jueves, 2 de julio de 2015

Juani...


   Eran las siete de la mañana. La Juani acababa de llegar. Vestía unos tejanos de cintura baja, según la moda al uso, que modelaban sus muslos hasta convertirlos en dos columnas salomónicas donde descansaban, a modo de capiteles, ambos cachetes de su culo respingón.
   La Juani, para la edad que tiene, no solo está bien proporcionada en relación a su estatura, pues es más bien pequeña, sino que mantiene todos los atributos femeninos en buen estado de conservación. Sus pechos, por ejemplo, son abundantes sin llegar a ser vastos; sus caderas, ni anchas ni estrechas y sus labios gozadores.
   En cuclillas, de espaldas a mí, la Juani disponía uno a uno sus cachivaches sobre la sábana que había extendido en el suelo para exponerlos al público. Mientras, yo miraba embelesado la parte donde termina su espalda. Todo esto lo contemplo desde la posición de estar sentado en una de mis imploradas sillas, a unos cuantos metros, frente a su paraeta, como el que observa la ingravidez del colibrí, o cualquier otro prodigio de la naturaleza.
    ¡Blas, quita, quita, que no diquelo! Blas no se quitó de en medio, sino que giró su  menguado cuerpo, noventa grados, y se puso de canto, lo cual resultó ser lo mismo que si se hubiese ido, y mi campo de visión quedó expedito de nuevo.
   Gracias, Blas, le dije, y él continuó con su  sincera tarea de ayudarme, directamente, a extender el material sobre el riguroso suelo. Yo continué hurtando místicas miradas a la Juani ¿Qué otra cosa podría hacer que no fuera alegrarme la vista? Uno ya no está para galanteos, todo lo más que despierto en el género femenino es com-pasión, y lo sé.   
   La Juani permaneció un rato más con el culo sobre sus calcañares, y, cuando terminó de disponer el frente de su paraeta, no me quedó más remedio que ponerle punto y final a la periódica secuencia, (que ella sola se fue a negro), suspirando para mis adentros, la misma letanía de siempre: ¡Juani... no me canso de verte la raja el culo!. Da capo y Amén


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