sábado, 12 de julio de 2014

LOS DESAFINADOS III: LA BEGO

LOS DESAFINADOS III: LA BEGO


    El otoño se había instalado después de un bochornoso verano y hacía fresco a orillas del mar bajo el sol poniente. La luz del faro giraba precisa como un reloj Omega al final de la escollera. Había marejada al otro lado del muro y solo podía oír los latigazos de las olas rompiendo contra los bloques de hormigón (que eran tan grandes como casas, o casi) desde la posición en la que me encontraba: sentado al volante de mi furgoneta Seat Panda vintage del 82. En el otro asiento estaba La Bego, mi novia, de la que, en resumidas cuentas, solo puedo decir que era tan golfa como yo, si no ¿Cómo explicar que estuviéramos juntos?. Recalábamos a menudo en este lugar porque ninguno de los dos disponía de medios donde poder retozar.
    Las posibilidades que nos brindaba la furgonetica para el desahogo, se reducían a: o bien nos pajeabamos en los asientos de delante o, pasábamos a mayores, en la parte de atrás, con el consiguiente riesgo, no ya de que pudiera quedarse embarazada, sino de descalabrarnos con algún trasto de los innumerables que ni yo mismo sospechara de su existencia. Ya saben que soy trapero y que vendo trastos en el Rastro para buscarme la vida.
    Sonó el móvil en medio del instante voluptuoso.   
    -Si… ¿Cuántos?… ¿no será una trola de las tuyas?… Era El Gordo que había vaciado un piso y me metía prisa para que fuera a ver el material. Nena, nos tenemos que ir, le dije a La Bego. Soltamos amarras, los dos al unísono, y nos fuimos… con rumbo a la covacha del Gordo.
    Le faltó tiempo a La Bego para darle al play del reproductor de Cds una vez que nos pusimos en marcha. Era fan de Los Camela y tenia todas las casetes de este terrorífico grupo. Para quitarme de encima a Los Camela, en su día, me deshice del radiocasete de la furgoneta y lo cambié por un reproductor de Cds; pero ella no tardó en grabárselos en soporte digital, y yo seguía sin soportarlos. Qué le vamos a hacer, siempre me quedaría Emilio El Moro.
    Siguiendo la ruta en dirección a la covacha del Gordo, desde el Puerto, decidí parar para husmear en un contenedor de recogida de enseres que, periódicamente, ubicaba el Ayuntamiento en el Mercado de Colón. Bajé de la furgoneta y dejé el motor encendido porque iba flojo de batería y, cada dos por tres, La Bego y algún que otro viandante, empujaban el vehiculo hasta conseguir arrancarlo y, como de antemano, había recibido un ultimátum de La Bego, en el que me dijo taxativamente: ¡si se para la furgoneta, te va a empujar tu padre con los cuernos! Procuré no tentar a la suerte. Así de fina era La Bego. No  se puede decir que fuera cursi, no. En todo caso, no era su paupérrimo lenguaje, al cual estaba acostumbrado, lo que me chirriaba, sino el tono agudo y el volumen estridente de su voz.
    No había nada en el contenedor. Quiero decir, que no había nada para el Rastro. En esto que me disponía a marcharme, cuando vi a una anciana que renqueaba, a resultas de que iba cargada como un burro con una gran bolsa, y no venía, precisamente, de Mercadona, sino que acababa de salir de un patio cercano. Estuve observando, desde mi posición, justo dentro del contenedor, la maniobra de la vieja. Al ver que sus intenciones eran claras, me refiero a que iba directa al contenedor, me ofrecí para ayudarle y, de paso, sonsacarle información que pudiera serme útil desde el punto de vista comercial.
    -Señora, ¿Va a tirar la bolsa?-
    -Si-
    -No se preocupe, déjela aquí mismo- y le señalé la acera -que yo ahora me ocupo de volcarla dentro-. La señora aceptó y me rogó que no desparramara el contenido.
    -No se preocupe, señora, que yo en lo mío soy como un cirujano. La siguiente pregunta que se hace en estos casos cuando alguien está procediendo a una limpieza es, la de que si tienen algo más que tirar. Me dijo que no. Llamé a La Bego para que me ayudara en el triaje.
    -¡Begooo! ¡Begooo!-. Pero La Bego no se enteraba porque se sentía protagonista doblando a Los Camelas con el volumen del reproductor de Cds un poco alto. Ya me entienden, lo del lolailo lailo y todo eso.
    ¡Begooo! ¡Begooo! Insistí. Entonces salió de la furgoneta y me dijo: ¿¡Qué mierda quieres!?.    
    La bolsa era grande y estaba llena de trastos. En una primera impresión, resultaba prometedora. En la segunda impresión, cuando acabamos de escudriñarla, supuso una decepción. Para esto me llamas, me dijo La Bego, si aquí no hay nada más que mierda. A lo mejor se te han despeinado los pelos del coño, le dije yo, dejándome llevar por cierta indolencia gramatical.
    Abandonamos el lugar, sin perdida de más tiempo, porque al Gordo no se le puede hacer esperar mucho, es demasiado impaciente cuando tiene algún negocio entre manos. Los minutos se le hacen horas y las horas días, y creo que ya llevábamos, por lo menos, un día y medio de retraso.
    De repente, a La Bego se le ocurrió, al pasar por delante de un Mercadona, comprar comida para perros, auténticos, pues tiene una perrilla caprichosa a la que mima con desvelo. Tuve que acompañarla porque La Bego estaba tiesa y a mi solo me quedaban tres o cuatro euros, disponibles, en la tarjeta del banco. Estábamos en una zona pija de Valencia, fuera de nuestro entorno lumpen, concretamente en la calle Lauria, junto a los cines ABC Park. Los dos íbamos informales pero limpios. Yo, por ejemplo, llevaba puesta una cazadora tejana, Levi`s Straus, King Size, que me había encontrado recientemente, que si bien, tuve que darle dos vueltas a las mangas para que las manos quedaran al descubierto y las hombreras me llegaban a los codos, en invierno, cuando me reforzara con cuatro o cinco jerséis, luciría que ni pintada. La Bego iba menos discreta, gastaba más prosopopeya de mercadillo. Llevaba el pelo desteñido y recogido con una goma a la altura de la coronilla; un lunar tatuado a la izquierda, por encima del labio superior, y otro tatuaje en el hombro derecho representando un corazón con una inscripción que decía: Pigüi, el Autentico. Aunque sea una indiscreción por mi parte, les diré, que los tatuajes se los hizo en el talego cuando de joven se enamoró locamente y robaba carteras para El Autentico, mientras se alternaban, ambos, el menú de La Modelo.
    Entramos en el supermercado y, no vean ustedes, la de productos inmortales y perecederos que había por doquier. La sección de frutas y verduras, por ejemplo, era una autentica catedral con explosivos colores y olores y, como tal, solo podíamos contemplar la divina presencia del dinero. Acoquinados por la majestuosidad apócrifa del continente y del contenido, y tan despistados como mareados de tantas vueltas como dábamos sin encontrar la sección zoológica correspondiente, al pasar por la de fiambres, y ver la mortadela de aceitunas, de la cual me nutro y embeleso, pensé en comprar dos Hacendados paquetes, uno para mi y otro para la perra de La Bego, y así matar dos almas de un tiro, o como se diga. Entonces fue cuando reparé en que estábamos siendo objeto de un férreo marcaje por parte del guardia jurado. La Bego se había dado cuenta, mucho antes que yo, de que, independientemente de cual fuera nuestra dirección, allí estaba él a un metro de nuestros culos. No hace falta que de más detalles del guardia jurado, excepto que era eso, un guardia jurado. Seguimos buscando nuestro cometido y el guardia jurado seguía siguiéndonos, y entonces, como el que no quiere la cosa, La Bego se tiró un sonoro pedo trompetero, lo cual, a mi me pilló de sorpresa y, al guardia jurado, de lleno. Acto seguido, La Bego giró la cabeza hacia atrás y le dijo al espía: ¡Cómete mis peos, goleor!.
    Un sonoro ril, si señor, el que soltó La Bego y con la profundidad de campo necesaria como para que fuese escuchado, con suficiente nitidez, varios metros, tanto por delante como por detrás de ella. La onda expansiva, solo provocó, en las inmediaciones, caras estupefactas. Fue más el ruido que las nueces, dicho en plan metafórico. Menos mal, si no, yo hubiera supuesto un irreparable daño colateral.    
    Nos invitaron, por las malas, a que abandonáramos el recinto y, una vez en la puerta, aunque un tanto forzado, he de reconocer, me rilé yo también, apostillándoles: ¡Y los míos!.
    La verdad sea dicha, de pedos tan sonoros  nunca hizo ostentación La Bego. Más bien, era yo el que el que alardeaba en lo tocante a la expulsión de gases en su presencia. Ella era más taimada ¿Cómo diría yo…? Más de follones sordos.  

    Casi llegando a la covacha del Gordo, que, como ya he dicho en otras ocasiones, estaba en el corazón del Barrio Chino, y sin solución de continuidad, nos tropezamos con El Pigüi, otrora marido de La Bego, y ésta se soliviantó al verle. Se ve que tenían sus más y sus menos desde que La Bego lo abandonó por otro peor. Me dijo: diquela, ves a ese calvorota que está  en cuclillas apoyado en la pared (esta es una postura muy característica de los que han pasado muchas horas en el patio de la cárcel)  Le dije que si. Pues es mi marido, el autentico: todavía no estoy divorciada. Haces bien. No te divorcies y así tienes la paguilla asegurada, le dije.
    -¿Sabes lo que viene a hacer por aquí?- Me preguntó La Bego con una pícara sonrisa.
    -Apostaría a que si-
    -Pues no te lo vas a creer. No son tías lo que busca, sino que son los travestis los que lo buscan a él. Algunos se embargan por pasar la noche con él.
    Y entonces recordé, lo que La Bego me dijo, al respecto de los atributos masculinos del Autentico. 
    A propósito de esto, y ya de paso, les voy a hacer un lote con la biografía no autorizada de La Bego. Les  voy a contar otra indiscreción, pero más escabrosa si cabe; sin embargo, esto no justifica, en nada, el mal karma que pesa sobre ella a consecuencia de sus propias acciones posteriores. Espero, por mi bien, que nunca se entere de que me he ido del pico.
    Desde el primer día en el que me reveló su secreto, no tuve por menos, que sentir compasión de ella. Cuando me dijo lo suyo, no tenia lagrimas en los ojos, ni se sentía culpable ni guardaba rencor a nadie, en definitiva, no buscaba ninguna comprensión porque ni ella misma comprendía el por qué nunca tuvo suerte con los hombres y, por extensión, en la vida.
    Empiezo por relatarles lo mal bicho que, según decía ella, había sido durante su niñez, en el contexto de una familia cateta y numerosa, en un barrio invisible de finales de los años sesenta. Esto es imprescindible que lo añada yo, no como nota de color, sino como caldo de cultivo. Lo de mal bicho, para ella, consistía en ser agresiva y violenta con cualquier semejante, a la sazón, niñas educandas, o sea, que en el colegio no podía convivir, como aquel que dice, ni con su sombra. Su modus operandi era el guantazo, el arañazo y el estirón de pelos, todo ello ejecutado con saña. Demasiada violencia para una niña de tan solo nueve o diez años. Sus padres, catetos contumaces, como ya he dicho antes, vieron que tenían un problema con la niña, a la cual, solo le faltaba pegar coces, y se inhibieron de toda responsabilidad, profiriéndole gritos, insultos y toda clase de vejaciones, como solo los zafios saben hacerlo. No quiero decir, a todo esto, que su preocupación nos les causara acongojo e impotencia. Y ¿Qué se les ocurrió que podían hacer? Se preguntaran ustedes, pues encerrarla en casa y aislarla al cuidado del pequeño de la familia, así quedaba justificado lo que por entonces no tenía nombre ni concepto. Bueno, nombre y concepto, en realidad, aunque fuera otro, si que tenía, además de impunidad. 
    La Bego creía que sus padres no la dejaban salir de casa para evitar que fuera sembrando el terror entre los demás infantes. Pero lo cierto era, que a la niña ya le había bajado la regla y esto si que les aterrorizaba a ellos. “¡Que no te toque nadie!” fue la frase que su madre le recitó en un lacónico e intimidatorio rito de iniciación, señalándole las partes de su cuerpo que comenzaban a desarrollarse.
    En resumidas cuentas, y perdonen por los rodeos que pueda estar dando, La Bego estaba siendo objeto de abusos sexuales, desde hacía mucho tiempo, dentro de su entorno más cercano, y lo sabían todos menos ella. Ya saben, con el cuento de las golosinas y los chavos, la manoseaban y ella acariciaba y chupaba golosinas incapaces de producir otra satisfacción, que no fuera la risa y el escarnio entre otras mujeres adultas. Disculpen los términos groseros con los que describo los hechos, esto se debe a mis limitados recursos literarios y a mi estado de ánimo; que siempre que lo recuerdo me ciego. Me hubiera gustado que fuera ella misma la que les contara su propia versión de lo acontecido, pero al dejar de asistir a la escuela, solo sabe cuatro palabras y mal dichas, propias del ambiente merchero en el que se crió.
    Como ya he dicho antes, La Bego nunca tuvo ni la menor idea de la relación causa efecto, o karma, como ustedes prefieran, del juego al que a ella también le gustaba jugar. Un dulce juego del que no sabía sus reglas, pero cuyas consecuencias marcaron su destino. ¿Qué de malo podía tener ese juego en el que ella siempre salía beneficiada? Este es el día en el que aún se lo pregunta.
    Con catorce años y sin apenas salir de casa, conoció al Pigüi, El Autentico, no se cómo porque ella no me lo contó, e iniciaron relaciones, un tanto desequilibradas, puesto que el tal Pigüi tenía treinta y tantos años y un buen historial delictivo como ratero de poca monta. Tampoco sé el por qué tuvo que casarse con El Autentico con el consentimiento de sus padres, pero me lo imagino: era la manera que tenían sus progenitores de quitarse el marrón de encima. Observarán que, hasta aquí, todavía no he empleado la palabra amor ni sus derivados, sencillamente, porque experimentar este afecto, supone un mínimo de disposición para sublimar los bajos instintos, algo así, como lo que hace la flor de loto que hinca sus raíces en el fango del fondo del estanque; y esto es una cosa que en su entorno brillaba por su ausencia.
    Se casó con El Auténtico y se fueron a vivir juntos. En un primer periodo, las cosas no es que fueran bien, sino que no iban tan mal como después se terciaron. Vivian bajo un techo fijo y rateaban juntos cualquier descuido a su alcance. Créanme, no es un oficio fácil el de descuidero, ya que no solo hay que esquivar la mano de la justicia tanto, como el puño de las victimas; en más de una ocasión fueron presos de sus iras.
    La Bego, en lo tocante a los goces del Himeneo, respondía con sus actos como lo que era, una niña. Si bien, la manosearon cuanto quisieron, nunca fue penetrada hasta que lo hizo El Pigüi con su autentico troncho de veintitantos centímetros. Instrumento de tortura, a la vez que de placer para los travestis, según me contó ella. Y no solo me dijo eso, sino que por las mañanas, cuando se incorporaba de la cama y caminaba un corto trecho, un liquido viscoso le atravesaba las bragas. El semen de la noche anterior, por efecto de la gravedad, se desparramaba por sus muslos. Perpleja, estuvo un tiempo exclamando: ¡Esto qué es!. Aunque creció, y ahora ya tiene sus años, no por ello madura; sigue siendo la niña que vendió su alma a cambio de unas chuchearías envenenadas.
    La niña progresaba en astucia de la mano de su marido y mentor, El Autentico. Escapaban, tanto de la justicia como de las iras de sus victimas, en los aparcamientos de las grandes superficies. En sus mentes, lejos, por una de aquellas, de aparecer algún síntoma de arrepentimiento, por haber menoscabado el presupuesto de una familia de tipo medio (no tenían el por qué, tampoco, porque si hicieran esto, no harían lo otro)  sus hazañas fortalecían sus egos y escurrían el bulto ante cualquier responsabilidad. Hasta que, El Pigüi cayó preso por mor de una de tantas, a las que con tanto  ardor ambos se entregaban. 
    Preso en la Modelo, El Pigüi, a La Bego no le quedó otra que buscarse la vida tomando decisiones por ella misma; y continuó sin dar en el clavo. Fue durante una visita a la cárcel, con el fin de comunicar con El Autentico, donde tomó su siguiente mala decisión. Estando en la sala de espera, repleta de familiares de presos, y habiendo acabado de escribir (como pudo) en un resquicio de la pared, con su lapiz de labios, “Pigüi El Autentico”, se le acerco una dama de tez morena, pelo negro, ojos negros (muy morena ella) rasgos indoeuropeos y sonrisa embaucadora. Después de relatarse, la una a la otra, sus respectivos currículos, la dama en cuestión, fue al grano. Haciendo uso de su mayor experiencia y movida por el sádico placer de pervertir a un semejante (de catorce o quince años) le propuso a La Bego la mejor alternativa para su desolada situación: la prostitución. No sé qué papel jugó en adelante la dama, a parte del de inductora,  ni cuanto tiempo estuvo La Bego ejerciendo la prostitución, porque lo que les quiero contar es como acabó. Una vez que esta dama hizo los contactos pertinentes para colocar a La Bego en un Club de Alterne o Puti Club, pongamos que desapareció del mapa. Para La Bego no resultó, digamos, muy complicada la adaptación a la faena ya que estaba acostumbrada al manoseo, y El Pigüi se había encargado de hacerle el rodaje con su pistón hidráulico de escavadora: ese que removía las entrañas de los travestis.
    La Bego se encontraba muy a gusto alternando con varones que, unos podían ser sus padres y, otros, sus abuelos. Era la misma situación que había experimentado unos años atrás, pero distinto escenario. Aquí la recompensa no eran simples golosinas, sino goloso dinero. 
    La Bego acudía al trabajo (si es que a esto se le puede llamar trabajo) “ceñida y coqueteando” como dice el tango del cual extraigo estos vocablos (que no sé si son adjetivos, verbos o sustantivos). El maquillaje acentuaba en ella la ambigüedad entre niña y mujer y, sobre todo, provocaba en los varones, el deseo ancestral de poseer a una Virgen. La Bego, por el contrario, lejos de sentirse intimidada en un mundo de adultos, donde éstos jugaban con su inocencia, el hecho de ser el foco de atención de la mayoría de hombres, le producía una hemorragia de satisfacción, hasta que, la violencia le pinchó el globo de la vanidad. Digo esto, porque como dice el refrán: “nadie da duros a cuatro pesetas” y menos en el culo del mundo.
    El Puti Club, no recuerdo por donde me dijo que estaba ubicado, pero no crean ustedes que era un antro lujoso mantenido por la asidua asistencia de políticos, jueces y demás fuerzas vivas, buscando placeres prohibidos, no. Por entonces, a mediados de los años setenta, le dabas una patada a una piedra y te salían cuarenta Puti Clubs, rancios y decadentes, con olor a insecticida y gel barato, a lo largo de toda la geografía de la ciudad. Y en uno de éstos si inició La Bego en el alterne. El negocio sicalíptico funcionaba y al Pigüi no le faltaba el tabaco en la cárcel. La Bego creía haber encontrado la piedra filosofal (aunque ella lo llamaba, como todas sus correligionarias, ordeñar al prójimo) hasta que un primo, “moreno de verde luna”, (así llamaba García Lorca a los elementos de cierta etnia, muy morenos ellos y muy endogámicos) no contento con tanto menoscabo de su peculio a cambio de parte del ser de La Bego, que la quiso toda para él. “Tú tienes que ser mía” le estuvo repitiendo, una y otra vez, durante sus visitas al Puti Club. Palabras, que cada vez La Bego percibía como más agobiantes y amenazadoras. La Bego esquivaba cuanto podía los insistentes requerimientos del Moreno; pero ya saben ustedes lo que pasa con las mentalidades sicópatas… pues eso: que no admiten un no por respuesta. Si a caso, por una de aquellas, la hubiera colmado de regalos, dinero y atenciones, pues, no te digo yo, que la cosa quizá hubiera discurrido por otros derroteros, en los que al final, el que hubiese palmado sería él, puesto que en estos territorios no existe el término medio: o eres victima o verdugo.
    El Moreno de Verde Luna acudía al Puti Club, cada vez con más ganas de vengarse viendo que La Bego le esquivaba cuanto podía. La frustración lo llenaba de ira y el miedo que percibía, a través de ella, lo envalentonaba. Y llegó el día en que, el Moreno de Verde Luna, perpetró uno de tantos actos de cobardía de su repertorio sicopático. Aprovechando la ausencia de clientes en el Puti Club, se dirigió a La Bego, que estaba apoyada en la barra, para no desfallecer de aburrimiento, y le puso un revolver en la cabeza. Disculpen que no sea más preciso en este detalle, la verdad es que, no sé si fue en la parte frontal, parietal u occipital; pero la cuestión fue, que La Bego se cagó encima y, por extensión, el resto de compañeras. A ver si no, cualquiera, en su lugar, no se lo hubiera hecho mejor, en todo caso, de haber algún matiz, sería en el tono y viscosidad de la gandinga. Como digo, le puso la pistola, o el revolver, en la cabeza y le profirió: “¡tú te vienes conmigo”. Nótese el tono, no ya imperativo, sino posesivo de la frase, que en ningún momento contempla la posibilidad de una negativa por parte de la interesada. Para La Bego, el tiempo que duró el altercado, se le hizo interminable. Pasó del susto de la primera impresión y el miedo de no tener escapatoria, al pánico, cuando vio los rostros de sus compañeras desencajados. Este indicio le puso de manifiesto que su vida estaba en autentico peligro, y pasó a la última fase del miedo: el terror. 
    Ni que decir tiene que, todas las mujeres allí presentes, (sin contar el incidente escatológico) estaban aterrorizadas también; pero La Bego más que ninguna. La cosa acabó, dentro de lo que cabe, bien, o sea, que no hubo que lamentar desgracias personales. No sé si fue mediante el dialogo conciliador, el instinto de conversación que tienen las mujeres, o a botellazos, como entre todas pudieron hacer desistir al Moreno de Verde Luna. Fueron, en total, unos cuantos minutos, pero muy intensos y dolorosos que pusieron a La Bego en paradero desconocido y todavía, ni ella misma, sabe donde está. 
    La ley del silencio protegió al Moreno de Verde Luna de este atentado y quien sabe de cuantos más. Pero si en adelante, no cambió de proceder, cosa que dudo, probablemente viva escondido en una rendija como las cucarachas.
    La Bego en adelante se volvió un tanto casquivana. Conmigo, durante el tiempo que mantuvimos relaciones, hizo un gran esfuerzo por mantenerse fiel; aunque no tengo ninguna prueba que lo certifique. En resumidas cuentas: a ella le sigue gustando follar, pero que no le peguen.
    Para finalizar, deciros, que La Bego ya no está conmigo, o yo no estoy con ella, que monta tanto. Y El Gordo, como llegamos tarde en esta ocasión, solo tenía mierda como cagando en su covacha. Eso sí, me dijo, que para la próxima semana, tenía previsto vaciar tres pisos y que me avisaría. 

 





  












   

      
 

   

     

          
   
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