viernes, 7 de agosto de 2015

GUIA PRÁCTICA PARA EXTRATERRESTRES

   Características de algunas especies y subespecies que surgieron a partir de género homo, cuyo instinto de supervivencia, les llevo a adaptarse y reproducirse con éxito en el hábitat del Rastro. Razonamiento éste, de poco interés científico y, menos aún, ecológico.
    En primer lugar, merece un sincero y cordial tanteo, el estimado homo enterator.  Figura esencial, de aspecto pulcro, unas veces, y otras, un tanto astroso. Inteligente y sensible es, además, de profunda y vasta sapiencia, como su nombre indica: el enterao. Pero a su vez, son estos atributos, inversamente proporcionales al volumen de su cartera o, dicho de otra manera, este hombre sabio, cuanto más sabe, menos dinero tiene para adquirir aquello que desea. Procede, en su mayor parte, del hemisferio sur del funcionariado, mayormente, maestros y profesores de primera, segunda, tercera, cuarta, etcétera enseñanza. Es pacifico y amable y casi nunca aprieta en los tratos, si no fuera por la influencia negativa que sobre él ejerce el “sueldo para toda la vida y su orgullo intelectual”.

    Después tenemos al homo ganguis, que es, con diferencia, la especie más desarrollada y de la que no se espera, ni a corto ni a medio plazo, ninguna merma significativa en el número de ejemplares. Es el homo ganguis, buscador de gangas. Carece de cualquier atisbo de rigor y, no digamos ya, del más mínimo criterio a la hora de comprar otra cosa que no sea una ganga.
    Por ejemplo, si en su día le hizo falta un martillo para clavar equis cosa, y fue al Rastro a comprarlo en vez de ir a una ferretería, con toda seguridad, lo más probable es que ya cuente con más de veinte o treinta martillos. Esto es extensible a cualquier otro artículo adquirido con este criterio: el de la ganga. Así pues, tiene su casa llena de gangas, unas rotas, con el propósito de que algún día, o en otras vidas, restaurarlas, y otras, sin otro uso que no sea el de formar parte de un macizo montañoso que se extiende desde el umbral, pasando por todas y cada una de las estancias de la casa, y a lo que eufemísticamente, llama colecciones.
   A este homo ganguis, lo podemos ver, cazando gangas, en compañía del homo enterator. Éste último, se aprovecha de su olfato oportunista para darse suculentos festines sin tener que hipotecar ni su sueldo ni la estabilidad familiar. Y a su vez, el homo ganguis amplia exponencialmente el rango de objetos, estimulando su instinto acumulador por medio de la envidia que despierta en él la erudición del otro. De esta simbiosis nace una subespecie denominada: homo plumbeus

    El homo plumbeus es un híbrido estéril; pero no como los mulos sino como los santos de madera. Deviene de la fusión entre el homo ganguis y el homo enterator. Sin capacidad reproductora, nace, como aquel que dice, por decantación. Es decir, que cuando el homo ganguis no caza gangas o el homo enterrador se encuentra seriamente amenazado por su pareja, con el divorcio o, con algo peor aún, cosa que no sé lo que será, pero que doy fe de que los deja acojonados, (digo yo, que tendrá que ver con el presupuesto y los deberes familiares, los cuales desatiende en beneficio nuestro), se decantan, ambos, por lo que todos entendemos por dar la paliza. Así, como suena: son unos plomos. Cuando se encuentran en esta situación, no se les ocurre otra cosa mejor que hacer que, allá donde puedan apalancarse, descargar su pesado discurso sobre las ya encorvadas espaldas de aquellos vendedores cuyo carácter les resulta algo introvertido, o más bien, discreto, diría yo. A base de dale que te pego en improductivas peroratas, transcurre el tiempo (gratis para ellos) mientras nosotros pensamos: si no compran, sobran  tramas, temas, etcétera. A veces resulta muy duro estar al otro lado de la frontera.



    El homo ganguis-ganguis es una joya. Ni sabe ni entiende de antigüedades y, lo mejor de todo es que le importa un pito el aprender; pero dispone de suficiente dinero gastador como para mantener su arrogante incultura hasta que se harta. Si tuviera que retratarlo con una metáfora diría, con un lenguaje llano, que es como aquel que en su vida ha llevado bragas y, ahora que las viste, las puntillas le hacen llagas. ¡Che, això ho pague jo! Es lo propio del nuevo rico, cuyo éxito en los negocios lo ratifica con una cohorte de aduladores en la que él es el príncipe heredero de un quimérico pasado noble y suntuoso. para darle contenido a sus fantasías, compra todo lo que le entra por la vista, que coincide con todo aquello que los entendidos rechazan. Por este motivo es de sumo interés para el vendedor, ya que su ignorancia es inversamente proporcional al cuadrado de su fortuna ¿o al revés? No sé, las matemáticas no son lo mío: apenas si sé contar con los dedos.
    Y ahora, digo yo que, la cultura se puede comprar, pero su fin es refinar la sensibilidad y desarrollar los talentos. Digo talentos, porque tenemos varios a la espera de ser atendidos. Pero el homo ganguis-ganguis pone toda su energía al servicio del dinero y, a fe mía que, su talento para este menester, puede resultar tan admirable como su paupérrimo gusto ornamental. En resumidas cuentas, el homo ganguis-ganguis cree que compra gangas; pero la ganga es él.


    El homo vultur, o sea, el buitre, para que nos entendamos, es, junto con el homo ganguis, la especie más extendida en el hábitat del Rastro donde abunda la caza. Digamos que, es un esclavo de la envidia. Carece de rigor pero no de fin. Su instinto necrófilo le lleva a orbitar, incesantemente, alrededor de la desgracia humana, no tanto para satisfacer un deseo como para reafirmarse en su siniestro reinado. Porque, todo hay que decirlo: él es el rey, o eso cree. Su táctica consiste en planear sobre el Rastro hasta que da con el más inexperto vendedor, a la vez que necesitado, lo acorrala con sus pomposas alas, de veladas intenciones, y lo aísla de la fuente del conocimiento, el mayor tiempo posible, para extraerle la mayor cantidad de jugo. Una vez que ha satisfecho su cometido, acaba el festín, relamiéndose, según el grado de envidia y celos que despierten sus capturas entre los de su misma especie, de la misma manera que, en sentido inverso, ha sido tentado, a su vez, por la codicia ante la simple contemplación de objetos en posesión de otros homos inferiores e indefensos, a los cuales desprecia o, por lo menos, no siente la más mínima empatía. 
    Cualquiera diría que me estoy cebando con el homo vultur, ¿No?; pero verán ustedes. Desde el punto de vista comercial y, hasta humano, diría yo que entra dentro de cierto margen ético, el regatear después incluso de que el precio de un artículo o lote, nos parezca justo y beneficioso. Si con el regateo obtenemos mayor margen de beneficios, mejor que mejor. Pero no solo eso, sino que cuando se invierten los papeles y nos encontramos en el lugar del vendedor, aceptamos, por imperativo categórico, como diría Kant, que nuestra acción se vuelva contra nosotros, es decir, que nos traten de la misma manera que nosotros lo hayamos hecho con los demás. Ahora bien, ocurre lo siguiente con respecto al homo vultur, que escapa, por su crueldad, a todo lo que anteriormente he comentado, y es lo siguiente. Cuando el homo vultur interviene en un trato, sabe de antemano ante quien se va a enfrentar. Planea su ataque despiadado contra quienes más indefensos se encuentren por su aislamiento, pues, su único fin, no es tanto el obtener una ganga, como el despojar a su victima de su voluntad y reducirla hasta convertirla en un fetiche con el que satisfacer sus bajos instintos. ¿A qué instintos me refiero? Sobre todo al instinto de poder.
    El instinto de poder, de someter a su victima a sus deseos, lo revive en una secuencia virtual, cuando, a solas en su casa, contempla los artículos, impregnados de humillación ajena y, es entonces cuando siente que el mundo comienza a girar alrededor de él y, el placer, se le escapa gota a gota por las comisuras de los labios.
    Hasta aquí, podría resultar todo esto comprensible por su cercanía a lo que a todos, en un momento dado, nos puede pasar por nuestra mente en iguales circunstancias. La diferencia consiste en que, mientras lo pensamos, no hacemos mal a nadie, excepto a nosotros mismos. Otra cosa es, materializarlo y, peor aún, obtener placer y repetirlo, con lo cual tenemos la premisa necesaria que puede convertir a un ser en un psicópata.  
    El homo vultur tuvo su época de mayor esplendor y desarrollo durante la etapa nacional-católica. Formaba parte del estamento superior de los vencedores y gozaba de la impunidad que de esto se derivaba. Ahora, una vez que quedó atrás el fundamentalismo, actúa sin protección; pero siguiendo su propio instinto y, al final, lo único que consigue es despertar la antipatía y la náusea en el vendedor. 



    El homo ludus no sabe hacer otra cosa que jugar. Al contrario  que el homo vultur o el homo ganguis, que lo único que pretenden es salirse con la suya, el homo ludus disfruta jugando. Y ¿A qué juega? No es ni al teto ni al tato, si es eso lo que piensan.
    Supongamos que el Rastro es como una mesa de juego o una cancha (de juego también) en la que se enfrentan dos bandos. Por un lado tenemos a los vendedores y, por el otro, a los compradores que se disputan un determinado premio, un suponer, que el premio fuera, por ejemplo, equis cosa. El jugador que siempre va de mano y, por lo tanto tiene el derecho a decir la última palabra, es el vendedor porque: es el dueño de la mercancía y no hay pedo que valga. Con esto tenemos la primera y única regla de juego: respetar al jugador que va de mano y no agobiarlo ni maltratarlo.
    El juego se basa en encontrar el tesoro y el tesoro se encuentra escondido entre miles y miles de chismes que brotan, con apariencia de maleza (o de rubio trigal, según se mire) del mismísimo suelo del Rastro. El tesoro consiste en cualquier cosa que se desee poseer y sea a la vez codiciada por más de uno, bien para transformarla en dinero, con un alto beneficio, teniendo en cuenta el mínimo esfuerzo empleado, o bien, para ¿contemplarla?.
    Al vendedor se la trae floja, como aquel que dice, incluso, hasta su apariencia, (¿para qué nos vamos a preocupar por la forma de las cosas si desaparecen de nuestra vista al instante mismo de cerrar un trato, más pronto que tarde, sin dar tiempo a preguntarnos ni siquiera si, la cosa en sí es fenómeno o noúmeno?) y no profundiza en un conocimiento más allá del beneficio económico que pueda proporcionarle su venta, porque si no, nos volveríamos locos entre tantos trastos, (¿más de lo que ya estáis? Sé que se preguntará más de uno).
    El juego se desarrolla en un margen de tiempo que va, desde que el primer vendedor se instala hasta que el último desmonta su paraeta. Este intervalo de tiempo aporta intensidad a las sensaciones que uno experimenta a través de los cinco sentidos, y culmina en un clímax, cuasi orgásmico, cuando el tesoro es desvelado y conquistado. Ahora bien, el homo ludus antepone la satisfacción y el reconocimiento, el éxito, por así decirlo, de ser el ganador, por encima de cualquier otra consideración, llegando incluso a pensar que, hasta debería de pagar por el simple hecho de pasárselo bien, mientras que otros sufren y hacen sufrir a los demás.

    El homo burocrator es de reciente aparición. No encontramos fósiles de ésta especie entre los estratos de hace más de cincuenta años, así, como por el contrario, con solo dar una patada a una piedra, aparecen restos de cualquier otra especie mencionada. Siguiendo las observaciones y los datos empíricos obtenidos en la última década, a priori, se deduce que es una especie de sangre fría puesto que, lo único que sabemos es que, durante la temporada de invierno, pasan la mayor parte del tiempo tomando el sol y durante el verano la sombra. En espera de mayores datos sobre su adaptación, esto es todo cuanto les puedo decir.

    Para poner punto y final, he creído conveniente hacerlo con la especie que cierra el Rastro hasta el domingo siguiente: el homo pollus.
    El homo pollus, como ya he dicho antes, cierra El Rastro. El homo pollus abarca todas las edades y géneros, tanto el masculino como el femenino y todos los intermedios. Se constituye en especie, claramente diferenciada del homo ganguis, porque nunca compra nada y, si así lo hiciere, es porque ese día, lo más probable es que tenga fiebre y puede que esté enfermo. Acude al Rastro cuando éste ya ha echado las diez de últimas y, como es de mal agüero, con su llegada anuncia su declive.
    Lo de homo pollus deriva de su pasmosa similitud, en cuanto a comportamientos y tics, que pueden observarse sin necesidad de microscopio, entre los pollos caseros. Como éstos, caminan con la mirada fija en el suelo. Inclinando la cabeza y el torso, con ritmo, van describiendo figuras de ballet al compás de un tempo andante moderato, mientras van picoteando inmundicias (ora en fusas, ora en negras) del suelo al carro o a la bolsa: elementos éstos, imprescindibles, que les sirven de molleja. Esta acción, cuando se observa desde cierta distancia, o si lo hiciéramos desde las alturas, no se podría diferenciar tan fácilmente, como cabría esperar, de la que realizan los pollos en un corral. No quiero ofender a nadie con lo de corral, que esto solo lo digo, en sentido metafórico, para que me cuadre con lo del género gallus del cual deriva su clasificación.

    Y ahora sí que cierro este solemne dislate antropo… lo que sea, con la especie que resume, cuanto hasta aquí se ha dicho, y que es: el homo rastro.
    El homo rastro es figura primordial y omnisciente. Nace, digamos que, apardalao, y crece y se desarrolla practicando la intuición. Es el que cada domingo proporciona los elementos indispensables para el desarrollo verosímil de cada historia ¿o cuento?. Bueno, que ustedes lo cuenten bien. Enkantado.  





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