas artes. El mercado dominical que, a principios de los años sesenta surgió de los escombros de la guerra civil en un paraje decadente como el Mercado de la Congregación, ahora se desparramaba por las calles adyacentes y volvía a sus orígenes de infamia y marginación. De los pocos puestos de chamarileros con los que se inicio esta nueva etapa en la que Pechuán,  jubilado ordenanza del ayuntamiento y aficionado a la quincalla antigua, recuperó para la ciudad a semejanza del Rastro de Madrid, o sea, domingos y festivos, atribuyéndole un ambiente de feria a diferencia de los Encantes de Barcelona, que se celebran en días alternos durante la semana, excepto los domingos, con lo cual, el enfoque del mercado es más comercial que lúdico. Solo quedaban media docena de vendedores con autorización de venta, el resto, éramos todos usurpadores con la tácita autorización de la desidiosa administración local. 
El instinto territorial de cada uno afloraba en el mercado asilvestrado y, a quien Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga (como se suele decir). El esfuerzo, la constancia y la antigüedad, no suponía ningún derecho de los más débiles frente a los más fuertes. Se respetaba al que de alguna manera infundía miedo o, en su defecto, ostentaba quincalla fina en su parada, por esta regla de tres, mi menda pasó a pertenecer a la congregación de Cachocable y todos los simples dentro de la nomenclatura del Rastro, para entendernos, la de los pelagatos.  
 
Al poco tiempo de instalarme en mi nuevo puesto, aparecía de vez en cuando y a media mañana, un gitanito joven, alto y muy delgado que, currándose la página de la lastima, me convencía para que le dejara un poco de espacio para vender unas cuantas menudencias que consistían en medallas, cruces y anillos de plata. Casi siempre era esto lo que traía a vender; aunque él me decía que se los encontraba escarbando como las gallinas en los contenedores de basura, yo sospechaba que los sirlaba: ¿qué otra cosa podía hacer, sino mal pensar…? ¿a caso no era gitano? Lo cierto fue que congeniamos. Cuando llegaba a las quinientas pesetas de venta, recogía sus bujerías y se largaba a comprar costo y a recogerse en su casa donde se fumaba unos porros y se alimentaba de cafés con leche y galletas (por eso estaba tan delgado).  
Cometí el error de darle cuartelillo al gitanito de marras porque en el lote también me entraba su hermano mayor, un personaje seco, de rostro avinagrado y enfermizo que vestía a lo Camarón: camisa despecheretada para ostentar su poder aurífero; chaqueta corta con hombreras; botines con tacón cubano, en resumen, que el gachó iba más chulo que el Punteras, que al andar se daba con los tacones en el culo. El pariente se presentó un día y me exigió que le hiciera un hueco en mi puesto para poner unas cadenitas de oro, algún reloj de pulsera y una bicicleta de niño. Con esa cara y esa pinta, me dio por pensar que todo aquello lo sirlaba a los niños en los parques. Pero también me equivoqué: aquello lo compraba cuando cobraba el subsidio de sus niños y antes de que acabara el mes ya lo estaba vendiendo. Con más mala follá que gracia, al contrario que su hermano, tanteó la manera de apabullarme para continuar con la tradición calé de “engañar a un payo al día para dormir tranquilo”, según sentenciaba Ramón J. Sender. Lo de “aluego te lo pago” y “déjamelo que se lo voy a enseñar a mi primo”, fue lo primero que intentó “el moreno de verde luna” , pero esto me lo sabía, así que siguió con el repertorio, con el único fin de acoquinarme. Después de muchas negativas por mi parte, me percaté de que su rostro palideció, yo diría que de miedo, a la vez que su miedo daba miedo percibirlo. Supongo que mi cara le estaba reflejando lo mismo, pues me jiñé por las pencas, pero aguanté el primer asalto. A la siguiente vez, acudió con su miaja de garrotica colgada del antebrazo izquierdo y buscó un hueco en las inmediaciones, no muy lejos de donde yo me apalancaba, y se colocó y no dejó de mal mirarme, pero, sin sobrepasar una línea imaginaria que, para los dos, supondría la distancia justa de huida como si esta disputa se tratara de animales en  un bosque de asfalto.    

                                         
ESTO ME SIGUE GUSTANDO

En mi nueva ubicación tenía a mi derecha a un jubilado que le había cogido gusto a comprar y vender herramienta robada. Emboscado tras la impunidad de la madrugada, paciente y sigiloso como un chacal, aguardaba la entrada en la plaza de yonkis y rateros que eran quienes le suministraban el goloso festín. Extendía la mercancía sobre una lona a lo largo de tres o cuatro metros con total naturalidad y alevosía. De cuando en cuando, los dueños reconocían sus herramientas porque las marcaban. Unas veces, con devolverla quedaba el asunto zanjado; pero otras, ponían el asunto en manos de la policía que inmediatamente le hacia recoger y lo trasladaban a comisaría. A la tercera vez que pisó la comisaría, se le quitaron las ganas de continuar con el negocio; desapareció y nunca más supe nada de él. Al hilo de esto, recuerdo que a un cuñado mío le robaron su coche: un SEAT ocho cientos cincuenta coupé, muy fardón, por el que habían pasado tantas manos como por la barandilla del metro. Apareció al poco tiempo en las casitas de papel del barrio de Nazaret. Le acompañé al lugar donde lo encontraron y allí estaba la policía. Le entregaron el coche al que le faltaba el radiocasete y la caja de herramientas: “eso lo habrán vendido en el Rastro”; apostilló uno de los policías. Esa fue la primera vez que escuché la palabra Rastro y el veredicto fue de culpabilidad: no hacía falta ser arbitrario para adjudicárselo. Ahora, hay que ver lo que son las cosas, me encontraba involucrado en sus íntimos secretos e intuía que, en ausencia de normativas y providencias, de derechos y obligaciones, el concepto Rastro excedía los sutiles márgenes de la propia ética de cada cual y la moral ciudadana. No cabía duda, pero, ¿acaso no sería este el fin que le habían encomendado para que sirviera de ejemplo con el que cotejar las virtudes de los demás?. 
En total y después de varios meses, logré vender cinco o diez libros a veinte duros cada uno. Era decepcionante ver la indiferencia del mismo público transitando por delante de mi parada sin mirar ni preguntar. Si lo hubieran hecho, yo ya estaba dispuesto a rematarlos por cualquier precio; pero ni eso siquiera. “El  genero está quemao”; me sentenció el Tuti Barati. No podía hacer otra cosa que rendirme ante la abrumadora evidencia de mi fracaso comercial. 
Entre semana, me pasaba la mayor parte del tiempo haciendo papiroflexia sin preocuparme por renovar el material. Me compré el primer libro, del susodicho arte, en el Rastro y me tomé con empeño la maña de doblar papel. Era para mi muy gratificante manipular una simple hoja de papel y convertirla en una figura con apariencia cada vez más real. Hice todas las pajaritas de Unamuno y complicados modelos, humanos, vegetales y animales, extraídos de los libros japoneses que acabé comprándome en la librería Paris Valencia, ya que en el Rastro no aparecían. Me gustaba llamar la atención demostrando mi habilidad en público y me consolaba que, al menos, algunos miraban mi puesto en el que dejaba caer, con premeditada indiferencia, las figuras que componía. En seguida desperté la sospecha en un compañero. Me preguntó que cuanto tiempo había estado en el talego. Yo le dije que era blanco y entonces me contó, que él acababa de salir de un penal militar de Canarias después de cumplir siete años de una larga condena por pegarle “un palizón a un teniente”, y que allí se dedicó a tallar pequeñas piedras que encontraba en el patio del penal, con la punta de un clavo, para matar el tiempo (ya que no pudo matar al teniente, supongo). Esta historia me conmovió. Las que le siguieron, me mataban de aburrimiento sin compasión y, en adelante, la relación con este vendedor fue, por mi parte, la de escabullirme en todo momento de su empalagosa verborrea etílica. 
Por otro lado, y para aumentar mi asombro, desperté sospechas también en un labrador de unos sesenta años que vestía al más puro estilo huertano: boina, chaleco, espardeñes y a penas chapurreaba el castellano. Con cualquier excusa se acercaba a charlar conmigo hasta que, un domingo, me soltó sin ningún tapujo que, para él, lo de dar y tomar por culo era lo mejor que le había sucedido desde que, en compañía de otro labrador, lo descubrió en la quietud de la huerta ¿blasquista?. Yo sin ningún tapujo también, le dije que, por el momento, quería conservar los siete pliegues del ojete en su sitio. Nunca más volvió a tocar el tema; pero continuó merodeando por si acaso cambiaba de opinión. Durante mucho tiempo después, cada vez que veía a algún que otro labrador con espardeñes, faja, caliqueño y boina, me preguntaba, si no sería éste el afortunado que plantaba nabos en el bucólico huerto del vecino.                 
En casa, mi madre, hermanos y hermanas con los que convivía en un piso del barrio de la Plata, se mostraban bastante tolerantes con mi vida bohemia. De momento, no los afrentaba ante el vecindario con mis notorias borracheras. Tenía veintinueve años y, desde los catorce en que probé el primer carajillo, mi vida había girado entorno a los dulces sueños del alcohol y las pesadillas de su ausencia. En aquel entonces, ni yo mismo creía en mi, ni mucho menos mi entorno más cercano; aunque por el momento intentaba salir del obside de mi nefasto pasado. 
Dejé la papiroflexia y me dediqué a hacer máscaras de cartón. Mi vena artística estaba en efervescencia. Nunca fui constante ni supe encauzar mis sentimientos más profundos y mis emociones reprimidas a través de ninguna disciplina artística de las que comencé, de manera fundamental, porque todas las figuras, a las cuales admiraba, pintores, escritores y, sobre todo músicos, a las que me hubiera gustado parecerme, eran adictas al alcohol y drogas y yo solo las imitaba, muy bien por cierto, en cuanto a las borracheras y otros estados alterados de la conciencia, hasta que me di cuenta que, primero aprendieron las técnicas de sus respectivas artes, jóvenes y sobrios, y que en todo caso, sería más adelante cuando se aficionarían al lento suicidio, con o sin motivos.
Aquí, en el Rastro, encontraba discos, libros y herramientas para pintar o modelar a precios asequibles, a veces irrisorios y a crédito, así que ya no podía ponerme como excusa la falta de medios y, sobre todo, me encontraba en un estado de renacimiento personal, en el sentido literal de la palabra. La técnica del modelado en barro y el vaciado en escayola la aprendí en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de la que fui alumno oficial durante un curso y parte de otro. Pretendía hacer fotografía y aventurarme por esos mundos de guerras, catástrofes y demás ruinas humanas con una Nikon F2 o una Leica al cuello y  ganar el premio World Press Fhoto. Pronto lo dejé porque mi situación personal, en todos los aspectos, (por entonces tenía veintidós malgastados años) no estaba a la altura de mis ambiciones. Sin embargo, las nociones de dibujo, modelado e historia del arte, fueron determinantes a la hora de defenderme con las antigüedades y encauzar mis polipatéticas experiencias artísticas posteriores. 
Me inspiraba para hacer las máscaras, en cualquier lámina o moldura que se me antojara y pudiera adquirir en el Rastro. Preguntaba a unos y a otros cómo conseguir el cartón para modelar, la cola de conejo y el blanco pané para el acabado (no me resultó muy difícil, porque como ya habrán adivinado, vivo rodeado de petardos). Supe por indicación de un artista fallero que, en la calle Corregería, una droguería vendía a granel todo lo que necesitaba. La droguería era pequeña con el interior de madera de principios del siglo XX. Las innumerables capas de pintura ocultaban, casi por completo, la decoración tallada en la madera de pino mobila de las estanterías y el mostrador. La aparente decadencia, al primer golpe de vista, y la buena disposición del droguero, con su guarda polvos de color del papel de estraza con el que envolvió la cola de conejo y el blanco pané, me trajo recuerdos de la infancia, cuando en casa, nos limpiábamos el bullate con este papel. El consejo de cómo prepararlos y utilizarlos fue una gentileza del tendero que recuerdo con  afecto. Con todo lo que necesitaba a punto, me puse manos al barro. No es que empleara jornadas agotadoras en realizar los modelos, solo que, resultaba lento el proceso de secado del cartón que tenía que ser al aire libre y dependía de la meteorología, con lo cual, a duras penas conseguía un nuevo modelo cada dos semanas como mínimo, y del que solo podía producir una unidad. El resultado era original, pero, el precio poco atractivo y después de dos o tres meses, lo abandoné. Lo único que salí ganando fueron las horas que pasé modelando e investigando cómo solucionar los problemas técnicos que, a cada paso que daba, surgían espinosos en las condiciones de aislamiento y penuria económica en que me encontraba. Me di por vencido en este sentido y continué buscando mi singularidad. 
          El escaso dinero y el poco nivel de conocimiento del mundo de las antigüedades y el coleccionismo, ceñían mis compras a los restos que otros más aventajados dejaban. Compraba algunas cosas con poco dinero o de fiote, que revendía en el mismo domingo. Pagaba las deudas y me quedaba algo de dinero para tomar café durante la semana. Ya había desarrollado cierta picardía regateadora, cuando fui a vender a la casa del Poeta Negro (en el barrio de Campanar) una guitarra eléctrica, marca Hondo, modelo Les Paul y un amplificador Talmus de veinticinco vatios, que me compré a plazos, un par de años atrás, en la tienda dedicada a este menester para surtir a profesionales y aficionados, king size, Valencia Musical. En total me costaron, ambas cosas, sesenta mil pesetas del ala. Este fue mi primer trato con un vendedor que tuviera un establecimiento de compraventa, en este caso, de instrumentos musicales y sonido. Al Poeta Negro lo conocía por haberme comprado, en su día, una radio vieja en el Rastro, al que acudía el bardo, de cuando en cuando, a media mañana, con apariencia de gañan y empalagoso regateo. Entré en la planta baja que estaba en la parte antigua de Campanar, lindando con la huerta. Tenía los techos altos y, en las paredes, a considerable altura del suelo, había afiches clavados con chinchetas. Como si del firmamento se tratara, había que levantar la cabeza hacia atrás para poder ver a los artistas del parnaso, del cual, era él era parte integrante y manager. Animaba cumpleaños, bautizos y comuniones junto a un payaso, una folclórica y un mago. Desplazaba al elenco en una furgoneta Ebro con menos compresión que los pedos de su anciana madre. El mago May Roller fue quien me relató, más tarde, las miserables condiciones en las que les hacía trabajar. Le enseñé la guitarra y el ampli (estaban como nuevos) y salí con el sentimiento de haber sido atracado. Me dio doce mil pesetas y una guitarra acústica tan buena como su reputación de artista y manager. Fui con la creencia de que conseguiría más dinero por el equipo vendiéndolo de esta forma, y acabé en las garras de un mezquino usurero. No me quedó más remedio que contemplar el negocio desde el lado positivo: me quité un peso de encima, ya que la guitarra solo me  servía para despertar remordimientos de conciencia cada vez que tropezaba con ella. Y, por otra parte, la asquerosa sensación de sentirme victima, me hizo reflexionar, sobre la actitud que estaba tomando cuando a la inversa era yo quien compraba. 
Le había cogido gusto a lo de regatear y ya era uno más de los que se recorría el Rastro husmeando el rastro del congénere abatido. Sus rasgos eran inconfundibles: aspecto desaliñado y carros; soledad y miedo. Cuanto más derrotado era su  porte, más me daba prisa para ganar la mejor perspectiva en el corro que circunvalaba al vendedor. Escogía  los artículos que creía interesantes con ansiedad y picardía, esperando, sobre todo, que el vendedor ignorara el valor de lo que vendía y así satisfacer mi avaricia por encima del legitimo provecho comercial: el poetastro me dio la segunda lección sobre la conveniencia de tener o no tener escrúpulos.         

EL CALLEJÓN

Conforme transcurría el tiempo, aumentaba la atracción que sentía por el Rastro y sus enigmas. Esperaba con impaciencia que llegara la madrugada del domingo para buitrear.     
Por primera vez en mi vida, experimentaba la sensación de estar enamorado y no tenía miedo al fracaso. Me sentía seguro en cuanto a que podía deambular por sus respetos como un gato: independiente y autosuficiente, sin más atadura que la de mi propio egoísmo, vanidad, orgullo; en definitiva, todo lo que dentro de cada uno hace que seamos nuestros mayores enemigos (o eso creo yo ¿no?).
Ya que en el barrio donde vivía me ahogaba en la atmósfera chabacana y tediosa de los bares en los que dilapidaba mi único caudal, el tiempo, una mañana cogí el autobús número trece (para cambiar de hábitos más que de aires) y me bajé en la avenida del Oeste. Crucé por el interior del Mercado Central; atravesé la calle de los Escalones de la Lonja y me di de lleno con el rastro diario que se montaba en la plaza del doctor Collado, mejor dicho, en el callejón del maestro Generoso Hernández. Allí, pasaban la mañana algunos vendedores del Rastro dominical junto a oportunistas ociosos, en el entorno ancestral del Encante o Baratillo de Valencia, atraídos por la atávica costumbre de mercadear al margen de cualquier escrúpulo. El tiempo, solo había transformado el escenario que durante siglos albergó la coexistencia del mercado diario de comestibles y especias con el Rastro, en los alrededores de la iglesia de los Santos Juanes y junto a la Lonja. 
El chamarilero, trapero, ropavejero, chatarrero de entonces, con su más mala que buena reputación, se estaba transformando en reciclador al compás de la opulencia. El contenedor de basura ya no era solo el deposito de desperdicios inmundos, restos orgánicos con los que se alimentaban cerdos, gallinas, perros y gatos, sino que contenía además, los restos de otro tipo de festín: el del consumo que crecía exponencialmente. A esto se le sumaba que, por entonces, pisos y edificios enteros del casco antiguo y la zona del ensanche, comenzaron a recuperarse y el contenido caduco de las buhardillas, pisos, talleres, tiendas y almacenes acababa en los contenedores de basura y de escombros. Alguien tenía que meter la mano y el hocico en el contenedor para recuperar los tesoros. Los chatarreros ya lo hacían buscando metales, cartón y papel que vendían a peso en las chatarrerías. Pronto, su olfato e instinto se adaptó para detectar libros, papeles y metales antiguos que iban a parar, en última instancia, a manos de anticuarios, libreros, coleccionistas, etcétera, a través de ávidos intermediarios apostados desde muy temprano en la plaza del doctor Collado, lugar de mala reputación, por ser, hasta entonces, punto de encuentro de chorizos y peristas y, para la policía, un coto para darles caza. 
El callejón del maestro Generoso Hernández era corto y estrecho en el que recaían la parte trasera de dos edificios: a un lado, uno en ruinas y, al otro, el de una pensión (con derecho a chinches y expolio) y la tapia de un solar; al fondo, una desolada plazoleta y el pequeño bar que era un punto de encuentro. 
Eran las once de la mañana (continuaba con mi habito de madrugar poco) cuando aterricé en el mercadillo. A esa hora, de genero bueno, no quedaba ni rastro. Ropa  y trastos de escasa enjundia reposaban en el suelo de ambas aceras sobre telas o cartones para salvar el raído pavimento o las mierdas de perro y gargajos que, como islas esmeralda, adornaban un paisaje abatido por la apatía. Eché un vistazo a las cuatro o cinco paraetas y le compré al maestro Ricardo un pantalón Levis y unos zapatos por trescientas pesetas del ala. Me los guardé en un macuto que traía colgado al hombro y me puse a charlar con él. Era un hombre culto y ameno… hasta que se petroleaba con el vino peleón que se administraba con una bota por la que sentía tanto afecto o más que por su can. En esto estaba yo, cuando un negro me preguntó si tenía algunas gafas RayBan para vender. Le contesté que no, con toda naturalidad, puesto que me acordé de que en su día, le vendí unas, modelo aviador, en el Rastro dominical. A continuación, dos policías de paisano me abordaron y me solicitaron la documentación. Revisaron el contenido del macuto y los bolsillos de mi pantalón, y me cachearon. No me lo tomé muy bien y les dije no sé qué de derechos constitucionales. “¿Qué te traías entre manos con el negro?”- Me preguntaron. Me quedé perplejo, porque por entonces, no tenía nada que ocultar, excepto que, los lunes, aprovechando el día del espectador, me iba al cine y después pegaba un polvito en el barrio chino. Era la primera vez que me cacheaban y, a decir verdad, consiguieron su propósito de humillar y meter miedo en el cuerpo. 
No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que este era el procedimiento habitual de la policía para establecer un censo de lo que parecía, más bien, el patio de una cárcel Boliviana, en contraste con el ambiente de feria del Rastro dominical. Todavía me quedaba por demostrar, a chorizos y peristas, que yo no era ni colega ni chivado ni policía.
  Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue probarme el pantalón y los zapatos. Estaba entusiasmado, como en mi infancia, cuando una sola vez y en Semana Santa, estrené un pantalón de vestir. ¡Unos Levis etiqueta roja y unos zapatos de piel! Exclamaba para mis adentros, usados, sí, pero hasta qué punto… me hundió. En apariencia, los pantalones no tenían mucho desgaste; sin embargo, la entrepierna estaba raída por el roce de los muslos del tío o la tía que se los enfundaban. Uno de los zapatos tenía una raja en la suela de goma que a simple vista apenas se apreciaba, solo doblándolo hacia dentro, aparecería una grieta descomunal. Mi gozo en un pozo. En adelante, le presté más atención a estos detalles a la hora de comprar ropa y zapatos y aprendí a calcular mi talla de la manera que le vi hacer a un negro. Cogió un extremo y otro de la cintura del pantalón, con el botón abrochado, y se rodeó el cuello hasta que ambas partes se unían por las puntas en el cogote: todo lo que sobrara o faltara tenia que ver proporcionalmente con la talla de cintura y sería un indicativo para comprarlo, o no. Aunque me apliqué en incorporar a mi acervo cultural este sutil ingenio, unas veces parecía un fantoche y otras un torero, dependiendo de que el muerto fuese más grande o más pequeño que yo.
En la plaza del Collado no podía aburrirme como en mi barrio lo hacia. La inseguridad, el ambiente marginal; real, palpable, sin maquillaje, estimulaba mis sentidos.  Desde pequeños aprendemos que la pobreza va asociada, según el grado de indigencia, a la enfermedad contagiosa: tisis, lepra; tara física o mental. Aprendemos también a reaccionar con un código emocional establecido: espanto, asco, lastima. Y a razonarla como la manifestación del pecado, así, que mis emociones y sentimientos bloqueaban mi razonamiento y todos los días me iba a casa con deberes al ver que la miseria moral germinaba en el estiércol de la pobreza material como lo hacia en la abundancia, solo que aquí, la Bolsa de Valores, estaba llena de pan duro y al que más y al que menos, con veinte duros en el bolsillo, ya no lo ahorcaban. 
El manguis era el ultimo del escalafón. Manguis es el diminutivo de mangante: el que estira la manga para pedir limosna y, por extensión, el más pobre entre los pobres. “No había sábado sin sol ni manguis sin carro” como dice el refrán. 
Con un somier como base; los largueros de una vieja cama de madera para tirar y guiar; laterales con puertas o, en su defecto, traseras de armarios; ruedas de pequeña bicicleta o moto, un prodigio de diseño, enclenque, a la altura de la astucia de cada uno. Su  tamaño iba parejo a la envergadura de cada cual, utilizando como medida estándar, el somier (los más menudos  recurrían al somier de cuna y los más gigantes y fuertes, como era el caso de Toni, al de canónigo) servía para cargar el mayor volumen y peso de metal, papel y cartón con el mínimo esfuerzo, y competía por un trozo de asfalto en la calzada, como cualquier otro vehiculo, solo que dando la nota.
El manguis amanecía sombrío y canino en el callejón, cual penitente tirando del carro de su culpa, dispuesto a ser degollado por los oportunistas. Toni era el máximo exponente de manguis y no solo por su gran envergadura, pues medía un metro y noventa centímetros, otrora de complexión recia, sino por que en él concurrían todos los elementos para adquirir este rango: soledad y, en última instancia, alcoholismo ¿o al revés, no sé?; mezclado con la intemperie, el hambre y el frío, o sea, aquello que quebranta la voluntad y el amor propio de cualquier persona y te infunde un miedo perpetuo. Toni era un gigante con el candor de un niño. A él incluso le gustaba llamarse manguis porque, seguramente, se sentiría menos solo al compartir su pobreza física con otros que nunca conocieron otro estado que no fuera el de la indigencia perpetua, como era el caso de Vicentín, su entrañable compañero de fatigas y mentor en el arte de conjugar el latín con el latón, cobre, hierro y bronce. 
Toni bebía el vino por arrobas y maldecía al mecánico que le ayudó a quemar la junta de la culata de una furgoneta, dos caballos de la marca Citroen, con la que acudía a los mercados ambulantes a vender numismática. Se quedó solo y sin dinero. Sin su medio de transporte que era también su casa. Después de algún tiempo, la grúa municipal le retiró la furgoneta y acabó desguarnecido en la calle. A raíz de este percance fue cuando se confeccionó el carro más grande con un somier de canónigo (¿o de matrimonio? no sé muy bien, pero aquello parecía una galera y él un caballo percherón)  con la intención de acarrear gran cantidad de chatarra, ganar dinero y recuperar su legendaria furgoneta. Cuando yo lo conocí, ya llevaba muchos inviernos soñando a la intemperie con convertirse en un Onasis y comiendo en la Casa Grande, con lo que a fuerza de mal comer y mucho beber, llegó un momento en que apenas podía tirar de aquella carreta aún estando casi vacía. No había cumplido los cincuenta años y ya había alcanzado la cumbre de su decrepitud: apenas tenía memoria y muy mala circulación de la sangre. A menudo lo veía que manoseaba (para dar lustre) objetos que él decía que eran de oro, cuando, a lo sumo, resultaban ser de bronce o latón. Anhelaba encontrarse el cofre de un bucanero repleto de alhajas y monedas de oro y plata y, lo cierto, era que en parte lo iba encontrando poco a poco: un día un anillo de oro, otro un collar… unos pendientes.  
Juanito el Sevillano buscaba afanosamente un lugar en el callejón donde apalancarse y tomar el sol, por tomar algo de caliente, como él bien decía, puesto que apenas comía y no por falta de ganas. Más que orgulloso, era soberbio, despreciaba el auxilio de la Casa Grande y vivía abrazado a la miseria, que lo devoraba por fuera, en tanto que la tisis lo hacía por dentro. Vivía (con el permiso del enterrador) en lo que tiempo atrás fue una pensión, cuyo dueño, un indiano que hizo fortuna en cuba y al morir dejó numerosos inmuebles en el casco antiguo a sus tres hijos, un varón y dos hembras ya entrados en años, que vivían en la indigencia acumulando inmundicias, pues los tres eran tarados mentales. La pensión se encontraba en un antiguo edificio de tres plantas en la calle de Caballeros esquina con Purísima. En la planta baja había una panadería donde todos los días cocían pan en el horno y, no quiero ni pensar, el martirio que padecería Juanito con sus sentidos agudizados por la tisis, sobre todo, oliendo a pan y magdalenas recién hechas. En la pensión, solo quedaban dos huéspedes más: un travestí bizco y penco y un  mangante bujarrón, los cuales, pagaban con calderilla (que no era más que una limosna) a la más tarada de los herederos que integraban el desdichado trío, quien, además, se consumía en su sañuda demencia. 
El tísico hacia alarde de la astucia que desplegaba para embaucar a manguis y subnormales en su propio bebeficio. Manipulaba con usura los pocos conocimientos de que disponía al respecto del valor de los objetos o, lo que es lo mismo: compraba a uno y vendía a cien. Pero donde antes bebía licores, ahora bebe vino peleón y mora en el infierno que retroalimenta con su propia mezquindad, rodeado de sus orines y esputos; ratas y cucarachas. Los piojos campaban por sus ropas tiesas al igual que por los pelos de la cabeza y barba y, despedía en grado superlativo, un olor a humanidad putrefacta del que hasta el más mangui, por amor propio, huía.                            
Ya solo le quedaban unos cuantos alvéolos en un cacho de pulmón cuando lo conocí.  Llamaba con insistencia a las puertas del cielo, pues dos veces estuvo desahuciado en el sanatorio de Porta Celi y, las dos veces, lo resucitaron a base de tres comidas diarias y sosiego. 
El Maestro Ricardo nunca llegaba antes del mediodía. Venía andando desde la calle  Islas Canarias, cerca de donde estuvo emplazada la fábrica de detergentes TÚTÚ, donde vivía en compañía de una perra setter y un gato siamés, en un piso de su propiedad. En el trayecto hasta la plaza del Collado, revisaba los contenedores de basura y acarreaba, indiscriminadamente, cualquier cosa mientras fuera pequeña y pudiera transportarla. Asomaba su delgada figura por el callejón, afeitado; siempre con americana, aunque su antecesor en la percha fuera dos tallas más grande que él. Le ocurría lo mismo con las camisas, pantalones y zapatos a los que siempre les sobraba tela o cuero: a esto lo llamaba comodidad. Conservaba la costumbre de usar corbata con lo que ennoblecía su aspecto de desdichado. 
Acudía con dos bolsas de plástico, una en cada mano, y en una de ellas, siempre llevaba una bota de vino y aquello con lo que afrontaba su soledad: un transistor, una novela, alguna revista… Esto y un poco de fiambre que compraba en el Mercado Central, era suficiente para que una persona como él, se sintiera afortunada. 
Rondaba los cuarenta y cinco años; pianista de conservatorio y corta carrera profesional en la orquesta del circo-estable Price de Madrid que, en mil novecientos y setenta, cerró después de más de cien años de existencia: los dueños del circo pusieron fin a su declive vendiendo el solar. Se quedó sin faena y cuidó de su anciano padre al que le amputaron una pierna como consecuencia de un accidente: lo atropelló uno de los tranvías que circulaban todavía por la Avenida del Puerto. Siempre tuve la certeza de que aquel joven elegante y arrogante; de rostro afilado y cuidada melena, larga, lacia y negra; que paseaba unas veces con un anciano y otras con una perro, por la avenida del Puerto a principios de los años setenta, era él. Yo por entonces, era un crío recién llegado de un pueblo en las estribaciones de Sierra Morena; tenía catorce años y usaba pantalón corto de nylon y se me salía un huevo por el camal. Vivía en el Grao y acudía con fruición a la catequesis de unos recreativos que estaban ubicados en la misma avenida, a la altura en la que vivía el Maestro, en donde me engolfaba voluntariamente a base de holgazanear: sin ningún interés en el estudio y menos por el trabajo. Cuando me aburría, me sentaba en el escalón de la entrada de los recreativos y observaba a la gente transitar atrafagada en sus asuntos. Fue su perfil, nariz aquilina, frente huidiza y la melena que, aunque trasquilada, estaba ausente de canas, lo que hurgó en mis recuerdos quince años después de que aquel personaje, medio siniestro y entrañable, que impresionó mi retina en blanco y negro, volviera a impresionarme, pero esta vez, en Ektachrome.  
El Maestro dejaba las bolsas en el suelo y se dirigía solemne al séquito de olisqueadores que le rodeaban: “Estamos tiesos” decía cuando estaba de buen humor “antes llenaba las bolsas enseguida, nada mas salir de casa, y me tocaba volverme cargado como un burro” y continuaba: “relojes de oro, OMEGAS, PATEK PHILLIPPE… se encontraba uno de todo y ahora no sale nada”. Me sonaba a matraca las primeras veces que oía de boca de quienes rebuscaban en los contenedores, los portentosos relatos de tesoros rescatados de la basura. Cada uno tenía su propia epopeya que sacaba a colación en las rachas de poca suerte, como para redimirse del desencanto, y él, en esto, era uno más.           
Después de aclararse la garganta con un buen trago de vino, extendía sobre la acera las novedades. Un poco de cambalache con los jubilados y, a continuación, con algunos de ellos, compartía tertulia alrededor de su vino y fiambre. 
A un tertuliano en particular, había que echarle de comer aparte . Se trataba de un tipo de más de cincuenta años, tuerto, con un ojo de cristal, que estaba desterrado de Madrid  por un crimen que cometió y, aunque cumplió condena en la cárcel correspondiente, no podía poner los pies en la capital. De apariencia aldeana, cubría su cabeza con una parpusa que guarecía un muñón calvo y apepinado que, al parecer, estrechaba sus pocos recursos intelectivos sobre los que prevalecían sus bajos instintos. A menudo, se despedía diciendo: “me voy a casa a hacerme una paja porque me duele la cabeza; tengo que hacerme tres pajas diarias para que se me quite el dolor.” Aquello me sonaba a prescripción facultativa:  una paja cada ocho horas. ¿Quizá fuera éste tratamiento la causa por la que su cerebro lo tuviera tan seco como su ojo? Lo cierto era que, a la más mínima controversia, se sentía como un animal acorralado; gesticulaba como un energúmeno, apretaba los dientes con ira y se echaba mano al bolsillo del pantalón  del que sacaba una navaja de más de un palmo de hoja, la abría, y ese intervalo de tiempo era del que disponía su victima para alejarse corriendo. 
El tuerto, en el talego, decía que jugaba al frontón y comentaba que era muy torpe jugando, y a mi se me ocurrió puntualizarle, un día de insípida tertulia, que la razón por la cual nunca jugaría como es debido, no era otra, sino la falta de un ojo (me abstuve de pronunciar la palabra tuerto) hecho que le impedía percibir la profundidad y apreciar  bien las distancias. Pero mi pedantería solo sirvió para que él insistiera más en lo de su torpeza,  cuando, de repente, dejó de porfiar y me lanzó media mirada torva en donde ya pintaba la cólera y me di por enterado: levanté el pie del acelerador para no contrariarlo, y me alejé sin darle la espalda mientras él se debatía entre matarme o hacerse una paja.            
 
         El Sevilla era uno de los que inyectaba capital en la Bolsa de Pan Duro de este mercado. Era de los más antiguos vendedores del Rastro dominical. Glotón de prominente barriga potajera y cervecera; con aspecto de guiri desnucao (no tenía cuello, rubio de ojos azules y rojo gamba) facha y ludópata. Solo un peldaño le separaba del agobio de la indigencia: guardaba un decrépito palacete en la calle Portal de Valdigna donde compartía sus miserias con la carcoma en el cuarto de la portería. Todos los documentos, fotos, libros, artículos militares, abanicos, juguetes y objetos que atufaran a añejo, que pudieran aparecer en el rastrillo, pasaban por sus manos y por el filtro de un cuentahílos con el que los verificaba a primera hora de la mañana  
En oposición al Sevilla, se encontraba el mago May Roller. Se gastaba un peluquín almidonado que se encasquetaba como si de una boina se tratara: el bisoñé estaba tieso y pedía a gritos un lavado con tricloroetileno. Rondaba los sesenta años cuando lo conocí y después de sorprenderme con un juego de manos,  me dijo que los magos cuando se hacen mayores, pasaban a realizar juegos que se llamaban de pluma y oro, o sea, ligeros y de calidad. No sé si lo dijo porque antes trabajaba con avestruces y carros de combate. Con el mismo afiche, en el que aparecía vestido de chino mandarín, y el mismo repertorio, se buscó la vida en circos y fiestas pueblerinas. Por los años sesenta, coincidió en una turné  con el mudo que vendía quincalla en el Rastro dominical, que por entonces, era artista de la pantomima haciendo el número del hombre forzudo. El gañán (metro y medio de estatura y la envergadura de un peso pluma) levantaba unas pesas de atrezo poniendo cara de estar jiñando duro. Como no tenía ternilla en la nariz ni dientes en la boca, lograba esconder más de media nariz tras el labio inferior, para regocijo de niños y patanes.Ambos compartían el vagón del tren con chicas del elenco circense y, al parecer, el mudo en los momentos de ardor concupiscente, desenvainaba el troncho y se masturbaba delante de las damas. El mago, que presumía de sensible, inteligente y culto (y un poco maricón, diría yo) me contó todo esto poniendo cara de asco, incluso escupió mientras veíamos al mudo transitar con su carro cargado de chatarra por la plaza del Collado.
A parte de todo esto, el mago, en lo que sí que destacaba como una prestigiosa eminencia, era en el coleccionismo de tebeos, carteles de circo y barajas. No solo dominaba la arqueología de estos tres palos, sino que sus colecciones se encontraban entre las mejores de España. No es que fuera ni más generoso ni integro que cualquier otro oportunista, lo que ocurría es, que en su doble vertiente de compraventa y coleccionista, cuando se encontraba ante un material importante, pagaba por encima de las ofertas de otros como el Sevilla, con el que mantenía una irresoluble contienda a base de vehementes maldiciones en latín por parte del otrora teólogo y a la sazón mago. Vivía aislado en su mundo de papel y cartón librando arduas batallas para defenderse de la envidia que despertaban entre la chusma sus tesoros. Después de varias tertulias, disfrutando del sol o la sombra, según la climatología en la plaza del Collado, llegué a la conclusión, de que lo de “pluma y oro”, sería mejor que se lo aplicara más bien a su plúmbeo parloteo.                
Desde la plaza del Collado, en pequeños grupos, siempre estorbando, los jubilados oportunistas divisaban lo que se cocía en el interior del callejón como buitres en atalaya. Sus cabelleras grises, su aspecto de proletarios, podría dar a entender que tomaban el sol o la sombra resignados tras un pasado estoico. Pero lo cierto es, que tomaban el sol o la sombra para regular la sangre fría que circulaba por sus venas. No tenían otro interés que no fuera el beneficiarse de la ruina del prójimo (ya fueran conscientes o no del alcance de su proceder). Los yonkis comenzaban su carrera delictiva. Vacilaban entre la  épica de robar en los grandes almacenes, tiendas caras o baratas y el remordimiento de sus fechorías cuando aún podían entrever la línea que separa lo aceptable de lo no aceptable. Por ejemplo, les gustaba relatar sus fechorías, cada vez más viles y menos épicas, para recibir el apoyo paternalista de unos hombres cuyas vidas insípidas y monótonas, se enaltecían al convertirse en jueces prevaricadores. 
Obtienen el perdón de sala  en el primer conato con los tribunales y, seguidamente, la primera estancia en la cárcel de la que los yonkis salen convertidos en consumados delincuentes que necesitan la heroína para robar y robar para seguir metiéndose heroína. Sin embargo, el ratero profesional, se mete heroína como si ésta fuera el móvil que justificara su conducta egoísta. Al yonki-ratero y al ratero-yonki, la cárcel los unificaba y confluían con un mismo fin,  todos los días, excepto los domingos, en la plaza del Collado. 
El Punki y su novia rondaban los veinte años cuando los conocí. Vestían de cuero negro y remaches; bebían cerveza a punta pala, fumaban porros y tonteaban con la heroína. La chica tenia los ojos verdes y no precisamente como dice el bolero “de mirada serena” sino de mirada pícara, enmarcados en un agradable rostro de piel clara. Delgada, buenas proporciones y buenos modos, sobresalía como un billete de mil duros entre tanta obscenidad. Él también era delgado, bien parecido, de mediana estatura, con aspecto de rokero maldito. Precisamente entablamos amistad entorno a la música. Me dijo, que tanto él como ella, intentaron formar un grupo de música punki en el que la chica tocaba el bajo y él la guitarra. En ese momento, al Punki ya solo le quedaba la correa Fender, el resto de aparatos, se los habían metido por la vena: aunque menos me quedaba a mi, que solo guardaba una púa con la que perpetraba atentados musicales.                    
  Por entonces, pensaba que poseían algo por lo que yo los admiraba: decisión, valentía. Vivian en un chupano; ella se encontraba preñada y él estaba en libertad provisional. Dos años de condena por mofarse y orinar delante de la comitiva castrense mientras arriaban la bandera en Capitanía General. No ingresaría en prisión a condición de no tener problemas con la justicia durante el tiempo que durara la condena, de lo contrario, entraría de inmediato.  
Los oportunistas estaban saturados de radiocasetes, herramientas y accesorios de coche, que era el palo al que se dedicaban mayormente sus proveedores para costearse la heroína y otros vicios. El Punki rateaba pillando descuidos allá donde encontrara el sitio adecuado y el momento oportuno hasta que dio con la veta de las antigüedades en el filón de los chupanos. Un chupano es una casa o edificio deshabitado, cuyo destino es el derribo o la restauración, ocupado por la fuerza de una pata de cabra o una fuerte patada humana, para refugio de quien se encuentra en la calle, hasta que son desalojados. Pues bien, como el Punki ya tenía experiencia en el arte de apalancar puertas y escalar muros para guarecerse y le sobraba astucia, solo le faltaba ponerle interés en lo que (supongo yo, y basándome en mi propia experiencia con este mismo palo, que relataré más adelante) pudiera encontrarse cuando abriera un chupano inexplorado, sobre todo en las buhardillas. En este punto no voy a entrar en detalle sobre la importancia y pormenorización de los objetos que, en ultima instancia y salvando aquellos que pudieran ser reclamados, rescataban de la prescripción de la picota y el vandalismo. Solo diré, que algunos trastos, en si mismos, por su naturaleza enjundiosa, eran valiosos tanto antes como ahora y, que para el resto de ellos, solo el tiempo les confería valor en mayor o menor medida dentro de la arqueología urbana.  
El Punki cogió con ganas el oficio de trapero y además de limpiar chupanos, limpiaba también, sin consentimiento, las buhardillas del casco antiguo con  la audacia que le proporcionaba tanto la heroína como el mono. Se colaba con cualquier artimaña en las fincas aprovechando la hora de la comida, momento en el que las calles están más tranquilas y los inquilinos concentrados en el manduca o la siesta. Subía hasta el ultimo piso donde se ubicaban las buhardillas y las cacheaba guiado por su infalible instinto de trapero hasta dar con los objetos empolvados: sustento de polillas y ratones. Hacía una primera carga y abandonaba el lugar. A veces, lo pillaban in fraganti algunos de los vecinos y, si no lograba conmover a sus perseguidores, siempre le quedaba el recurso de salir corriendo mientras hubiera un resquicio por donde escapar. Surtió, durante un corto pero intenso periodo de tiempo, a anticuarios y libreros de viejo. La cantidad y calidad del material que les suministraba, le reportó a más de uno, prestigio y jugosos beneficios. Lo que rechazaban estos, lo llevaba al callejón y lo remataba entre los oportunistas, entre los cuales me hallaba yo. Había encontrado la forma más fácil de costearse el enganche de ambos y en poco tiempo esquilmaron los recursos disponibles entorno al Rastro y el callejón. Así, que se dedicó a robar donde ya el material estaba seleccionado, o sea, en los almacenes de los anticuarios y libreros, como fue el caso de un librero al que incluso le vendió sus propios libros hasta que, cuando quiso darse cuenta, le había saqueado medio almacén. Ni este librero, ni ninguna otra victima, se atrevieron a denunciarlo. El bandido generoso 

desapareció para convertirse en bandido peligroso. Rara era ya la vez  en que no apareciera en el callejón inquieto, sudoroso. La policía estaba al tanto de sus  desparramos. Lo habían identificado saliendo o entrando en casas mientras los dueños estaban ausentes, incluso, robando a viejas. Así que no tardó en caer preso. Por entonces, su novia ya había dado a luz y le entregó el hijo a su madre, para que se lo criara en su ausencia opiácea. Como no sabía robar (por lo menos también como lo hacía el Punki) se dedicó a putear en el barrio chino para costearse el esplendido enganche que ambos disfrutaban. Estuvo el Punki unos meses en la Modelo y salió en libertad con un montón de juicios pendientes. Resultaba conmovedor ver a la pareja hacer planes para salir adelante. Buscarían trabajo, eso decían, y hablaban de que “lo estaban dejando, que solo se ponían de vez en cuando” como dice la canción, mientras se frotaban la nariz somnolientos y encorvados.                    
              Un día apareció el Punki en el callejón con un clarinete (estuche incluido) discos, varias pipas de fumar y algunos libros. Acudimos a olfatear el material que  extendió sobre la acera. La codicia me hizo sentir el veneno de la envidia cuando vendió el clarinete por tres mil pesetas. Yo me quedé con el resto del material por mil pesetas. Al domingo siguiente, en el Rastro, una pareja de jóvenes miraban mi paraeta, demasiado entretenidos y algo afligidos, manipulando los objetos, con lo que me dieron a entender, en primera instancia, que querían comprar alguna cosa. Pero resultaron ser los dueños de la pipa y un par de objetos más que identificaron como suyos. Se los habían robado de su casa mientras estaban de vacaciones. Les dije que los había comprado y que podían recuperarlos sin ningún impedimento por mi parte, a lo que me respondieron que podía quedármelos. Con respecto al clarinete, me abstuve de comentarles nada de lo que sabía cuando me preguntaron por su paradero. Me concedieron el beneficio de la duda y se marcharon 
resignados. Di unos golpes con los nudillos en la madera de la caseta que tenía a mis espaldas: pero lo que realmente me salvó, fue el no disponer aquel día de esas tres mil pesetas. Este incidente lo tomé como una lección que consistía en cuidar de mi codicia y no tanto en pretender salir impune de mis delitos.

La plaza del Collado mantenía en esencia sus orígenes en cuanto a que seguía siendo el bosque medieval, en el que antaño, se refugiaban manguis y zascandiles. Los tullidos daban brincos después de currarse la página de la lástima por el centro cosmopolita de Valencia, y entre los atolondrados, “el más tonto, hacía relojes”, según el axioma que circulaba por el callejón, con lo que quedaba probado que,  en el fondo, todos podemos ser soberbios o, cuando menos, fanfarrones. Los que vendían, de alguna manera, ordeñaban el rebaño de oportunistas (puesto que nadie más transitaba, ni por equivocación, por este bosque) con la astucia que la experiencia le aconsejaba, tras dejar atrás la etapa de primo o julai. En este sentido, el Sevilla era un magnifico desvirgador de primos. Con él tuve mi primera experiencia como julai. Como ya he dicho antes, aquí, en el callejón, con veinte duros en el bolsillo, no te ahorcaban, así, que acudí un día (tieso como la mojama) con un pendiente que me encontré en la calle, sospechando que pudiera ser de oro. Se lo enseñé al Sevilla, que lo ojeó con el cuentahílos y me dijo que sí, que era de oro:
-Lo quieres vender- dijo con un tono cómplice. Yo le dije que si.
-¿Cuánto quieres?
-¿No sé? ¿Cuánto me das tu? Le respondí. Comenzaba a emocionarme.
-¿Quieres quinientas pesetas?
-¡Vale!- Exclamé, casi dando botes de alegría. El pendiente era de oro macizo y podría pesar entre tres o cuatro gramos. De haberlo llevado a una joyería me hubieran dado tres o cuatro mil pesetas pero, como era ignorante al respecto, hice lo que tenía que hacer, o sea, el julai. Al Sevilla le costeé una tarde de bingo, y a mi no me faltó el tabaco en todo el día. En resumidas cuentas: ambos quedamos satisfechos. Por un lado, el Sevilla cazó a un primo y se realizó material y espiritualmente, puesto que cada día, éste era su cometido y yo, como primavera, me quedé en el limbo de los necios gozando de su mentecata generosidad. 
Es fácil sobrellevar lo de ser un julas, sin menoscabo de tu propia dignidad, mientras la ignorancia sea la responsable, en última instancia, de ese transitorio estado de aturdimiento que te eleva a la bienaventuranza de un subnormal. Pero la cosa se complica cuando se empeñan en que permanezcas, en contra de tu voluntad, babeando. Así pues, sin ningún  respeto y en legítima defensa, se batallaba por salvaguardar un poco de orgullo, en tanto que, las ganas de vengarte del que te la clavó, permanecían latentes hasta el día en que se materializaba la venganza. 
La plaza del Doctor Collado era el mejor punto de encuentro para el trapicheo a menuda escala; la heroína había enganchado a cuantos la probaron y dijeron: esto es lo mío y cabalgaron con ella a expensas de todo cuanto se les ponía por delante, especialmente: la chupa de cuero, el radiocasete y la herramienta del teki. Era tan solo cuestión de pasar de escrúpulos y la tentación acabaría por derrotarte. Los que reciclaban de la basura eran igualmente explotados por la misma situación: la marginación y fue con uno de estos, austriaco, con quien inicie mi campaña bandolera. 

Estaba debatiéndome entre el after, el heave y el pos, palabras de moda en los años ochenta que, aquí, en el degollado callejón, bien se podían aplicar a after-manguis, heave-cacos y  pos-traperos (por aquello de ir en armonía con los cambios de la década) cuando conocí a Gerhard, un austriaco que había aflorado a la superficie desde el sumidero del mercado de la sangre. Se había exprimido la médula en los vampiros. Laboratorios que compraban y vendían sangre, y a los cuales acudía dos o tres veces por semana. Aparte de esto, también pintaba en la calle y, en la calle vivía. Para su mal, lo recogió en su ardoroso seno, una valenciana, quince años mayor que él, que le escurría la poca médula que le quedaba a base de polvos. El Guiri pertenecía a una caterva de alemanes, manguis y exconvictos, que por entonces se afincaron en Valencia a la que llamaban Jamaica por la abundancia de hachis y sol. Según el protocolo de la mangancia internacional, se alojaban en las peores pensiones, en chupanos o en la calle y vivían estirando la manga a las puertas de las iglesias, pintando en la calle y, sobre todo, acudiendo al vampiro cuantas más veces mejor. Comían y se aseaban en la Casa Grande. Eran discretos conformistas, ya que si tenían algo en contra de la sociedad, era en contra de la sociedad alemana: a la nuestra la dejaban en paz. Cuando se cerraron los vampiros, la gran mayoría echó mano de la mochila y puso rumbo al sur (creo que a Málaga) o a su país. Pero Gerthard se quedó al cobijo del furor uterino de la susodicha. Era tímido en exceso y solo se relacionaba con un indio, de la India, que tenía un puesto fijo, donde estirar la manga, en la puerta románica de la catedral y con quien compartía la intemperie.
En cuclillas, junto a unos pocos trastos, Gerthard intentaba vender algo para conseguir dinero con que comprar el pan, que era cuanto su mujer le exigía a diario, pues el chorizo lo ponía él. Me acerqué a ver lo que tenía expuesto y le compré unos zapatos (esta vez los miré bien para evitar sorpresas). A continuación, conversamos sobre los tesoros de la basura, utilizando todos los recursos disponibles dentro del lenguaje humano y simio, para entendernos: enseguida surgió la admiración mutua y la empatía entre dos seres autocomplacientes.
Me dijo que empleaba la noche del sábado y la madrugada del domingo en rebuscar en los contenedores de basura y que conseguía fácilmente cuatro o cinco mil pesetas en el Rastro vendiendo los trastos, baratos. Yo, por entonces, miraba casi de soslayo los contenedores y no escarbaba como las gallinas en su interior, que era lo que había que hacer para extraer el tesoro, así, que no triunfaba como el resto de colegas. Coincidíamos a diario en el callejón y nos contábamos nuestras vidas mientras tomábamos café en el bar Xetabis de la plaza del Collado. Los dos practicábamos la abstinencia etílica de manera voluntaria, es decir, para no complicarnos la vida. Me contaba, que antes utilizaba el alcohol para quitarse el miedo.. Se reconocía como alcohólico compulsivo; era capaz de beberse el snap por litros y de pasarse horas y horas escuchando únicamente a Johnny Cast, en la soledad de su habitación, en un pequeño pueblo de Austria. Me recordaba bastante a mi mismo: estaba claro que ambos teníamos algo de autistas y el alcohol no era más que la chispa que disparaba nuestras emociones reprimidas en una sola dirección.  Con once chupitos de snaps y otras tantas cervezas, conseguía el punto de arrojo suficiente para cometer cualquier delito, lo que le llevó a comerse a pulso siete años de cárcel en su país por robar la caja fuerte de una fábrica de su pueblo. Tubo que poner tierra de por medio porque sus borracheras no les gustaban a nadie, excepto a él, y aprovechó el efecto llamada que, por aquel entonces ,corría por Europa de que España era como Jamaica.  
Por entonces, el Punky se encontraba en su mejor momento; casi todos los días aparecía con trastos, libros y papeles, cubiertos de polvo negro, y los vendía enseguida. Yo era uno de tantos que, en la medida de mis limitaciones materiales y conocimientos del mercado de las antigüedades y el coleccionismo, se beneficiaba de sus andanzas. Por mi parte, yo iba camino de convertirme en un Sevilla, acechador de incautos, ya que le estaba cogiendo gusto a aquello de estar a las caídas. Por otro lado, el Guiri (que era el mote genérico con el que nos referíamos a Gerthard, al que su mujer llamaba Johnny en honor al músico) veía al Punky como un competidor suyo en cuanto a las habilidades del modus operandi, y hervía en deseos por poner en práctica sus recursos de hombre araña, así, que me propuso pasar a la acción. Entonces me contó que conocía un chupano en el barrio del Carmen, cerca de donde él vivía, en el que quería entrar, pero, necesitaba la ayuda de otra persona para poder superar la tapia por donde únicamente se podía acceder. Mi ayuda consistiría tan solo en proporcionarle un poco de impulso hasta alcanzar el borde de la tapia. Tenia que ser por la noche y, aquí, fue donde entramos en debate, puesto que yo me empeñaba en hacerlo a plena luz del día, ya que por la noche, a la agravante de escalo, se le uniría la de nocturnidad y quizás también la de banda para delinquir. En el fondo, solo quería poner excusas para escabullirme, puesto que yo era bastante miedica y pensaba que poniéndole pegas al asunto desistiría y la cosa quedaría en un tema de conversación entre dos ociosos. Pero él se mostraba muy seguro y me convenció y quedamos para esa misma noche a partir de las doce. 
A la hora convenida, allí estaba el Gerhard, en la plaza del Tossal, equipado con botas de metalúrgico, braga al cuello, gorro de lana y un macuto que contenía una linterna de petaca; unos alicates y un destornillador: parecía un madelman, entre comando y collidor de naranjas. Yo iba de paisano, sin más complementos que el miedo en el cuerpo. El Guiri percibía mi estado y procuraba que el pánico no se adueñara de los dos. El lugar se encontraba cerca del punto de encuentro y, las calles del barrio, serenas y sin transito. Me indicó lo que debía de hacer, que consistía, en apoyarme de espaldas contra la pared y cruzar las manos con los brazos extendidos hacia bajo a modo de estribo, y así lo hice. Puso un pie en él y otro en mi hombro y con la agilidad de un gato se encaramó a la parte superior de la tapia y desapareció. Yo me quité de en medio y me dediqué a pasear por las inmediaciones. Aunque me encontraba nervioso, la adrenalina me estimulaba lo bastante como para saborear mi propia jinda. Al cabo de veinte minutos, salió por la puerta sin nada: el chupano, según me dijo, estaba escurrido. Yo era el experto en trastos e insistí en que me relatara lo que había visto, por si se le hubiera pasado algo por alto, ya que el chupano tenía casi doscientos años. Pero a parte de la inmundicia de sus últimos moradores, no quedaban ni los tiradores de las puertas. Nos fuimos cada uno a su casa, por mi parte, sin ningún sentimiento de fracaso. Estuve varios días sin verlo por el callejón y cuando apareció, estaba exultante y le costaba trabajo reprimirse para no dar saltos de alegría:
-Mira- dijo, y me enseñó un tren de hojalata que estaba impecablemente conservado en su caja original. Me quedé con la boca abierta.
-Sé de un sitio donde hay una buhardilla repleta de cosas-  y continuó el relato visiblemente satisfecho de si mismo: 
-La otra noche me colé en un chupano a través del balcón que se encontraba abierto y a poca altura del suelo. Miré en cada uno de los pisos y estaban completamente vacíos. Subí a las buhardillas y estaban vacías también, pero en una de ellas, taponada por grandes cestas de navidad y maderas, atrajo mi atención y me puse a despejarla. Comencé a escarbar y saqué unas cuantas cosas: intuyo que allí hay buen material, me dijo. Hay montones de revistas, libros y varios cajones de madera en los que no he podido mirar lo que contienen. Solo hice lo que pude y me largué con un cuadro al óleo y una lámpara de bronce modernista con sus tulipas de color que he vendido en una tienda de antigüedades. Por la lámpara me dieron cuatro mil pesetas y por el cuadro, ocho mil-. Cuando acabó el relato, por señas y chapurreando, me propuso acompañarle esa misma noche. Yo quise ponerle pegas, esta vez, en lo referente a mi torpeza y escasa fuerza física para trepar ni el más mínimo obstáculo; pero él me aseguraba que podría hacerlo, y así fue. 
Era un día entre semana y por el viejo centro de la ciudad había poco movimiento. Le propuse quedar a las once de la noche, por aquello de las agravantes, además, porque no quería levantar sospechas en casa, ya que cuando en otro tiempo trasnochaba, regresaba hecho un guiñapo. Hasta ese momento, mi madre se pasaba la noche en un duermevela, alimentando reproches que, al día siguiente, me reportarían una ración más de culpa y humillación, eso sí, tengo que reconocer que en estos casos tenía razón y no cuando se cebaba indiscriminadamente con sus hijos. 
Yo aprendí a respetar a los demás en casa. Respetaba a mi madre, porque le temía, no tanto a su alpargata, como a sus gritos, insultos y menosprecio: a mi padre, no tuve tiempo de manifestarle mi respeto porque se murió (de pena diría yo). Cachocable me recordaba a mi progenitor que, como él, también era esclavo de su timidez. A mi padre no lo llevaron nunca a casa hecho un guiñapo, al menos que yo recuerde, pero si a la cama, hecho un guiñapo también, y en volandas entre mi madre y alguno de sus muchos hijos en medio de un espectáculo lamentable. Mientras él lloraba, nosotros nos reíamos, hasta que pasó todo a sernos indiferente. 
El Maeso, que era como llamaban, los compañeros de trabajo, a mi padre, se mantenía sobrio y taciturno durante su jornada laboral como mecánico tornero en una factoría de harinas. Respetado, en tanto que admirado, y no por su bragueta, en lo que todos coincidían que debía de cosérsela, sino por su talento y talante sensible y pacifico.
Crecí entre gitanos y tenía en común con ellos, la necesidad, por el hecho de que me crié en una familia de quince miembros entre padres y hermanos y aunque vivíamos bajo techo, la comida, el afecto y el abrigo siempre fueron escasos, con lo que tengo que reconocer que en mi infancia pasé hambre, frío y todo lo demás, circunstancias que lejos de hacerte un luchador, te convierten más bien en un ser receloso, apático y pusilánime. 
Mi padre era obrero cualificado, de tradición hidalga, que lo único que podía hacer por nosotros era complementar las carencias materiales con un poco de gramática decente. En casa nunca se pronunciaba ningún taco; ni aluego, ni cualo, ni aiga, ni goler, ni paine, ni azaite, ni guchara, ni guchillo, el sonido de estas palabras era lo único que lo enfurecía y, aunque ésta, la gramática, no engordaba nuestros canijos cuerpos, sí enaltecía su orgullo porque marcaba una sutil diferencia entre la decencia y el asilvestramiento.    
Perdone, sufrido lector, por este paréntesis que he insertado en mi relato y que no tiene mucha conexión con el meollo del asunto que aquí estoy relatando, pero es que se me ha ido el santo al cielo y me he cegado con  los amargos recuerdos de mi infancia, que me han nublado el razonamiento, y los he volcado cargados de emoción según me venían a la mente. Pero, lejos de culpabilizar a unos y eximir mi propia responsabilidad, ya que todo se lo llevó su puta madre, me aplico el cuento aquel que dice “a lo hecho pecho”.

Se trataba de entrar trepando por el balcón que se encontraba abierto y a poca altura del suelo, como bien me había descrito el Johnny en su particular relato. Era un corto callejón sin salida; sin embargo, para mí supuso un gran esfuerzo físico coronar la escalada, pues era la primera vez que estaba siendo tan osado y fue gracias al fibroso brazo del guiri que impulsó mi delgado cuerpo hacia arriba , como pude entrar. Las piernas me temblaban no tanto por el esfuerzo como por la ginda que tenia encima. Pertrechados de linternas (de petaca, que por entonces, eran las que mejor resultado daban para este menester) subimos directamente a las buhardillas del ultimo piso, el resto de la finca se encontraba totalmente vacía. En todas  abundaban las tablas de madera y aparatosas cestas de Navidad  junto a ladrillos y carbón.  Comenzamos sigilosamente a retirar todo cuanto nos era inútil y, de entre una capa gruesa de polvo, fuimos descubriendo nuestro primer tesoro en los objetos desechados por unas cuantas generaciones antes, a la vez que, sin saberlo, me volvía adicto a las respuestas que obtuve a mis osados estímulos. Después de pasar el primer golpe de miedo al entrar, empecé a  sentirme bastante a gusto y, a medida que aparecía un objeto valioso, se adueñaba de mi la sensación de salir impune y esto me proporcionaba felicidad que iba retroalimentándose, en cada descubrimiento, hasta cuando hubo que tomar la decisión de salir, y entonces, el cangelo volvió a aparecer en mi cuerpo y a paralizarme. Johnny se dio cuenta de mi estado de pavo, porque lo comprendía mediante su propia experiencia pasada y presente; los dos estábamos acojonados,  pero yo mucho más. Por fin, nos decidimos a salir y no pasó nada. Una vez en la calle y con el botín a salvo, volví a experimentar una tremenda sensación de bienestar y a sentirme, poco menos, que un héroe. Así pues,  desde aquel momento quedaron  divididas las tareas: él se ocuparía de atender la parte intrépida, y yo, la catalogación y venta. Al día siguiente, nos dispusimos a pasear el material por tiendas de antigüedades y librerías de viejo para tomar referencias en cuanto al precio de los artículos, ya que estábamos en la inopia. Había quien no quería tratar con nosotros, sospechando de antemano, la procedencia ilícita de nuestros items y, tajantemente, exponían su parecer, pero los más, nos abrían sus puertas y sus billeteras. Como en una partida de póker,  los expertos comerciantes esperaban nuestro envite procurando enmascarar sus emociones; engrandecían los defectos y menospreciaban el material para conseguirlo barato y, en nuestra supina simpleza, nos preguntábamos: ¿si no vale, para qué lo compran?. A todo esto, notábamos una sensación de poder que, para mí, resultaba totalmente nueva. Los anticuarios nos mostraban una velada admiración que me hacia sentir protagonista y, por primera vez en mi vida,  la decisión que tomara,  tendría consecuencias que yo podía manipular, pues tenia la ultima palabra, ya que iba de mano en la partida a pesar de que jugaban siempre con la ventaja de la experiencia de su parte y, la necesidad, por la nuestra. Alcanzar cinco o seis mil duros por un buen lote era, para nosotros, un gran triunfo.  
Desde el primer momento este oficio se convirtió, para ambos, en una fuente de recompensas agradables, tanto emocionales cómo crematísticas, y nos dimos a la repetición. Primero, tardábamos, pero en poco tiempo reincidíamos con una periodicidad semanal utilizando la nocturnidad, el escalo y la pata de cabra, con la atenuante de que casi todo estaba abandonado y semiderruido y, la eximente, de coincidir en el momento y en el lugar, en el que todo estaba cambiando (al estado político-económico, me refiero). 
El Johnny semaba el objetivo y previamente visualizaba el cómo escalarlo y, para entrar, abría los postigos de los balcones con mucha maña, porque el ruido es el peor enemigo de un chorizo. Después de hacerlo, me habría la puerta de entrada para que accediera por ella y, cuando acabábamos el saqueo, se repetía la operación dejando el chupano casi sin el menor vestigio de haber sido forzado. Los sábados, bien entrada la noche, actuábamos para que el domingo, con la impunidad de la madrugada, aliviar el consumao en el Rastro, donde nos recibían y trataban como a estrellas de Rock and Roll. 
En un principio, acarreábamos el material en un carrillo de mano y a lomos de nuestras espaldas. Hubo una vez que, atravesamos el centro con un óleo que media, dos cincuenta por dos metros, con la suficiente suerte, de no tropezarnos con ninguna autoridad. Más tarde con lo que tenia ahorrado,  se me ocurrió acercarme a un desguace y me compre una furgoneta. Anteriormente habíamos tenido que abandonar en el lugar los muebles que no podíamos llevarnos por ser demasiado aparatosos, pero a partir de entonces, no volvimos a dejar nada que pudiera tener algún valor. Tanto el guiri como yo, teníamos preferencia por los objetos: su forma, colores y texturas. De inmediato captaban nuestra atención y estima, por el contrario y para nuestro mal, el material impreso o manuscrito, nos pasaba desapercibido y nos desprendíamos de él sin el menor apego. 
Pero no todo sucedía de acuerdo con nuestras expectativas. La suerte del principio y los recibimientos apoteósicos inflaron nuestros maltrechos egos y no supimos encajar las decepciones de cuantas veces salíamos y no encontrábamos nada o, lo que portábamos para la venta en el Rastro, no tenia la suficiente sustancia. Habíamos sido discretos y poco avariciosos. Nos contentábamos con entrar en viejas casas en ruinas, donde teníamos la certeza de que algo que hubieran abandonado sus dueños, escondido en algún rincón y perteneciente a su pasado, lo íbamos a encontrar. 

Se enroló en el equipo, Juanito el Sevillano, en los últimos estertores de su vida, como ya dije al principio: tan solo le quedaban dos lunas. Pobre y miserable hasta el punto de no poder alimentar ni a sus propios piojos, era ameno y divertido, excepto, cuando se mostraba soberbio recordando su hidalgo pasado en Sevilla, porque lo cierto era, que quien lo conoció en mejor posición social, me dijo, que nunca superó el rango de camarero, eso sí, camarero profesional. Anteriormente tuvo un puesto en el Rastro donde vendía monedas y papel antiguo. Y con este propósito de que nos ayudara en esta materia (seleccionar y valorar en el lugar, el papel y todos aquellos artículos  que se nos pudieran pasar por alto) disfrutamos unas cuantas noches de su apestosa compañía.    
Así fue durante un tiempo: fotografías, carteles, medallas y documentos de la guerra civil aparecían en alacenas y buhardillas, en más o menos buen estado;  aquello era como encontrarse oro molido, gracias a Juanito que nos levantaba la liebre. Pero la frustración se apoderó de nosotros tras varias noches en blanco después de haber entrado en varios chupanos y no encontrar nada o, tan solo, lo que otros correligionarios, con anterioridad, habían desechado. Johnny se acostumbró pronto a la buena vida y a ser admirado por los demás y, su marida (como él decía, refiriéndose a su mujer) lo presionaba para que se buscara la vida. Si, en un principio, a su mujer, le hubiese gustado morir como las cucarachas, boca arriba y a polvos, ahora quería morir atiborrada como las cerdas. Por este motivo perdimos la confianza mutua y nos acobardamos. Él volvió a beber su bebida favorita: manzanilla con snap para quitarse el miedo. Tomaba de seis a ocho manzanillas mientras trascurría el tiempo hasta ponernos en marcha. Circulábamos en la furgoneta aleatoriamente por la ciudad… pero no dábamos con el tesoro. Yo tenia que evacuar en casa antes de salir porque, en el diario, había leído que un atracador, cuando fue atrapado escondido en un portal, se había jiñao  por las pencas,  y no quería imitarlo en esto. Y casi sucede esto cuando una noche en la que habíamos apalancado una puerta (saltando grandes astillas del marco con mucho ruido) nos refugiamos en la furgoneta  (con Juanito transpuesto en la parte de atrás) para observar el movimiento vecinal y, en esto, que llegó una patrulla de la policía nacional y nos pidieron la identificación y el propósito de nuestra presencia en Mislata. Para nuestra sorpresa, amablemente, nos comunicaron que un tal Gerhard Mutter tenia que acompañarlos pues, había una orden de busca y captura.  Pese a sentirlo por él, me alegre de que no se dieran cuenta de que a dos metros de allí, estaba el móvil de nuestra presencia: una puerta visiblemente forzada.   
El guiri, por su cuenta, la había hecho gorda durante una de sus recaídas con el alcohol y tenia una orden de expulsión, así, que  lo trasladaron al centro de extranjeros. Cuando pude visitarlo, le lleve una tarta porque era su cumpleaños. Me quede sorprendido del tamaño tan exagerado de sus uñas y, cuando se lo pregunté,  me respondió  que era porque no les dejaban tener cortaúñas. A juzgar por el tamaño que habían desarrollado las mismas, bien podían servirles de arma blanca. Tuvo suerte y a los treinta días salió, en tanto que se resolviese el expediente, y ya no volví a tener más contacto con él. 
Por aquel entonces, yo estaba confuso y enganchado a la doble vida que llevaba: grandes dosis de adrenalina por las noches del fin de semana y una diletante vida  cotidiana en la que me complacía yéndome los lunes al cine de reestreno, hasta tres películas (algunas veces subtituladas) podía ver el día del espectador, por dos cientas pesetas. También disfrutaba, por entonces, aprendiendo magia y prestidigitación  por medio de los libros que conseguía baratos en el Rastro. Las mañanas, las pasaba hasta mediodía, en la plaza del Dr. Collado, que era un lugar de encuentro entre pobres miserables y mezquinos bienpensantes (disculpen la reiteración, pero es que no me canso de ponerlo de manifiesto). Muy instructivo, por cierto, este lugar, en cuanto a que podías ver y oír todo aquello que no debías de hacer para mantenerte, física, mental y moralmente sano. Me había habituado a acudir diariamente y, después de echar un vistazo a lo que se estaban vendiendo, me unía a cualquier improvisada tertulia (en principio, para pasar el tiempo) con los habituales  que me resultaban mas amenos. El Maestro Ricardo pianista en paro desde que cerraron el circo Price, llevaba hasta sus últimas consecuencias el concepto de amistad. Compartía sus pertenencias, sobre todo el vino, con Rosell, que era pintor de un mismo cuadro o, así me lo parecía. Tenia la paleta de colores desafinada y los pinceles mellados y aunque su pintor favorito era Sorolla, sus cuadros se parecían más a los del Greco con cataratas. Las figuras, deformes e inexpresivas (como su rostro hasta cuando el vino lo modelaba)  no se sabia si tenían dedos o manoplas. Su prolífica producción la dejaba en deposito entre varios  bares  por donde efectuaba su particular vía crucis, bebiéndoselos, con la resignación del dueño que era quien acababa  adjudicándoselos. Rosell  era un seudónimo que utilizaba para firmar los cuadros. Decía que no podía figurar en ningún sitio con su verdadero nombre porque tenia una deuda con la justicia. Nunca supimos de qué se trataba la deuda, puesto que era un experto embaucador. Sucedía que, todas las mañanas, aparecía tieso como la mojama, raramente disponía de dinero ni para costearse el primer carajillo. Se pasaba toda la mañana bebiendo vino peleón y eludiendo a las victimas de sus sablazos, los cuales, estaban hartos de cobrar en  arte.  Era por la noche, después de haber perdido hasta el ultimo jurdó en una timba, a la luz de las velas y en estado de cocimiento etílico, como pintaba los cuadros; a lo mejor es que habría que observarlos en el mismo estado en que los pintaba el Orvaneja; pero yo nunca los pude admirar porque soy alcohólico anónimo. En el talego, Rosell conoció a Enrique, el más representativo de los bajos fondos que  acababa de salir de la cárcel y, con sesenta años en el carné de identidad y en el rostro unos cuantos más, circulaba en ajustado pantalón vaquero al compás de una joven lumiasca. Rosell fue quien me contó la agitada vida de este personaje. La primera entrada que tuvo Enrique en el maco, aconteció como consecuencia de un atraco cometido por el Maquis, en el  cual militaba, a pesar de su corta edad  (diez y seis años) y en el que hubo sangre. A los compañeros mas adultos les dieron garrote, y a él le cayó una larga condena en los más duros penales en donde se doctoró en todo tipo de malas artes. Dominaba la falsificación y el disfraz y tenia la suficiente sangre fría, como para entrar en un cuartel militar, vestido de capitán, y salir con un cargamento de la cantina, después de haber cuadrado a los soldados. En el barrio chino se movía a sus anchas y, en la cárcel, mejor aún. Nunca vio  más horizonte que el perímetro de ese circulo. Ahora se dedicaba a los tekis, como espadista, y está pendiente de ingresar a comer garibolos en donde te dije.  
El desconcierto intelectual lo ponía el Tío Luís, un hombre enjuto y menudo que nunca llegó a pesar más de cincuenta kilos; sin embargo, había estudiado en la academia militar en lo años treinta del siglo veinte, alcanzando el grado de teniente, con lo cual, no cabe duda alguna acerca de su erudita preparación. De su prodigiosa e intempestiva memoria de tísico, extraía sonetos del siglo de oro y recordaba,  nota por nota, pasajes musicales enteros de su remota juventud y, de su libro El Orador, se aplicaba en recitarte un capitulo entero de aquel compendio filosófico (si te pillaba a solas). Así pues, buscábamos mil excusas para no satisfacerlo en su docta masturbación cerebral. Coincidió con Enrique y Rosell  en un master penitenciario, por vender espacios publicitarios en una revista de la policía, que no existía.   

EPÍLOGO
Lo más cerca que anteriormente estuve de semejantes realidades, había sido en la butaca de un cine o en el sofá de mi casa, viendo cine negro. Personajes que voluntariamente rozaban el limite de la existencia humana para justificar sus actos egoístas. Mi poca experiencia en la GRAN MALA VIDA, nos atraía mutuamente y, mientras los unos disfrutaban contándome sus reprochables vidas, yo me consumía en irresolubles contradicciones, puesto que no tenia a nadie con quien sobrellevarlas y, para asomar el pescuezo por entre la mierda, leía e iba al cine, siempre solo; atrapado entre dos mundos: mi pobreza material y mis aspiraciones intelectuales y culturales y, en  medio, la calidad humana desterrada de aquel lugar al que acudía todos los días de la semana, los meses y los años, esclavo de mi soberbia ignorancia.