martes, 12 de julio de 2016

EL PRÉSTAMO




    ¡Hola! ¿Qué tal está usted? ¿y su familia? Lo de su familia, lo digo, mayormente, por su madre, que sé que está delicada, le dije. Estaba, me dijo el señor inspector. ¡Cómo lo siento! Le respondí; pero en realidad no sentía nada. Me daba igual porque no la conocía; pero es así como me enseñaron a conducirme ante sucesos luctuosos. No, si no a palmao todavía. ¡Ah! Yo creia que… Me quedé un tanto abochornado por haberla matado. Vamos al grano y dejémonos de cumplidos porque, si no, la vamos a liar. Como usted mande, señor inspector.

    Era verano y el seños inspector iba ligero de ropa, por eso, llevaba puesta, a la cintura, una faltriquera donde, supongo, que portaría sus herramientas de trabajo. De la misma sacó dos fotos y me las puso delante de mis morrros. En una de ellas, aparecía una rubia despampanante, de labios carnosos, y pensé enseguida: Vaya, esta gachí se debe de comer la pollita poco a poco. Al darse cuenta del error, en mi sicalíptica mirada, retiró la foto en seguida de mi vista, con desprecio, como diciendo: ¡Quita, ¡quita, que la miel no está hecha para la boca de los cerdos!. Pero yo no me ofendí. Para qué, si a mí también me la chupan y seguro que me sale más barato. Entonces, guardó la foto rápidamente, y se centró en la otra poniendo énfasis en sus palabras: Quiero que la mires, detenidamente, y dime que es lo que ves. Al verla me quedé pasmao. Un individuo regordete, yacía, decúbito prono, o sea, bocabajo, solo que en este caso, le faltaba la boca porque no tenía cabeza y, fijándome mejor, también me di cuenta de que le faltaban las manos. Tenía la ropa ensangrentada y un detalle un tanto escabroso destacaba en primer termino de la foto, y era: que tenía los pantalones bajados, como si lo hubieran pillado cagando y hubiese intentado huir sin darle tiempo a limpiarse el culo. Eso fue lo que a bote pronto deduje; pero, el señor inspector, fue más allá de mi somera interpretación, y me dijo: Si te fijas bien, verás que lleva empetao, en el bullate, un billete de a cinco pavos. Así lo hice, me fijé mejor y entonces vi con claridad que, el señor inspector, llevaba razón, y que yo, que sí que había reparado en el papel en semejante posición, me había precipitado a la hora de sacar conclusiones. También le dije: Señor inspector, que bien maneja usted nuestro deje. Va directamente al concepto, evitando los culteranismos de la retórica burocrática. ¿Y qué quieres que te diga, que llevaba introducido en el ano un billete de cinco euros?. Así nos entendemos mejor; pero no olvides, que yo estoy al otro lado de la línea: con los buenos. No, señor inspector, más franco no puede ser, le respondí.
  
    A continuación, le dije: Todo esto está muy bien, señor inspector, pero todavía no acabo de comprender por qué se dirige a mí si yo no soy confidente de la policía. A lo sumo, la única conexión que veo, es la de que a mí me gustan las novelas y películas de serie negra. Incluso, algún día pienso escribir un relato detectivesco con los ingredientes de las novelas negras. No me cabe la menor duda, me respondió, de que si algún día lo haces, ingredientes negros tendrá: los de tus uñas. Pensé, para mis adentros, que podía haber sido un poco más condescendiente con nuestro colectivo de traperos y chatarreros, al fin y al cabo, él era un representante del estado.

    Mientras hablaba con el señor inspector, me mostraba inquieto todo el rato, porque me venía ala cabeza lo que mis conocidos talegueros me habían infundido al respecto del oficio de agente del orden. Todos coincidían, en afirmar con rotundidad, que el policía huele a distancia, y, por eso, sentía cierto reparo, por si el olor se hubiera esparcido por todo El Rastro y llegado al olfato de alguno de ellos y se creyeran que yo estaba piando.

    Al parecer, me leyó el pensamiento el señor inspector, cuando me dijo: Tranquilo, que sé que no eres un piana. Pero aquello no me tranquilizó, porque quienes tenían que saberlo, estaban al otro lado de la raya que él me señaló. Sin ir más lejos, a mis espaldas. Se trataba de unos gitanos que, sin ningún reparo (y sin permiso de venta, por supuesto) aparcaron su furgoneta, a escasos metros de mi puesto y, con las puertas abiertas de par en par, exhibían el género con descaro y gritaban: ¡A la rica sendia, a preba y a cata!. La chusma acudía y unos compraban y otros no (los más inteligentes, supongo). Vendían las sandias a capazos, como si las hubieran acabado de robar, o ésta era la impresión que daban. Siempre quedará la duda. Pero yo apuesto a que las sandias no aguantaban ni un día más y por eso las llevaban el domingo al Rastro, donde siempre hay alguien que piensa que la venta ilegal es sinónimo de delito, y, por consiguiente, surge la tentación de aprovecharse. A todo esto, por casualidad, que no por obligación, aparecieron un par de policías municipales por las cercanías donde estaba instalada la furgoneta y la operación sendia y, como el que oye llover, pasaron de largo. No obstante y, por si acaso, la matriarca alzó la voz, como para despistar al enemigo, diciéndole a su niña: ¡Nenaaa, cierra las puertas de la furgona que va aparecer que estamos vendiendooo!. Con esto llegué a la conclusión, como tantos otros científicos, de que no es el olfato el sentido más desarrollado que tenemos.

    Ustedes se preguntarán, y con razón ¿Qué tiene que ver esto con lo otro? Pues, a simple vista, nada. Yo solo quiero convencerme a mi mismo; que uno no es de piedra; que estoy a favor de que cualquiera se busque la vida; pero lo más importante para mí es, qué es lo que hace uno con su vida y que valores inculca a las prolongaciones que deja: por más que cueste esto de creer, viniendo de donde viene. 

  


    El señor inspector, por fin, me reveló las auténticas intenciones por las cuales había puesto en riesgo mi seguridad. Resulta, que no aparecen ni la cabeza ni las manos del fiambre y, así, no hay manera de identificarlo, dijo. De qué y cómo murió, es lo menos importante. No portaba identificación de ninguna clase, ni tiene tatuajes. Tan solo una antigua cicatriz en el abdomen y una colostomía. Al oír esto último, le dije, movido por cierto frenesí: ¡A ver, a ver, me deja que le eche otro vistazo a la foto!. La miré más detenidamente y, por un momento, tuve el feliz presentimiento de que bien podía tratarse de Pichadulce: por lo de las cicatrices y la operación de colon. Pero no era él; aunque no estaba del todo seguro, la verdad sea dicha. ¿Me puedo quedar la foto? ¿para qué la quieres si aquí el investigador soy yo? No, por nada. Me quedé sin palabras y balbucee un poco. Bueno, anda, tómala. Y me la regaló. ¡Pero no la vendas! Me dijo, en tono imperativo. Otra vez tuve la corazonada de que me había leído el pensamiento, porque era eso lo que se me estaba pasando por la cabeza. Una foto macabra de cojones; de buen tamaño; en blanco y negro, nítida y contrastada: aquello era una joya. No pienso venderla. La voy a enmarcar y… si usted me la dedicara… Y cayó en mi celada. Movido por su vanidad profesional, me la dedicó y firmó con rango y todo. Una pícara sonrisa iluminó mi semblante, mientras él le miraba la entrepierna a una clienta que, en cuclillas y ensimismada, escudriñaba mis menudencias a ras de suelo.

    No crean que aquí en El Rastro estamos todos tan piraos, solo algunos. Y dentro de estos, unos cuantos, de los más notables, son buenos clientes. El mejor, para mí, es Beethoven . Siempre viene con la cartera bien condimentada y compra todo aquello que le sale del nabo, hablando en plata. No es coleccionista de nada. De nada en particular, pero si de todo cuanto logra impresionarle por motivos que ni él sospecha cuales puedan ser.   

   Empezó a llamarme la atención, últimamente, cuando un día, le vi cargado con una casulla y demás parafernalia religiosa. Otro día, con un aparatoso candelabro de forja. Otro, con pinturas y grabados religiosos. Y, así, así, no hay domingo que no cargue con algún referente católico, cuando antes solo compraba libros. Entonces, como tengo cierta confianza con él, le dije:  Beethoven, me parece que eres un poco meapilas ¿no?. ¡Qué va, si yo soy ateo! ¿Ateo? Mira, Beethoven, lo de las pinturas, grabados y otras mergas religiosas, lo puedo entender porque eres un artista y sabes reconocer la faena bien acabada; pero, lo de la vestimenta de cura… yo, si te soy sincero, te diría que… tú no follas como todo el mundo ¡Qué quieres que te diga!. Para mí, que te va el rollo de la parafilia. A él, cuando le dije esto, se le coloreo la cara y se echó a reír. Pensaría que estaba bromeando. Y a lo mejor era cierto porque lo estimo y le admiro lo suficiente como para procurar no herirlo. Es demasiado sensible. Un poquito introvertido, si que es. Su mundo interior es el reflejo de su compulsión compradora; pero su sinceridad le compensa. Vive al margen de cualquier hipocresía y creo que, en realidad, es eso lo que le hace ser un poco raro, más que otra cosa.

    Casos como los de  Beethoven, en El Rastro, los hay a puñaos; pero ninguno que merezca la pena tener en consideración de una manera particular. Más bien, de forma general sí, porque están todos  incluidos en el Manual de Diagnostico de Trastornos Mentales.

  

    El señor inspector llevaba apalancao en una de mis sillas, por lo menos, dos horas. Tenía el día libre y entre amenazas y amagos, dirigidos hacia mi persona, disfrutaba del ambiente relajado y cosmopolita que se puede respirar, gratis, en la mañana de un domingo, en El Rastro. Ya, por fin, sabía cual era el motivo que había despertado su interés por visitarme. Se trataba de que, lo más probable fuera que, el asesino, se hubiera deshecho de la cabeza y las manos tirándolos a un contenedor de basura y, aquí, era donde teníamos que intervenir yo y mi equipo (o al revés): Pero, señor inspector, ¿Usted se cree que yo me lo encuentro todo? Le pregunté. Pues sí, hasta la ginebra y el ron que nos pusiste en tu casa el día de marras que fuimos a visitarte. ¿Te acuerdas? ¿Cuando lo del otro muerto? Si que me acuerdo, señor inspector, y también me acuerdo de lo alegres y fraternales que se pusieron, que todo hay que decirlo. Pues ahora, quiero que abráis bien los ojos y el olfato y me mantengáis al corriente. Pero, señor inspector ¿Usted no cree que está muy claro lo de este crimen? ¿Que es un ajuste de cuentas entre mafiosos?. Con lo del billete en el bullate quieren transmitir el mensaje, a los de su banda, de que el muerto se volvió demasiado codicioso y no compartía con los demás como debía de hacerlo ¿No?. No. De ser así, el billete hubiese sido de un valor superior; con dos ceros por lo menos. De esta manera, el mensaje vendría a decir: ¡Pa chulos nosotros!.
  
    Que se trata de una venganza, está claro. Ahora bien, el móvil no lo sabremos hasta que no reconstruyamos al cadáver entero y podamos identificarlo. ¿Y, cuanto tiempo hace que apareció la que… podíamos llamar, primera entrega? Una semana. ¡Una semana! exclamé ¡Hay que echarle huevos al asunto! Después de tanto tiempo es imposible seguirle la pista. Lo sé. Por eso, antes de archivar el caso, me he acordado de ti y de tu deporte favorito, y he pensado ¿Y si el asesino aún no se ha desprendido de la cabeza y manos? Éste, refiriéndome a ti, con lo que le gusta escarbar como las gallinas en los contenedores de basura, podría contribuir, desinteresadamente, a que el mundo fuera un lugar un poco más seguro. ¿Qué te parece? Hombre, señor inspector, Éste, tiene nombre. Bueno, no te enfades que no lo he dicho con maldad. Sinceramente, señor inspector,  me suena un poco retórico esto último que me acaba de comentar, por no decir otra cosa, y me extraña, que el mundo pueda ser más seguro dando caza, únicamente, a criminales codiciosos cuando es la codicia lo que siempre lo ha movido todo. No tiene nada más que ver los titulares y las noticias de los medios: no paran de caer organizaciones criminales como si esto no fuera a tener fin nunca. De todas maneras, le agradezco su pelotilleo; pero a estas alturas, ya no me infla el ego. Creo que fui un poco arrogante en esto último que le dije; pero él tampoco se ofendió.

    El señor inspector, lo que en realidad pretendía era, que si por una de aquellas, nos topásemos con la cabeza y las manos, que no se nos pasase por la cabeza ningún tipo de maniobra especulativa, un suponer, que se nos ocurriera venderla en El Rastro, por ejemplo. Por lo demás, venía a decir, que el caso se la traía floja, ya que todo apuntaba a que era un claro ajuste de cuentas.


    ¡Juanito! ¡Calamidad! Es como saludo siempre a éste que lo fue, durante los mejores años de su vida, un buen vendedor del Rastro. Y digo que lo fue porque ya no lo es. Cuando con sesenta y cinco años le concedieron la no contributiva, dijo que le dieran mucho por culo al Rastro y, desde entonces, vive abrazao a la mísera paguilla. No le va mal porque bien se la administra, ya que de lo contrario, tiene mucho que perder: su libertad. Pero sucede, que ahora ya tiene setenta y tres años, y los remos le flaquean. Se apoya en una miaja de garrotica para equilibrar el sentido de la marcha. Pero la verdad es, que va más para atrás que para adelante. No hace mucho, se lo dije: Juanito, el mollate te está pasando factura. Mira al Bicicleta, tiene la misma edad que tú y está tan ágil como un gorila. No, si feo sí que ha sido siempre, recalcó. No, si yo lo digo en todos los aspectos, le quise puntualizar, para no ir más allá de lo estrictamente vital y dejar a un lado lo personal.

    Ahora me acuerdo que, ese mismo día, en el que yo me encontraba triste y metafísico, le conté una divagación mía estando él sentado en una de mis sillas. Le dije: es curioso, Juanito, pero todos mis entrañables amigos que se sentaban en estas mismas sillas y me acompañaban durante horas, haciéndome la mañana más entretenida y agradable, han palmao de metástasis. Tan solo quedo yo y otro hijo de puta que anda por ahí suelto. Pero esto, no creas que me reconforta, no. Porque no sé si sabrás que, en todas las reglas hay una excepción que las confirma. Pues bien, después de oírme, se levantó con mucha discreción y ya jamás, por más que intento quitarle hierro a lo del maleficio, diciéndole, que no se preocupe; que hay una relación directa entre la intensidad y la frecuencia con la que mis amigos se sentaban, no logro que él vuelva a hacerlo. Y me sabe mal, porque un poquito de relax no le vendría mal. Así, que Juanito Calamidad pasó de largo después de saludarme e intercambiar impresiones; pero desde la distancia. El señor inspector, que me acompañaba desde hacía ya un buen rato, sentado y relajado, me dijo: ¿Esa cara me suena…? Y yo le dije: mire, señor inspector, el pasado se lo llevó su puta madre.

    Durante un corto espacio de tiempo, se quedó pensativo, no por lo que acabara de decirle yo, que lo hice con conocimiento de causa de que, Juanito, mientras estuvo ágil, dejó sin tuberías de plomo cualquier chupano que se le cruzase en su camino, sino que, a lo mejor, lo hizo como ejercicio para prevenir el alzheimer. ¿Quién sabe? Porque ya tenía edad como para ser comisario honorífico. De pronto, me dijo: ¡Ya me acuerdo! Y dio un respingo en la silla y continuó: De esto hace ya muchos años. Estaba yo una noche de guardia cuando, unos patrulleros, me trajeron a un individuo al que habían pillado, in fraganti, descolgándose desde la cornisa de un balcón. Esperaron a que aterrizara y, cuando lo hizo, comprobaron que llevaba un saco con tubería de plomo y la maqueta de un barco, en carpintería de rivera, ante el cual, cuando la vi, no pude resistir la tentación. ¿Y sabes lo que hice? Me lo imagino, pensé. Le di cien duros por el barco y bola sin diligencias previas ni nada. ¡Muy bien hecho, señor inspector! ¡Para que se aproveche otro…! Le dije, mordiéndome la lengua.

    No crea que su visita ha sido tan fugaz porque estuviera usted presente, señor inspector, Juanito no le debe nada a la justicia. Si a caso, a si mismo: que todos tenemos un Karma. Le dejé caer. Y para mayor puntualización, le dije: desde que le conté a Juanito esto, esto y esto (refiriéndome a lo de mi escrupulosa estadística palmatoria) que ya no se acerca a menos de dos metros de mis sillas. Y lo que pasó después fue, que el señor inspector, carraspeó de manera sintomática; empezó a sentirse incómodo; se levantó de la silla y se lo llevaron los demonios. No volví a verlo nunca más, ni falta que me hace.


    Pero, tristemente, el caso siguió su curso y su final jamás me lo hubiera podido imaginar. Lo que en un principio nada tenía que ver conmigo, resultó que, de alguna manera, yo también estaba involucrado. Primero, les contaré cómo El Tuti Barati hizo que me percatara de por donde iban los tiros. ¿Has visto a Siempretieso? Me preguntó ese mismo domingo en el que recibí la visita del señor inspector (después de haber desaparecido éste, claro). No ¿Por…? Porque el otro día me dio un paquete, y me dijo: Toma, échaselo a los perros, son manitas de cerdo. ¿Y qué fue lo que pasó? le pregunté, porque lo vi muy alterado. Creo que El Siempretieso se ha metido en un lío, me dijo en voz baja cerca de mi oído derecho. No eran manitas de cerdo o, por lo menos, no de cerdo bellotero. Y se quedó entrecortado.
  
    He de reconocer, que me inquieté porque aquello me sonaba: cabeza, manos, mamitas de cerdo… Nada encajaba todavía hasta que me acordé del último préstamo que le hice a Siempretieso. Me dijo: Albertosky, déjame cinco pavos que estoy tieso. No era la primera vez que me pedía dinero y que siempre devolvía; pero sí la última, al parecer. Aquí todos estamos tiesos; pero él, un poquito más, si cabe, y por eso le llamábamos Siempretiso. Ya era mayor y el nivel de codicia que se necesita para buscar el tesoro, le había bajado considerablemente, como el de su libido. Esto último lo digo, más que nada, porque como la libido tiene que ver con todo, pues… Solo bebe vino barato en abundancia (que no peleón, digo yo, porque nunca le da por pelearse, más bien, todo lo contrario: le da por cantar, contar chistes y ser muy dicharachero) y come como un pajarito. Le cuesta horrores subir andando desde su casa, en la Avenida del Puerto, hasta la Plaza del Doctor Collado, punto de encuentro, donde a diario, confluimos los que aun no hemos muerto. De entre los que van faltando, a algunos se les echa de menos, a otros, en cambio, se les desea buen viaje, nada más.

    ¿Sabes una cosa Tuti? Yo también creo que el pobre pude que se haya metido en un lío. ¿Qué hiciste con las manos? Supongo que las tirarías ¿No? ¡Pues claro! ¿Qué querías que hiciera que se las diera de comer a los perros y al poco que tuvieran hambre me comieran a mi también? Bien hecho Tuti, porque a tus perros nunca les falta el apetito.

    Empecé a temerme lo peor conforme iba atando cabos. A Siempretieso lo habían desahuciado hacía ya un mes; pero no se mostraba, en apariencia, frustrado por el cruel acontecimiento. Era su casa de toda la vida. Comprada con su dinero y, hasta cierto punto, bien está, que los vecinos, que bastante paciencia tuvieron con él y su peculiar estilo de vida, ejercieran sus derechos y le reclamasen, por via judicial, su imponente deuda. El asunto no paró hasta que la Comunidad agotó todos los recursos y no quedó más opción que la de la subastar su casa.

    Como he dicho antes, a él le gustaba pagar sus deudas, porque eso, es lo que diferencia a un caballero de un pirulero, y como él se consideraba un caballero, estaba resignado a aceptar lo que la justicia dictaminase. Hasta este momento, todo iba conforme a derecho y por su camino. Lo que ocurrió después, no se lo merecía ni Siempretieso ni nadie.

    Antes de seguir adelante, quiero aclarar que, los que acuden a las subastas de la administración a pujar de manera profesional, aunque se les llame subasteros, despectivamente, no todos se comportan de forma carroñera y despiadada. Y lo mismo pasa con los que prestan dinero con intereses, se les llama prestamistas y, en general, tienen mala reputación, excepto los bancos, y no sé por qué. Y, por eso, traigo a colación, a mi manera, lo de la línea que me dijo el señor inspector. Todo el mundo habla de una línea que no se debe de traspasar (y unos le adjudican un color y, otros, otro) con tal de infundir ¿Respeto? ¿Contención? ¿Miedo? No sé. Pero la verdad es, que si se traspasa con tanta facilidad, es porque en realidad está pintada en el suelo con tiza nada más y, al no tener concertinas ni alambre de espino, cuando son muchas las veces que se cruza, acaba por borrarse y de ahí que todos creamos que es invisible y omnipresente: metafísica, por así decirlo.

    Hecha esta aclaración, para darle contenido al alma de algunas personas, lo siguiente que pasó fue, que un día antes de la subasta, se presentó en casa de Siempretieso, por la tarde, cuando Siempretieso duerme la siesta de la primera borrachera del día, un subastero y le propuso parar la subasta abonando él la deuda más quinientas mil pesetas que le pagaría como precio total del piso. Siempretieso acepto y, rápidamente, el subastero se lo llevó a Liria, donde ante un notario, firmó como que había recibido el importe integro de la transacción, que en total ascendía a un millón y pico de pesetas. Pero lo cierto era (y que me muera si es mentira) que no había visto ni un solo céntimo de aquellas rubias pesetas. Resulta curioso lo del notario de Liria. Le hace a uno pensar y exclamar ¡Pero que pasa! ¿Qué en Valencia no hay suficientes notarios o es que los de Liria son de veinticuatro horas?
  
    A partir de que Siempretieso tomara conciencia de que le habían estafado, su estado de ánimo subía con la ira y bajaba con la depresión, como una persiana, y de su cabeza no podía quitarse otra idea que no fuera la de: “A este tío lo mato”. Había que estar dentro de su pellejo. Entonces, yo le dije: Tranquilo, no hay pedo. Queriendo ponerme en su lugar. Y, a continuación, se inició un procedimiento largo y penoso para recuperar el dinero que le había pirulao el subastero.   

    Fue a pedir auxilio a la justicia y le asignaron un abogado de oficio, y le dije: Ves, empezamos bien. Te han asignado un abogado de oficio y no de pobres, como antes lo hacían. Mi padre era guarnicionero de oficio y, no veas, cómo se lo rifaban por lo bien que terminaba la faena, así, que este abogado debe de ser lo mismo ¿No?. Siempretieso no dijo nada ni yo me percaté, entonces, de que la justicia es una mercancía cuyo valor de cambio se establece por el tiempo empleado en preparar la defensa y, se da por aceptado, que el tiempo es dinero.

     Al final de la historia, el subastero se salió con la suya recurriendo a la máxima instancia y el dictamen fue de lo más injusto. Pudo ser, a consecuencia de que el abogado no tuviera tanto oficio como pensábamos o, lo que es peor y descorazonador todavía, que el abogado tuviera la suela de los zapatos machada con clarión, ese día en que El Supremo, como dios, estaba fornicando en el Olimpo. La cuestión es, que el desahucio fue inminente y fulminante. Cuando esto sucedió, comía y dormía en la Casa Grande y, por las tardes, se echaba su siestecita en un solar del Casco Antiguo, al que había acondicionado para la ocasión.

    Allí me dirigí cuando el Tuti me puso sobre la pista, y allí me lo encontré, entre cartones. Estaba tumbado; como dormido, solo que estaba muerto. Su bota de vino estaba como si acabara de dejarla caer después del último trago que, me supongo, necesitó para clavarse el cuchillo en el corazón. Junto a él, arropada por su brazo izquierdo, estaba la cabeza del subastero con una nota entre los dientes, que decía: YA ESTAMOS EN PAZ.

 


             


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