lunes, 10 de noviembre de 2014

CONFESIONES DE UN HOMERASTRO V


Un caso memorable 

Corría el año 1966 y yo estaba en el 5º grado de formación académica en la escuela pública nacional, “La Victoria”, de un pueblo en las estribaciones de Sierra Morena: Linares (Jaen) para ser más exactos. Bien, yo tendría unos 11 años y, si hubiese sido más aplicado, hubiera superado el examen de ingreso para el instituto, correspondiente a ese año, como así lo hicieron el resto de compañeros de la escuela de pago, a la cual asistí, por caridad de un benefactor que, a su vez, era el patrono de mi padre. La verdad sea dicha, yo creo más bien que, como era un colegio de monjas, para niñas, a los varones nos tiraban a esa edad porque, al llevar pantalón corto, se nos salía un huevo por el camal. La cuestión fue que, de la noche a la mañana, pasé de querer ser, de mayor cura, a querer ser torero. Lo de cura es cierto, como os lo cuento, ya que estaba inducido por el ambiente piadoso del colegio, a la vez que convento. Si, quería hacerme cura para que mi familia viviese en la gloria, lo confieso. Lo de torero, mira tu por donde que, por más cornadas que a mí y a mi familia nos estaba dando el hambre, no era éste suficiente estímulo como para superar la jindama que me atenazaba, nada más oler, las cagadas de los morlacos (se ve que ya apuntaba yo rasgos intelectualoides, más bien).                                      Vistos los antecedentes que me arrojaron a la cruda realidad (puesto que mi familia, y por ende yo, éramos pobres con avaricia) o sea, sobre todo, a mi afición de quedarme en blanco durante las clases, por la falta de nutrientes, lo cual podía confundirse con algún tipo de retraso mental, no tuve otra opción, que la de despeñarme por el abismo de la ignorancia, junto al resto de amigos y vecinos que ya me sacaban bastante ventaja en la carrera hacia el salto, en la escuela nacional. Se podría decir, que en esta escuela, nos aproximábamos de lejos a lo que a principios del siglo XX se llamaba Institución Libre de Enseñanza, si, porque empezábamos la instrucción cuando querían (o podían) nuestros padres y acabábamos cuando querían ellos en estrecha colaboración con nosotros.
Por mi parte, yo creo que, si bien, no aprendimos nada de lo que teníamos que aprender, si que nos fijábamos mucho, con ahínco y deleite, en el rito que practicaba D. Juan (que así se llamaba el maestro) al encenderse los Bisontes. Lo hacia de esta manera. Sentado y apoyando los codos sobre la mesa, lo primero que hacia, al encenderse su Bisonte, con medida parsimonia, era sacar el cigarrillo del paquete y gesticulaba con éste entre los dedos (tiznados de nicotina) mientras hablaba. Luego lo sujetaba con los labios y seguía hablando. El cigarrillo se movía arriba y abajo delante de nuestros embelesados ojos. Incluso chasqueaba la cerilla varias veces, sincopando el ritmo sobre el rascador, a modo de percusión, hasta que surgía el fogonazo del mixto y, entonces, el penetrante aroma del humo del tabaco rubio, nos amansaba. ¡No dirán que no nos fijábamos bien, ni na!. Mi padre era un excelente guarnicionero que luego se hizo tornero y todo lo aprendió fijándose, sin nada de instrucción libresca.
       Sigo con Don Juan. Lo suyo era contarnos anécdotas, unas veces épicas, referentes a la ya lejana guerra civil, en la que él decía que había participado y, de la que destacaba el relato de cómo se pasó de un bando al otro (no hace falta que diga a qué bando se pasó) y otras, deportivas. La cuestión era que, se ve que como no podía instruirnos porque no teníamos medios, (pues acudíamos al colegio con las manos en los bolsillos) ni ganas de aprender, encontró el método de, por lo menos, entretenernos con sus amenas pláticas, cosa que, esta es la fecha en la que todavía le agradezco una de ellas en particular. A grosso modo y quitándole toda carga emotiva con la que la aderezó, decía así:
Que en un partido de fútbol, crucial  (omito el nombre del equipo en cuestión por no herir la sensibilidad de nadie) un delantero, viendo que se encontraba en fuera de juego (que por entonces, a esta falta, se la conocía como orsay y así la pronunció) dio varios pasos atrás para recibir el balón en posición correcta y, de esta manera, no arruinar la jugada que acabó en gol y por eso fue memorable. Para mí lo fue también, pero en sentido metafísico o metafórico, lo de dar un paso atrás, ya que, a lo largo de mi vida, siempre la he recordado como ejemplo de honestidad con los demás y con uno mismo.
Don Juan, durante todo el curso, nos infló de grandes relatos y de Bisontes cortos. Con cada calada, formaba nebulosas de polvo de estrellas, en el espacio tiempo de la clase, para dar paso a nuevos cuerpecillos celestes: nosotros ¡angélicos!. Los domingos, algunos de sus más sobresalientes alumnos y yo, nos fumábamos un Camel con filtro (por evitar las toses, que eran poco varoniles) mientras cagábamos en fraternal comunión con la naturaleza y, así, repasábamos las lecciones de entre semana.  
3 años después, en julio de 1969, el hombre pisó la luna por primera vez y los Maeso´s, que ya éramos una familia de tantos componentes como un equipo de fútbol, con reservas y todo, pisamos Valencia, provincia de Valencia y nos quedamos. Aquí es donde, en más de una ocasión, he puesto en práctica las enseñanzas de Don Juan y su héroe balompédico, porque, lo de dar un paso atrás en la vida, cuando se está fuera de juego, no digo yo que sea homérico, pero sí memorable (y lo de los Bisontes, más).    



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