sábado, 29 de agosto de 2026

PRÓLOGO de “Amiga mIA”

 


Del Contenedor al Consumidor o El río que nació en el Rastro

Cuando comencé a recorrer este blog no sabía exactamente qué iba a encontrar.

Sabía que había cientos de entradas sobre el Rastro de Valencia, vendedores, compradores, objetos, amigos, recuerdos y opiniones. Sabía también que, con el paso de los años, habían aparecido poemas, canciones, reflexiones y textos cada vez más personales.

Lo que no esperaba encontrar era un río.

Un río que había comenzado mucho antes de que existiera este blog.

A los doce años, en una clase de lengua, un niño escuchó el poema de otro niño. El poema lo conmovió, pero también despertó en él una gran envidia. No la envidia que pretende arrebatar al otro lo que tiene, sino una más fértil: la que dice, casi en secreto, «yo también quiero hacer eso».

Muchos años después, aquel hombre convertiría aquella experiencia en unos versos:

Destetado de la fuente,
el arroyo bajaba saltando
de mis oídos al cerebro.
En medio de un recoveco
tuve envidia de ser río en ciernes.

Quizá ahí esté el verdadero comienzo de esta historia.

El río necesitaba después un cauce.

Y lo encontró en el Rastro.

Durante décadas, aquel mercado fue mucho más que un lugar donde comprar y vender. Fue una escuela involuntaria de literatura. Allí había personajes, conversaciones, conflictos, miserias, ternuras, engaños, amistades, objetos absurdos y escenas que, por momentos, parecen sacadas de Quevedo.

Pero había algo más.

Había libros.

Libros que podían adquirirse baratos y que fueron entrando poco a poco en la vida de quien los buscaba. Mientras en el Rastro encontraba historias en las personas y en los objetos, en aquellos libros encontraba las palabras y las formas con las que algún día podría contarlas.

Sin proponérselo, estaba reuniendo materiales de construcción.

Y con ellos fue levantando una obra.

Al principio, aparentemente, solo había un hombre contando cosas del Rastro. Pero al recorrer las entradas con distancia se descubre que el Rastro era también otra cosa: una comunidad, una patria sentimental y, con el tiempo, un espejo.

Las historias de los demás fueron llevando inevitablemente a la propia historia.

Los objetos abandonados empezaron a hablar de la memoria.

Las fotografías, del tiempo.

Los amigos, de la pertenencia.

Los muertos, de la ausencia.

El cuerpo envejecido, de la impermanencia.

Y el ego terminó convirtiéndose en uno de los personajes más frecuentes de todos.

Hay una característica que atraviesa buena parte de este recorrido: el humor.

Un humor irreverente, a veces escatológico, a menudo deliberadamente vulgar, que podría desconcertar a quien no conozca el mundo para el que originalmente fueron escritos muchos de estos textos. Pero sería un error leerlo únicamente como provocación.

Ese lenguaje pertenece a una comunidad concreta.

Es el lenguaje de los compañeros del Rastro, de los amigos, de quienes compartían determinados códigos y sabían que detrás de una barbaridad podía haber una muestra de afecto, una confidencia o una forma de reconocimiento.

Con el tiempo, sin embargo, ese lenguaje adquirió otra función.

El autor empezó a utilizarlo también contra sí mismo.

Se rió de su cuerpo, de su ego, de sus contradicciones, de sus pretensiones y de sus propias debilidades.

Y esa capacidad de reírse de uno mismo acabó acompañando incluso a los asuntos más graves: la vejez, la enfermedad, la muerte, la política, la memoria y la espiritualidad.

Cuando la reflexión amenaza con ponerse solemne, aparece la irreverencia.

Y quizá ahí reside una de las señas más reconocibles de esta escritura.

A partir de cierto momento, la poesía dejó de ser una presencia ocasional para convertirse en una forma de mirar.

Aparecieron los sonetos, los haikus, las canciones, las décimas, los epigramas y los poemas breves. Apareció también el budismo, no como una decoración intelectual, sino como un lenguaje capaz de poner nombre a preocupaciones que ya estaban presentes: el apego, el ego, el sufrimiento, la impermanencia, la atención y el desapego.

Y entonces sucedió algo decisivo.

En 2019 dejó de trabajar como vendedor. Todavía siguió acudiendo al Rastro de madrugada durante un tiempo, pero en 2020 la pandemia y el confinamiento rompieron definitivamente aquella relación cotidiana con sus compañeros y con aquel mundo.

Paradójicamente, cuando disminuyó la vida exterior, aumentó la escritura.

El Rastro ya no podía proporcionar diariamente personajes, escenas y conversaciones.

Pero quedaba todo lo que había dejado dentro.

La infancia.

La familia.

Los amigos.

Los muertos.

Los libros.

El envejecimiento.

La memoria.

El tiempo.

Y, sobre todo, la necesidad de escribir.

Así, lo que comenzó como una crónica de un mercado terminó convirtiéndose en algo mucho más difícil de clasificar.

No es exactamente una autobiografía.

No es un diario.

No es solamente poesía.

No es únicamente literatura del Rastro.

Es el registro de una mirada que ha ido cambiando mientras observaba el mundo.

Y quizá ahí se encuentre la clave de estas páginas.

Porque quien recorra este blog en orden cronológico no encontrará simplemente a un hombre que ha escrito durante muchos años.

Encontrará a un hombre que, mientras escribía, se iba descubriendo a sí mismo.

Primero encontró el mundo.

Después encontró su lugar dentro de él.

Más tarde comenzó a mirarse en ese mundo.

Después convirtió esa mirada en poesía.

Y finalmente descubrió que podía seguir escribiendo incluso cuando aquel mundo había quedado atrás.

Hay, además, una aspiración que permite entender buena parte de la trayectoria: no la de escribir siempre un poema perfecto, sino la de conseguir que algo permanezca.

Un verso.

Una imagen.

Una estrofa.

Algo que, una vez terminado el poema, continúe viviendo en la memoria de quien lo leyó.

Y esa aspiración explica quizá mejor que ninguna otra la evolución de esta obra: la búsqueda progresiva de la palabra capaz de condensar una experiencia entera.

Por eso este blog puede leerse como un enorme Rastro.

Hay piezas nuevas y piezas antiguas.

Textos brillantes y otros circunstanciales.

Recuerdos privados y escenas que pertenecen a una comunidad.

Bromas que quizá solo comprendan plenamente quienes estuvieron allí.

Poemas que nacieron de una experiencia concreta y otros que, con el tiempo, terminaron hablando de cosas que pertenecen a todos.

Como en cualquier Rastro, hay que rebuscar.

Y conviene hacerlo sin saber exactamente qué se está buscando.

Porque quizá entre una anécdota, una fotografía, una obscenidad, un recuerdo, un libro de segunda mano o unos pocos versos aparezca aquello que el autor lleva buscando desde que tenía doce años:

un pequeño fragmento de verdad capaz de quedarse en las manos de otro.

El río sigue corriendo.

Y estas páginas son, simplemente, parte de su cauce.