jueves, 28 de mayo de 2015

Apología de Valero: la leyenda del Rastro

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    Antes de que acierten y nos den de lleno alguna de las bombas que están cayendo en el Rastro, y sean nuestros deudos y acreedores, los que solo se acuerden de nosotros, ahí va este memento; pero ojo, un momento: sin mariconadas.
    Sentado o de pie, pero sobre todo, fumando, Valero es un prodigio de intuición y mantiene sus cinco sentidos activados como buen mercader endurecido por la experiencia. Con su olfato descubre lo que con la vista cúbica; con el tacto, averigua; con el gusto transmite para, finalmente, con el oído escuchar la música del dinero.
    Su valentía, en la arena de los tratos, compensa lo que la naturaleza le niega: unos pocos centímetros. Sin rencor mira hacia atrás y no los echa de menos: ha crecido lo suficiente como para mirar, sin desprecio, a cuantos dan la talla media, pero no están satisfechos, porque aún no le han encontrado sentido a la vida.
    Valero es al Rastro, lo que el garrafón a la paella: sencillo pero indispensable. Ah, y otra cosa, no se aburre ni se cansa, y confiesa que hasta debería de pagar por disfrutar de su trabajo: es  algo así, como una vocación lo suyo. Tampoco le he visto quejarse cuando palma en un trato o, por lo menos, no se le nota, cosa que no se puede decir lo mismo de otros.
    Yo diría que es un clásico, pues con su ejemplo transmite la esencia del Rastro, cuyo principio fundamental es: no detener el flujo de las mercancías; que vayan de mano en mano, y el necio que las apalanque, cuanto más perdure su avaricia, más tiempo y dinero perderá.
    Sin ser ávido lector, por más que por sus manos pasen y hayan pasado miles de libros; sin embargo, como ya he dicho antes respecto de su bizarría, tuvo un par de cojones para leerse el mío: gracias.
    Y a todo esto, perdona, Valero, si me he chivado demasiado; pero es que a mí, solo me queda la palabra, como dijo el poeta, a lo que yo añado, para terminar este reconocimiento a tu natural talento: y la esperanza, por mi parte, de cobrar la paguilla, si es que antes no me ha barrido una bomba (ya me entiendes).

 

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