viernes, 17 de junio de 2011

LA LÍADA DEL GORDO Y LA CONSOLA ROCOCO


 
               Acababan de soltar al Gordo y fui a visitarlo a su trapería. Una planta baja cuyo contenido era extravagante y a la vez conceptual como una obra de Tápies; donde convivían en promiscua francachela, lo que unos desechan y otros anhelan. Aunque esto lo digo en sentido metafórico, no quita para que también hubiera lugar para las telarañas (que eran más grandes que las pechinas de la cúpula de San Pedro de Roma) y otros detalles referentes a olores capaces de tirarte de espaldas sin ninguna contemplación. Me dijo que todo había salido bien; que después de haber pasado 72 horas en comisaría declarando en las diligencias previas, le pusieron a disposición del juez, en este caso una jueza, que se equivocaba cada vez que se dirigía a él y que tuvo que aclararle unas cuantas veces que su nombre era Rosendo Elías y no, Rosendo alias el Gordo. Tanto en comisaría como ante la jueza se mantuvo en negativa; no sabia nada ni de unas cajas con antigüedades ni de Rohipnoles y que tampoco conocía a Don Federico del Valle del Somorrostro y Torreblascopedro, al que todos distinguíamos con el mote de Pichadulce. Ni siquiera torturándolo con la bazofia que le dieron de comer en comisaría, pudieron derrotarlo. Así, que la jueza lo puso en libertad sin cargos, entre otras cosas, porque no había quedado ningún rastro que poder seguir para dar con el paradero de las antigüedades que desaparecieron. Al Gordo no le resultaría difícil mentirles a las autoridades ya que, decir verdades, solo le he escuchado decir dos: una cuando afirma que él a veces miente y la otra, cuando jura por su madre que está bajo tierra, que resulta ser cierto porque trabaja en el metro de limpiadora.
Mientras me contaba todo esto, se iba desprendiendo de todo tipo de trastos descompuestos o sin funcionar arrojándolos a un bidón grande con la intención de tirarlos, alguna vez, a la basura. En esto, que entró un morito de los muchos que tiene como clientes y se puso a escudriñar por todos los rincones del local. Poco a poco iba escogiendo: una linterna por aquí, una olla por allá; zapatos, mochilas, cortinas y hasta una lavadora.
-¿Esta lavadora va?, le preguntó el morito
-Claro que va, le respondió el Gordo, la hemos traído de un piso y la mujer nos ha dicho que si que iba.
-Si, tu siempre dices que va y luego no va y me toca subir y luego bajar para tirar.
-Tu te la llevas, y si no va, me la traes y te devuelvo el dinero- le decía el Gordo que había interrumpido la limpieza y se dejó caer sobre un sofá mohoso al que de un momento a otro, le podría surgir cualquier tubérculo. Al poco rato, el morito empieza a meter la mano en el bidón de marras y a sacar trastos como si aquello fuera una chistera mágica: un radiocasete, un video, una televisión portátil y cada vez que el morito le preguntaba que si tal o cual aparato funcionaba, el Gordo le decía que si.
-¿Puedo probar si facciona?
-No, que me habéis jodido todos los enchufes; tu te lo llevas y si no va, te devuelvo el dinero- no paraba de repetirle el Gordo. El morito había llenado una bolsa de deporte con, por lo menos, más de la mitad de los trastos directamente del bidón que iba a ir a parar al contenedor de la basura y la otra mitad, probablemente, hubiera tenido la misma suerte si no hubiera sido porque en ese momento le interrumpió la tarea.
-Haber que te llevas- El Gordo hizo como que miraba el contenido de la bolsa con algún interés y le dijo:
-Sin regatearme, dame 40 euros-
-Eso es mucho, le contestó el morito; yo no sé si va o no va la trivisión ni radio ni dividi…
-Si, pero te llevas cuatro pares de zapatos, tres mochilas, una olla Express, cinco móviles… le iba enumerando el Gordo a ojo de buen cubero.
-Esto es mierda como cagando, se le ocurrió decir al morito para que se le entendiera que lo de mierda no lo decía en sentido metafórico, sino literal. Hasta aquí, el Gordo se mantenía en aparente calma.
-Pues déjalo, no te lo lleves que ya vendrá otro y se llevará la mierda como cagando, como dices tu.
-Diez euros te doy-
-¿Qué? ¡Fuera de mi casa! ¡vosotros no venís a comprarme, vosotros venís a robarme! Ya había montado en cólera el Gordo que no necesitaba nada más que un poco de frustración para avivar su furor, y gritaba y daba golpes con la palma de la mano sobre todo lo que fuera plano y el morito lejos de irse, aguantó todas las barbaridades que le salían de su boca (sobre todo con respecto a su procedencia) con tal de llevarse todo aquello. Estuvieron casi a punto de llegar a las manos, pero no lo hicieron porque ninguno de los dos tenía amor propio y si, mucho amor al dinero. Al final, el morito se llevó aquel lote de autentica chatarra por quince euros, sin derecho a devolución y apercibido de que no apareciera más por su local. Por poco dinero que le diera el morito, al final, resultaría ser mucho porque ninguno de los aparatos que se llevó iba, y de ir, irían hasta su casa, más no. Lo que no sabía el morito era, que había llegado tarde a la fiesta y en la planta baja solo le quedaba la “mierda como cagando”, como él mismo decía y, que resulta ser ni más ni menos, que todo aquello que se le iba acumulando después de cada compra-venta o vaciado de piso (con consentimiento se entiende) y como los negocios los hacía tan rápidos como se seca “un salivazo en una plancha”, si el Gordo no te invitaba al festín, era esto lo que te podías encontrar. A todos los vendedores del Rastro nos pasa lo mismo, acabamos reuniendo cierta cantidad de trastos que no tienen el más mínimo interés comercial y de cuando en cuando los abandonamos en la misma paraeta… solo que nosotros los apodamos muy cultamente, inmundicias, para regocijo de quienes se acercan al Rastro a ultima hora.
Cuando acabó de despachar al morito, le di las gracias por su silencio en nombre de todos los que participamos en el asunto de Pichadulce, incluyendo al Perilla, al que no veremos durante una temporada en la que se inflará de comer garibolos a costa del estado por una acumulación de causas pendientes con la justicia. A continuación, le pregunté si tenía algo pa buscase la vida y me dijo, que para el día siguiente, uno de una inmobiliaria que él conoce, le entregaría las llaves para vaciar un piso en el que ya había visto de antemano muchas cosas y muy buenas. Acudí a la cita; sin embargo, no pude evitar cierto recelo, supongo, que porque no hay manera de saber cuando miente o cuando dice la verdad, si es que alguna vez la dice. Como es un niño irresponsable e instintivo con cuerpo de adulto, fantasea para captar la atención de los demás y encuentra divertido, no solo el mentir, sino que encima se regodea cruelmente de sus victimas. Ni que decir tiene, que por si solo no va enmendar su conducta, pero hay un gitano que le tiene tomada la medida y a base de garrotazos se ha empeñado en practicarle una lobotomía.


Se trataba de un piso en el centro de la ciudad al que su anciano dueño quería vender para marcharse a la Argentina, no sé si con alguna lumi de las muchas que le frecuentaban en el mismo domicilio (según me contó más tarde un amigo mío, que sabia de sus libertinajes y dispendios y de que las lumis soliviantaban a los vecinos cuando se equivocaban de timbre) o a buscar la Arcadia de Blasco Ibáñez. Tuve el privilegio (después de el Gordo) de ser el primero en franquear la entrada al tesoro del pastelero, que esa había sido su ocupación y la de varias generaciones de su familia hasta remontarse a los amaneceres del siglo XX. Al ver que era cierto lo de “mucho y muy bueno”, comenzó a movérseme la cabeza a latigazos como al Gordo cuando juega a las tragaperras, y entonces intuí, la fuerte emoción a la que podría estar enganchado él, porque a mi, la adrenalina me sublimaba y me hacía sentirme como un héroe de la antigüedad, tanto por la magnitud del tesoro, como porque tendría que defenderlo de la misma manera ante toda clase de lances, cantos de sirenas, malos augurios y atropellos a los que tendría que hacer frente cuando arribara al Rastro.
Al parecer, el pastelero quería partir ligero de equipaje y había dejado el piso intacto, o al menos, esta era la apariencia que tenía. El dormitorio había pertenecido a sus padres; era de estilo modernista en madera de cerezo, y el armario de una sola pieza, sobresalía por su elegancia. Conservaba los discos de piedra; rosarios y abanicos; una preciosa caja de música con bisutería y en una pequeña habitación, habilitada para planchar, un baúl de mimbre con el ajuar de su madre. Todo estaba limpio y en orden menos el comedor, que lo usaba como trastero y se parecía bastante a la trapería del Gordo. Era como si tiempo atrás, hubiera estado a punto de marcharse y se quedó con todo empaquetado, pero yo creo más bien, que todo aquello se salvó de un primer naufragio por los pelos, según revelaban aquellas abigarradas y empolvadas pertenencias. En algunas de las muchas fotos que guardaba en álbumes y cajones, se podían apreciar los muebles y la decoración versallesca con la que aquel soltero empedernido asombraba a sus amigos y ligues. De las paredes colgaban cornucopias y lienzos de mediano tamaño con contenido bucólico; y lo mejor, una aristocrática consola de estilo rococó que aunque pertenecía a la década de los 60 o 70 del siglo XX, como el edificio, se apreciaba que le tenía estima porque estaba enfundada en una sabana para preservarla de las secuelas del olvido. La cocina era espaciosa y no había ni grasa ni platos por fregar; probablemente no comía en casa, pero si que bebía, puesto que sobre la mesa quedaban algunas botellas con restos de licores espirituosos, tal vez allí, era donde alternaba con las prostiputas. En un armario del banco de la cocina habían dos garrafas de cinco litros: una de cazalla y otra de mistela para que no le faltara el barrachat del desayuno. Miré en la alacena que era tan grande como mi dormitorio y habían cuatro antiguos tarros de confituras y dos piezas de considerable tamaño de cristal tallado: eran una exquisita ponchera y todo un soberbio jarrón de color púrpura. Cinco grandes platos de cerámica con una inscripción sobre el fondo con amplias letras de molde donde se podía leer el nombre y la dirección de dos pastelerías diferentes, y que se utilizaban antiguamente como bandeja para servir a domicilio las delicias, milhojas y pasteles, eran las únicas huellas que le vinculaban a su dulce pasado; aunque el presente no era menos dulce.
Después de escudriñar cada rincón de la casa, comencé a seleccionar lo que quería y podía llevarme para vender en el Rastro. De los muchos libros que adornaban el mueble librería, escogí solo unos cuantos con las mejores ediciones y temas pensando más en el transporte y almacenamiento, que en el beneficio. De las cajas que languidecían en el comedor y contenían exquisitos juegos en cristal tallado para vino, agua y güisqui (nunca supe si estaban completos) y de cerámica: vajillas, juegos de café y cuberterías, preferí desentenderme para no tener que reprochármelo, pues no sobrevivirían ni a un domingo de Rastro, dada mi pertinaz indolencia. Como fui el primero que llegó a la fiesta, me dio tiempo de saborear todas las exquisiteces y me decanté por las dos cornucopias, varios cuadros de pintura al óleo; los discos de piedra, los rosarios, abanicos, menudencias y el ajuar; una máquina de escribir portátil de los años 40 con su estuche de madera; un busto de 5ox30 cm en madera de palosanto de un negro del Congo Belga (digo yo que sería de aquel país cuando se llamaba así, porque procedía de Bélgica y estaba fechado en 1960) los tarros de confituras y los platos de cerámica, y le dije al Gordo que cuanto me iba a cobrar por todo el lote: 300 euros me dijo, y no le rechiste. Yo cada vez que pasaba junto a la consola Luís XV, la miraba con aprecio pero no encontraba la manera de trajinármela, cuando me dijo lo que quería por ella (100 euros) me pareció un precio generoso y me arriesgué. Digo que me arriesgué porque a continuación quedaba la segunda parte, que no era otra, sino la de la custodia y transporte. Guardé todo lo que le había comprado en el cuarto de baño como me indicó y quedé en que pasaría el sábado por la tarde para supervisar mi carga que tendría que ir junto a la suya en la furgoneta que él utilizaba. Cuando me dijo quienes le ayudarían a limpiar el piso, una gitanita amiga suya y sus niños, ya no hubo manera de quedarme tranquilo porque acabarían liándola.


Acabó el Gordo el negocio conmigo y echó mano de su lista de clientes: variados y a cual más cicatero. No podía ser de otra manera, por que sus hábitos atraían al fullero y repelían al prudente. De entre todos, con quien mejor trapicheaba era con los moritos a los que procuraba engañar todo lo que podía antes de que lo engañaran a él. Con premeditación, les vendía aparatos eléctricos que no funcionaban y ellos con alevosía, le robaban impunemente. A menudo yo presenciaba este espectáculo hasta que dejó de parecerme pícaro y empecé a sentir repugnancia, entonces, procuré visitar al Gordo con menos frecuencia de lo que lo hacía antes, sobre todo, porque ya no sabía quien era más despreciable.
Por más que pasaban por sus manos miles y miles de antigüedades de más o menos enjundia, no se aplicaba ni poco ni mucho en defenderlas, a la vez que amparaba su amor propio, puesto que era ludópata. Solo había cambiado el premio de las máquinas tragaperras por la intriga de la caza del tesoro, y cuando conseguía alguno, este azar, le proporcionaba un ansia insuperable por conseguir más y más que, irremediablemente, le conducía a desprenderse de todo lo mejor de una manera rápida y barata. Era esto, su aparente necedad, lo que le proporcionaba encanto.
Fueron varios los que acudieron de compras. Los moritos le despejaron la cocina de electrodomésticos y menaje y un par de clientas de lo más avispadas: los libros, la cristalería, la cerámica, un buró y todo lo que quisieron, bueno… mejor dicho, todo lo que les dejé yo, y no porque sea ni más ni menos generoso, sino que entre otras cosas, también soy un poquito vago como ya he dicho antes. En poco tiempo se deshizo de todo lo que pudiera tener interés y llenó su pelleja con más de 800 euros; pero yo creo que fue mucho menos, claro que casi todo era beneficio. A quienes le ayudaban siempre les pagaba poco y a cachos, así que no podían ser otros que indigentes a los que les costaba mucho reunir unos cuantos euros al día. Su generosidad para con estas personas solo era comparable a su rencor por el agua y el jabón.
Llegó el sábado por la tarde y subí al piso para hacerme cargo de mi compra. La gitanita que era más floja que una cortina y misericordiosa con los niños (como tiene que ser) llevaba ya tres días apalancada en el piso con sus dos niños y un sobrino (el Gordo le dejó las llaves mientras él se quitaba de en medio, y los niños campaban por sus respetos correteando y subiendo y bajando en el ascensor como si aquello fuera una noria). Con un nudo en el estomago abrí la puerta del cuarto de baño y respire profundamente cuando lo único que eche en falta fue un juguete que consistía en una réplica de una máquina de expender bolas de chicle, por lo demás, todo estaba tal como lo dejé. Al preguntar por el paradero del juguete, me aplicaron la ley del silencio; y me di con un canto en los dientes.
Estaba empaquetando mis trastos cuando sonó un golpe seco y a continuación salió el más pequeño de los gitanitos del dormitorio corriendo y, entre cantando y gritando decía:
-¡Mi mama está borracha, sa caio, y se le ven las bragas! Acudimos todos y el espectáculo, aún dentro de la gravedad, no dejaba de resultar grotesco e hilarante. Se había caído de la cama al suelo desde casi un metro de altura y se le oía balbucear:
-¡Ay que malica estoy! ¡ay que malica estoy! Olía a bodega llena de albañiles a las seis de la mañana. Resultó, que desentrañando los cajones y armarios de la cocina vio la cazalla, pero no veía la manera de parar de meterle tientos y a solanas iba trasvasando el aguardiente de una garrafa a otra de carne y hueso, hasta el punto… y coma etílico, en el que cuando se sintió mareada se dejó caer con tanta fuerza sobre la cama, que rebotó y salió catapultada y como era redonda, dio varias vueltas de campana hasta que se quedó encajada con medio cuerpo debajo del armario y el culo al aire. Aunque a todos los presentes nos dio por reír, aquello no dejaba de ser solemne como el leñazo que se metió. Nuestro trabajo nos costó al Gordo y a mi devolverla a la cama ( desde donde alzó el vuelo aquel peso muerto de un metro y poco más de diámetro) y tuvimos que llamar a unas monjitas seglares de una ONG (cuyo cometido era bregar con los parias del Barrio Chino) para que se hicieran cargo de ella y de los niños. Al momento se presentaron dos de ellas y pusieron calma en todo el barullo que se había formado. Yo continué con lo mío y comencé a bajar mis trastos ya que los tenía dispuestos.
Hice un primer viaje y dejé la carga en el portal y cuando subí de nuevo, un fuerte olor a azufre me abofeteó la nariz. Creí que sería el rastro de Belcebú al salir huyendo del serrallo del pastelero, pero no, era aún peor. El hijo mayor de la gitanita que debería de tener ocho o diez años y, sin embargo, abultaba como un niño de cinco pero con la astucia de uno de veinte, se estaba entreteniendo con una caja de cerillas rascándolas y cuando prendían, las tiraba al suelo justo en el lugar donde más yesca había: el comedor. Se lo advertí al Gordo que cuando vio lo que estaba haciendo, creo que hizo el único acto responsable de su vida: le atizó con la mano abierta tal llamerá en la cara, que casi le prende fuego al niño. El chiquillo aguantó el tortazo (que al caso viene pintiparado) como parte de su entrenamiento espartano y lo miró fijamente, pero no derramó ni una lagrima.
Continué bajando trastos al portal y cuando terminé me dispuse a cargarlos. La calle estaba cortada por obras y la furgoneta se pudo aparcar en medio de la calzada a pocos metros del patio. Ya había cargado los cuadros cuando, desde el interior de un coche que minutos antes se detuvo detrás de la furgoneta, una mujer me preguntaba con cara de asombro que qué es lo que íbamos a hacer con todo eso (refiriéndose a todo cuanto había en el zaguán) le contesté que venderlos en el Rastro. Se bajó del coche y también lo hizo una aseada y relamida parejita de niño y niña. Mientras iba oteando el interior de la furgoneta, me decía, que unos gitanos habían ocupado un piso en su finca y se estaban llevando los grifos. Entonces le aclaré que eso no era cierto y le conté de principio a fin el cometido del Gordo, que no era otro, sino el de vaciar el piso para que una inmobiliaria se hiciera cargo de ponerlo a la venta y que la presencia de gitanos, moros y cristianos tenía que ver con que estaba vendiendo sobre el terreno todo lo que podía y que lo que estaba viendo ella en ese momento, me pertenecía. No sospeche nada en ese instante, pero más tarde me di cuenta de que sin quererlo, me había ido del pico. Como vivían en la misma finca, no habían parado de seguir nuestros movimientos, incluso, lo de aparcar el coche detrás de la furgoneta tenía que ver con sus infames propósitos y encima yo les puse al corriente de todo.
-Por esto ¿qué vais a pedir? Se refería a la consola.
-200 euros, le dije, y enseguida me ofreció 150 euros. Aunque no tenía ganas de venderla en ese momento, como vi que estaba ganando dinero, preferí dársela por ese precio puesto que el mármol de encima de la consola era una pieza muy delicada para el tosco manejo que le esperaba. Ya habíamos cerrado el trato y avisó a la madre para sorprenderla. Bajó una mujer con aspecto de guerrero griego a juzgar por el casco que le cubría la cabeza, que más que peinado, con tanta laca como llevaba puesta, parecía que en vez de fiesta iba a partir a la batalla de las Termópilas. La hija ya le había puesto al corriente de todo, en pocas palabras, que éramos una pandilla de necios e incautos; pero la madre era aún más envidiosa y astuta. Empezaron a ponerle pegas a la consola para rebajar el precio y cuanto más pegas le ponían, lo mismo hacia yo pero con su semblante y talante. A la vieja le olía la ropa a perfume rancio y las dos tenían voz de cazallera. Madre e hija tenían más nivel de testosterona que sus respectivos maridos, especialmente el de la joven, que cuando dijo esta boca es mía, lo hizo dos tonos por encima del tono de voz de su mujer. Era notorio que cuando acababan de comer, ambas, remataban la faena con carajillo y copa.
Al final dieron con una pega que yo no había visto hasta entonces: tenía carcoma por la parte trasera. Me rendí, porque la carcoma últimamente no se estila y la cosa se quedó en 120 euros; pero mejor hubiera sido que no lo hubiera hecho puesto que hirieron mi amor propio. En todo momento tuve la sensación de que más que comprar, lo que pretendían era robarme; según ellas, me lo merecía por necio y estúpido.
Subieron en el ascensor la consola y ya no les volví a ver el pelo más. Para cuando me quise dar cuenta de que me habían robado un pequeño mueble auxiliar que hacía juego con la consola, ya fue demasiado tarde. Aprovecharon que yo me encontraba en la calle cargando la furgoneta, y se metieron a fisgonear en el piso del pastelero que en esos momentos era lo más parecido al saqueo de Roma por los Vándalos: la gitanita bramando y delirando; el niño pequeño llorando; el otro haciendo de Nerón y el Gordo afanado con sus lotes a moritos y cristianos. En resumen, esta era la escena que se encontraron, así, que solo tuvieron que cojer la mesita y salir por la puerta diciendo que ya me la habian pagado y nadie lo puso en duda. Pero en su afán choricero, no cayeron en la cuenta de que le faltaba la pieza de mámol que estaba en el cuarto de baño, y solo se llevaron, como aquel que dice, cuatro palos… eso si, estilo Luís XV. Me dio tanto coraje aquel acto tan obsceno y mezquino, que trinqué el mármol, lo trituré y lo eché al bombo de la basura. Y eso fue todo lo que pude hacer. Otra vez más, me hubiera quedado con cara de gilipollas si no fuera porque el gitanito pirómano, acabó saliendose con la suya y le prendió fuego, por fin, a aquello que al parecer le tenía manía. Fue más el susto que el daño que causo el pequeño incendio; pero en el fragor del incidente, se quedó el grifo de la bañera sin cerrar y estuvo toda la noche arrojando agua a raudales con tan buena suerte, que los moradores del piso de abajo resultaron ser las chorizas, y mentiría, si les digo que lo lamenté en algún momento.


Llegué al Rastro antes que el Gordo. Era de noche aún y me di una vuelta por si encontraba algo pa buscarme la vida desvirgando las primeras paraetas. No encontré nada y el Gordo llegó en ese momento. Mientras descargaba mis trastos de su furgoneta, oía al Gordo decir, sin dirigirse a nadie en concreto, pero en voz alta, las primeras trolas del día. Decía que tenía cinco pisos para vaciar esta semana repletos de cosas buenas, y lo cierto era, que había tenido solo uno y ya era historía para él. Había quien se lo creía y otros que creían en lo que veían y no le veían nada, le daban por majadero. Como siempre, acudió al Rastro con las zurrapas que le quedaron después de deshacerse de todo lo bueno y antes de convertirlas en inmundicias. Se notaba que disfrutaba deslumbrando a los presentes, a juzgar por la intensidad de los latigazos de su cabeza, y tuve que decirle, que dejara de enrollarse porque acabaría por dislocarse el cuello.
Monté mi paraeta y para controlar las embestidas, puse solo a la venta parte del material y el resto lo oculté al público. No tardarón en acudir como moscas a la miel los cazadores de tesoros. Uno a uno los fui espantando como eso: como moscas. Quería hacerle ver a todo el mundo que estaba inmunizado contra el virus de la estupidez y me mantuve moderadamente caro; pero transcurrió casi toda de la mañana sin vender nada y ya me estaba arrepintiendo de esta decisión tan radical, y en eso, que tuve un conato de iluminación (digo un conato porque no acabé de iluminarme del todo) o lo que era lo mismo, comprendí, que aunque no se sea del todo estúpido, si quieres vender en el Rastro, tienes al menos que parecerlo, para que quien estime oportuno creerlo así, tenga el pleno convencimiento de que más que comprar, lo que hace es robar.

¡Ah, se me olvidaba! A media mañana se acercaron dos policías a la paraeta del Gordo y preguntaron por Rosendo alias el Gordo: ¡Ya empezamos! les dijo, me llamo Rosendo Elías…
-Ya, dijeron, y le apremiaron para que les acompañaran a prestar declaración sobre una denuncia que le pusieron las del piso de abajo en relación a la inundación que habían sufrido. En situaciones peores lo he visto; pero siempre cae de pie como los gatos porque es insolvente en todos los aspectos.


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