Del Contenedor al Consumidor o El río que nació en el Rastro
Cuando
comencé a recorrer este blog no sabía exactamente qué iba a encontrar.
Sabía que había
cientos de entradas sobre el Rastro de Valencia, vendedores, compradores,
objetos, amigos, recuerdos y opiniones. Sabía también que, con el paso de los
años, habían aparecido poemas, canciones, reflexiones y textos cada vez más
personales.
Lo que no esperaba
encontrar era un río.
Un río que había
comenzado mucho antes de que existiera este blog.
A los doce años, en
una clase de lengua, un niño escuchó el poema de otro niño. El poema lo
conmovió, pero también despertó en él una gran envidia. No la envidia que
pretende arrebatar al otro lo que tiene, sino una más fértil: la que dice, casi
en secreto, «yo también quiero hacer eso».
Muchos años después,
aquel hombre convertiría aquella experiencia en unos versos:
Destetado de la
fuente,
el arroyo bajaba saltando
de mis oídos al cerebro.
En medio de un recoveco
tuve envidia de ser río en ciernes.
Quizá ahí esté el
verdadero comienzo de esta historia.
El río necesitaba
después un cauce.
Y lo encontró en el
Rastro.
Durante décadas,
aquel mercado fue mucho más que un lugar donde comprar y vender. Fue una
escuela involuntaria de literatura. Allí había personajes, conversaciones,
conflictos, miserias, ternuras, engaños, amistades, objetos absurdos y escenas
que, por momentos, parecen sacadas de Quevedo.
Pero había algo más.
Había libros.
Libros que podían
adquirirse baratos y que fueron entrando poco a poco en la vida de quien los
buscaba. Mientras en el Rastro encontraba historias en las personas y en los
objetos, en aquellos libros encontraba las palabras y las formas con las que
algún día podría contarlas.
Sin proponérselo,
estaba reuniendo materiales de construcción.
Y con ellos fue
levantando una obra.
Al principio,
aparentemente, solo había un hombre contando cosas del Rastro. Pero al recorrer
las entradas con distancia se descubre que el Rastro era también otra cosa: una
comunidad, una patria sentimental y, con el tiempo, un espejo.
Las historias de los
demás fueron llevando inevitablemente a la propia historia.
Los objetos
abandonados empezaron a hablar de la memoria.
Las fotografías, del
tiempo.
Los amigos, de la
pertenencia.
Los muertos, de la
ausencia.
El cuerpo
envejecido, de la impermanencia.
Y el ego terminó
convirtiéndose en uno de los personajes más frecuentes de todos.
Hay una
característica que atraviesa buena parte de este recorrido: el humor.
Un humor
irreverente, a veces escatológico, a menudo deliberadamente vulgar, que podría
desconcertar a quien no conozca el mundo para el que originalmente fueron
escritos muchos de estos textos. Pero sería un error leerlo únicamente como
provocación.
Ese lenguaje
pertenece a una comunidad concreta.
Es el lenguaje de
los compañeros del Rastro, de los amigos, de quienes compartían determinados
códigos y sabían que detrás de una barbaridad podía haber una muestra de
afecto, una confidencia o una forma de reconocimiento.
Con el tiempo, sin
embargo, ese lenguaje adquirió otra función.
El autor empezó a
utilizarlo también contra sí mismo.
Se rió de su cuerpo,
de su ego, de sus contradicciones, de sus pretensiones y de sus propias
debilidades.
Y esa capacidad de
reírse de uno mismo acabó acompañando incluso a los asuntos más graves: la
vejez, la enfermedad, la muerte, la política, la memoria y la espiritualidad.
Cuando la reflexión
amenaza con ponerse solemne, aparece la irreverencia.
Y quizá ahí reside
una de las señas más reconocibles de esta escritura.
A partir de cierto
momento, la poesía dejó de ser una presencia ocasional para convertirse en una
forma de mirar.
Aparecieron los
sonetos, los haikus, las canciones, las décimas, los epigramas y los poemas
breves. Apareció también el budismo, no como una decoración intelectual, sino
como un lenguaje capaz de poner nombre a preocupaciones que ya estaban
presentes: el apego, el ego, el sufrimiento, la impermanencia, la atención y el
desapego.
Y entonces sucedió
algo decisivo.
En 2019 dejó de
trabajar como vendedor. Todavía siguió acudiendo al Rastro de madrugada durante
un tiempo, pero en 2020 la pandemia y el confinamiento rompieron
definitivamente aquella relación cotidiana con sus compañeros y con aquel
mundo.
Paradójicamente,
cuando disminuyó la vida exterior, aumentó la escritura.
El Rastro ya no
podía proporcionar diariamente personajes, escenas y conversaciones.
Pero quedaba todo lo
que había dejado dentro.
La infancia.
La familia.
Los amigos.
Los muertos.
Los libros.
El envejecimiento.
La memoria.
El tiempo.
Y, sobre todo, la
necesidad de escribir.
Así, lo que comenzó
como una crónica de un mercado terminó convirtiéndose en algo mucho más difícil
de clasificar.
No es exactamente
una autobiografía.
No es un diario.
No es solamente
poesía.
No es únicamente
literatura del Rastro.
Es el registro de
una mirada que ha ido cambiando mientras observaba el mundo.
Y quizá ahí se
encuentre la clave de estas páginas.
Porque quien recorra
este blog en orden cronológico no encontrará simplemente a un hombre que ha
escrito durante muchos años.
Encontrará a un
hombre que, mientras escribía, se iba descubriendo a sí mismo.
Primero encontró el
mundo.
Después encontró su
lugar dentro de él.
Más tarde comenzó a
mirarse en ese mundo.
Después convirtió
esa mirada en poesía.
Y finalmente
descubrió que podía seguir escribiendo incluso cuando aquel mundo había quedado
atrás.
Hay, además, una
aspiración que permite entender buena parte de la trayectoria: no la de
escribir siempre un poema perfecto, sino la de conseguir que algo permanezca.
Un verso.
Una imagen.
Una estrofa.
Algo que, una vez
terminado el poema, continúe viviendo en la memoria de quien lo leyó.
Y esa aspiración
explica quizá mejor que ninguna otra la evolución de esta obra: la búsqueda
progresiva de la palabra capaz de condensar una experiencia entera.
Por eso este blog
puede leerse como un enorme Rastro.
Hay piezas nuevas y
piezas antiguas.
Textos brillantes y
otros circunstanciales.
Recuerdos privados y
escenas que pertenecen a una comunidad.
Bromas que quizá
solo comprendan plenamente quienes estuvieron allí.
Poemas que nacieron
de una experiencia concreta y otros que, con el tiempo, terminaron hablando de
cosas que pertenecen a todos.
Como en cualquier
Rastro, hay que rebuscar.
Y conviene hacerlo
sin saber exactamente qué se está buscando.
Porque quizá entre
una anécdota, una fotografía, una obscenidad, un recuerdo, un libro de segunda
mano o unos pocos versos aparezca aquello que el autor lleva buscando desde que
tenía doce años:
un pequeño
fragmento de verdad capaz de quedarse en las manos de otro.
El río sigue
corriendo.
Y estas páginas son,
simplemente, parte de su cauce.

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