viernes, 21 de noviembre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO VI


¡Por ahora todo va bien!

      Si, señor, allí estaba yo, con mi pantalón corto de nailon, asomando un huevo por el camal, en la parada del autobús, de la línea 6, Zapadores-Torrefiel, de Valencia. Estaba en la calle Marqués de Montortal, del barrio de Torrefiel. Hacia una semana, escasamente, que me encontraba a 600 kilómetros de este lugar, en mi pueblo, dándole patadas a una lata por la calle, cuando escuché a través del sonido del televisor de un bar cercano, que el hombre acababa de pisar la Luna. Sí, un hito histórico, pero Neil Amstrong estaba solo en el satélite, como yo en el planeta. Si todo salía bien, él volvería pronto a casa, con los suyos, a pesar de la enorme distancia. No así yo, que pese al insignificante trayecto que separaba mi pueblo de Valencia, comparado con la tirada de kilómetros que hay de la Tierra a la Luna, para un niño de 14 años, era insuperable.
Cogí el autobús y bajé en la parada que tenía prescrita por mis superiores, en la plaza del Caudillo (hoy del Ayuntamiento) y atravesé la calle de las Barcas, hasta Don Juan de Austria, que era donde estaba mi base logística. Yo era el aprendiz y repartidor de un almacén de postales y estampas. Mi labor consistía en distribuir los pedidos, manufacturados ex profeso para turistas, de cuantos tópicos se conocían de España y Valencia, a pata, en autobús o en tranvía a casi todas las papelerías y quioscos de la ciudad. Un trabajo fácil para cualquier nativo, pero no para mí: un cateto.
Mi lugar de trabajo estaba ubicado justo enfrente de lo que hoy es el Corte Inglés. El edificio, pese a ser antiguo, no tiene ningún estilo de construcción definido ni mucho que destacar (hablo en presente sobre el mismo porque todavía existe) excepto el entresuelo, que era un cuerpo claramente diferenciado del resto del inmueble con un amplio ventanal, rematado con un arco de medio punto, y pasamanos de latón, que mantenía iluminada, durante todo el día, con luz natural, la sala principal que era mi lugar de trabajo y donde se manipulaban la mundanas postales. Al fondo, en otra estancia, casi en penumbra, se hacia lo mismo, pero con las religiosas estampas.
        Otra cosa a destacar de la finca era su portero: un hombre pequeño, mayor sin ser anciano, al que le gustaba el moyate casi tanto como pintar al óleo. Yo nunca lo vi beber ni borracho, pero sí pintar, cuando salía o entraba del edificio. Erguido frente al caballete, con la pipa entre los dientes, fumaba pausadamente mientras aplicaba la pintura al lienzo con precisión y soltura. Vivía solo, no sé si porque era viudo o soltero, en un recoveco del zaguán donde estaba la portería. En contadas ocasiones entré en su guarida. Era este hombre un poquito huraño y desconfiado. Sus motivos tendría, pero yo creo que era un artista de los muchos represaliados por el régimen, a los que después de salir de la cárcel o padecer exilio, se les negaba el pan y la sal para su propia humillación y escarnio y regocijo para otros como mi beato patrón y su necrófilo negocio: el de las estampas de santos y vírgenes. La cuestión es, que un día pude ver el cuadro que estaba pintando en ese momento. Recuerdo que era un paisaje lleno de vida, luz y color que contradecía el aura mefistofélica que se le adjudicaba desde el entresuelo, donde se comerciaba, además de con tentadores paraísos, con el recuerdo de la muerte y el sufrimiento.
       Desde el ventanal de marras, se veía una amplia panorámica del profundo hoyo donde se estaba construyendo el futuro Corte Inglés. Aquello era todo un acontecimiento. Lo que a mí me llamaba más la atención, eran unas impresionantes máquinas que horadaban la tierra arcillosa cual boca de dinosaurio. Un chorro continuo de agua reblandecía la tierra, y las potentes mandíbulas de aquel monstruo, mordían la tierra como si fuera chocolate, dejando un hueco cada vez más hondo para introducir el encofrado que dio sustento al imponente y robusto edificio. Es curioso, ni a posta me hubiera salido mejor metáfora.
      Todas las mañanas me aguardaba la misma rutina: comprarles el mismo almuerzo, día tras día, y después, emprender la ruta cargado con los paquetes de postales y estampas. Todo estaba medido al milímetro: los autobuses que tenía que coger; las paradas donde bajar y el dinero justo que emplearía. Por la tarde era lo mismo, pero con la merienda. Mi jornada de trabajo se acortaba en media hora para que pudiera asistir, con puntualidad, al instituto Luís Vives donde estaba matriculado en el 3er curso de bachillerato (nocturno, se entiende) Esas eran mis expectativas que, bien mirado, podían haber supuesto una buena inversión para fortalecer los cimientos de un futuro sumiso cristiano. Sobre todo desde el punto de vista de quienes eran dueños de mis derechos: mi madre y mis patrones que me regalaban esa media hora pensando en su renta posterior.
      Sí, no tenía solo un patrón, estaban también su hijo, su hija, solterona por obligación, y por poco tiempo, pues tenía casi aprobada la entrada en un convento de monjas, y su nuera, la cual había sido empleada del establecimiento. Se ve que a la hora de emparejarse también lo tenían estudiado al milímetro. Pero, parecía ser, que las parejas femeninas disponibles dentro del entorno nacional católico donde se movían, eran del estilo de su hermana, poco agraciadas y destemprantes, lo que hizo que el hijo escogiera a su subordinada que, aunque pobre, estaba buena. Y al fin y al cabo, este desclasamiento se podía explicar muy fácilmente a través del mito de Cenicienta. Más crudo lo tenían a la hora de buscarle un apaño para la desdichada hija, porque, por esta regla de tres, a la hija le tocaría en suerte un gañan, que se sentaría a su mesa por Navidad. Así, que su padre, el Gran Jefe, no solo veía bien, sino que, alentaba, la tardía vocación de servir a Dios y a los demás que había invadido el ánimo de su hija, por obra del Espíritu Santo, de perseguir con devoción, el ingreso en un convento. Una a malas, la dote de la niña, serviría, por lo menos, para engrasar las puertas del cielo. Un rédito difícil de creer hoy en día, por exceso de fantasía y superstición ¿no creen?.
        Pasaron unos meses y, entre tanta piedad y recogimiento, un día, sin saber cómo, surgió en mí, de repente, el lado oscuro de mi humana naturaleza o, como diría un psiquiatra de hoy en día: todos los elementos que acabaron configurando mi futura personalidad, pasaron, de estar latentes, a manifestarse en un Trastorno Límite de la Personalidad, que dicho en castizo, significa, que  me hice un golfo. Que conste que yo no inventé nada; que ya estaba todo inventado, aún sin saberlo yo.
Como Dios todo lo veía, por aquel entonces, y, por si esto fuera poco, había tanto chivato agazapado en las estanterías de la sección de estampas, procuraba no permanecer mucho tiempo en el almacén, para no delatarme, porque ya fumaba, bebía, jugaba al billar, al futbolín y a las máquinas de petaco, ya fuera en horas de trabajo o de estudio. Ah, y me hacia pajas, en mi tiempo libre, evocando las postales de señoritas en biquini, que por miles las repartía. Todo, en un intento desesperado por rellenar el hueco que me producía la nostalgia que me invadía con un constante adagio sostenuto. Los míos, sin contar a mi familia, eran mis amigos y mi entorno, del cual fui arrancado como un brote de patata de sus raíces y, esto, como cabría de esperar, no traería nada bueno. Me subí al Miguelete y me precipité al vacío y, mientras caía, iba diciendo entre mí: ¡por ahora todo va bien!. Permítanme la metáfora.
  


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