jueves, 26 de abril de 2012

EL TESORO DE LOS LILAS

 
Estaba almorzando, en mi puesto del Rastro, un bocadillo de fiambre Hacendado que, así se llama ésta exquisitez para perros en los supermercados Mercadona, y por el cual, con mi dinero pago, y no como otros, que prefieren que se lo regalen una vez al mes en las parroquias con la bendición de Cáritas. Como digo, estando de esta guisa, un domingo de primavera, soleado por más señas, con el viento en calma y el puñetero polen de los plátanos cayendo como napal por doquier, (y por ende, entre lágrimas y estornudos) daba cuenta del citado bocadillo para borrar de mi rostro cualquier signo de desmayo que, a poco que uno se salte una comida de las tres de obligado cumplimiento, ya te tildan de esmayao, así, que ponía todo mi empeño en el gaudeamus, con el ánimo de que si tuviera que despertar algún sentimiento entre la chusma, que fuera el de envidia y no el de lástima, en esto, que vi pasar a Vicente (que en realidad no se llama Vicente, pero que como quiero omitir su verdadera identidad, le nomino como al mártir patrón de esta ciudad) que ya se disponía a abandonar el mercadillo y le pregunté:
-¿Hay algo pa buscarse la vida?- Ya lo he vendido todo, me dijo, con la seguridad que proporciona el haber cumplido con sus propias expectativas. A continuación, se vino hacia mi y se sentó en una de mis sillas, por las cuales, y aprovechando la oportunidad que me brindo a mismo, suspiran más de uno como buitre buscando un risco desde donde otear.
-Me queda un frasco de colonia que, si no me dan veinte pavos por él, no lo vendo.
-Cojones! ¿veinte pavos por un frasco de colonia de segunda mano? ¡Ni que fuera de alhelí!- le dije, evocando a los bardos de antaño.
-Enséñame la colonia de marras. A ver como es, de todos modos tengo que comprar suministro. Últimamente me acicalo mucho más que antes para compensar la falta de atractivo comercial. Quiero decir que, cuando uno tiene material de primera, la gente no es que no vea ni huela la solera del descuido, sino que la avaricia, al adueñarse de los sentidos, los manipula a su antojo y parece que acaben viendolo a uno como al Joaquín Prat. Por ejemplo, Vicente, sin ir más lejos, no se esfuerza ni siquiera en peinarse; con eso lo digo todo. Sin embargo, pese a su “torpe aliño indumentario”, como decía Don Antonio, a mi por lo menos me despierta admiración y envidia. Es el número uno. No para de encontrarse tesoros en la basura. Y es por eso, porque no para en el empeño. Me conmueve su abnegación ¿O quizá, lo suyo sea obsesión? No lo sé. Habría que estar en su pellejo: el pellejo de una persona sola en el mundo que quiere salvar a toda costa su autonomía.
Los extranjeros, sobre todo los gipsys rumanos, se han apropiado de nuestras minas de pan duro, me dijo Vicente. Alguien tiene que meter la mano y escarbar como las gallinas hasta dar con el tesoro, que luego a todos nos gusta relamernos el hocico, le contesté. Yo, por mi parte, hace tiempo que me di por vencido. Me he rendido ante la evidencia. Para mi era un divertimento esto del oficio de trapero, hasta que un día casi llego a las manos por defender mi tesoro recien sacado de la basura. Entonces puse punto y final; no vale la pena. Sin embargo, no por divertirme, más o menos, pude quitarme de encima el estigma del trapero: ese presentimiento de estar purgando los pecados perpetrados en un tiempo remoto de mi trayectoria personal. ¿Pero cuales? Si de algo me acuso, es de dejarme llevar por la soberbia, porque siempre desemboca en estupidez. Aún así, y a pesar del aislamiento que conlleva la vocación de trapero, no me impidió reflexionar sobre el sentido de la vida, y me dejo llevar por la historia del hombre que no es más que la historia de un primate que, en su día, quedó abatido por la muerte de otros de su misma especie y cercanos él, al mismo tiempo que le venció la tristeza y se apegó al recuerdo. Después, arroja su cuerpo a una sima y, a continuación, una piedra a modo de homenaje. Cuando toma conciencia de que fatalmente morirá él también, se siente solo e indefenso y, el miedo a la soledad, no hará otra cosa sino que perpetuar su egoísmo. Así pues, no le queda otro remedio más que el de sentir compasión por su miedo, soledad, tristeza y egoísmo. Y así de civilizado estoy yo, que no me quito de encima esta jinda o canguelo, palabras que no las usan los que del miedo hablan en la lengua de Cervantes, sino más bien, los que lo hacen por boca de Quevedo, como tomándose la cosa a cachondeo después de que el susto se haya desvanecido. Sin embargo, la palabra miedo impone más porque es sinónimo de cobardía. Ya sé que tan solo es una emoción que nos acompañará durante todo nuestra existencia con el único fin de salvarnos el pescuezo; pero hay miedos y miedos. Son esos miedos, invisibles pero casi comestibles, los que siempre me quiero quitar de encima como al que se le escapa un pedo en un ascensor, pues confieso que ésta es la fecha en que todavía no le he plantado cara a ese miedo con la suficiente determinación como para que se olvide de mí. Decirle al miedo: ¡aquí estoy!. Pero intuyo que el miedo me dirá algo así como: ¿Y tú quien eres, no te conozco? Y yo, con mucho miedo, le diría: soy yo, no te acuerdas cuando nos presentaron en la piscina aquel día que por casi me desnuco por hacer el indio al saltar desde el trampolín?. Aunque, ahora que lo pienso, gracias al susto no volví a intentarlo nunca más, porque casi fenezco y, como no lo hice, me embargó la vergüenza y, con el tiempo, la pesadumbre al recordarlo.
No, eso no es serio. Sin darme cuenta he banalizado mi dialogo hipotético con el miedo, por eso mismo, porque me muero de miedo solo de pensarlo. Se me fue el santo al cielo. Disculpen este arrebato filosófico trapero, pero es que a veces me ciego.
-¡Me cago en los muertos del Faraón!
-¿Qué te pasa, Vicente?
-Que me ha cagao una tórtola. Lo miré y, efectivamente, una streptopelia decaocto, llamada también tórtola turca, haciéndose la sueca, le había condecorado con un cerro de gandinga sobre la pechera. Miré hacia la copa del plátano, que me da sombra y cobija, y vi al tórtolo, que supongo sería el marido de la tórtola defecadora, (como siempre van en parejas como la guardia civil) con la molleja sobre la vertical de mi bocadillo. Le quise hacer una finta amagando hacia la derecha y huyendo hacia la izquierda, pero me cazó y solo pude salvar dos quintas partes del bocadillo. A resultas de esto, se me quitaron las ganas.
-Creo que vamos a tener suerte con el gandingazo- le dije, al ver a Vicente francamente desolado.
-¿Tú también crees en esas tonterías? Me dijo
-La verdad es que yo ni creo ni dejo de creer, a lo sumo, me conformo. Míralo desde el lado positivo ¿Y si es un buitre el que nos caga? Como hay tantos por aquí…
-No te enrolles que me tengo que ir a merodear por el bache donde estoy triunfando. Quería decir que le consumían las ansias por visitar los contenedores con premio. No me fue del todo difícil sentir cierta empatía con los ludópatas. Al fin y al cabo, nos parecemos mucho en cuanto a la compulsión que sentimos por obtener un premio inmediato. Pero no siempre se está en el lugar indicado y en el momento preciso. Conseguir más o menos dinero con un mínimo de esfuerzo y, entendiendo solamente lo del mínimo esfuerzo, como la gratificación de andar por la vida sin ataduras, es a eso a lo que me refiero cuando hablo de encontrar el tesoro. Otra cosa es encontrar el tesoro de los lilas; aquellos para los que está reservada toda una eternidad con su tesoro aurífero en el reino de los cielos. Ahora que lo pienso… según las leyes de la economía, el tesoro se revalorizaría eternamente, de ahí el poderoso impulso de acumular riqueza como si ésta fuera eterna y con noúmeno. Claro, pero esto contradiría a Kant, ¿no?. ¿O quizá a Kent, el novio de la Barby?. No lo sé, esto me hace dudar, como cuando en su día quise comprarme una moto y no sabía si hacerlo o ponerle un manillar al váter ¿Lo pillan?
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