miércoles, 15 de abril de 2015

METÁSTASIS



    De repente, se incorporó bruscamente, y dijo: ¡cáncer, tengo cáncer!. Tardó poco en deshacer el nudo que le ataba a lo inapelable. Quería negarlo, por eso su inconsciente se reveló en el sueño y le produjo la pesadilla que acabó por despertarlo con un sobresalto. No le importó que en casa no hubiera nadie, no; pero si le angustiaba el no tener con quien compartirlo.
    Cáncer, tengo cáncer!. Después de unos minutos, golpeándole esta frase en la cabeza, estrujó su ánimo para poder levantarse de la cama. Lo hizo más con voluntad que fuerza física. A lo largo de ese día, tomó plena conciencia de lo que se le venía encima; algo así, como decirse a uno mismo: fulano, has echado las diez de últimas.
    Se dio cuenta de que algo no iba bien cuando empezó a sentir un fuerte y pertinaz dolor abdominal. Para cuando acudió al médico, la partida había acabado con un desigual resultado a favor de la metástasis.
    Lo primero que le vino a la cabeza fue el saldar cuentas. En el haber y el debe quedó a la paz; pero hubo a quien no le perdonó los intereses de demora, pues ese dolor, era tan infame como el que físicamente le torturaba.
    “Si cesara este maldito dolor, podría comer, pasear, recuperar fuerzas”. Se aferraba a esta idea día tras día. Alguna lagrima brotó de sus ojos a escondidas, de rabia más que de dolor, que era, a fin de cuentas, lo que le hacía albergar algún signo de esperanza, si algún día cesara. Pero solo la morfina, cuando inundaba su cuerpo, lo engatusaba con un quebradizo nirvana con el que se sacudía el miedo a la inaplazable caducidad.
    El por qué a mí y el daría todo lo que tengo... no pasaron de ser meras preguntas retóricas como ¿Con qué se iba a encontrar? ¿haría frío?
       Alternando cobardía y valentía, los días y los meses pasaban. Su mente estaba intacta pero su cuerpo se consumía. Aquel animal necesitaba más y más energía: ¡con qué saña lo devoraba!
    El dolor iba en aumento y con él la dosis paliativa de soledad adherida al hueso y pellejo que dejó cuando expiró el último estertor: no quedó nada.
    Solo vino y solo se fue. Así es este viaje iniciático al que no le prestamos la más mínima atención.
  


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