miércoles, 25 de abril de 2012

El síndrome Bukowski


    Sito Bukowski es trapero y además le gusta picotear como los pollos en el Rastro. También es grande y feo. De esto último está orgulloso porque dice que los guapos son maricones. Abstemio y, aunque lector ¿embadurnado? o ¿empedernido?, no caigo ahora, pero uno de los dos vocablos tiene que ser, no ha escrito en su vida más allá de las cuatro letras de una postal cuando estuvo en la mili. Entonces ¿Por qué le llamamos Bukowski? Se preguntarán ustedes. Pues, porque como el escritor, en sus mejores tiempos, la mete en cualquier agujero (a la polla me refiero) pero eso si, que lleve faldas, no vayamos a confundirnos. La que no es alcohólica, es bipolar o ludópata o todo junto. Es una máquina de follar... de follar calamidades. Lo lleva en el carácter. Es un crédulo bonachón fornicador de vodevil. ¿Qué tía va a follar contigo o conmigo, por la cara, si no es igual o más golfa y guarra que tú y que yo? Le digo a veces cuando me cuenta que tiene problemas con la penúltima que metió en su casa. Porque… eso si, meterla es fácil, ¡pero a ver como la sacas!.   
    El Relojero sin Fronteras es otro que adolece del llamado síndrome de Bukowski. Este se parece más al Viejo Hank en lo de beber y follar. Aparte de esto, tiene una capacidad de mimetismo verdaderamente asombrosa. Si se junta con un albañil, a las dos semanas él se convierte en albañil oficial se primera. Si lo hace con un mecánico de automóviles, al poco tiempo acaba convertido en un perito experto tasador de siniestros, y así sucesivamente, hasta el día en que lo conocí, que a la sazón era relojero, psicoterapeuta y aporreador de guitarra, después de que se le ocurriera pasarse al bando contrario, es decir, al de los abstemios. Fue entonces, cuando le di asilo en mi puesto. Como relojero, tenia siempre a gente haciendo cola; una para que le reparase algún reloj; y otra cola más grande, para el departamento de quejas. Nunca compuso ni un solo reloj de los que pasaron por sus manos; pero la culpa no fue de él ni del mollate, porque no bebía, sino de sus abonados carroñeros. Con esto de participar en las reuniones de alcohólicos anónimos, se hizo psicoterapeuta, y quiso redimir a las putas yonkis, con las que mantenía comercio carnal, embelesándolas con el tañido ortopédico de su guitarra. Pero ellas iban a lo suyo y yo le decía: pero so lila, no ves que si las redimes, en vez de cobrarte cinco pavos por mamada, te van a cobrar diez o en el peor de los casos van a pasar de ti. Al no conseguir resultados placenteros, un buen día desapareció. Y me han dicho que volvió a beber y que sigue follando con guarras, pero que es el hombre más feliz del mundo… después de Matthieu Ricard, por descontado.
 
PD: Llamé al Sito Bukowski por ver si tenía algo pa buscarme la vida. Le dije: ¿Sito? Soy yo, Alberto ( mi verdadero nombre es Vicente, pero todos se empeñan en llamarme por este otro nombre) como era la primera vez que hablábamos por teléfono, se quedó un poco perplejo al oír mi voz aterciopelada: ¿Alberto? ¿qué Alberto? El del pijo muerto, le espeté. Me salió del alma esta rima al acordarme de los sitios donde él la mete.   

   
   


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